EL POLLO URBANO
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Nº 93 (3ª Epoca) Extra Fiestas del Pilar, Octubre 2008. Zaragoza. 
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CINE EN ARAGON



Clásicos en DVD
Por Fernando Usón

-Asia
-Europa. Tercera parte
-Europa. Segunda parte
-Europa. Primera parte
-Estados Unidos y Canadá. Segunda parte
-Estados Unidos (y Canadá). Primera parte

-¿Y fin?


    La década de los ochenta fue para los aficionados al cine, y más aún para aquéllos que entonces comenzábamos a sentir esta pasión, quizás la época más dulce que se haya dado en este país. En primer lugar, la democracia recién estrenada trajo consigo el fin de las prohibiciones, por lo que no sólo se estrenaban todo tipo de películas de la actualidad de entonces, sino que se recuperaban ¡en salas comerciales! títulos clásicos que la censura franquista había proscrito por ce o por be (de "El acorazado Potemkin" a "Viridiana", de "Ser o no ser" a "El imperio de los sentidos"), mientras otros se hacían accesibles, más restringidamente, vía filmotecas (de "The devil is a woman" a "La sal de la tierra"); y no sólo eso, en una época en que la distribución aún no estaba copada por las grandes multinacionales, paralelamente a las últimas bocanadas de las salas de arte y ensayo, se estrenaban otros títulos fundamentales que por los azares de la siempre caprichosa distribución patria no se habían "colado" en nuestro país en el momento de su estreno mundial ("La noche del cazador", "La noche del demonio", "Senso", "La invasión de los ladrones de cuerpos"…). En segundo y no menor lugar, la televisión estatal tenía en nómina a excelentes programadores, gracias a los cuales era posible ver ciclos en horas punta (prime time, que se dice ahora) dedicados a Bergman, Renoir, Rossellini, Wellman, etc., y hasta algún que otro título aislado de Mizoguchi y Ozu; eso, por no hablar del cine-club de madrugada, de programación diaria y reservado a las películas en versión original y que incluía abundantes títulos mudos, europeos, japoneses, etc. (una de cuyas propuestas imborrables fue el doble ciclo simultáneo dedicado a Lang: películas americanas en horario familiar; las alemanas mudas en horario de madrugada ¡el mismo día!).

    Esta situación edénica fue poco a poco deteriorándose: por un lado, las multinacionales iban adueñándose de la distribución; por otro, la aparición de los canales privados defraudó las esperanzas puestas en ellos, al optar por la telebasura, animando de paso a Televisión Española a entrar en la misma dinámica y olvidar su vocación y obligación de ente cultural para precipitarla en la competencia pura y dura. Desventajas de la ahora llamada liberalización del mercado, antes conocida por capitalismo, aplicada a la cultura. Hoy por hoy se ha tocado fondo en lo que respecta al cine de accesibilidad inmediata: lo programado por las televisiones nacionales carece de entidad alguna (y cuando la tiene, se reserva a horarios imposibles y se le agrede con doblajes infames) y lo estrenado en los cines es en su mayor parte intelectualmente nulo, si no simplemente vomitivo. Un panorama desolador, y no sólo en cine, que dibuja una de las etapas de la historia reciente de mayor insuficiencia artística y vulgaridad mental.

    No obstante, dos hechos mantienen viva la ilusión del cinéfilo, la antorcha del cine, ofreciendo la posibilidad de acceder a los títulos señeros del que antes se consideraba el séptimo arte… aunque, triste es decirlo, con la mirada puesta fundamentalmente en el pasado. La primera línea, francamente minoritaria (pues el gran público parece detestar lo antiguo por su edad: una forma estupenda de mantenerse en la ignorancia), la constituye la programación en filmotecas, que nunca en España había sido mejor, llena de retrospectivas completas o casi completas de directores que antes eran simplemente una prometedora incógnita (no tanto Mizoguchi y Ozu, más Imamura, Naruse, Stiller, Sjöström, Has, etc.), y además, con la posibilidad de acceder a los grandes clásicos no en las desvaídas, rayadas copias antes habituales, sino con frecuencia en resplandecientes copias completas, restauradas gracias a la intensa actividad desarrollada al respecto en las últimas décadas.

    El segundo hecho, más popular y accesible, es la acusada abundancia de ediciones en DVD, donde los títulos apetitosos ya son legión y permiten conocer lo mismo clásicos del cine que modernos prestigiosos (tantos de ellos, ignotos comercialmente en España: Tarr, Sokurov, Zhang-ke, Garrel, etc.). Sin embargo, la proliferación de ediciones puede tener su lado negativo, no tanto porque apenas dé abasto al coleccionista (tanto da, sólo es cuestión de armarse de paciencia… y dinero), sino sobre todo porque impide el discernimiento entre lo fundamental y lo accesorio, especialmente, para nuevas generaciones que apenas han tenido la oportunidad de conseguir una formación básica en lo que al cine respecta; inconveniente que se crece ante la posibilidad de descargar los filmes del batiburrillo de Internet. Ya se sabe, la información forma un bucle donde la punta de la sobreabundancia enlaza con la esquina de la desinformación.

    Con el ánimo, arrogante quizás, de encender una luz que ayude a triar lo indispensable, inauguramos esta sección del Pollo Urbano, en la que rendiremos cuentas del estado de la videografía (y los transfer) de unos cuantos cineastas, algo menos de ochenta, que consideramos los mejores de la historia. Pensamos sinceramente que todo aquél que se plantee el cine como expresión artística, o mejor aún como modo expresivo específico, aprobará, si no todos, sí la inmensa mayoría de los cineastas que aquí aparezcan… aunque evidentemente la selección también está sujeta a criterios personales y habrá quien eche en falta determinados nombres: ¿qué habrá sido de Kubrick y Huston?, ¿Capra y Curtiz?, ¿Berlanga y Erice?, ¿Truffaut y Chabrol?, ¿Antonioni y Oliveira?, ¿Polanski y Wenders?, ¿Yimou y Kar-wai?, ¿Allen y Scorsese? Ciertamente todos ellos, y otros que no mencionamos, tienen obras valiosas, pero el hecho de ser más populares o nombrados no significa necesariamente que se encuentren entre los mejores, por lo que deberán ceder el paso a otros directores de obra cinematográficamente más productiva y apasionante: algunos igualmente populares, como Chaplin o Hitchcock, otros menos conocidos, como Borzage o Naruse, y otros más incluso casi ignotos, como Stiller o Dovzhenko.

    El listado irá apareciendo por aproximado orden cronológico y geográfico de directores y en él se podrá ir apreciando el innegable dominio de los clásicos sobre los modernos (más de la mitad de la lista debutaron en la remota época muda o en la lejana década de los treinta), quizás para escándalo de modernillos desinformados que, sin discriminación, toman lo antiguo por antigualla: desgraciadamente cada vez son más los que piensan, como diría Javier Marías, que el mundo ha comenzado el día de su nacimiento.

 


Asia

Satyajit Ray Hiroshi Shimizu
Kenji Mizoguchi Akira Kurosawa
Yasujiro Ozu Shohei Imamura
Mikio Naruse Nagisa Oshima

    Finalizamos nuestro periplo cinematográfico en el continente asiático, completando un recorrido efectuado a la inversa del solar, de las tierras de occidente a las del sol naciente. Porque la inmensa Asia, en lo que al mejor cine respecta, casi se reduce a un minúsculo país: Japón. De hecho, esas cinematografías emergentes tan aclamadas hoy en día, sea la iraní, la coreana o la china, aún están pendientes de ofrecer un gran nombre irrefutable, y prácticamente están en pañales en comparación con la tierra de las geishas y los samuráis. "Nuestro cine soñado", decía hace años David Bordwell al referirse a una producción entonces poco promocionada y de la que se adivinaban maravillas. Y, en efecto, la mayor difusión del cine nipón no ha traído el desencanto, sino la confirmación de las esperanzas: aparte de ser el origen de dos de los genios indiscutibles del cine (Mizoguchi y Ozu), su producción media ha revelado a la que quizás sea, con permiso de Francia, la segunda cinematografía más brillante del orbe (la primera, al menos en época clásica, era desde luego Estados Unidos, por su rica cantera autóctona y su persistente importación de grandes cineastas); una cinematografía que incluso hoy sigue sacando a la luz nuevos talentos, hasta hace bien poco ocultos a los occidentales. Por fortuna, este entusiasmo por un cine que lo merece ha calado hondo también en nuestro país, hasta el punto de que, cosa rara, por una vez España se encuentra, en lo que a lo videográfico respecta, en primera línea mundial, o casi, gracias al esfuerzo editorial de fundamentalmente Filmax y en menor medida de otras compañías, como Notro, SAV, etc. Ahora bien, antes de poner el broche final a nuestra vuelta al mundo cinematográfico en el país de las maravillas, aún haremos una breve escala en otro de producción mamotétrica… y tétrica calidad media: a pesar de los pesares, la India guarda entre sus joyas uno de los nombres importantes del cine.


-India


Satyajit Ray

    El bengalí es una auténtica rareza en un país cuyo cine está amodorrado por el folclore más ramplón, cuyos presupuestos estéticos no pueden ser más gruesos, ni los dramáticos más culebroneros, ni sus intereses más conformistas: un ejemplo de sensibilidad, de gusto estético y capacidad analítica y crítica… Aunque ciertamente él mismo tuvo que pagar peaje a la industria hindú y firmar obras de marchamo más popular, que son sin duda lo más insatisfactorio de su filmografía, véanse las aventuras o comedias tan supuestamente vitales como machaconamente soporíferas tipo "La piedra filosofal", "Las aventuras de Goopy y Bagha" o "El reino de los diamantes". Su obra, empero, raquíticamente difundida en España, rebosa de películas magníficas, muchas de ellas concentradas en los primeros años de su carrera, como si el bengalí, tras el impulso recibido por el francés Renoir, su declarado maestro, hubiera concentrado en sí todas las fuerzas latentes de una cinematografía que apenas había despegado. De sus abundantes películas las únicas presentes en el mercado ibérico son las que conforman la celebrada "Trilogía de Apu", que incluye su primer film y uno de los mejores, "La canción del camino", también conocida por su título original "Pather Panchali" (1955), así como las inferiores, pero aun así muy recomendables "El invencible" (1956) y "El mundo de Apu" (1959). Se trata de una presencia casi testimonial, cuando resulta que la obra del hijo del poeta Sukumar no se limita a su inevitable trilogía, sino que atesora otros títulos estupendos, casi todos acumulados al principio de su carrera: "El salón de música" (1958), "La diosa" (1960), "Tres hijas" (1961), "Charulata" (1964), "Noches y días en el bosque" (1969), "El adversario" (1970), "Un trueno lejano" (1973), y "El mundo de Bimala" (1984), que, por cierto, es la única de sus películas que conoció estreno comercial en España. A ellas quizás se podrían añadir las prometedoras "Kanchenjungha" (1962), "La gran ciudad" (1963) y "El héroe" (1966).

La recomendación. La "Trilogía de Apu" ha sido editada por Divisa en copias de nitidez y contraste perfectos, y aunque presentan la tara de alguna nieve ocasional, esto no llega a deslucir la excelente calidad de las mismas. La mejor del trío es evidentemente "La canción del camino", uno de los mejores Ray, y se debe adquirir inexcusablemente.


-Japón


Kenji Mizoguchi

    El más grande director japonés, desde luego el de obra más rica y diversa y, con permiso de Ozu, el que llegó a utilizar formas y estructuras más radicales, aún hoy de una pasmosa modernidad, está bastante bien representado en el mercado, máxime teniendo en cuenta que hace apenas unos diez años su obra se conocía en España a cuentagotas. En concreto, hay editado algo más de la mitad de su corpus conservado, y a la espera de nuevos lanzamientos, queda de momento un hueco muy importante que rellenar, el de sus primeros años de actividad, es decir, su época muda y sus primeros pasos en el cine sonoro. Por fortuna, son muchas las películas rodadas a partir de 1936 asequibles para el cinéfilo, eso sí, como de costumbre, con copias de calidad variable… aunque en este caso parezca más justificable, por la dificultad de acceso a algunos títulos y porque los mismos japoneses no parecen haberse molestado demasiado en emprender una política exhaustiva de restauración de sus tesoros cinematográficos. Así las cosas, iluminan los estantes de DVDs obras maestras como "Elegía de Naniwa" (1936), "Historia del último crisantemo" (1939), "Los leales 47 ronin", también conocida como "Los 47 samuráis" (1941-1942), "Amor en llamas" (1949), "La Señorita Oyu" (1951), "La vida de Oharu" (1952), "Cuentos de la luna pálida" (1953), "La música de Gion" (1953), "El intendente Sansho" (1954), "Los amantes crucificados" (1954) y "La calle de la vergüenza" (1956); y también comunican su brillo otras buenas o extraordinarias películas, tales como "Las hermanas de Gion" (1936), "Utamaro y sus 5 mujeres" (1946), "El amor de la actriz Sumako" (1947), "Mujeres en la noche" (1948), "La mujer crucificada" , también conocida por el más acertado título de "Una mujer de la que se habla" (1954) y "La emperatriz Yang Kwei-Fei" (1955). Como quiera que la calidad media de Mizo-san es de una altura de vértigo, las ausencias reseñables son casi todas, así que recordemos, confiando en que no tarden mucho en editarse en España: "La marcha de Tokio" (1929), "El hilo blanco de la catarata" (1933), "La virgen Oyuki" (1935), "Miyamoto Musashi" (1944), "La victoria de las mujeres" (1946), "La dama de Musashino" (1951), "El héroe sacrílego" (1955), y muy especialmente: su última película muda y, a falta de poder juzgar algún título invisible y tantos desaparecidos, primera obra maestra del artista, "Osén de las cigüeñas" (1935); su gran tesoro oculto y una de sus mayores cumbres, de tan tortuoso acceso (¿cómo es posible que esta obra capital de todo el cine ¡nunca! haya disfrutado de una distribución normalizada en ningún país occidental?), "El valle del amor y la tristeza" (1937); y la también magistral y un poquito más conocida "Retrato de la Señora Yuki" (1950). Entretanto, los aficionados pueden pasearse por un verdadero jardín de las delicias, lleno de sorpresas y hallazgos a cada vuelta de esquina… es decir, a cada corte de plano, a cada giro de cámara, a cada puerta que se abre, a cada nuevo ademán.

La recomendación. Todas las obras maestras del adalid de las mujeres y, según dicen, tirano de sus actrices son imprescindibles, destacando especialmente, por la espléndida calidad de las copias: "Elegía de Naniwa" (presentada por Notro en quizás la más perfecta edición de un Mizoguchi); ese monumento del cine, toda una experiencia radical e inmarchitable, que es "Los leales 47 ronin" (calentita, recién lanzada por Filmax, con imagen impecable, aunque con sonido algo zumbón); la delicada e injustamente olvidada "Amor en llamas" (Filmax); así como, editadas por SAV, la admirable "La Señorita Oyu", esas dos cimas del séptimo arte que son la arrebatadora "Cuentos de la luna pálida" y la impresionante "El intendente Sansho", la conmovedora "Los amantes crucificados" y, en fin, su última palabra sobre las prostitutas y broche final de tan excelsa filmografía, "La calle de la vergüenza". Luego, en copias lejos de definitivas, pero aún así ineludibles por su pasmosa envergadura, se yerguen "Historia del último crisantemo", en edición por desgracia muy, pero que muy mejorable; y, claro está, "La vida de Oharu", otra de las obras capitales que le donó al cine nuestro hombre y uno de los más intensos y amargos melodramas jamás rodados, negro como boca de lobo.



Yasujiro Ozu

    Con el cineasta amante del sake tenemos una situación incluso mejor que con la del cantor de las geishas: una muy buena porción de su filmografía (veintidós obras) ya se puede encontrar en los comercios y los títulos importantes por recuperar se cuentan con los dedos de la mano. En concreto, en el caso del cronista de la clase media nipona y poeta del discurrir de la existencia, a la cabeza de sus películas disponibles se sitúan películas magistrales como "Historia de hierbas flotantes" (1934), "El hijo único" (1936), "Una gallina al viento" (1948), "Primavera tardía" (1949), "Las hermanas Munekata" (1950), "Principios de verano" (1951), "Cuentos de Tokio" (1953), "Primavera precoz" (1956) y "La hierba errante" (1959), remake con sonido y en color del primero de los filmes citados. Pero, como quiera que el talento de Ozu, como el de Mizoguchi, siempre brilló a gran altura, no conviene olvidar otros títulos magníficos como "He nacido, pero…" (1932), "Hermanos y hermanas de la familia Toda" (1941), "Había un padre" (1942), "Historia de un vecindario" (1947), "El otoño de la familia Kohayagawa" (1961) y el melancólico broche final de su carrera, "El sabor del sake" (1962). En menor medida, también son apetecibles algunos otros títulos de la recta final de su carrera, que, pese a ser considerados por los entusiastas del director entre su obra más significativa y prestigiosa, a nosotros nos parecen algo menores (lo que en Ozu significa que, aun así, son buenas películas)… y quizás demasiado encorsetados en el personalísimo sistema formal tan característico del director y tan justamente admirado por cinéfilos y cineastas: "Flores de equinoccio" (1958), "Buenos días" (1959) y "Otoño tardío" (1960). Y una buena noticia: para mayo de este 2008 se anuncia el lanzamiento de los dos títulos de madurez que faltaban, las soberbias "El sabor del té verde con arroz" (1952) y "Crepúsculo de Tokio" (1957). Así que, para que la relación Ozu-DVD sea edénica, sólo quedan por incorporar un ramillete de películas de campanillas de su época muda: "¿Dónde están los sueños de juventud?" (1932), "Amad a la madre" (1934), "Un albergue en Tokio" (1935) y, muy especialmente, la primera obra maestra del director, la asombrosa "Mujer de Tokio" (1933).

La recomendación. Las tres obras magnas del retratista de los objetos son "Primavera tardía", "Cuentos de Tokio" y "Primavera precoz". Las dos primeras están ofertadas por SAV en copias bastante mejorables, de nitidez raquítica y con abundantes temblores, y si no fuera porque estas dos cimas del cine son imperativas para cualquier aficionado, casi aconsejaríamos esperar a futuras y mejoradas ediciones. Por fortuna, la sombría "Primavera precoz" la presenta Filmax en una copia excelente que hace inexcusable su adquisición. Ahora bien, cualquier aproximación al maestro resultaría incompleta sin "El hijo único", una de sus mejores y más emocionantes películas (en buena edición de Filmax), así como sin la inolvidable "Una gallina al viento", situada justo antes de comenzar su etapa más prestigiosa y que, no por atípica de su director (según los críticos de guión), deja de ser magistral. La comercializa Notro en un doble DVD, de calidad bastante mejorable y que también incluye, en apuesta no demasiado lograda, la primeriza y muy inferior "El coro de Tokio" (1931). Aunque podríamos seguir, finalicemos las recomendaciones con el doblete formado por "Historia de hierbas flotantes" y "La hierba errante", pues permite el fascinante ejercicio de contrastar una de las mejores películas mudas con una de las mejores últimas del cineasta, rindiendo casi imposible la resolución del juego de la comparación entre el original y el remake, pues ambos son excepcionales. El film de 1959 cuenta, además, con el añadido de un antológico trabajo cromático del mayúsculo operador Kazuo Miyagawa, habitual colaborador de Mizoguchi, en su único e inolvidable encuentro con Ozu.



Mikio Naruse

    Decididamente menos genial que Mizoguchi y Ozu, y algo más irregular, el cineasta nacido en Tokio resulta también menos afortunado de cara a la distribución que sus compañeros de generación, pues sólo hay cinco títulos editados en España de las decenas y decenas que rodó (y se conservan)… y tampoco en el extranjero la situación parece mejor. Por fortuna, todos los títulos comercializados son magníficos; en concreto: "Madre" (1952), "La voz de la montaña" (1953), "Nubes flotantes" (1955), "Cuando una mujer sube la escalera" (1960) y su último film, "Nubes dispersas" (1967). Ahora bien, el talento de este gran director, que cuidaba cada plano y cada gesto de sus actores con una delicadeza como de pincelada de sfumato, o mejor, de caligrafía, está lejos de reducirse a estos cinco títulos, así que esperemos que Filmax no lo olvide en próximas colecciones de cine japonés y rescate títulos igualmente extraordinarios, como "Tres hermanas de corazón puro", "Mujer, sé como una rosa", "La muchacha en boca de todos", los tres pasmosamente fechados en el mismo y fructífero año de 1935, "El almuerzo" (1951), "Esposa y amante" (1961), "Crónica de una trotamundos" (1962)… y quién sabe cuántas películas más a la espera de ser exhumadas para un reconocimiento que a buen seguro merecen.

La recomendación. Las cinco películas de Naruse en el mercado son excelentes, pero, puestos a elegir, a pesar de que la calidad de imagen de las dos primeras no es ni mucho menos perfecta, quedémonos con el "Pack Mikio Naruse" que incluye "Madre", "Nubes flotantes" y "Nubes dispersas"; ello, por tratarse, respectivamente, de su película más popular (en occidente), de su casi unánimemente reconocida obra maestra y del film que clausuró su brillante filmografía. Además, si "Madre" parece conectar con el neorrealismo italiano, "Nubes flotantes" destila ¡en 1955! una pasmosa y precursora modernidad que "Nubes dispersas" no hace sino confirmar. Y otro aliciente: cada una de ella cuenta con sendas extraordinarias actrices japonesas de generaciones sucesivas, que confirman que la calidad de los intérpretes nipones no ha tenido igual a lo largo y ancho del orbe en todo el siglo XX: la excelsa Kinuyo Tanaka, actriz favorita no sólo de Naruse, sino también de Mizoguchi y de Ozu (¡qué currículo!) y evidentemente una de las más grandes de todo el siglo, protagoniza "Madre"; la gran Hideko Takamine, paradigma de versatilidad e intensidad, encarna, con pasión y desencanto en difícil equilibrio, a la obsesionada heroína de "Nubes flotantes"; y finalmente la menos conocida, pero también magnífica Yoko Tsukasa en "Nubes dispersas" da cuerpo y alma al último retrato femenino de un director que ofreció una de las galerías más ricas e impresionantes del cine.



Hiroshi Shimizu

    El cine japonés sigue guardando cartuchos en la recámara y continuamente afloran por las filmotecas, las colecciones o los comercios directores importantes, ignorados hasta hace poco, o casi, en occidente. Claro está, que no todos alcanzan la relevancia de los cineastas más reconocidos y, así, por ejemplo, si las filmografías de Kobayashi y Okamoto no han resultado finalmente tan extraordinarias como había cabido esperar, la de Suzuki se intuye quizás demasiado irregular. No obstante, persisten dudas razonables sobre otros directores poco difundidos, y quién sabe si esta lista sería más amplia, si se conociera a fondo la obra de Yamanaka, Gosho, Ichikawa, Kinoshita o Yoshida. Hay un nombre que ejemplifica como ninguno la necesidad de dejar en suspenso una valoración definitiva del cine japonés: se trata de una de las últimas revelaciones, Hiroshi Shimizu (no confundir bajo ningún concepto con el actual Takashi, responsable de la discutible "La maldición"); y tan de las últimas, que es imposible encontrar ningún título suyo en DVD en ningún país occidental, ni siquiera por Internet. Pese a haber debutado en la época muda, su descubrimiento por los aficionados españoles (y, por poco, occidentales) es tan tardío que se fecha ¡en 2006!, año en que un imperativo ciclo recorrió diversas filmotecas españolas, con una escasa selección de una decena de entre las más de cien películas que, según se cuenta, llegó a rodar. Como quiera que dicho ciclo no llegó a Zaragoza, el responsable de esta sección sólo consiguió ver cuatro títulos, pero el hecho de no haber podido visionar otras obras tan prometedoras como prestigiosas (en su país, claro), unido a que las vistas presentan una calidad media altísima, más la admiración hacia Shimizu declarada nada menos que por Ozu y Mizoguchi, justifica el voto de confianza dado a este ilustre desconocido para incluirlo entre los grandes. En concreto, si "Sr. Gracias" (1936) es una película simplemente correcta y agradable, "El señor Shosuke Ohara" (1949) es innegablemente un buen título, mientras que "Notas de una cantante ambulante" (1941) y "Los niños de la colmena" (1948) son decididamente excepcionales. Después de su exhumación, Shimizu, como el humo del incienso, parece haberse evaporado de nuevo.

La recomendación. Practicar la paciencia. Es una virtud Zen...



Akira Kurosawa

    Con el director samurai saltamos a la generación de directores que comenzaron a trabajar en los años cuarenta. Kurosawa fue, en concreto, desde la siguiente década y gracias fundamentalmente a la celebérrima "Rashomon" (1950), la avanzadilla en occidente del cine nipón. En buena lógica, también lo ha sido en su difusión videográfica, pues ya hace tiempo que Filmax lanzó gran cantidad de sus películas, a las que constantemente se han ido añadiendo otras (también por otras distribuidoras), hasta el punto de que casi todas las treinta que filmó conocen distribución actual. Una situación casi inmejorable, con sólo una ausencia reseñable: la menospreciada, pero intensa "Rapsodia en agosto" (1991). Tan encomiable proliferación de títulos permite deshacer algunos equívocos siempre difundidos sobre el cineasta, empezando por el sambenito de ser el más occidentalizado de los grandes directores japoneses: cierto, algunas películas suyas pueden serlo, pero no más que otras de Mizoguchi, Naruse y Ozu… y, por otro lado, otros filmes suyos resultan tan irreductiblemente japoneses como el que más. El segundo grave malentendido es suponer que su obra comienza con la magnífica y justamente alabada "Rashomon", pues los primeros años de su carrera son de una vitalidad creativa y de una potencia expresiva asombrosas, que bajo ningún concepto cabe empequeñecer como un simple período de aprendizaje: para demostrar lo dicho, ahí se yerguen airosas "No añoro mi juventud" (1946), "Un domingo maravilloso" (1947), "El ángel ebrio" (1948), "Duelo silencioso" (1949), "El perro rabioso" (1949) y "Escándalo" (1950), todas ellas disponibles en copias de calidad. Luego, tras "Rashomon", conforman la fecunda etapa de madurez otros títulos magníficos, como "El idiota" (1951), "Vivir" (1952), "Los siete samuráis" (1954), aunque ésta nos parezca inferior a la fama de que disfruta, así como "Crónica de un ser vivo" (1955), "Trono de sangre" (1957), "Bajos fondos" (1957), "Los canallas duermen en paz" (1960), "El infierno del odio" (1963) y "Barbarroja" (1965). Entre las películas de su última y más dispersa etapa, tras la grave crisis personal sufrida por el cineasta, destacan "Do-des-ka-den" (1970) y las míticas "Dersu Uzala" (1975) y "Ran" (1985). A disfrutarlas.

La recomendación. Curiosamente las dos mejores películas de Kurosawa lo hermanan con Shakespeare, en dos ejemplos supremos de mestizaje cultural: "Los canallas duermen en paz", pese a su apariencia de cine negro, tiene muchos puntos de contacto con "Hamlet", mientras que, un poco al contrario, "Trono de sangre", adaptación confesa de "Macbeth", es sin embargo una de sus películas que más a fondo ha explotado los modos de representación autóctonos de Japón. Las dos las distribuye Filmax: "Los canallas duermen en paz" en una copia impecable; no tanto "Trono de sangre", pero la altura y fuerza de ésta, la obra maestra del samurai del cine, bien merece que se pasen por alto algunas pequeñas imperfecciones.



Shohei Imamura

    La siguiente generación de cineastas japoneses, coetánea de la Nouvelle Vague francesa, recibió de hecho el nombre en su país de Noberu Bagu. Como sus colegas europeos, los nipones imprimieron un cambio de rumbo radical respecto al cine de sus mayores, incorporando técnicas más libres y enarbolando una mayor potencia discursiva, mucho más airada y virulenta que en el caso de los galos. Por fortuna, al igual que sus colegas franceses y a diferencia, por ejemplo, de la contemporánea generación de la televisión estadounidense, los nuevos aires vinieron impulsados por una absorción a fondo del lenguaje cinematográfico, que incidió en que, si bien el grupo no llegó a ser comparable con sus mayores (tarea ardua, por lo demás), al menos no desmereció de ellos y llegó a aportar al séptimo arte dos nombres fundamentales. El primero es otro tokiota: el burlón, cáustico Imamura. Este cineasta presenta la peculiaridad de tener una primera etapa, que finaliza con la década de los sesenta, casi desconocida en nuestro país, para luego, a partir de 1979, contar, caso excepcional, con todas sus películas estrenadas en España. De hecho, todo lo disponible en DVD pertenece a esta amplia etapa del director, destacando buenas películas como "La balada de Narayama" (1983), "La anguila" (1997) y su aportación, sin duda la mejor junto a la de Gitai, al film colectivo "11 de septiembre" (2002), dominadas las tres por las extraordinarias "La venganza es mía" (1979) y "Agua tibia bajo un puente rojo" (2001). Sin embargo, todavía son unas cuantas las películas necesarias de recuperar, muchas de su etapa "invisible"… aunque no todas: "Intenciones de matar" (1964), que es una de las cimas de su responsable, la magnífica "Los pornógrafos" (1966), el semidocumental "Desaparece un hombre" (1967), el sensual fresco panteísta "El profundo deseo de los dioses" (1968), la tragicómica "Dr. Akagi" (1998) y, sobre todo, la ausencia más imperdonable de todas, quizás su mejor película, la conmovedora e impresionante "Lluvia negra" (1989), su alegato contra el lanzamiento de la bomba atómica en Hiroshima y sus consecuencias, una película de visión obligatoria para cinéfilos y no cinéfilos que debería proyectarse en todos los colegios e institutos, sin más.

La recomendación. El mejor Imamura en el mercado es sin duda "La venganza es mía", presentada en una magnífica copia por SAV. Este título resulta además una aproximación ideal al universo del japonés, pues hace gala de toda la rabia característica de su autor, más que atemperada, azuzada por su feroz ironía, además de ser un firme puente entre sus dos etapas, caracterizada la primera por estrategias formales más convulsas y la segunda por una conquistada serenidad… aparente.



Nagisa Oshima

    Sólo un año después que Imamura, en 1959, debutó el director nacido en Okayama. Oshima, pese a la notoriedad cosechada durante su etapa occidental de los setenta y ochenta, casi había desaparecido del mapa de la distribución, pero, por fortuna, los tiempos del DVD le han traído una necesaria reivindicación a éste, el cineasta más arriesgado de su generación y de los más de todo el cine, cuyo arrojo ha deparado numerosos placeres y hallazgos… aunque también algún que otro fiasco (como la discutible "Diario de un ladrón de Shinjuku", 1968). Siete títulos presentes sobre un total de casi treinta, eso sin contar sus numerosos trabajos para televisión, no es ciertamente mucho, pero sí bastante, cuando se compara con el desierto de hace pocos años; y más todavía, cuando dos de esos títulos, "El entierro del sol" (1960) y "Feliz Navidad Mr. Lawrence" (1983), son muy recomendables, mientras los otros cinco son simplemente excepcionales: la primeriza "Historias crueles de juventud" (1960), la impactante y convulsa "Violencia a pleno sol" (1966), su díptico del escándalo, la sexual "El imperio de los sentidos" (1976) y la fantasmagórica "El imperio de la pasión" (1978), y, faltaría más, su último y magistral film, "Gohatto", también conocido como "Tabú" (1999). Confiemos en que se sigan recuperando otras películas ausentes del director, con a la cabeza jalones tan importantes como "Muerte por ahorcamiento" (1968), "El niño" (1969) o "La ceremonia" (1971).

La recomendación. Cualquiera de las películas presentes, y en particular las dos mejores, serviría para certificar ese cruce tan particular entre Eros y Thanatos que es el sello más reconocible de su autor. "El imperio de los sentidos", en concreto, presentada por Filmax en una copia aceptable, es una película imprescindible y anonadante, un film-escándalo de su época que sigue conservando intacta toda su capacidad de subversión y desasosiego. De adquisición obligada, sin peros que valgan, es la fascinante "Gohatto", distribuida por Lauren Films en copia impecable, y que tiene el valor añadido de ser el último trabajo de Oshima por el momento… y quizás definitivamente, dada la avanzada edad del director. Esta bellísima película, una de las más grandes de los últimos tiempos, consigue la difícil proeza de alcanzar el equilibrio entre delicadeza y brutalidad, y presenta una trama tan escurridiza que consigue que acabemos desentendiéndonos de ella para concentrarnos en la crepuscular belleza de sus imágenes y la vigorosa potencia de su discurso. (…Y, tangencialmente, deja en ridículo a esa película de similares primeras intenciones, sólo primeras, que es la cacareada "Brokeback mountain").


¿Y fin?

    No lo hemos hecho aposta y, sin embargo, nos ha salido un número redondo: hemos dado la vuelta al cine en ochenta cineastas. Quedan en el aire, no obstante, un par de cuestiones. Primera: ¿y los dibujos animados? Si hemos decidido excluir de entrada a todo el cine de animación, no ha sido por minusvalorarlo, sino porque es un apartado tan peculiar del mundo del celuloide y el vídeo, que casi puede considerarse un modo de expresión distinto. Al menos, es indiscutible que la pérdida del efecto de real que conlleva dicha técnica afecta de forma determinante a elementos y formas de tipo, no sólo, claro está, interpretativo, sino también compositivo, atmosférico, rítmico, e incluso emocional. También es cierto que los discursos que, al menos hasta hoy, ha ofrecido la animación, son más restringidos que los de la imagen real, y que no siempre los animadores han comprendido que la gran fuerza del género (véase la sobrevalorada y un tanto engominada escuela checa que ha pretendido rociar tantas películas con impostada poesía), que su gran fuerza, decimos, la proporciona ni más ni menos que la abolición de las leyes físicas, y así lo demuestra que las obras más productivas del mismo hayan explorado a fondo el territorio del gag, llevándolo a extremos imposibles de alcanzar con la imagen real. Sea como sea, queremos dejar constancia de nuestra admiración por los dos mayores genios del cine animado: Walt Disney y Tex Avery.

    Y la segunda cuestión: ¿podrían haber figurado más nombres que estos ochenta en nuestra antología? Quién sabe. La duda, justificada, no se debe tanto a aquellos directores sobrada o aceptablemente difundidos, por más que en algún caso (especialmente el italiano Pier Paolo Pasolini y quizás el estadounidense Albert Lewin) su exclusión haya sido un tanto dolorosa y quizás recusable, si fuera factible el acceso a una mínima parte escondida de su obra, o bien la revisión de algún título concreto. Tampoco se debe a tantos valores actuales en alza en la bolsa de la crítica, pues o bien esos directores son demasiado irregulares, desde luego inferiores a los aquí presentes, o bien aún les queda mucho por demostrar. No, la duda se hace fuerte, cuando se constata cuántos cineastas nos han legado una o dos películas, no geniales (si lo fueran, aquí estarían), pero sí extraordinarias, y que una gran parte de su filmografía resulta decididamente inaccesible, y sin embargo podría brillar a la altura de lo mejor que se conoce de ellos. Es casi imposible que alguno de estos ausentes se ubicara a la genial altura de, digamos, Hitchcock, Dreyer o Mizoguchi, o incluso altamente improbable que figuraran en el nivel, secundario por comparación, de, pongamos, Lloyd, Fuller, Sjöström o Naruse. Sin embargo, no es descartable que su obra conjunta ofrezca la consistencia, capacidad y creatividad, modestas si se quiere (relativamente, claro está: hablamos de los mejores), pero claramente perceptibles de unos Leisen, Wise, Dieterle o Delvaux. El caso de los cineastas japoneses es emblemático: quizás una mayor difusión de la obra de Kon Ichikawa lo hubiera aupado a esta lista; ¿y quién sabe cómo podríamos valorar al absolutamente desconocido, pero no pocas veces referenciado, Heinosuke Gosho? Pero no sólo Japón tiene cineastas que quizás figuren entre los grandes sin que nosotros lo sepamos: ¿y el norteamericano William C. de Mille, hermano del célebre Cecil, cuya única película accesible, "Miss Lulu Bett" (1921), es extraordinaria?; ¿y el mismo Cecil, cuya incandescente "Los diez mandamientos" (la de 1924), su mejor título, generó numerosas influencias y se ubica en medio de una etapa prácticamente desconocida, muy probablemente superior a su más difundida filmografía sonora?; ¿y el moscovita Boris Barnet, amante del slapstick y rareza del cine soviético?; ¿y el más extraño todavía Edgar G. Ulmer, ese alemán errante que se pasó la vida rodando películas de presupuesto tacaño y generosa imaginación?; ¿y el mejor estandarte del nuevo cine polaco, Jerzy Skolimowski, responsable de una magnífica carrera internacional y de una andadura autóctona semioculta? Un conocimiento más profundo de éstos y de algunos otros quizás habría obligado a necesitar más cineastas para viajar por el mundo del cine.

    Por otro lado, son probablemente muchas las películas importantes que duermen el sueño de los justos. Da que pensar que una obra capital del cine entero como es "El valle del amor y la tristeza" haya permanecido enterrada durante ¡70 años!, que aun ahora sea de acceso casi imposible, y que de hecho nadie parezca conocerla: ni la menciona Noël Burch en sus afamados ensayos sobre el cine japonés, ni figura en el pormenorizado estudio de Antonio Santos sobre Mizoguchi, ni se incluyó en el ciclo prácticamente completo que Filmoteca Española dedicó al maestro hace diez años, ni parece haberse editado en DVD en ningún país. ¿Quedan más obras maestras de tal envergadura tapiadas por los muros del tiempo? Quizás unas pocas. Quizás ninguna. Al fin y al cabo, "El valle del amor y la tristeza" es nada menos que un Mizoguchi, y además de su primera gran etapa de plenitud, para muchos la de su máximo esplendor, la que va de 1936 a 1942. No obstante, aun descartando títulos desaparecidos con casi definitiva certeza, como ese sueño de todo cinéfilo que es el Murnau perdido más codiciado, "Los cuatro diablos" (1928), persiste la duda de cuántas buenas y magníficas películas hibernan ahora mismo en algún lugar a la espera de que alguien las reviva. Confiemos en que la cada vez mayor abundancia de DVDs aporte al mercado más tesoros ocultos y nos ayude a explorar esas tierras todavía desconocidas, e incluso vírgenes, que todavía tiene el cinematógrafo.


Europa. Tercera parte.

Alfred Hitchcock Roberto Rossellini Serguei Eisenstein
David Lean Luchino Visconti Dziga Vertov
Terence Fisher Mario Monicelli Aleksandr Dovzhenko
Jack Clayton Federico Fellini Andrei Tarkovsky
Luis Buñuel Theo Angelopoulos

    Antes de volar en la próxima entrega al continente asiático, en ésta finalizamos nuestra rememoración de cineastas europeos, ciñéndonos a la periferia geográfica y cinematográfica del continente y trazando por tanto un arco imaginario que va desde Gran Bretaña a Rusia y pasa por las estaciones mediterráneas de España, Italia, Grecia y Ucrania. No obstante, dos puntualizaciones. Primera: no por una incorrección diplomática, sino porque los cineastas británicos de la lista son todos ingleses, hemos preferido encabezar el apartado correspondiente bajo el epígrafe de Inglaterra y no de Reino Unido. Y segunda: un poco al contrario, por razones históricas, hemos optado por agrupar a los cuatro cineastas de los dos países eslavos aquí presentes bajo el epígrafe de la extinta Unión Soviética. La razón es que todos ellos iniciaron su andadura cinematográfica bajo la dictadura del proletariado y, aunque acabarían por distanciarse de las corrientes y dictámenes oficiales del régimen, en sus primeras películas hay una evidente glosa y adhesión, como mínimo aceptación, de la idea revolucionaria, por lo que los cuatro se asimilan a una corriente, un momento histórico, un estado de localización temporal muy precisa que responde a unas siglas: URSS.


Inglaterra


Alfred Hitchcock

    ¿Qué decir del orondo, parsimonioso y burlón director? Que es el mago del suspense es poca cosa, casi parece un chiste, pues sus películas admiten tantos niveles de lectura y a tanta profundidad, que al menos en sus mejores logros se cuentan entre las más complejas y polifacéticas experiencias que ha ofrecido el cine y, por lo demás, cualquier otra arte. Que es uno de los más grandes cineastas que han existido es rigurosamente cierto, pero incluso esto sabe a poco, al hablar de un hombre que dominó y utilizó a fondo prácticamente todos los resortes de este medio tan rico y complejo, hasta el punto de que el brillante analista J. E. Tarnowski llegó a referirse a él como… el hombre que sabía demasiado. La grandeza de Hitchcock aún resulta más admirable, si se considera que sigue atrayendo a numeroso público en igual medida que Madeleine imantaba a Scottie Ferguson; fascinación, por si fuera poco, prolongada a lo largo de más de ochenta años ininterrumpidos. Así las cosas, es evidente que el católico londinense es y seguirá siendo uno de los reyes del mercado videográfico. No podía ser de otra manera. Procedamos cronológicamente. Las películas de su etapa inglesa cunden (y digo cunden: hasta seis ediciones distintas hay de algunos títulos) sobre todo en lanzamientos de pequeñas firmas, por lo general poco cuidadosos: baste con pensar en cómo Suevia presenta las películas mudas con copias de muy deficiente calidad a las que encima les faltan anchas bandas del encuadre (algunas parecen estar dirigidas por un tal Fred Hitchcock). Por fortuna, de su período silente, el paquete lanzado al alimón por Studio Canal y Universal "The Hitchcock Collection" presenta en copias excelentes "El ring" (1928), "The Manxman" (1929) y su mejor película muda, la extraordinaria comedia "La mujer del granjero" (1928). Este mismo paquete nos introduce en los primeros años del Hitchcock sonoro con un par de títulos menores, aunque estimables (es hora de decir que el inglés sólo rodó una película mala sin remisión: "Juno and the peacock"), y sobre todo con la excelente "Lo mejor es lo malo conocido" (1931), casualmente otra comedia. Como colofón, ofrece una copia magnífica de… ¡"Enviado especial"! ¡Qué descoloque! Continuando con la carrera británica del hombre de la silueta, Universal propone un DVD excepcional de la magistral "La muchacha de Londres" (1929), disco que incluye las dos versiones del film, muda y hablada. Por cierto, que la que Suevia distribuye como "Chantaje" es en realidad la misma película en peor copia, sólo que usa la traducción literal del título original. Aparte, Filmax presenta remasterizadas con muy buena calidad la magnífica "Inocencia y juventud" (1937) y dos de los mejores títulos insulares del londinense, "39 escalones" (1935) y "Alarma en el expreso" (1938). Por desgracia, no hay, que sepamos, buenas copias de algunas películas soberbias: "Easy virtue" (1927), "Asesinato" (1930), "El agente secreto" (1936) y, sobre todo, el primer e inolvidable "Sabotaje" (1937), que por cierto nada tiene que ver con el que al poco rodaría en América.

    Ahora bien, por muy brillante que sea su filmografía británica, Hitchcock no alcanzaría la plenitud de sus colosales facultades hasta su llegada a Hollywood. Allí no rodó ni una sola película mediana y sí en cambio una cantidad abrumadora de obras extraordinarias. De la etapa que comienza con Selznick y acaba en la Warner, destacan poderosamente las magistrales "Rebeca" (1940), "Enviado especial" (1940), "La sombra de una duda" (1943), "El proceso Paradine" (1947) y "Extraños en un tren" (1951), y en menor medida, y aun así son magníficas, "Sabotaje" (1942), "Náufragos" (1944), "Recuerda" (1945) y "La soga" (1949). Lástima, que dos filmes tan admirables como "Sospecha" (1941) y "Atormentada" (1949) y que una de sus indiscutibles obras maestras, "Encadenados" (1946), se oferten, de momento, en copias deficientes; y lástima también que "Yo confieso" (1952) y "Crimen perfecto" (1953) estén secuestradas por Warner. Luego, llegando a su etapa Paramount, aquélla que atesora la mayor cantidad de cumbres del arte de nuestro hombre, y ya hasta el final de su carrera, nos topamos con el espinoso asunto de los formatos. Sí, Universal ataca de nuevo. Pues si aquéllas películas rodadas en sistema VistaVision eran originalmente panorámicas, no lo eran las demás, así que hagamos pública nuestra consternación por el hecho de que las copias supuestamente restauradas de esas dos cimas del cine que son "La ventana indiscreta" (1954) y "Psicosis" (1960) se presenten mutiladas horizontalmente por la major (y mayor) terrorista… por mucho que pretendan camelarnos con la multitud de extras de la edición conmemorativa de la segunda, que, al menos, es un consuelo, incluyen el genial trailer original del film. Para rizar el rizo, otras dos cumbres, "Los pájaros" (1963) y "Marnie" (1964), rodadas en formato apaisado, se comercializan ¡en formato cuadrado! Ya parece mala leche. Y algo similar podría decirse de sus últimas cuatro películas, entre las que sobresalen con fuerza la amarga, incomprendida y tantas veces agredida "Topaz" (1969) y la guasona y más aceptada "Frenesí" (1972). Bueno, por fortuna, nos quedan en copias soberbias, más respetuosas y recién restauradas, "Atrapa a un ladrón" (1954), "Pero, ¿quién mató a Harry?" (1955), "El hombre que sabía demasiado" (1956), "Vértigo" (1958) y, distribuida por MGM, "Con la muerte en los talones" (1959). Y un nuevo varapalo, éste para Warner: ¿a qué espera para lanzar otra de las cumbres del maestro, "Falso culpable" (1957)? Claro, que casi se puede ahorrar la molestia, si, como parece que ya ha hecho en su lanzamiento internacional, la va a presentar "panoramizada". El despanoramizador que la despanoramice, buen despanoramizador será...

La recomendación. No puede haber ni una, ni dos, ni únicamente tres, tratándose de esta especie de Mozart del cine. Comencemos con el paquete "The Hitchcock Collection" (Studio Canal y Universal), por incluir en copias impolutas su mejor película muda, "La mujer del granjero", y una de sus más destacadas iniciales películas americanas, "Enviado especial". Luego, sobresale "La muchacha de Londres", distribuida por Universal, por la excepcional calidad del lanzamiento y presentar además las dos versiones de una película esencial en la evolución de su director, mucho más que la previa "El enemigo de las rubias" (1925)… y, a la sazón, fundamental en el incipiente cine sonoro. Y para finalizar con su etapa inglesa, resaltemos la cima de ella, la irresistible "Alarma en el expreso"… eso sí, en la copia de Filmax. Ya en América, destaquemos tan sólo las obras maestras editadas en copias impecables: la inaugural "Rebeca" (Manga Films), otro de los puntos de inflexión cruciales en la carrera de Hitchcock; la maravillosa y familiar "La sombra de una duda" (Universal), una de sus cinco o seis mejores películas y sin duda uno de sus títulos más libres; la intensa "El proceso Paradine" (Manga), que es mucho más que un boceto de "Vértigo"; la desbordante "Extraños en un tren", que Warner distribuye en un disco de doble cara con las versiones inglesa y americana del film, aunque las diferencias entre una y otra no resulten muy sustanciales... Recuperemos el resuello para adentrarnos en su gloriosa etapa de 1954 a 1964. Nos gustaría recomendar aún más títulos, pero los malditos formatos destierran un puñado de obras maestras y, en concreto, quedan: "Atrapa a un ladrón" (Paramount), cuya aparente modestia y su inopinada inclinación a la comedia no deberían impedir reconocer sus desbordantes virtudes; distribuida por Universal (originalmente Paramount), "El hombre que sabía demasiado" (la versión con James Stewart, claro está: no confundir con la previa inglesa, que es muy inferior), por ser una de las cumbres indiscutibles de su cine y tratarse del Hitchcock más completo, el que mejor agrupa y desarrolla todas las tendencias relevantes en su obra; "Vértigo" (Universal, en origen Paramount), simplemente una de las cumbres del cine y de todo el arte del siglo XX (ahí queda eso); y finalmente, "Con la muerte en los talones" (MGM), menos honda que los títulos precedentes, pero siempre reconocida como el Hitchcock que con más fruición ha exprimido la proverbial faceta lúdica del cineasta.


David Lean

    Tan deslumbrante es el fulgor de Hitchcock que muchos aficionados, en parte impulsados por unas desafortunadas declaraciones de Truffaut, han llegado a creer que el cine británico se reduce al director gourmet. Nada más lejos de la realidad, y uno de aquéllos que con mayor contundencia refutan tal teoría es el popular David Lean. Su gran fama la debe especialmente a las grandes superproducciones a las que se entregó en la segunda mitad de su carrera, pero la primera, centrada en películas más familiares (por comparación) es igualmente brillante y, gracias al prestigio de la etapa más conocida, se ha ido recuperando poco a poco para el aficionado español, hasta el punto de que casi toda la quincena aproximada de largometrajes que firmó el británico se ha llegado a comercializar en nuestro país. Del período inglés brillan en los estantes películas excelentes como "Breve encuentro" (1945), "Oliver Twist" (1948), "Amigos apasionados" (1949) y "Madeleine" (1950), aunque "Cadenas rotas" (1946) parece estar descatalogada y "La barrera del sonido" (1952) y "El déspota" (1954) simplemente sin editar. De su etapa internacional siguen al pie del cañón, en ediciones repletas de extras, las no menos extraordinarias "Lawrence de Arabia" (1962), "Doctor Zhivago" (1965) y "La hija de Ryan" (1970). Por desgracia, uno de sus mejores filmes, la culminación