EL POLLO URBANO
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Nº 94 (3ª Epoca) Noviembre 2008. Zaragoza. 
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CRÓNICAS DESDE ISRAEL
Tierra mudada
 David Wapner (Corresponsal de El Pollo Urbano en Israel)


La mudanza la hicieron unos argentinos, "Mudanzas Marcelo", con fama entre argentinos, porque sólo corren entre argentinos.
Combran poco, cargan todo, descargan, cobran y se van.
Con ellos, las cajas y los gatos.
Nosotros viajamos con Dudu, conocido nuestro y remisero <em>ad hoc</em>.
Nació acá, de familia libia, y, por lo tanto, para el concenso israelí, es un libio.
Por primera vez los vemos calzando la quipá tejida de los religiosos nacionales.
Se le cae, la guarda en la guantera, y ya no la volverá a calzar.

¡Ana, David, vean!
Un avión fumigando.
¿Ven? Levanta vuelo, gira, desciende, pasa rasando, fumiga.
¡Ahi va! ¡Ahì va de nuevo!

¿Vieron?
Una soldado pasa volando en su moto.
¡Qué rápido maneja!
Ella sirve en la base que está allí a la izquierda.
¡Qué velocidad!
Tiene que llegar temprano a su base.
¿La vieron?

Miren, a la derecha, rebaño de ovejas, beduinos.
Cuenta Dudu que cuando era muchacho y estaba en el ejército, acostumbraba, cada tanto, a cuatrerear alguna oveja propiedad de beduinos
La subían al jeep para, kilómetros más adelante, carnearla y comer.
Un día los beduinos los agarraron, hicieron trizas el parabrisas, y abollaron la chapa de capot del jeep militar.

Dudu peleó en la guerra del 73, y dice "nosotros".
Cuando agarràs la ruta que atraviesa el Sinaí, cuenta, tenés que saber que no vas a ver más que arena. Es tan monótono el camino que corrés peligro de dormirte. No hay nada, nada.
Yo llevaba generales, yo era su chofer.
El agua que bebíamos venìa de Suecia.
Lo traía un buque tanque, hasta que un día encalló.
Para pedir indemnisación.
Entonces hubo que encontrar reemplazo, y "nosotros" inventamos un sistema de desalinización de agua de mar.
Nosotros bebíamos de ese agua, y era rica: nosotros la inventamos.


En el contrataque para recuperar Suez, cruzamos el canal, avanzamos por Sinai, estábamos en Egipto.
En Ismailiya había a un río de aguas tan cristalinas que se veían los peses y el fondo.
Bajamos a beber y a cargar agua de allí, y enseguida nos descompusimos, y nos fuimos por los caños de la diarrea que nos agarramos.
En ese río habitaban millones de bacterias, porque allí abrevan los animales silvestres y los camellos.
Y los egipcios beben, y no les pasa nada.
Están inmunizados.


A la izquierda, la base de los Najal.
Ahí vienen soldados de otras bases a entrenarse por tres meses.
Es una base llena de máquinas y aparatos.
¿Ven, Ana, David? Allí está el cartel.
A la izquierda.

A izquierda y derecha, aldeas beduinas, algunas, grandes (puedo contarles tres, cuatro minaretes).
Otras, pequeñas, no cuentan con mezquitas.
El beduino no es religioso, pero el Movimiento Islámico, que se hizo fuerte luego de la primera Intifada, los puso a rezar.
Pero, en el fondo, al beduino le tira más la tierra que el cielo.
Más la tierra que el Islam.
Eso ya lo sabía Mahoma.

Hay soldados beduinos, recuerda Dudu,
Cuando teníamos que hacer un reconocimiento de terreno, subíamos con nosotros a un beduino, los beduinos son baqueanos.
Más que eso, Dudu, es màs que eso.

En el correo central de Bat-Yam, a donde concurrimos para pagar la cuenta de electricidad, antes de mudarnos, dos georgianos (grusos), un hombre y una mujer, pujan en pareja para arrimar a la ventanilla. Aquí es todo ordenado, turnos y voz digitalizada que va llamando los números y asignando ventanillas. Pero hace media hora que los monitores están clavados en el 451, nada se mueve, y los grusos se ponen impacientes. El es nervioso, tiene más de sesenta. Ella, altísima, corpulenta, ex-atleta, ex-soviètica. En su afán por ganar la ventanilla que aún no se anuncia, empujan a otra ursa, una grandota local, que no les va en saga en su afán de atropellar. A ella la empujan los grusos, se da vuelta, encara al hombre, le grita "¡golem!". La grusa la manotea, "¿qué dijiste?", y se van a las manos. Las separa el guardia de seguridad, y no logra nada, el 451 seguirá clavado por un buen rato.

Llevamos a arreglar nuestro teclado MIDI al local del importador, en Jaffo.
Al minuto de salir de allí, el cadi, en su minarete, desde los altoparlantes de la mezquita vecina, llama al rezo vespertino.
Ya estamos pasando por allí, y el cadi carraspea. El cadi tose, luego prosigue.
Digo, el cadi también es humano.

Olmert, ya es primer ministro renunciante, y se irá cuando Tsipi Livni arme gobierno, si es que puede.
Mientras, en vísperas del rosh hashaná, ofrece una entrevista al Yeediot Ajaronot. Declara que Israel debería retirarse de casi todos los territorios ocupados, incluída parte de Jerusalén. Que, loma más, loma menos, esto no afectarà la seguridad de Israel.
¡Qué risa!


Que estamos tan cerca de Jordania lo demuestra la radio. Al menos, la emisora que se escucha con más potencia es una FM que se anuncia 0transmitiendo desde Ammán. Transmite música árabe moderna, pero, ¿qué es moderna? A la percusión tradicional se le agrega máquinas de ritmo, si no es que la máquina reemplaza al set completo. Solistas sobre los coros guerreros de siempre, pero, a veces, pesco una sensualidad que es de otro origen, o impostación, diferente a la tradicional. Guitarras eléctricas que tocan riffs de escalas occidentales ejecutados con técnica perfecta.
Vovíamos este sábado de una caminata (nos asomamos al desierto, al fondo, en tono celeste, se ve la orilla jordana del Mar Muerto), y me senté a cabecear un sueño en el sillón tan raro, de cuatro plazas, con que viene equipada la sala de estar.
De fondo, la emisora de Amman.
Dormitaba sentado, con la boca y las orejas abiertas, por donde entraban la música y la publicidad. Todo era previsible, menos el grito en castellano que me dejó sin aire: "¡uno, dos, tres, cuatro!".
Eran los jordanos, con reververancia y eco, que anunciaban algo, que desconozco, pero que me llenó de terror.
Esa es la pesadilla, dice Ana, que deben tener los israelíes día por medio.


Todo el dial en Arad,está copado por emisoras en árabe. El hebreo es difícil de sintonizar, y cuando se escucha, es con ruido de fondo.
Si muevo el botón de sintonía para refinar: se libera de inmediato el yah, javivi que se esconde en gada hertz.


Radios de Jordania, Egipto, Siria, Cisjordania, Gaza: ¿y las aldeas beduinas? ¿Mantendrán alguna FM local? En Arad, los beduinos pisan fuerte. Al menos, en comparación con otros lugares de Israel que conocí. En Beer-Sheva, por ejemplo, son visibles, pero están de paso. Se los ve en el correo los díás 28, cuando reciben el dinero de sus pensiones del Seguro Nacional, o en el Seguro mismo, haciendo trámites. Y en el shuk, el oficial, de frutas y verduras, y el paralelo, de las baratijas.
En Arad, en cambio, son propietarios de almacenes, fruterías, puestos de comida rápida.
Sonríen poco, cobran caro (el azúcar casi el doble, la yerba mate a quince), como los del mini-mercado "Los hermanos".
El primer día nos fiaron dos shékels y medio, no fue fácil.

En el pasillo que nos conduce al contenedor de basura, encontramos libros y cuadernos tirados. Uno de ellos, Ej lilmod sifrut, cómo estudiar literatura. Lo ojeo, no lo llevo esta vez. Tres baldozas más lejos, una tarjeta de visita:

Carmen Iparaguyrre de Otero Díaz

Abajo del nombre impreso, manuscrito un e-mail.

Saliendo del almacén de "Los hermanos", de la vereda que desciende al desierto, sobre una pared gris, se lee:

Boludo el que lee

Al argentino anónimo que escribó esto, o se le olvidó la última palabra, u olvidó la estructura del chiste. O ya no entiende su sentido. O tuvo miedo de terninar.
O pensó, boludo el que escribe, y abandonó.

De regreso de una compra (semolina, comida para gatos, café, agua de pozo embotellada), a las siete, ya de noche, caminamos por la vereda que lleva a "Los hermanos". A nuestra derecha, el terreno va en pendiente, al desierto.
Llega el olor de una fogata, está allí, al fondo.


Fogata es gente, a lo mejor hay unos cuantos sentados alrededor, parece que vimos sombras.
La deben haber encendido recién, no sube olor a comida, no asan todavía.


Más tarde, pienso: ¿beduinos alrededor de la fogata, o turistas?


Jugamos al poeta que se compró una casa al borde del desierto, y vive en alucinación permanente. Sus fanáticos lo visitan desde la Argentina, y le hacen preguntas, y el poeta contesta cualquier sandez.
Estamos en eso, cuando cinco pájaros negros con soles naranja en la cara interna de cada ala, se posan en el cable de luz que pende justo sobre nuestras cabezas.
Le preguntan al poeta.


(en www.tierrametida.wordpress.com)


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