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A la muerte prematura del maestro Rodríguez
se encontraron, convenientemente desordenados por los cajones
de su casa, los no más de cuatrocientos noventa y nueve
folios que, según juicio unánime de sus abnegados
alumnos ya constituidos en editores y prologuistas, deberían
conformar su obra póstuma. Sin embargo, aquel montón
relativamente escaso de papeles presentaba ciertas inconsistencias
y contradicciones, que los fieles discípulos del autor
atribuyeron sin ambages al carácter singular de su
maestro. Así, entendieron que había colocado
en el encabezamiento de cada texto una fecha falsa -el conjunto
de las cuales, no obstante, sería verosímil
si no hubiera añadido en una de ellas la inscripción
"XXXIII-13-1388, Caracas", tras la cual se leía
la exclamación: "¡Pollo, se le perdió
el fundamento!"- para dar que trabajar a los filólogos
("esa gente se dedica sólo a repetir lo que otros
han dicho perdiéndole el fundamento", había
dicho una vez ante algún profesor, señalando
a sus colegas de departamento). Pero el misterio del legado
de Rodríguez no acababa aquí pues, se desconoce
si por voluntad o desidia, los manuscritos -muchos sin numerar,
numerados en el mejor de los casos al buen tun-tun con una
numeración cambiante que pasaba de los números
arábigos a los romanos y de los romanos a las letras
y de las letras a los palitos sin un orden prefijado- yacían
en el más absoluto desorden, no pudiendo reconstruir
sus discípulos más que las tres primeras páginas
-por lo demás bastante conocidas ya en la época,
dado que era el discurso que Rodríguez endilgaba cada
vez que, caso extraño, tenía que presentarse
en sociedad-, las cuales discernían, de forma harto
laxa y metafórica, de la imposibilidad de decir algo
que englobara todo, tema al que el maestro había dedicado
-según las apreciaciones de sus discípulos más
entusiastas- cuarenta y cuatro años y medio de su vida.
Otro
aspecto que desconcertó a unos y otros fue el hecho
de que, una vez se hubieron puesto una detrás de otra
las páginas de aquel revoltijo de papeles y apuntes
dispersos, se encontró que, en medio de todo él,
había una página en la que -se leía claramente,
en letras góticas bien marcadas, abarcando un cuarto
de folio, la palabra "FIN"-, con paciente esfuerzo,
uno de los discípulos pudo contar quinientos palitos.
Ello llevó a que la comunidad crítica se enredara
en, en ocasiones agrias, polémicas sobre el motivo
de dicha incoherencia. Los críticos, como suele ocurrir,
se posicionaron en su mayoría en uno de los dos bandos
o escuelas, formadas con la misma rapidez con la que una bandada
de estorninos forma un enjambre en el cielo. Los unos sostenían,
básicamente y abstrayendo las polémicas internas
-las cuales, llegando a la misma conclusión, partían
de lugar y caminos diferentes-, que lo que allí ocurría,
y aunque la primera lectura había dado como resultado
la redondez de la cifra de quinientos, era que las cuentas
no cuadraban pues, si se distinguía palito por palito
-contando como uno aquellos que se juntaban y que, por tanto,
según todos los indicios, debían haber sido
obra de un sólo trazo y contando como dos aquellos
que, partiendo de la misma base o tocándose en su punto
superior, describían trayectorias diferentes- se tenía
que llegar al cómputo claro y distinto de cuatrocientos
noventa y nueve palitos, con lo que el conflicto desaparecía
por sí mismo. Claro que aún hubo un crítico
que defendió que lo que allí había era
otra cosa: la cuenta de los meses que llevaba embarcado en
su tarea. En cualquier caso, frente a esta escuela crítica
-de la que no pretendemos negar la riqueza de todos sus matices
y disputas internas- los otros, más incisivos, señalaban
que Pablo Valverde, el discípulo que -según
afirmaban estos críticos- hizo maestro al maestro,
había estado en casa del mismo el día de su
muerte y había hurtado -"como hurraca deslumbrada
por la luz engañosa de algún abalorio",
había dicho un comentarista malicioso y sin duda añoroso
de la palabra poética que, en tanto que don, le era
negada- el papel de la discordia. Que ese papel se correspondiera
con el escrito Cuatro verdades fundamentales que publicó
Valverde -con poco éxito de público- en enero
de 2001 es algo de lo que no se tenía ninguna prueba
y que, sin embargo, había sido sostenido firmemente
por más de uno y dos críticos de esta corriente.
Valverde, por su parte, ante alguna pregunta insidiosa -para
la que, seguramente, ya había ensayado largamente una
respuesta- respondió: "¡Qué más
quisiera yo, que ese texto fuera de mi maestro! De hecho,
si efectivamente ha ocurrido lo que usted dice y ese texto
es de mi maestro, ¡doy por bien vivida la vida que viví
y por cumplida mi labor en la tierra!".
Los
discípulos de Rodríguez, incapaces de ordenar
la obra, decidieron publicarla en pliegos sueltos paginados
-a partir de la numeración del maestro, una vez unificados
los signos- que, al poco tiempo, acabaron, en la mayoría
de las casas a las que entraron, esparcidos por los cajones
de las más diversas estancias, cuando no eran lanzados,
sin duda muchas veces por error, a la basura. Entre los títulos
que, con letra renqueante y algo más grande -pues los
editores creyeron conveniente respetar el manuscrito del autor
en lo referente a los titulillos que encabezaban algunos textos,
reproduciendo a modo de facsímil su grafía temblorosa-,
adobaban las páginas de modo desordenado, a veces separados
unos de otros por tan sólo una línea, otras
veces distando entre sí páginas enteras de bulliciosa
letra y compleja erudición, repleta de citas sin citado
y de referencias a conceptos que sólo serían
explicitados -si no desmentidos- muchísimas páginas
más allá, entre esos títulos, se podía
leer: "El Todo no es todo (farsa carnavalesca)";
"Antes que nada, el ser"; "Ser antes que nada
(variaciones en torno a un tema conocido)"; "La
vida después de la muerte"; "Cuatrocientas
noventa y nueve formas de no ser nada y una forma de ser";
"Agapito del Sereno" y "Algunas consideraciones
en torno", la que algunos consideraban su escrito cumbre.
"Respeta su objeto describiendo cercos en torno a él,
sin invadirlo y, no obstante, negándole la escapatoria",
dijo una vez un ferviente admirador del maestro, lo que sirvió
para hacer burla y comparar su teoría con las rejas
de un zoológico.
La
última página -aquella que a tan mal traer lleva
a los críticos aún en la actualidad debido a
los problemas que presenta en relación a la fijación
textual- concluía con una palabra -que, más
que posiblemente, pertenecería a la última frase
de la página anterior, que se encontró desgarrada
en el registro, faltando un pedazo de papel y de texto- en
la que, si se consultaba los escritos originales, podía
verse que había dejado atrás el temblequeo que
lo caracterizaba, sustituyéndolo por un trazo firme
y redondo en el que, a poco que uno mirara, podía leerse,
con la gracia de un avioncito blanco recortándose en
el aire, el dibujo negro y grácil de una palabra: "PAPIROFLEXIA".
Todo
ello se ha perdido para el mundo por adelantado, caído
para siempre en el pozo del olvido mucho antes de nacer. Faltos
de la Metafísica de Rodríguez, querríamos
brindar desde las páginas de El Pollo Urbano
al público fragmentos que nos ha sido dado recopilar
a través de investigaciones y entrevistas a amigos
del malogrado maestro, al que desde aquí querríamos
rendir homenaje.
En
su epitafio, publicado al día siguiente en algunos
periódicos, se podía leer: "Rodríguez,
como su maestro, fue profesor de Gimnasia -en paro desde que
se implantó en las escuelas del país la menos
dinámica Educación Física- y dio muchas
volteretas en su vida, al final de las cuales siempre volvía
al suelo, sin que por ello nunca acabara de creer del todo
en la ley de la gravedad".
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