La
libertad de palabra, que siempre estuvo en juego por las
prácticas oligopólicas del Cavaliere della
Buffa Figura, se adelgaza ahora y se vuelve humo con el
más que probable cierre de cabeceras históricas.
Il Manifesto se aproxima a su 40º cumpleaños
(nació al calor de Mayo del 68) con el serio riesgo
de desaparecer de los quioscos. Ha capeado deudas y desalojos
y hasta bombas neofascistas, pero el decreto del ministro
Tremonti, que corta por lo sano las subvenciones a la edición
cooperativa y sin ánimo de lucro, puede ser la puntilla
para un excelente periódico que eleva el tono cultural
de un país alicaído, desnortado, usando de
la osadía reporteril y la (contra)información,
que es su mejor marca de fábrica, incluso cuando,
diario comunista, proponía formas alternativas al
socialismo real encarnado en regímenes y partidos.
Su suplemento 'Alias' es de lo mejorcito en reseñas
culturales; edita libros (ManifestoLibri) de autores como
Bourdieu o Chomsky, de los frankfurtianos y de la Internacional
Situacionista, y discos (ManifestoCD) que apuestan por Radiodervish
o Stefano Bollani y recuperan a Inti-Illimani o Pete Seeger;
sale con las publicaciones mensuales Le Monde Diplomatique
y Fuoriluogo y ha prohijado otras revistas comprometidas
como Carta y Leggendaria. Por sus páginas
han pasado Umberto Eco, Erri De Luca, Eduardo Galeano, Osvaldo
Soriano o Gianni Vattimo, y escriben aún hoy Rossana
Rossanda, Toni Negri o Giuliana Sgrena. Pues bien, todo
eso se puede ir al garete si las desesperadas campañas
de suscripción ("Querida libertad" comienzan
los conciertos, los debates, las cenas de solidaridad),
inventos como el accionariado de los lectores y sucesivas
restricciones de la propia plantilla, donde todos son a
la vez socios y trabajadores, periodistas y editores, no
logran sabotear esta leonina ley de prensa, cuyo fin último
es ahogar las cabeceras locales, las cooperativas periodísticas
y los órganos de partido y movimientos sociales,
pero que bien podría acabar, a su pesar, hasta con
las hojas diocesanas y diarios católicos como Avvenire.
Por encima de la caída en la venta de ejemplares,
el fantasma más temido en estos crepúsculos
agoniosos (yo asistí, impotente, al de mi redacción,
perteneciente al Grupo 16) es la retirada de la publicidad
institucional, que siega por la base la sostenibilidad de
una empresa de comunicación. Comportan algo más
que la pérdida de unos puestos de trabajo: un ataque
directo contra el pluralismo ("limpieza étnica
de la información"), en favor de la concentración
mediática, para la que, y no es paradoja, se incrementan
las ayudas del Estado: millones de euros recibe cada año
el holding Mondadori o Il Sole 24 Ore, periódico
financiero de la patronal. "Morir en silencio con
la abnegación de Rubashov, el protagonista de El
cero y el infinito de Koestler no es una loable
forma de testimonio final", y los atrincherados del
Manifesto están dispuestos a vender cara su
piel al lobo de turno. Muchos nos preguntamos hasta cuándo,
su aullido.