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EL
POLLO URBANO
Mensual Elegante para el Gigante y el Enano
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Desde
1977 primera revista de sátira política, información,
ocio y cultura del mundo negro aragolés
Nº 92 (3ª Epoca) Extra Verano: Julio, Agosto y Septiembre 2008.
Zaragoza. España |
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El primer grupo aragonés
de medios de comunicación por internet
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CINE
EN ARAGON
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Artículos
de Fernando Usón
-Una peculiar modernidad. Rohmer en la Filmo
-¿Vuelta
al clasicismo?
-El nuevo cine
español
-¿Un
gran director? Henry King en la Filmoteca
-Una
tragedia inglesa
-Promesas
canadienses
-Confidencias
de un prestidigitador. En la muerte de Igmar Bergman.
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Una peculiar modernidad. Rohmer en la Filmo.
Por Fernando Usón
La
Filmoteca de Zaragoza vuelve a dedicarle una nutrida
retrospectiva al cineasta alsaciano Eric Rohmer
aunque quizás sería mejor tildarlo de
"cineasto", no por innovar el diccionario,
sino por ponernos al "nivelungo" de alguna
ministra "hembrista" y amiga de la "zopenquería"
(en fin
). En lo que al cine toca, quizás
el afamado cineasta (con "a") alsaciano (con
"o") no sea la opción más idónea
para repetir ciclo en la Filmoteca en apenas un lustro,
pero la indudable calidad de su obra hace, a pesar de
todo, bienvenida esta nueva difusión.
Para
ubicar mejor al director francés en el contexto
general de la historia del cine, convendrá comenzar
con una introducción que repase brevemente las
líneas generales de aquello que se conoce como
cine moderno, ése surgido a finales de los años
cincuenta y prolongado durante aproximadamente veinte
años. En efecto, pasada la mitad del siglo XX
acabaron de gestarse las cuatro líneas principales,
en absoluto estancas, que, sustituyendo el sistema formal
calificado como clásico, se prolongan hasta hoy
mismo. La primera consistiría en una exacerbación
a ultranza de rasgos formales y genéricos que
terminaría por poner en evidencia las estrategias
narrativas más aceptadas y desembocaría
en lo que algunos han dado en llamar manierismo cinematográfico.
"La ventana indiscreta" (Hitchcock,
1954) sería el primer claro exponente de una
tanda que culminaría a finales de la década
con obras maestras de la talla del thriller "Sed
de mal" (Welles, 1958), el western "Hombre
del oeste" (Mann, 1958) y el melodrama "Imitación
a la vida" (Sirk, 1959). Esta vertiente surgida
de manera tan deslumbrante alcanzaría, sin embargo,
la decadencia casi a la par que la apoteosis, y proseguiría
un yermo camino desde los sesenta (con, por ejemplo,
las desesperadas tentativas de aggiornamento
del western, Peckinpah incluido, Ford excluido)
hasta llegar a tantos ídolos de pies de barro
de hoy en día (Scorsese, Coen, Tarantino, von
Trier, Almodóvar, etc.).
La
segunda línea, a la larga mucho más vital,
se desgaja de la anterior más o menos por los
mismos años en que la primera agota su potencial,
y podría caracterizarse por el hincapié
realizado en explicitar los mecanismos de la representación.
De nuevo, "La ventana indiscreta" se
encuentra en el origen, como también, por ejemplo,
Visconti o el Ophüls francés, pero no será
hasta los sesenta cuando experimente su expansión,
gracias a algunos de los más conspicuos representantes
de la modernidad cinematográfica: Godard, Fellini,
Jerry Lewis, Bergman (con el antecedente, ya en 1958,
de "El rostro"), el primer Angelopoulos,
etc.
La
tercera línea, ya esbozada por Bergman en 1957
con "Fresas salvajes", florecerá
espectacularmente con el "Vértigo"
hitchcockiano al año siguiente. En este camino
se alcanza la máxima envergadura estructural
(superposición de distintos tiempos, ecualización
entre lo real e imaginario, elipsis que parten la narración
en pedazos...), así como formal, con la utilización
de múltiples recursos con fines declaradamente
no narrativos. Es ésta la línea que consuma
la ruptura con códigos que para entonces ya eran
casi universalmente aceptados, y cuyas primeras consecuencias
no se harían esperar: la eclosión simpar
de grandes títulos de libertad sin precedentes
("El año pasado en Marienbad",
"El ángel exterminador", "Ocho
y medio", "Persona"...). Más
tarde, si bien intermitentemente, se irían incorporando
nuevos valores (Has, Oshima, Kluge, Duras, Zulueta,
Sokurov), hasta llegar a algunas de las películas
más interesantes de los últimos tiempos
("Carretera perdida", la gran "Elogio
del amor").
Finalmente
existe una cuarta línea que parecería
operar en sentido contrario a las anteriores: la de
la máxima depuración, en una denodada
búsqueda de lo esencial, ya no del cine, sino
de la vida misma. En este sentido ya abrieron el camino
películas como "Te querré siempre"
(Rossellini, 1953), "Ordet" (Dreyer,
1954), los últimos Ozu o "Tú y
yo" (McCarey, 1957); sendero por el que, más
tarde, ahondaron Bergman ("Como en un espejo",
"De la vida de las marionetas"), Dreyer
de nuevo ("Gertrud"), el Pasolini de
"El evangelio según Mateo",
el Bresson posterior a "Lancelot du Lac",
en menor medida Wenders, Erice o Angelopoulos y quizás
también Tarkovskij (quizás, pues su concepción
mística y musical del cine parecen más
bien colocarlo en una quinta vía radicalmente
propia), hasta llegar a los Jarmusch, Kiarostami, Haneke,
Kaurismäki, Tarr, Zhang-ke, Hsiao-hsien, etc. de
hoy en día.
Aquí
es precisamente, en la brecha de cierto minimalismo,
donde se integra, y ya desde los años sesenta,
la obra de Eric Rohmer. Ocupa además un lugar
crucial, puesto que a un marcado ascetismo formal Rohmer
añade una radical cotidianeidad que sus antecesores
apenas habían rozado; al menos, no en tan alto
grado, ni siquiera Rossellini u Ozu, que nunca habían
llegado a prescindir de un mínimo de dramatización
de la realidad. Pues, en efecto, Rohmer es notorio por
ser el más cotidiano de los directores, el que
menos reparo muestra en filmar situaciones o diálogos
de intrascendencia palmaria y el que más tiende
a filmar a tiempo real (hasta los años setenta,
casi el único). Todo esto ha conllevado ciertos
rasgos. Por ejemplo:
-
una peculiar concepción del tiempo fílmico,
desde luego sin prisas, pero, ¡oh,sorpresa!, tampoco
sin pausas; de hecho, al referirse a su obra, al contrario
que, por ejemplo, con Antonioni, nunca se habla de tiempos
muertos, pues al fin y al cabo sus personajes siempre
hacen algo o se replantean sus relaciones... aunque
sea de palabra;
-
una dramaturgia que nunca fuerza a nada, sino que espera
pacientemente que surja lo significativo, sea del desarrollo
de guión, de los elementos atmosféricos
o del estado de ánimo de los propios actores
aunque, desventajas de la ocasional improvisación
y la habitual imperturbabilidad, a veces no surja gran
cosa;
-
una propensión por tanto al cinéma-vérité,
pero no tanto al documental (con una mediocre excepción:
"El árbol, el alcalde y la mediateca",
1993), pues la continua adhesión de la cámara
de Rohmer a sus personajes apenas lo permite y al fin
y al cabo su principal ambición didáctica
es la de mostrar al ser humano en todo su espectro de
contradicciones;
-
conclusión de lo anterior, una preferencia inusual
a escoger personajes en vacaciones o en notoria inactividad
(punto de contacto con Hitchcock), pues en esos momentos
de tranquilidad y tedio se plantean con más fuerza
sus dudas y dilemas, perspectivas y planes de vida;
-
y un aparente desaliño formal que tiende a reforzar
la sensación de realidad, así como a ocultar
sus marcas autorales (tanto como hizo en Estados Unidos
su compatriota Tourneur).
Pero
evidentemente Rohmer se ha saltado, si lo ha creído
necesario, su parti pris original, como demuestran la
fantasía del mujeriego protagonista de "El
amor al mediodía" (1972), el seguimiento
en el parque en la hitchcockiana "La mujer del
aviador" (1981) o, quizá puntualmente
el caso más logrado, la final puesta de sol de
"El rayo verde" (1986)... Lo cual,
dicho sea tangencialmente, viene a demostrar que hasta
los más austeros sienten a veces la necesidad
de un mínimo de subrayado. Eso sí, por
contra, todo hay que decirlo, su apego proverbial a
su cotidiana concepción del cine le ha jugado
alguna que otra mala pasada (como demuestran numerosos
pasajes de "Cuatro aventuras de Reinette y Mirabelle",
1987).
Debemos
añadir, no obstante, que Rohmer no se integra
sin más en la cuarta línea de la modernidad,
sino que en cierto modo también se encuentra
próximo a la segunda gran familia del cine de
los últimos cincuenta años: la de la representación.
En efecto, en su obra, como también en la de
su compatriota Rivette, abundan los manipuladores, no
pocas veces, para más inri, literatos o artistas,
que crean (o, mejor, lo intentan) las condiciones adecuadas
para que tal o cual persona reaccione de tal o cual
manera ("La rodilla de Clara", "El
amor al mediodía", "La mujer
del aviador", "Paulina en la playa",
"Cuento de primavera", su último
film "El romance de Astrea y Celadón"
),
si bien, pues olvidan alegremente que los otros no son
personajes de cine o de novela, sino seres reales con
voluntad propia, casi nunca llegan a alcanzar sus objetivos
e incluso a veces llegan a mostrar una torpeza e ingenuidad
desarmantes (como la testaruda protagonista de "La
buena boda").
En
función de lo anterior los personajes de Rohmer
suelen hablar por los codos, más que para convencer
a los demás (que también, faltaría
más), para convencerse a sí mismos, pues
su seguridad es tenue y necesitan reafirmarse a cualquier
precio, siempre al de decir las mayores sandeces, cayendo
en el más desopilante ridículo (pero al
fin y al cabo así es el ser humano), y no pocas
veces al de pegarse los más espectaculares batacazos
emocionales (lo que, pese a su insensatez o impertinencia,
llega a hacerlos enternecedores).
Parece
claro por tanto que, pese a ser un cine fácilmente
disfrutable, si uno se deja los prejuicios y cortapisas
en casa, se trata también de un cine de una peculiar
radicalidad, una radicalidad que le ha llevado a Rohmer
a ser considerado por sus más fieles seguidores
como un genio y por sus más acérrimos
detractores como un impostor. En mi opinión es
evidente que esto último no lo es, pues su obra
es pródiga en excelentes películas (es
uno de los más importantes directores vivos)...
aunque tampoco creo que haya ofrecido ninguna obra maestra
absoluta, ni siquiera "Mi noche con Maud"
(1969), aunque quizás sí "El amigo
de mi amiga" (1987). Claro, que en realidad
tampoco importa tanto que Rohmer haya alcanzado o no
la perfección absoluta, cuando su filmografía,
aparte de coherente, es divertida, emocionante, inteligente...
y con estilo.
Su
obra se suele clasificar en tres grandes bloques, propuestos
como tales ya por el mismo director: los seis "Cuentos
Morales" (1962-1972), las seis "Comedias
y Proverbios" (1980-1987) y los "Cuentos
de las cuatro estaciones" (1989-1998). A primera
vista, parece lógico concentrar la atención
en ellos, no sólo porque unos proyectos que se
prolongan durante una década cada uno revelan
un tesón y rigor fuera de serie y porque, considerados
en conjunto, unos títulos enriquecen a los compañeros,
sino también porque en ellos parece concentrarse
el mejor Rohmer.
No
obstante, se debe tener cuidado con la tentación
de las sistematizaciones. Así, si es cierto que
fuera de sus grandes ciclos se encuentran muchos de
los Rohmer más olvidables (su primera película,
"El signo del león", "Triple
agente" o ese fracaso sin paliativos que es
"Perceval el galo", clara ejemplificación
de una máxima dicha por un personaje de "La
buena boda": el mal gusto lo es siempre), también
es cierto que la última de las series, los "Cuentos
de las cuatro estaciones", difícilmente
podría reservarle a Rohmer un puesto relevante
en la historia del cine, pues no sólo no aporta
novedades significativas a lo ya conseguido por su responsable
en anteriores trabajos, sino que, salvedad hecha de
la última entrega, la admirable "Cuento
de otoño" (1998), no llega a superar
el nivel del trabajo bien hecho
lo cual, ciertamente,
tampoco es tan fácil. Por otro lado, resulta
que fuera de los tres grandes bloques se encuentran
títulos tan interesantes como tres de sus filmes
de época: "La inglesa y el duque"
(2001), "El romance de Astrea y Celadón"
(2007) y especialmente, claro está, la magnífica
"La Marquesa de O" (1976). Ésta,
además de ser uno de sus mejores logros, es también
una de sus mayores rarezas: adaptación de un
texto setecentista, rodada en Alemania y en alemán
y planificada pictóricamente, pero no con las
estrategias típicas de los ismos con los que
Rohmer se siente más próximo (impresionismo,
fauvismo), sino con las de la pintura de la época
(Füssli) e incluso anterior (Vermeer, Velázquez)
y, sobre todo, con el aliento inspirador del Murnau
alemán (sobre cuyo "Fausto",
una de las obras máximas del cine, el mismo Rohmer
realizó su tesis doctoral... aunque no conviene
olvidar "Tartufo").
Volviendo
al comienzo de su carrera, ciertamente todo Rohmer se
encuentra ya perfectamente delineado en sus "Cuentos
Morales", que incluyen dos de sus cuatro mejores
películas ("Mi noche con Maud",
"El amor al mediodía"), otras
dos de elevado interés ("La coleccionista",
1967, y "La rodilla de Clara", 1970)
y dos cortometrajes casi primerizos, que son los que
iniciaron la serie ("La panadera de Monceau",
1962, y "La carrera de Suzanne", 1963).
A partir de ellas a Rohmer le bastará con profundizar
o variar sobre los temas y estructuras ya diseñados,
aunque a veces, como en muchas de sus películas
de los noventa, por el camino se haya perdido parte
del alegre desparpajo y contagiosa vitalidad que caracterizaba
a sus primeros personajes.
Con
todo, la siguiente serie, "Comedias y Proverbios",
desarrollada ya en los ochenta, mantendrá el
nivel de la primera, aun cuando a veces se tienda a
hacer depender el devenir de los personajes de una línea
argumental más nítidamente definida ("La
mujer del aviador"). Entre los seis títulos
que la componen, destaquemos "Paulina en la
playa" (1983), "Las noches de la luna
llena" (1984), y, sobre todo, el Rohmer más
distinguido, "El amigo de mi amiga".
Es ésta una película que en cierto modo
puede parecer poco representativa de su director (por
ejemplo, el tiempo, lejos de hacerse notar, parece que
vuela y encima nunca se puntualiza mediante las especialidades
de la casa: calendarios, notas de diario...), pero que
sin embargo supone la culminación de su arte
en otros muchos aspectos: en las interacciones entre
un conjunto de personajes que van dando bandazos de
aquí para allá; en la forma de matizar
sus relaciones mediante una planificación cuidadísima
(¡la engañosa sencillez de Rohmer!); en
la influencia en sus actos del entorno, sea urbanístico
(la frialdad de las ciudades dormitorio) o natural (el
bosque y el lago, portadores de sentidos muy precisos).
Pero, sobre todo, señalemos la utilización
del color, que aquí más que nunca, con
Matisse de referencia, consigue describir los estados
de ánimo, las evoluciones y las afinidades entre
los personajes, desmentir sus palabras, comentar una
relación o ironizar sobre ella... En resumen,
uno de los más complejos y brillantes logros
del uso del color que ha dado el cine de cualquier época
o nación.
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¿Vuelta al clasicismo?
Por
Fernando Usón
Parece que el cine ya ha llegado a empacharse con tantas
postmoderneces. ¿Será un hecho o será
un espejismo? Tiempo al tiempo, pero de momento dos
de las películas más esperadas de la temporada
parecen corroborar la sensación. No, ninguna
se trata de la nueva entrega neoclásica del amigo
Clint, sino de los últimos largometrajes de Tim
Burton y de los hermanos Coen. Cierto, que en el caso
de Burton, un cineasta empeñado siempre en indagar
en un universo propio indubitablemente enraizado en
una tradición precisa, no se trata de una sorpresa,
sino de la confirmación de una trayectoria. Sin
embargo, distinto parece el caso de los afamados hermanos,
cuya filmografía "de citas" siempre
ha tendido a fagocitar las películas de los demás
y cuya mayor y supuesta originalidad ha parecido ser
un punto de vista, más que distante, externo,
y más que burlón, pagado de sí
mismo.
Mascarada del despojamiento
A
buen seguro, conscientes de la lejanía ya galáctica
de sus mejores títulos, "Muerte entre
las flores" (1990) y "Barton Fink"
(1991), así como de los preocupantes derroteros
por los que se había ido despeñando su
obra en los últimos años, arrastrada por
mediocridades como "Crueldad intolerable"
(2003) y "The Ladykillers" (2004, saqueo
del excelente film homónimo de Mackendrick);
conscientes de ello, decimos, los Coen decidieron dar
un necesario vuelco a su carrera. Y, sin duda, Hitchcock
les dio la clave con su teoría del run for cover;
es decir, la vuelta a terreno conocido en períodos
de incertidumbre o desconcierto. Los hermanos de Minnesota,
en concreto, han vuelto la mirada a uno de sus mayores
éxitos, quizás el mayor, tanto de crítica
como de público, de toda su carrera, pues, por
más que "No es país para viejos"
(2007) adapte una prestigiosa obra literaria preexistente,
no hay duda de que se mira, como en un espejo, en "Fargo"
(1996). Ya se ha señalado hasta la saciedad
la sustitución de los parajes nevados por las
planicies desérticas, lo mismo que el duelo desigual
establecido entre un, para no variar, temible psicópata
y un sheriff más burócrata que pistolero.
No insistiremos más. Sin embargo, sí nos
gustaría señalar que en este supuesto
punto de inflexión del cine de los Coen, al contrario
de lo que pretenden hacer creer sus incondicionales,
las citas no se limitan a las autocitas. Que ahora los
hermanos lo hagan con mayor discreción o elegancia
es otro cantar, pero siguen estando ahí
y siguen poniendo en solfa el verdadero alcance de la
creatividad del fraternal entente fílmico. Hemos
mencionado a Hitchcock. Y, claro, ¿qué
película tiene el genial inglés desértica
y con psicópata? "Psicosis",
faltaría más, obra maestra del cine que
parece estar desbancando como punto de referencia, al
menos entre los cineastas serios de las Américas,
al otro Hitchcock fundacional del cine moderno, "Vértigo",
más amado, según parece, por los europeos:
ahí está para corroborarlo el desvergonzado
remake perpetrado por ese europeizante converso que
es Gus van Sant. En lo que a "No es país
para viejos" se refiere, no se trata sólo
de las consabidas citas o referencias puntuales (hay
hasta un asesinato en una ducha), o de las localizaciones
y decorados (esos moteles marcan
), sino sobre
todo de la cuestión argumental (el psicópata,
esa pobre persona que un día decide rapiñar
un maletón de dinero
), temática
(la idea de azar, la de la maldad acechante, no diremos
la del destino y el infierno, pues le viene demasiado
grande al film actual) y, por supuesto, de construcción
de guión, como demuestran las continuas transferencias
de protagonismo entre los personajes, desde luego peor
ejecutadas que en el modelo, o la inopinada liquidación
del supuesto protagonista antes de hora, arriesgada
apuesta de la película que sin embargo carece
de la necesidad, fuerza y coherencia que había
en el film de Hitchcock y bordea peligrosamente la categoría
de capricho a la Coen.
Y
si en su retrato del psicópata "No es
país para viejos" parece desmarcarse
del imperecedero Hitchcock, tampoco es por originalidad,
pues existe otra referencia clásica, ésta
más modesta y apenas difundida: la del magnífico
film noir firmado por Alfred L. Werker, pero rodado
casi al completo por Anthony Mann, "Orden, caza
sin cuartel" (1948). De él se recupera
la idea del prolongado cerco policial para capturar
a un malhechor, evidente a lo largo del desarrollo de
ambas películas, así como la del delincuente
que se escabulle con destreza propia de fantasma, véase
la llegada del sheriff al motel donde se oculta el asesino
y la desaparición de éste, calcaditas
del final del film de Mann (eso sí, los Coen
necesitan verbalizar que el perseguido parece un espectro:
a Mann no le hacía falta). Es más, una
de las escenas más impactantes de la película,
también está robada del film clásico:
Javier Bardem se opera a sí mismo para extraerse
una bala con la misma determinación y sangre
fría con que lo hacía Richard Basehart
en el film de 1948.
Así
las cosas, ¿qué resalta en "No
es país para viejos"? ¿Qué
le queda? La mera y discreta corrección, algo
muy de agradecer en los tiempos de bocinazos que nos
ha tocado vivir, pero insuficiente para investir a sus
responsables con una grandeza que les llora. Y, ya puestos,
un pequeño desliz de los Coen hace dudar sobre
su verdadera conversión a un cine de urgente
expresión personal, ajeno a la pose: me refiero
a la impresentable broma de los mariachis. En otras
películas podía colar, pero en ésta
chirría tanto como un zapato de goma en un suelo
recién encerado.
Sinfonía de los horrores.
Al
contrario, la última película de Tim Burton,
"Sweeney Todd, el diabólico barbero de
la calle Fleet" (¡qué titulito,
por cierto!), no parece haber despertado entre la crítica
más que una aquiescente indiferencia. Digamos
de entrada que el hombre que le salió rana, o
más bien sapo, a la Disney tampoco es un gran
director, pero tiene una ventaja importante respecto
a los hermanos fashion: cree en las historias que cuenta.
Eso, y el innegable oficio y dosis de talento que posee,
lo ha ayudado a construir una de las obras más
personales, coherentes y a su modo atractivas del cine
actual. Cierto, también Burton tenía sus
mejores laureles hundidos en el tiempo, la excelente
"Eduardo Manostijeras" (1990) y, en
menor medida, la divertida y destrozona "Mars
attacks!" (1996); cierto, también la
obra del director de negro parecía haberse ido
deslizando por una pendiente de cenagoso fondo, con
los lastres de su pésima revisión de "El
planeta de los simios" (2001) y de su hortera,
sólo apta para niños, "Charlie
y la fábrica de chocolate" (2005). Sin
embargo, por en medio resaltaba un apreciable film,
"Big fish" (2003), que mantenía
viva la fe en las capacidades del californiano. "Sweeney
Todd" (2007), justifica la esperanza y acaba
erigiéndose como la mejor película de
su autor desde los lejanos tiempos de "Eduardo
Manostijeras" y uno de los mejores títulos
de la cartelera de los últimos meses
aunque
la crítica mayoritaria haya tendido a confundirla
en el magma de mediocridad general. Parece que, antes
que un título modesto, pero bien realizado, ciertos
críticos prefieren esos filmes pomposos que se
arrogan falsas innovaciones (arty, que dicen los norteamericanos),
tipo el último de los Coen. ¡Qué
ceguera! En fin
Como
ya se ha señalado en múltiples medios,
el último Burton es una adaptación de
un musical de éxito (de mediocre partitura, por
cierto), pero se integra de una manera tan perfecta
en el mundo del director, en sus imágenes y obsesiones,
que francamente resulta irrelevante la fuente original.
Pues volvemos a encontrar aquí a esos seres marginados
o simplemente insociables de Burton, de aspecto como
de celebración de los Monster; apariencia que,
sinceramente, se agradece, entre tanta estrella tan
peripuesta como carente de auténtico glamour
como cunde hoy. Reencontramos esa atracción por
lo macabro y los efectos de feria, que en esta película,
aunque con frecuencia caen dentro del más puro
gore y en alguna ocasión están a punto
de desequilibrarla, sin embargo resultan en conjunto
bastante coherentes. Detectamos de nuevo ese afán
de fabulación, ese entusiasta abrazo a las estructuras
de los cuentos infantiles, aunque la aproximación
nunca alcance la madurez clarividente que conseguían
un Hitchcock o un Bergman. Volvemos a apreciar la importancia
de los decorados (sobresaliente labor de Dante Ferretti)
y de los objetos, su capacidad para explicar o incluso
determinar a los personajes: la barbería del
señor Todd, bañada por una sepulcral luz
lunar, recuerda poderosamente el desván donde
Eduardo Manostijeras vivía enclaustrado; las
navajas prolongan la anatomía de su protagonista
como en el film anterior lo hacían las cuchillas.
Persiste la capacidad de sublimación poética,
como demuestra el excelente uso de los espejos, aquél
de la barbería rajado cual telaraña, o
las mismas láminas de las navajas, donde se reflejan
los rostros luminosos de los futuros amantes sanguinarios,
Sweeney y Mrs. Lovett; e incluso los baños de
sangre que suponen tantos planos del film están
matizados con finura (de los brotes como espumarajos
que saltan de las heridas del malvado juez Turpin a
la cortina que fluye homogénea de la falsa mendiga)
y se coronan con una imagen memorable, donde las gotas
de sangre corren por el rostro y el cuerpo del agonizante
Sweeney
como una catarata de lágrimas.
A
veces, no obstante, Burton se deja tentar demasiado
por el exceso, como en la serie inacabable de asesinatos
que puntúan la segunda versión de la canción
Johanna o en el increíble abarrotamiento del
negocio de Mrs. Lovett, que más bien parece inspirado
en la clientela de alguna hamburguesería actual.
Pero es mérito de la película que mantenga
en conjunto un tono coherente y, sobre todo, esgrima
una mirada entre infantil y desencantada que redime
el punto de partida, sinceramente un tanto banal, y
la hace alcanzar un tono poético, cuya máxima
expresión podría ser la mirada triste
del rostro de pepona maquillada para Halloween de Helena
Bonham Carter. Personalmente los mejores momentos que
me brindó la película están asociados
a ella, a su magnífica y conmovedora interpretación:
el espinoso momento, admirablemente matizado por la
actriz, en que, abrazando al niño, decide, a
pesar de que lo quiere, que hay que eliminarlo; y, claro
está, esa serie de evocaciones naïf, pintadas
con unos tonos pastel que contrastan con el siniestro
colorido del resto de la película, en que Mrs.
Lovett fantasea unas vacaciones estivales junto a la
playa con su familia de hecho (Sweeney Todd y el niño),
relajada y satisfecha como una buena burguesa, feliz
como una persona que ha cumplido sus sueños.
La secuencia, una afortunada digresión, un momento
de respiro magistralmente orquestado por su director,
está adobada por un certero humor, pues el semblante
novedosamente feliz de Bonham Carter contrasta de continuo
con el siempre ceñudo de Johnny Depp. Es el toque
infantil acompañado de ironía adolescente
tan típico del cine de Burton. El encanto peculiar
de este Peter Pan del terror.
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El nuevo cine español
Por Fernando Usón
Si triste es el panorama mundial
del cine, el del español es deprimente. Por más
que una supuesta crítica que sólo ejerce
de clac se empeñe en ensalzar a los mediocres
de Amenábar, Bollaín, Medem, Aranoa y
otros por el estilo; por más que nuestra academia
pretenda aparentar glamour, cuando sólo es hortera;
por más que algunos cortos españoles triunfen
en el extranjero lo que no hacen los largos ni por accidente,
y eso a pesar de ser mediocres; por más que se
quiera disfrazar la situación, el panorama del
cine español es desolador, lo mismo artística
que comercialmente.
En
este país las gentes del cine no parecen observar
a través del visor la realidad, sino simplemente
su ombligo. Han sido fehacientes las estrambóticas
actitudes de una academia de pacotilla, que, para poder
mantener su espectáculo de penoso gusto y repartir
estatuillas (¡pobre Goya!), primero intentó
desterrar a los cortometrajes de la inflada gala (¡y
este sector de la producción es precisamente
el más prestigioso de todo el cine español!)
y finalmente mandó, en un impresentable corte
de mangas, a freír espárragos al cine
europeo (eso sí, con lógica aplastante:
como ellos no nos premian, nosotros a ellos tampoco).
El
establishment del cine español es (por
sus actos los conoceréis) mediocre y provinciano;
sus miembros parecen desear solamente repartirse la
tajada entre ellos (y si no consiguen taquilla, luchan
desesperadamente por imponer un canon digital que seguramente
no debería revertir a ellos, sino a los herederos
de Hitchcock, o a Woody Allen, o a Spielberg, o a Ridley
Scott, o qué sé yo). La industria, que
no tiene rubor en clamar, casi aullar, por las ayudas
públicas, mantiene con firmeza sus puertas cerradas
a cal y canto a las verdaderas excepciones culturales:
Víctor Erice y José Luis Guerín,
que a trancas y barrancas consiguen sacar a flote algún
proyecto de ciento a viento.
En
este páramo no es de extrañar que la crítica
más despierta llegue a entusiasmarse por aquellos
recién llegados que de alguna manera intentan
proponer y oponer una mirada no oficial (mejor sería
decir no oficialista), y llegue a defender a capa y
espada pequeñas y modestas producciones cuya
mayor virtud es simplemente renegar del autobombo que
ensordece a los consagrados desconectándolos
de la realidad. El problema es que muchas veces estos
loables y casi heroicos intentos adolecen también
de "ombliguismo"
aunque de otro tipo,
es cierto, y desde luego más excusable que, pongamos,
las psicofonías de Amenábar o los eructos
de Segura.
Todo
este largo exordio viene por la visión de uno
de los más prestigiosos primeros largos (me niego
a llamarlos óperas prima: ¿es que los
cortos o los documentales no son cine?) del último
panorama español. Su título: "La
influencia"; su director, Pedro Aguilera. En
efecto, su favorable acogida por cierto sector de la
crítica (por ejemplo, Cahiers España)
podía hacer esperar una película con cierto
élan
si no fuera porque desde las
mismas líneas se había defendido calurosamente,
por ejemplo, un film tan bienintencionado como mediocre
como es "La leyenda del tiempo" de
Isaki Lacuesta.
Finalmente
"La influencia" se ha revelado otro
falso (pequeño) prestigio del cine español
actual, en las antípodas, eso sí, de la
campante industria oficial de este país. Así,
si los pestiños de gente como Querejeta o Bollaín
apestan a falsos de puro "guais", sucede lo
mismo con este film de Aguilera, sólo que de
puro adusto: todo es tan tristón y mortecino,
que recuerda sin remisión a ciertas acongojantes
películas soviéticas de los cincuenta,
o más pertinentemente, a los ejercicios de escuela
que en la misma época realizaban algunos aprendices
ibéricos de cineastas enragés (Saura,
por ejemplo). Si la interpretación general del
cine español sigue unos moldes prefabricados
de poses y entonaciones impostados, lo mismo sucede
con el film de Aguilera, aunque el molde en esta ocasión
provenga de otro lugar: los actores son tan apáticos
y antipáticos que parecen un mal remedo de los
modelos de Bresson. Si los trucos de guión en
nuestro cine se aplican en cadena, "La influencia",
más artesanal, los presenta en ristra, con toques
tan alucinantes como el ligue en plena farmacia (eso
sí, ofrecido astutamente por su director mediante
elipsis: es que no hay quien se lo crea), por no hablar
de ese final trabajado a la contra, prueba de que se
ha sucumbido a la siniestra originalidad propugnada
por los talleres de guión ofertados por mediocres
que, ellos mismos, no saben escribir uno decente: concretando,
si en los periódicos o en el teletexto lo habitual
es leer casos de padres o madres que matan a sus hijos
y luego se suicidan, aquí, ¡abracadabra!,
son los hijos los que matan a la madre y luego hacen
amago de quitarse la vida (se debe reseñar que
tras una deriva argumental que parece inspirada en el
discreto "Nadie sabe" del japonés
Kore-eda).
El
suicidio simbólico que cierra la historia nos
remite a una de las cuestiones candentes del film de
Aguilera: todo parece un símbolo. Da igual el
accidente final que el descarnado polvo que la solitaria
masturbación, los transeúntes que llenan
la calle al grito de acción que los quiméricos,
por inexistentes, vecinos, la tienda siempre vacía
(qué desazón) que el aséptico supermercado,
las colinas nevadas que las pinturas de colores. El
problema es que, como los diálogos, como las
elecciones formales, este ramalazo simbólico
se desactiva de puro impuesto y artificial.
El
fracaso de este (otro) bienintencionado intento sería
en nuestra opinión total, si no fuera por una
cuestión. Y es que, si algo hace albergar ciertas
esperanzas sobre la futura obra de Aguilera, no es su
pedestre planificación (la película no
funciona cuando existe una relación espacio-temporal
clara entre un plano y el siguiente), ni sus esforzadas
y forzadas imágenes (por más que intermitentemente
aparezca algún encuadre sugerente), sino por
el patito feo de tantas y tantas películas: la
banda de sonido. La utilización de éste
es lo más creativo y desasosegante de toda "La
influencia": a veces no se sabe a ciencia cierta
de dónde procede un ruido; otras veces, el sonido
entona un pertinente comentario o da una oportuno brochazo
de color (gris); en ocasiones los sonidos están
separados como a hachazos, creando algún efecto
atractivo
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