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La década de los ochenta
fue para los aficionados al cine, y más aún
para aquéllos que entonces comenzábamos
a sentir esta pasión, quizás la época
más dulce que se haya dado en este país.
En primer lugar, la democracia recién estrenada
trajo consigo el fin de las prohibiciones, por lo que
no sólo se estrenaban todo tipo de películas
de la actualidad de entonces, sino que se recuperaban
¡en salas comerciales! títulos clásicos
que la censura franquista había proscrito por
ce o por be (de "El acorazado Potemkin"
a "Viridiana", de "Ser o no
ser" a "El imperio de los sentidos"),
mientras otros se hacían accesibles, más
restringidamente, vía filmotecas (de "The
devil is a woman" a "La sal de la tierra");
y no sólo eso, en una época en que la
distribución aún no estaba copada por
las grandes multinacionales, paralelamente a las últimas
bocanadas de las salas de arte y ensayo, se estrenaban
otros títulos fundamentales que por los azares
de la siempre caprichosa distribución patria
no se habían "colado" en nuestro país
en el momento de su estreno mundial ("La noche
del cazador", "La noche del demonio",
"Senso", "La invasión
de los ladrones de cuerpos"
). En segundo
y no menor lugar, la televisión estatal tenía
en nómina a excelentes programadores, gracias
a los cuales era posible ver ciclos en horas punta (prime
time, que se dice ahora) dedicados a Bergman, Renoir,
Rossellini, Wellman, etc., y hasta algún que
otro título aislado de Mizoguchi y Ozu; eso,
por no hablar del cine-club de madrugada, de programación
diaria y reservado a las películas en versión
original y que incluía abundantes títulos
mudos, europeos, japoneses, etc. (una de cuyas propuestas
imborrables fue el doble ciclo simultáneo dedicado
a Lang: películas americanas en horario familiar;
las alemanas mudas en horario de madrugada ¡el
mismo día!).
Esta
situación edénica fue poco a poco deteriorándose:
por un lado, las multinacionales iban adueñándose
de la distribución; por otro, la aparición
de los canales privados defraudó las esperanzas
puestas en ellos, al optar por la telebasura, animando
de paso a Televisión Española a entrar
en la misma dinámica y olvidar su vocación
y obligación de ente cultural para precipitarla
en la competencia pura y dura. Desventajas de la ahora
llamada liberalización del mercado, antes conocida
por capitalismo, aplicada a la cultura. Hoy por hoy
se ha tocado fondo en lo que respecta al cine de accesibilidad
inmediata: lo programado por las televisiones nacionales
carece de entidad alguna (y cuando la tiene, se reserva
a horarios imposibles y se le agrede con doblajes infames)
y lo estrenado en los cines es en su mayor parte intelectualmente
nulo, si no simplemente vomitivo. Un panorama desolador,
y no sólo en cine, que dibuja una de las etapas
de la historia reciente de mayor insuficiencia artística
y vulgaridad mental.
No
obstante, dos hechos mantienen viva la ilusión
del cinéfilo, la antorcha del cine, ofreciendo
la posibilidad de acceder a los títulos señeros
del que antes se consideraba el séptimo arte
aunque, triste es decirlo, con la mirada puesta fundamentalmente
en el pasado. La primera línea, francamente minoritaria
(pues el gran público parece detestar lo antiguo
por su edad: una forma estupenda de mantenerse en la
ignorancia), la constituye la programación en
filmotecas, que nunca en España había
sido mejor, llena de retrospectivas completas o casi
completas de directores que antes eran simplemente una
prometedora incógnita (no tanto Mizoguchi y Ozu,
más Imamura, Naruse, Stiller, Sjöström,
Has, etc.), y además, con la posibilidad de acceder
a los grandes clásicos no en las desvaídas,
rayadas copias antes habituales, sino con frecuencia
en resplandecientes copias completas, restauradas gracias
a la intensa actividad desarrollada al respecto en las
últimas décadas.
El
segundo hecho, más popular y accesible, es la
acusada abundancia de ediciones en DVD, donde los títulos
apetitosos ya son legión y permiten conocer lo
mismo clásicos del cine que modernos prestigiosos
(tantos de ellos, ignotos comercialmente en España:
Tarr, Sokurov, Zhang-ke, Garrel, etc.). Sin embargo,
la proliferación de ediciones puede tener su
lado negativo, no tanto porque apenas dé abasto
al coleccionista (tanto da, sólo es cuestión
de armarse de paciencia
y dinero), sino sobre
todo porque impide el discernimiento entre lo fundamental
y lo accesorio, especialmente, para nuevas generaciones
que apenas han tenido la oportunidad de conseguir una
formación básica en lo que al cine respecta;
inconveniente que se crece ante la posibilidad de descargar
los filmes del batiburrillo de Internet. Ya se sabe,
la información forma un bucle donde la punta
de la sobreabundancia enlaza con la esquina de la desinformación.
Con
el ánimo, arrogante quizás, de encender
una luz que ayude a triar lo indispensable, inauguramos
esta sección del Pollo Urbano, en la que rendiremos
cuentas del estado de la videografía (y los transfer)
de unos cuantos cineastas, algo menos de ochenta, que
consideramos los mejores de la historia. Pensamos sinceramente
que todo aquél que se plantee el cine como expresión
artística, o mejor aún como modo expresivo
específico, aprobará, si no todos, sí
la inmensa mayoría de los cineastas que aquí
aparezcan
aunque evidentemente la selección
también está sujeta a criterios personales
y habrá quien eche en falta determinados nombres:
¿qué habrá sido de Kubrick y Huston?,
¿Capra y Curtiz?, ¿Berlanga y Erice?,
¿Truffaut y Chabrol?, ¿Antonioni y Oliveira?,
¿Polanski y Wenders?, ¿Yimou y Kar-wai?,
¿Allen y Scorsese? Ciertamente todos ellos, y
otros que no mencionamos, tienen obras valiosas, pero
el hecho de ser más populares o nombrados no
significa necesariamente que se encuentren entre los
mejores, por lo que deberán ceder el paso a otros
directores de obra cinematográficamente más
productiva y apasionante: algunos igualmente populares,
como Chaplin o Hitchcock, otros menos conocidos, como
Borzage o Naruse, y otros más incluso casi ignotos,
como Stiller o Dovzhenko.
El
listado irá apareciendo por aproximado orden
cronológico y geográfico de directores
y en él se podrá ir apreciando el innegable
dominio de los clásicos sobre los modernos (más
de la mitad de la lista debutaron en la remota época
muda o en la lejana década de los treinta), quizás
para escándalo de modernillos desinformados que,
sin discriminación, toman lo antiguo por antigualla:
desgraciadamente cada vez son más los que piensan,
como diría Javier Marías, que el mundo
ha comenzado el día de su nacimiento.
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Asia
Finalizamos
nuestro periplo cinematográfico en el continente
asiático, completando un recorrido efectuado
a la inversa del solar, de las tierras de occidente
a las del sol naciente. Porque la inmensa Asia, en lo
que al mejor cine respecta, casi se reduce a un minúsculo
país: Japón. De hecho, esas cinematografías
emergentes tan aclamadas hoy en día, sea la iraní,
la coreana o la china, aún están pendientes
de ofrecer un gran nombre irrefutable, y prácticamente
están en pañales en comparación
con la tierra de las geishas y los samuráis.
"Nuestro cine soñado", decía
hace años David Bordwell al referirse a una producción
entonces poco promocionada y de la que se adivinaban
maravillas. Y, en efecto, la mayor difusión del
cine nipón no ha traído el desencanto,
sino la confirmación de las esperanzas: aparte
de ser el origen de dos de los genios indiscutibles
del cine (Mizoguchi y Ozu), su producción media
ha revelado a la que quizás sea, con permiso
de Francia, la segunda cinematografía más
brillante del orbe (la primera, al menos en época
clásica, era desde luego Estados Unidos, por
su rica cantera autóctona y su persistente importación
de grandes cineastas); una cinematografía que
incluso hoy sigue sacando a la luz nuevos talentos,
hasta hace bien poco ocultos a los occidentales. Por
fortuna, este entusiasmo por un cine que lo merece ha
calado hondo también en nuestro país,
hasta el punto de que, cosa rara, por una vez España
se encuentra, en lo que a lo videográfico respecta,
en primera línea mundial, o casi, gracias al
esfuerzo editorial de fundamentalmente Filmax y en menor
medida de otras compañías, como Notro,
SAV, etc. Ahora bien, antes de poner el broche final
a nuestra vuelta al mundo cinematográfico en
el país de las maravillas, aún haremos
una breve escala en otro de producción mamotétrica
y tétrica calidad media: a pesar de los pesares,
la India guarda entre sus joyas uno de los nombres importantes
del cine.
-India
Satyajit Ray
El
bengalí es una auténtica rareza en un
país cuyo cine está amodorrado por el
folclore más ramplón, cuyos presupuestos
estéticos no pueden ser más gruesos, ni
los dramáticos más culebroneros, ni sus
intereses más conformistas: un ejemplo de sensibilidad,
de gusto estético y capacidad analítica
y crítica
Aunque ciertamente él
mismo tuvo que pagar peaje a la industria hindú
y firmar obras de marchamo más popular, que son
sin duda lo más insatisfactorio de su filmografía,
véanse las aventuras o comedias tan supuestamente
vitales como machaconamente soporíferas tipo
"La piedra filosofal", "Las
aventuras de Goopy y Bagha" o "El reino
de los diamantes". Su obra, empero, raquíticamente
difundida en España, rebosa de películas
magníficas, muchas de ellas concentradas en los
primeros años de su carrera, como si el bengalí,
tras el impulso recibido por el francés Renoir,
su declarado maestro, hubiera concentrado en sí
todas las fuerzas latentes de una cinematografía
que apenas había despegado. De sus abundantes
películas las únicas presentes en el mercado
ibérico son las que conforman la celebrada "Trilogía
de Apu", que incluye su primer film y uno de
los mejores, "La canción del camino",
también conocida por su título original
"Pather Panchali" (1955), así
como las inferiores, pero aun así muy recomendables
"El invencible" (1956) y "El
mundo de Apu" (1959). Se trata de una presencia
casi testimonial, cuando resulta que la obra del hijo
del poeta Sukumar no se limita a su inevitable trilogía,
sino que atesora otros títulos estupendos, casi
todos acumulados al principio de su carrera: "El
salón de música" (1958), "La
diosa" (1960), "Tres hijas"
(1961), "Charulata" (1964), "Noches
y días en el bosque" (1969), "El
adversario" (1970), "Un trueno lejano"
(1973), y "El mundo de Bimala" (1984),
que, por cierto, es la única de sus películas
que conoció estreno comercial en España.
A ellas quizás se podrían añadir
las prometedoras "Kanchenjungha" (1962),
"La gran ciudad" (1963) y "El
héroe" (1966).
La
recomendación. La "Trilogía
de Apu" ha sido editada por Divisa en copias
de nitidez y contraste perfectos, y aunque presentan
la tara de alguna nieve ocasional, esto no llega a deslucir
la excelente calidad de las mismas. La mejor del trío
es evidentemente "La canción del camino",
uno de los mejores Ray, y se debe adquirir inexcusablemente.
-Japón
Kenji Mizoguchi
El
más grande director japonés, desde luego
el de obra más rica y diversa y, con permiso
de Ozu, el que llegó a utilizar formas y estructuras
más radicales, aún hoy de una pasmosa
modernidad, está bastante bien representado en
el mercado, máxime teniendo en cuenta que hace
apenas unos diez años su obra se conocía
en España a cuentagotas. En concreto, hay editado
algo más de la mitad de su corpus conservado,
y a la espera de nuevos lanzamientos, queda de momento
un hueco muy importante que rellenar, el de sus primeros
años de actividad, es decir, su época
muda y sus primeros pasos en el cine sonoro. Por fortuna,
son muchas las películas rodadas a partir de
1936 asequibles para el cinéfilo, eso sí,
como de costumbre, con copias de calidad variable
aunque en este caso parezca más justificable,
por la dificultad de acceso a algunos títulos
y porque los mismos japoneses no parecen haberse molestado
demasiado en emprender una política exhaustiva
de restauración de sus tesoros cinematográficos.
Así las cosas, iluminan los estantes de DVDs
obras maestras como "Elegía de Naniwa"
(1936), "Historia del último crisantemo"
(1939), "Los leales 47 ronin", también
conocida como "Los 47 samuráis"
(1941-1942), "Amor en llamas" (1949),
"La Señorita Oyu" (1951), "La
vida de Oharu" (1952), "Cuentos de
la luna pálida" (1953), "La
música de Gion" (1953), "El
intendente Sansho" (1954), "Los amantes
crucificados" (1954) y "La calle de
la vergüenza" (1956); y también
comunican su brillo otras buenas o extraordinarias películas,
tales como "Las hermanas de Gion" (1936),
"Utamaro y sus 5 mujeres" (1946), "El
amor de la actriz Sumako" (1947), "Mujeres
en la noche" (1948), "La mujer crucificada"
, también conocida por el más acertado
título de "Una mujer de la que se habla"
(1954) y "La emperatriz Yang Kwei-Fei"
(1955). Como quiera que la calidad media de Mizo-san
es de una altura de vértigo, las ausencias reseñables
son casi todas, así que recordemos, confiando
en que no tarden mucho en editarse en España:
"La marcha de Tokio" (1929), "El
hilo blanco de la catarata" (1933), "La
virgen Oyuki" (1935), "Miyamoto Musashi"
(1944), "La victoria de las mujeres"
(1946), "La dama de Musashino" (1951),
"El héroe sacrílego" (1955),
y muy especialmente: su última película
muda y, a falta de poder juzgar algún título
invisible y tantos desaparecidos, primera obra maestra
del artista, "Osén de las cigüeñas"
(1935); su gran tesoro oculto y una de sus mayores
cumbres, de tan tortuoso acceso (¿cómo
es posible que esta obra capital de todo el cine ¡nunca!
haya disfrutado de una distribución normalizada
en ningún país occidental?), "El
valle del amor y la tristeza" (1937); y la
también magistral y un poquito más conocida
"Retrato de la Señora Yuki"
(1950). Entretanto, los aficionados pueden pasearse
por un verdadero jardín de las delicias, lleno
de sorpresas y hallazgos a cada vuelta de esquina
es decir, a cada corte de plano, a cada giro de cámara,
a cada puerta que se abre, a cada nuevo ademán.
La
recomendación. Todas las obras maestras del
adalid de las mujeres y, según dicen, tirano
de sus actrices son imprescindibles, destacando especialmente,
por la espléndida calidad de las copias: "Elegía
de Naniwa" (presentada por Notro en quizás
la más perfecta edición de un Mizoguchi);
ese monumento del cine, toda una experiencia radical
e inmarchitable, que es "Los leales 47 ronin"
(calentita, recién lanzada por Filmax, con imagen
impecable, aunque con sonido algo zumbón); la
delicada e injustamente olvidada "Amor en llamas"
(Filmax); así como, editadas por SAV, la admirable
"La Señorita Oyu", esas dos
cimas del séptimo arte que son la arrebatadora
"Cuentos de la luna pálida" y la
impresionante "El intendente Sansho",
la conmovedora "Los amantes crucificados"
y, en fin, su última palabra sobre las prostitutas
y broche final de tan excelsa filmografía, "La
calle de la vergüenza". Luego, en copias
lejos de definitivas, pero aún así ineludibles
por su pasmosa envergadura, se yerguen "Historia
del último crisantemo", en edición
por desgracia muy, pero que muy mejorable; y, claro
está, "La vida de Oharu", otra
de las obras capitales que le donó al cine nuestro
hombre y uno de los más intensos y amargos melodramas
jamás rodados, negro como boca de lobo.
Yasujiro Ozu
Con
el cineasta amante del sake tenemos una situación
incluso mejor que con la del cantor de las geishas:
una muy buena porción de su filmografía
(veintidós obras) ya se puede encontrar en los
comercios y los títulos importantes por recuperar
se cuentan con los dedos de la mano. En concreto, en
el caso del cronista de la clase media nipona y poeta
del discurrir de la existencia, a la cabeza de sus películas
disponibles se sitúan películas magistrales
como "Historia de hierbas flotantes"
(1934), "El hijo único" (1936),
"Una gallina al viento" (1948), "Primavera
tardía" (1949), "Las hermanas
Munekata" (1950), "Principios de verano"
(1951), "Cuentos de Tokio" (1953),
"Primavera precoz" (1956) y "La
hierba errante" (1959), remake con sonido y
en color del primero de los filmes citados. Pero, como
quiera que el talento de Ozu, como el de Mizoguchi,
siempre brilló a gran altura, no conviene olvidar
otros títulos magníficos como "He
nacido, pero
" (1932), "Hermanos
y hermanas de la familia Toda" (1941), "Había
un padre" (1942), "Historia de un vecindario"
(1947), "El otoño de la familia Kohayagawa"
(1961) y el melancólico broche final de su carrera,
"El sabor del sake" (1962). En menor
medida, también son apetecibles algunos otros
títulos de la recta final de su carrera, que,
pese a ser considerados por los entusiastas del director
entre su obra más significativa y prestigiosa,
a nosotros nos parecen algo menores (lo que en Ozu significa
que, aun así, son buenas películas)
y quizás demasiado encorsetados en el personalísimo
sistema formal tan característico del director
y tan justamente admirado por cinéfilos y cineastas:
"Flores de equinoccio" (1958), "Buenos
días" (1959) y "Otoño
tardío" (1960). Y una buena noticia:
para mayo de este 2008 se anuncia el lanzamiento de
los dos títulos de madurez que faltaban, las
soberbias "El sabor del té verde con
arroz" (1952) y "Crepúsculo
de Tokio" (1957). Así que, para que
la relación Ozu-DVD sea edénica, sólo
quedan por incorporar un ramillete de películas
de campanillas de su época muda: "¿Dónde
están los sueños de juventud?"
(1932), "Amad a la madre" (1934), "Un
albergue en Tokio" (1935) y, muy especialmente,
la primera obra maestra del director, la asombrosa "Mujer
de Tokio" (1933).
La
recomendación. Las tres obras magnas del
retratista de los objetos son "Primavera tardía",
"Cuentos de Tokio" y "Primavera
precoz". Las dos primeras están ofertadas
por SAV en copias bastante mejorables, de nitidez raquítica
y con abundantes temblores, y si no fuera porque estas
dos cimas del cine son imperativas para cualquier aficionado,
casi aconsejaríamos esperar a futuras y mejoradas
ediciones. Por fortuna, la sombría "Primavera
precoz" la presenta Filmax en una copia excelente
que hace inexcusable su adquisición. Ahora bien,
cualquier aproximación al maestro resultaría
incompleta sin "El hijo único",
una de sus mejores y más emocionantes películas
(en buena edición de Filmax), así como
sin la inolvidable "Una gallina al viento",
situada justo antes de comenzar su etapa más
prestigiosa y que, no por atípica de su director
(según los críticos de guión),
deja de ser magistral. La comercializa Notro en un doble
DVD, de calidad bastante mejorable y que también
incluye, en apuesta no demasiado lograda, la primeriza
y muy inferior "El coro de Tokio" (1931).
Aunque podríamos seguir, finalicemos las recomendaciones
con el doblete formado por "Historia de hierbas
flotantes" y "La hierba errante",
pues permite el fascinante ejercicio de contrastar una
de las mejores películas mudas con una de las
mejores últimas del cineasta, rindiendo casi
imposible la resolución del juego de la comparación
entre el original y el remake, pues ambos son excepcionales.
El film de 1959 cuenta, además, con el añadido
de un antológico trabajo cromático del
mayúsculo operador Kazuo Miyagawa, habitual colaborador
de Mizoguchi, en su único e inolvidable encuentro
con Ozu.
Mikio Naruse
Decididamente
menos genial que Mizoguchi y Ozu, y algo más
irregular, el cineasta nacido en Tokio resulta también
menos afortunado de cara a la distribución que
sus compañeros de generación, pues sólo
hay cinco títulos editados en España de
las decenas y decenas que rodó (y se conservan)
y tampoco en el extranjero la situación parece
mejor. Por fortuna, todos los títulos comercializados
son magníficos; en concreto: "Madre"
(1952), "La voz de la montaña"
(1953), "Nubes flotantes" (1955), "Cuando
una mujer sube la escalera" (1960) y su último
film, "Nubes dispersas" (1967). Ahora
bien, el talento de este gran director, que cuidaba
cada plano y cada gesto de sus actores con una delicadeza
como de pincelada de sfumato, o mejor, de caligrafía,
está lejos de reducirse a estos cinco títulos,
así que esperemos que Filmax no lo olvide en
próximas colecciones de cine japonés y
rescate títulos igualmente extraordinarios, como
"Tres hermanas de corazón puro",
"Mujer, sé como una rosa", "La
muchacha en boca de todos", los tres pasmosamente
fechados en el mismo y fructífero año
de 1935, "El almuerzo" (1951), "Esposa
y amante" (1961), "Crónica de
una trotamundos" (1962)
y quién
sabe cuántas películas más a la
espera de ser exhumadas para un reconocimiento que a
buen seguro merecen.
La
recomendación. Las cinco películas
de Naruse en el mercado son excelentes, pero, puestos
a elegir, a pesar de que la calidad de imagen de las
dos primeras no es ni mucho menos perfecta, quedémonos
con el "Pack Mikio Naruse" que incluye
"Madre", "Nubes flotantes"
y "Nubes dispersas"; ello, por tratarse,
respectivamente, de su película más popular
(en occidente), de su casi unánimemente reconocida
obra maestra y del film que clausuró su brillante
filmografía. Además, si "Madre"
parece conectar con el neorrealismo italiano, "Nubes
flotantes" destila ¡en 1955! una pasmosa
y precursora modernidad que "Nubes dispersas"
no hace sino confirmar. Y otro aliciente: cada una de
ella cuenta con sendas extraordinarias actrices japonesas
de generaciones sucesivas, que confirman que la calidad
de los intérpretes nipones no ha tenido igual
a lo largo y ancho del orbe en todo el siglo XX: la
excelsa Kinuyo Tanaka, actriz favorita no sólo
de Naruse, sino también de Mizoguchi y de Ozu
(¡qué currículo!) y evidentemente
una de las más grandes de todo el siglo, protagoniza
"Madre"; la gran Hideko Takamine, paradigma
de versatilidad e intensidad, encarna, con pasión
y desencanto en difícil equilibrio, a la obsesionada
heroína de "Nubes flotantes";
y finalmente la menos conocida, pero también
magnífica Yoko Tsukasa en "Nubes dispersas"
da cuerpo y alma al último retrato femenino de
un director que ofreció una de las galerías
más ricas e impresionantes del cine.
Hiroshi Shimizu
El
cine japonés sigue guardando cartuchos en la
recámara y continuamente afloran por las filmotecas,
las colecciones o los comercios directores importantes,
ignorados hasta hace poco, o casi, en occidente. Claro
está, que no todos alcanzan la relevancia de
los cineastas más reconocidos y, así,
por ejemplo, si las filmografías de Kobayashi
y Okamoto no han resultado finalmente tan extraordinarias
como había cabido esperar, la de Suzuki se intuye
quizás demasiado irregular. No obstante, persisten
dudas razonables sobre otros directores poco difundidos,
y quién sabe si esta lista sería más
amplia, si se conociera a fondo la obra de Yamanaka,
Gosho, Ichikawa, Kinoshita o Yoshida. Hay un nombre
que ejemplifica como ninguno la necesidad de dejar en
suspenso una valoración definitiva del cine japonés:
se trata de una de las últimas revelaciones,
Hiroshi Shimizu (no confundir bajo ningún concepto
con el actual Takashi, responsable de la discutible
"La maldición"); y tan de las
últimas, que es imposible encontrar ningún
título suyo en DVD en ningún país
occidental, ni siquiera por Internet. Pese a haber debutado
en la época muda, su descubrimiento por los aficionados
españoles (y, por poco, occidentales) es tan
tardío que se fecha ¡en 2006!, año
en que un imperativo ciclo recorrió diversas
filmotecas españolas, con una escasa selección
de una decena de entre las más de cien películas
que, según se cuenta, llegó a rodar. Como
quiera que dicho ciclo no llegó a Zaragoza, el
responsable de esta sección sólo consiguió
ver cuatro títulos, pero el hecho de no haber
podido visionar otras obras tan prometedoras como prestigiosas
(en su país, claro), unido a que las vistas presentan
una calidad media altísima, más la admiración
hacia Shimizu declarada nada menos que por Ozu y Mizoguchi,
justifica el voto de confianza dado a este ilustre desconocido
para incluirlo entre los grandes. En concreto, si "Sr.
Gracias" (1936) es una película simplemente
correcta y agradable, "El señor Shosuke
Ohara" (1949) es innegablemente un buen título,
mientras que "Notas de una cantante ambulante"
(1941) y "Los niños de la colmena"
(1948) son decididamente excepcionales. Después
de su exhumación, Shimizu, como el humo del incienso,
parece haberse evaporado de nuevo.
La
recomendación. Practicar la paciencia. Es
una virtud Zen...
Akira Kurosawa
Con
el director samurai saltamos a la generación
de directores que comenzaron a trabajar en los años
cuarenta. Kurosawa fue, en concreto, desde la siguiente
década y gracias fundamentalmente a la celebérrima
"Rashomon" (1950), la avanzadilla en
occidente del cine nipón. En buena lógica,
también lo ha sido en su difusión videográfica,
pues ya hace tiempo que Filmax lanzó gran cantidad
de sus películas, a las que constantemente se
han ido añadiendo otras (también por otras
distribuidoras), hasta el punto de que casi todas las
treinta que filmó conocen distribución
actual. Una situación casi inmejorable, con sólo
una ausencia reseñable: la menospreciada, pero
intensa "Rapsodia en agosto" (1991).
Tan encomiable proliferación de títulos
permite deshacer algunos equívocos siempre difundidos
sobre el cineasta, empezando por el sambenito de ser
el más occidentalizado de los grandes directores
japoneses: cierto, algunas películas suyas pueden
serlo, pero no más que otras de Mizoguchi, Naruse
y Ozu
y, por otro lado, otros filmes suyos resultan
tan irreductiblemente japoneses como el que más.
El segundo grave malentendido es suponer que su obra
comienza con la magnífica y justamente alabada
"Rashomon", pues los primeros años
de su carrera son de una vitalidad creativa y de una
potencia expresiva asombrosas, que bajo ningún
concepto cabe empequeñecer como un simple período
de aprendizaje: para demostrar lo dicho, ahí
se yerguen airosas "No añoro mi juventud"
(1946), "Un domingo maravilloso" (1947),
"El ángel ebrio" (1948), "Duelo
silencioso" (1949), "El perro rabioso"
(1949) y "Escándalo" (1950),
todas ellas disponibles en copias de calidad. Luego,
tras "Rashomon", conforman la fecunda
etapa de madurez otros títulos magníficos,
como "El idiota" (1951), "Vivir"
(1952), "Los siete samuráis" (1954),
aunque ésta nos parezca inferior a la fama de
que disfruta, así como "Crónica
de un ser vivo" (1955), "Trono de sangre"
(1957), "Bajos fondos" (1957), "Los
canallas duermen en paz" (1960), "El
infierno del odio" (1963) y "Barbarroja"
(1965). Entre las películas de su última
y más dispersa etapa, tras la grave crisis personal
sufrida por el cineasta, destacan "Do-des-ka-den"
(1970) y las míticas "Dersu Uzala"
(1975) y "Ran" (1985). A disfrutarlas.
La
recomendación. Curiosamente las dos mejores
películas de Kurosawa lo hermanan con Shakespeare,
en dos ejemplos supremos de mestizaje cultural: "Los
canallas duermen en paz", pese a su apariencia
de cine negro, tiene muchos puntos de contacto con "Hamlet",
mientras que, un poco al contrario, "Trono de
sangre", adaptación confesa de "Macbeth",
es sin embargo una de sus películas que más
a fondo ha explotado los modos de representación
autóctonos de Japón. Las dos las distribuye
Filmax: "Los canallas duermen en paz"
en una copia impecable; no tanto "Trono de sangre",
pero la altura y fuerza de ésta, la obra maestra
del samurai del cine, bien merece que se pasen por alto
algunas pequeñas imperfecciones.
Shohei Imamura
La
siguiente generación de cineastas japoneses,
coetánea de la Nouvelle Vague francesa, recibió
de hecho el nombre en su país de Noberu Bagu.
Como sus colegas europeos, los nipones imprimieron un
cambio de rumbo radical respecto al cine de sus mayores,
incorporando técnicas más libres y enarbolando
una mayor potencia discursiva, mucho más airada
y virulenta que en el caso de los galos. Por fortuna,
al igual que sus colegas franceses y a diferencia, por
ejemplo, de la contemporánea generación
de la televisión estadounidense, los nuevos aires
vinieron impulsados por una absorción a fondo
del lenguaje cinematográfico, que incidió
en que, si bien el grupo no llegó a ser comparable
con sus mayores (tarea ardua, por lo demás),
al menos no desmereció de ellos y llegó
a aportar al séptimo arte dos nombres fundamentales.
El primero es otro tokiota: el burlón, cáustico
Imamura. Este cineasta presenta la peculiaridad de tener
una primera etapa, que finaliza con la década
de los sesenta, casi desconocida en nuestro país,
para luego, a partir de 1979, contar, caso excepcional,
con todas sus películas estrenadas en España.
De hecho, todo lo disponible en DVD pertenece a esta
amplia etapa del director, destacando buenas películas
como "La balada de Narayama" (1983),
"La anguila" (1997) y su aportación,
sin duda la mejor junto a la de Gitai, al film colectivo
"11 de septiembre" (2002), dominadas las
tres por las extraordinarias "La venganza es
mía" (1979) y "Agua tibia bajo
un puente rojo" (2001). Sin embargo, todavía
son unas cuantas las películas necesarias de
recuperar, muchas de su etapa "invisible"
aunque no todas: "Intenciones de matar"
(1964), que es una de las cimas de su responsable, la
magnífica "Los pornógrafos"
(1966), el semidocumental "Desaparece un
hombre" (1967), el sensual fresco panteísta
"El profundo deseo de los dioses" (1968),
la tragicómica "Dr. Akagi" (1998)
y, sobre todo, la ausencia más imperdonable de
todas, quizás su mejor película, la conmovedora
e impresionante "Lluvia negra" (1989),
su alegato contra el lanzamiento de la bomba atómica
en Hiroshima y sus consecuencias, una película
de visión obligatoria para cinéfilos y
no cinéfilos que debería proyectarse en
todos los colegios e institutos, sin más.
La
recomendación. El mejor Imamura en el mercado
es sin duda "La venganza es mía",
presentada en una magnífica copia por SAV. Este
título resulta además una aproximación
ideal al universo del japonés, pues hace gala
de toda la rabia característica de su autor,
más que atemperada, azuzada por su feroz ironía,
además de ser un firme puente entre sus dos etapas,
caracterizada la primera por estrategias formales más
convulsas y la segunda por una conquistada serenidad
aparente.
Nagisa Oshima
Sólo
un año después que Imamura, en 1959, debutó
el director nacido en Okayama. Oshima, pese a la notoriedad
cosechada durante su etapa occidental de los setenta
y ochenta, casi había desaparecido del mapa de
la distribución, pero, por fortuna, los tiempos
del DVD le han traído una necesaria reivindicación
a éste, el cineasta más arriesgado de
su generación y de los más de todo el
cine, cuyo arrojo ha deparado numerosos placeres y hallazgos
aunque también algún que otro fiasco (como
la discutible "Diario de un ladrón de
Shinjuku", 1968). Siete títulos presentes
sobre un total de casi treinta, eso sin contar sus numerosos
trabajos para televisión, no es ciertamente mucho,
pero sí bastante, cuando se compara con el desierto
de hace pocos años; y más todavía,
cuando dos de esos títulos, "El entierro
del sol" (1960) y "Feliz Navidad Mr.
Lawrence" (1983), son muy recomendables, mientras
los otros cinco son simplemente excepcionales: la primeriza
"Historias crueles de juventud" (1960),
la impactante y convulsa "Violencia a pleno
sol" (1966), su díptico del escándalo,
la sexual "El imperio de los sentidos"
(1976) y la fantasmagórica "El imperio
de la pasión" (1978), y, faltaría
más, su último y magistral film, "Gohatto",
también conocido como "Tabú"
(1999). Confiemos en que se sigan recuperando otras
películas ausentes del director, con a la cabeza
jalones tan importantes como "Muerte por ahorcamiento"
(1968), "El niño" (1969) o "La
ceremonia" (1971).
La
recomendación. Cualquiera de las películas
presentes, y en particular las dos mejores, serviría
para certificar ese cruce tan particular entre Eros
y Thanatos que es el sello más reconocible de
su autor. "El imperio de los sentidos",
en concreto, presentada por Filmax en una copia aceptable,
es una película imprescindible y anonadante,
un film-escándalo de su época que sigue
conservando intacta toda su capacidad de subversión
y desasosiego. De adquisición obligada, sin peros
que valgan, es la fascinante "Gohatto",
distribuida por Lauren Films en copia impecable, y que
tiene el valor añadido de ser el último
trabajo de Oshima por el momento
y quizás
definitivamente, dada la avanzada edad del director.
Esta bellísima película, una de las más
grandes de los últimos tiempos, consigue la difícil
proeza de alcanzar el equilibrio entre delicadeza y
brutalidad, y presenta una trama tan escurridiza que
consigue que acabemos desentendiéndonos de ella
para concentrarnos en la crepuscular belleza de sus
imágenes y la vigorosa potencia de su discurso.
(
Y, tangencialmente, deja en ridículo a
esa película de similares primeras intenciones,
sólo primeras, que es la cacareada "Brokeback
mountain").
¿Y fin?
No
lo hemos hecho aposta y, sin embargo, nos ha salido
un número redondo: hemos dado la vuelta al cine
en ochenta cineastas. Quedan en el aire, no obstante,
un par de cuestiones. Primera: ¿y los dibujos
animados? Si hemos decidido excluir de entrada a todo
el cine de animación, no ha sido por minusvalorarlo,
sino porque es un apartado tan peculiar del mundo del
celuloide y el vídeo, que casi puede considerarse
un modo de expresión distinto. Al menos, es indiscutible
que la pérdida del efecto de real que conlleva
dicha técnica afecta de forma determinante a
elementos y formas de tipo, no sólo, claro está,
interpretativo, sino también compositivo, atmosférico,
rítmico, e incluso emocional. También
es cierto que los discursos que, al menos hasta hoy,
ha ofrecido la animación, son más restringidos
que los de la imagen real, y que no siempre los animadores
han comprendido que la gran fuerza del género
(véase la sobrevalorada y un tanto engominada
escuela checa que ha pretendido rociar tantas películas
con impostada poesía), que su gran fuerza, decimos,
la proporciona ni más ni menos que la abolición
de las leyes físicas, y así lo demuestra
que las obras más productivas del mismo hayan
explorado a fondo el territorio del gag, llevándolo
a extremos imposibles de alcanzar con la imagen real.
Sea como sea, queremos dejar constancia de nuestra admiración
por los dos mayores genios del cine animado: Walt Disney
y Tex Avery.
Y
la segunda cuestión: ¿podrían haber
figurado más nombres que estos ochenta en nuestra
antología? Quién sabe. La duda, justificada,
no se debe tanto a aquellos directores sobrada o aceptablemente
difundidos, por más que en algún caso
(especialmente el italiano Pier Paolo Pasolini y quizás
el estadounidense Albert Lewin) su exclusión
haya sido un tanto dolorosa y quizás recusable,
si fuera factible el acceso a una mínima parte
escondida de su obra, o bien la revisión de algún
título concreto. Tampoco se debe a tantos valores
actuales en alza en la bolsa de la crítica, pues
o bien esos directores son demasiado irregulares, desde
luego inferiores a los aquí presentes, o bien
aún les queda mucho por demostrar. No, la duda
se hace fuerte, cuando se constata cuántos cineastas
nos han legado una o dos películas, no geniales
(si lo fueran, aquí estarían), pero sí
extraordinarias, y que una gran parte de su filmografía
resulta decididamente inaccesible, y sin embargo podría
brillar a la altura de lo mejor que se conoce de ellos.
Es casi imposible que alguno de estos ausentes se ubicara
a la genial altura de, digamos, Hitchcock, Dreyer o
Mizoguchi, o incluso altamente improbable que figuraran
en el nivel, secundario por comparación, de,
pongamos, Lloyd, Fuller, Sjöström o Naruse.
Sin embargo, no es descartable que su obra conjunta
ofrezca la consistencia, capacidad y creatividad, modestas
si se quiere (relativamente, claro está: hablamos
de los mejores), pero claramente perceptibles de unos
Leisen, Wise, Dieterle o Delvaux. El caso de los cineastas
japoneses es emblemático: quizás una mayor
difusión de la obra de Kon Ichikawa lo hubiera
aupado a esta lista; ¿y quién sabe cómo
podríamos valorar al absolutamente desconocido,
pero no pocas veces referenciado, Heinosuke Gosho? Pero
no sólo Japón tiene cineastas que quizás
figuren entre los grandes sin que nosotros lo sepamos:
¿y el norteamericano William C. de Mille, hermano
del célebre Cecil, cuya única película
accesible, "Miss Lulu Bett" (1921),
es extraordinaria?; ¿y el mismo Cecil, cuya incandescente
"Los diez mandamientos" (la de 1924),
su mejor título, generó numerosas influencias
y se ubica en medio de una etapa prácticamente
desconocida, muy probablemente superior a su más
difundida filmografía sonora?; ¿y el moscovita
Boris Barnet, amante del slapstick y rareza del cine
soviético?; ¿y el más extraño
todavía Edgar G. Ulmer, ese alemán errante
que se pasó la vida rodando películas
de presupuesto tacaño y generosa imaginación?;
¿y el mejor estandarte del nuevo cine polaco,
Jerzy Skolimowski, responsable de una magnífica
carrera internacional y de una andadura autóctona
semioculta? Un conocimiento más profundo de éstos
y de algunos otros quizás habría obligado
a necesitar más cineastas para viajar por el
mundo del cine.
Por
otro lado, son probablemente muchas las películas
importantes que duermen el sueño de los justos.
Da que pensar que una obra capital del cine entero como
es "El valle del amor y la tristeza" haya
permanecido enterrada durante ¡70 años!,
que aun ahora sea de acceso casi imposible, y que de
hecho nadie parezca conocerla: ni la menciona Noël
Burch en sus afamados ensayos sobre el cine japonés,
ni figura en el pormenorizado estudio de Antonio Santos
sobre Mizoguchi, ni se incluyó en el ciclo prácticamente
completo que Filmoteca Española dedicó
al maestro hace diez años, ni parece haberse
editado en DVD en ningún país. ¿Quedan
más obras maestras de tal envergadura tapiadas
por los muros del tiempo? Quizás unas pocas.
Quizás ninguna. Al fin y al cabo, "El
valle del amor y la tristeza" es nada menos
que un Mizoguchi, y además de su primera gran
etapa de plenitud, para muchos la de su máximo
esplendor, la que va de 1936 a 1942. No obstante, aun
descartando títulos desaparecidos con casi definitiva
certeza, como ese sueño de todo cinéfilo
que es el Murnau perdido más codiciado, "Los
cuatro diablos" (1928), persiste la duda de
cuántas buenas y magníficas películas
hibernan ahora mismo en algún lugar a la espera
de que alguien las reviva. Confiemos en que la cada
vez mayor abundancia de DVDs aporte al mercado más
tesoros ocultos y nos ayude a explorar esas tierras
todavía desconocidas, e incluso vírgenes,
que todavía tiene el cinematógrafo.
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Europa. Tercera parte.
Antes
de volar en la próxima entrega al continente
asiático, en ésta finalizamos nuestra
rememoración de cineastas europeos, ciñéndonos
a la periferia geográfica y cinematográfica
del continente y trazando por tanto un arco imaginario
que va desde Gran Bretaña a Rusia y pasa por
las estaciones mediterráneas de España,
Italia, Grecia y Ucrania. No obstante, dos puntualizaciones.
Primera: no por una incorrección diplomática,
sino porque los cineastas británicos de la lista
son todos ingleses, hemos preferido encabezar el apartado
correspondiente bajo el epígrafe de Inglaterra
y no de Reino Unido. Y segunda: un poco al contrario,
por razones históricas, hemos optado por agrupar
a los cuatro cineastas de los dos países eslavos
aquí presentes bajo el epígrafe de la
extinta Unión Soviética. La razón
es que todos ellos iniciaron su andadura cinematográfica
bajo la dictadura del proletariado y, aunque acabarían
por distanciarse de las corrientes y dictámenes
oficiales del régimen, en sus primeras películas
hay una evidente glosa y adhesión, como mínimo
aceptación, de la idea revolucionaria, por lo
que los cuatro se asimilan a una corriente, un momento
histórico, un estado de localización temporal
muy precisa que responde a unas siglas: URSS.
Inglaterra
Alfred Hitchcock
¿Qué
decir del orondo, parsimonioso y burlón director?
Que es el mago del suspense es poca cosa, casi parece
un chiste, pues sus películas admiten tantos
niveles de lectura y a tanta profundidad, que al menos
en sus mejores logros se cuentan entre las más
complejas y polifacéticas experiencias que ha
ofrecido el cine y, por lo demás, cualquier otra
arte. Que es uno de los más grandes cineastas
que han existido es rigurosamente cierto, pero incluso
esto sabe a poco, al hablar de un hombre que dominó
y utilizó a fondo prácticamente todos
los resortes de este medio tan rico y complejo, hasta
el punto de que el brillante analista J. E. Tarnowski
llegó a referirse a él como
el hombre
que sabía demasiado. La grandeza de Hitchcock
aún resulta más admirable, si se considera
que sigue atrayendo a numeroso público en igual
medida que Madeleine imantaba a Scottie Ferguson; fascinación,
por si fuera poco, prolongada a lo largo de más
de ochenta años ininterrumpidos. Así las
cosas, es evidente que el católico londinense
es y seguirá siendo uno de los reyes del mercado
videográfico. No podía ser de otra manera.
Procedamos cronológicamente. Las películas
de su etapa inglesa cunden (y digo cunden: hasta seis
ediciones distintas hay de algunos títulos) sobre
todo en lanzamientos de pequeñas firmas, por
lo general poco cuidadosos: baste con pensar en cómo
Suevia presenta las películas mudas con copias
de muy deficiente calidad a las que encima les faltan
anchas bandas del encuadre (algunas parecen estar dirigidas
por un tal Fred Hitchcock). Por fortuna, de su período
silente, el paquete lanzado al alimón por Studio
Canal y Universal "The Hitchcock Collection"
presenta en copias excelentes "El ring"
(1928), "The Manxman" (1929) y su
mejor película muda, la extraordinaria comedia
"La mujer del granjero" (1928). Este
mismo paquete nos introduce en los primeros años
del Hitchcock sonoro con un par de títulos menores,
aunque estimables (es hora de decir que el inglés
sólo rodó una película mala sin
remisión: "Juno and the peacock"),
y sobre todo con la excelente "Lo mejor es lo
malo conocido" (1931), casualmente otra comedia.
Como colofón, ofrece una copia magnífica
de
¡"Enviado especial"!
¡Qué descoloque! Continuando con la carrera
británica del hombre de la silueta, Universal
propone un DVD excepcional de la magistral "La
muchacha de Londres" (1929), disco que incluye
las dos versiones del film, muda y hablada. Por cierto,
que la que Suevia distribuye como "Chantaje"
es en realidad la misma película en peor copia,
sólo que usa la traducción literal del
título original. Aparte, Filmax presenta remasterizadas
con muy buena calidad la magnífica "Inocencia
y juventud" (1937) y dos de los mejores títulos
insulares del londinense, "39 escalones"
(1935) y "Alarma en el expreso" (1938).
Por desgracia, no hay, que sepamos, buenas copias de
algunas películas soberbias: "Easy virtue"
(1927), "Asesinato" (1930), "El
agente secreto" (1936) y, sobre todo, el primer
e inolvidable "Sabotaje" (1937), que
por cierto nada tiene que ver con el que al poco rodaría
en América.
Ahora
bien, por muy brillante que sea su filmografía
británica, Hitchcock no alcanzaría la
plenitud de sus colosales facultades hasta su llegada
a Hollywood. Allí no rodó ni una sola
película mediana y sí en cambio una cantidad
abrumadora de obras extraordinarias. De la etapa que
comienza con Selznick y acaba en la Warner, destacan
poderosamente las magistrales "Rebeca"
(1940), "Enviado especial" (1940),
"La sombra de una duda" (1943), "El
proceso Paradine" (1947) y "Extraños
en un tren" (1951), y en menor medida, y aun
así son magníficas, "Sabotaje"
(1942), "Náufragos" (1944),
"Recuerda" (1945) y "La soga"
(1949). Lástima, que dos filmes tan admirables
como "Sospecha" (1941) y "Atormentada"
(1949) y que una de sus indiscutibles obras maestras,
"Encadenados" (1946), se oferten, de
momento, en copias deficientes; y lástima también
que "Yo confieso" (1952) y "Crimen
perfecto" (1953) estén secuestradas
por Warner. Luego, llegando a su etapa Paramount, aquélla
que atesora la mayor cantidad de cumbres del arte de
nuestro hombre, y ya hasta el final de su carrera, nos
topamos con el espinoso asunto de los formatos. Sí,
Universal ataca de nuevo. Pues si aquéllas películas
rodadas en sistema VistaVision eran originalmente panorámicas,
no lo eran las demás, así que hagamos
pública nuestra consternación por el hecho
de que las copias supuestamente restauradas de esas
dos cimas del cine que son "La ventana indiscreta"
(1954) y "Psicosis" (1960) se presenten
mutiladas horizontalmente por la major (y mayor) terrorista
por mucho que pretendan camelarnos con la multitud de
extras de la edición conmemorativa de la segunda,
que, al menos, es un consuelo, incluyen el genial trailer
original del film. Para rizar el rizo, otras dos cumbres,
"Los pájaros" (1963) y "Marnie"
(1964), rodadas en formato apaisado, se comercializan
¡en formato cuadrado! Ya parece mala leche. Y
algo similar podría decirse de sus últimas
cuatro películas, entre las que sobresalen con
fuerza la amarga, incomprendida y tantas veces agredida
"Topaz" (1969) y la guasona y más
aceptada "Frenesí" (1972). Bueno,
por fortuna, nos quedan en copias soberbias, más
respetuosas y recién restauradas, "Atrapa
a un ladrón" (1954), "Pero,
¿quién mató a Harry?"
(1955), "El hombre que sabía demasiado"
(1956), "Vértigo" (1958)
y, distribuida por MGM, "Con la muerte en los
talones" (1959). Y un nuevo varapalo, éste
para Warner: ¿a qué espera para lanzar
otra de las cumbres del maestro, "Falso culpable"
(1957)? Claro, que casi se puede ahorrar la molestia,
si, como parece que ya ha hecho en su lanzamiento internacional,
la va a presentar "panoramizada". El despanoramizador
que la despanoramice, buen despanoramizador será...
La
recomendación. No puede haber ni una, ni
dos, ni únicamente tres, tratándose de
esta especie de Mozart del cine. Comencemos con el paquete
"The Hitchcock Collection" (Studio
Canal y Universal), por incluir en copias impolutas
su mejor película muda, "La mujer del
granjero", y una de sus más destacadas
iniciales películas americanas, "Enviado
especial". Luego, sobresale "La muchacha
de Londres", distribuida por Universal, por
la excepcional calidad del lanzamiento y presentar además
las dos versiones de una película esencial en
la evolución de su director, mucho más
que la previa "El enemigo de las rubias"
(1925)
y, a la sazón, fundamental en el
incipiente cine sonoro. Y para finalizar con su etapa
inglesa, resaltemos la cima de ella, la irresistible
"Alarma en el expreso"
eso sí,
en la copia de Filmax. Ya en América, destaquemos
tan sólo las obras maestras editadas en copias
impecables: la inaugural "Rebeca" (Manga
Films), otro de los puntos de inflexión cruciales
en la carrera de Hitchcock; la maravillosa y familiar
"La sombra de una duda" (Universal),
una de sus cinco o seis mejores películas y sin
duda uno de sus títulos más libres; la
intensa "El proceso Paradine" (Manga),
que es mucho más que un boceto de "Vértigo";
la desbordante "Extraños en un tren",
que Warner distribuye en un disco de doble cara con
las versiones inglesa y americana del film, aunque las
diferencias entre una y otra no resulten muy sustanciales...
Recuperemos el resuello para adentrarnos en su gloriosa
etapa de 1954 a 1964. Nos gustaría recomendar
aún más títulos, pero los malditos
formatos destierran un puñado de obras maestras
y, en concreto, quedan: "Atrapa a un ladrón"
(Paramount), cuya aparente modestia y su inopinada inclinación
a la comedia no deberían impedir reconocer sus
desbordantes virtudes; distribuida por Universal (originalmente
Paramount), "El hombre que sabía demasiado"
(la versión con James Stewart, claro está:
no confundir con la previa inglesa, que es muy inferior),
por ser una de las cumbres indiscutibles de su cine
y tratarse del Hitchcock más completo, el que
mejor agrupa y desarrolla todas las tendencias relevantes
en su obra; "Vértigo" (Universal,
en origen Paramount), simplemente una de las cumbres
del cine y de todo el arte del siglo XX (ahí
queda eso); y finalmente, "Con la muerte en
los talones" (MGM), menos honda que los títulos
precedentes, pero siempre reconocida como el Hitchcock
que con más fruición ha exprimido la proverbial
faceta lúdica del cineasta.
David Lean
Tan
deslumbrante es el fulgor de Hitchcock que muchos aficionados,
en parte impulsados por unas desafortunadas declaraciones
de Truffaut, han llegado a creer que el cine británico
se reduce al director gourmet. Nada más lejos
de la realidad, y uno de aquéllos que con mayor
contundencia refutan tal teoría es el popular
David Lean. Su gran fama la debe especialmente a las
grandes superproducciones a las que se entregó
en la segunda mitad de su carrera, pero la primera,
centrada en películas más familiares (por
comparación) es igualmente brillante y, gracias
al prestigio de la etapa más conocida, se ha
ido recuperando poco a poco para el aficionado español,
hasta el punto de que casi toda la quincena aproximada
de largometrajes que firmó el británico
se ha llegado a comercializar en nuestro país.
Del período inglés brillan en los estantes
películas excelentes como "Breve encuentro"
(1945), "Oliver Twist" (1948), "Amigos
apasionados" (1949) y "Madeleine"
(1950), aunque "Cadenas rotas" (1946)
parece estar descatalogada y "La barrera del
sonido" (1952) y "El déspota"
(1954) simplemente sin editar. De su etapa internacional
siguen al pie del cañón, en ediciones
repletas de extras, las no menos extraordinarias "Lawrence
de Arabia" (1962), "Doctor Zhivago"
(1965) y "La hija de Ryan" (1970).
Por desgracia, uno de sus mejores filmes, la culminación
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