|
Para
Unai Sabán
Londres
es para ti una ciudad todavía desconocida. Hace
cinco meses que llegaste y ni siquiera te planteas poder
concebir una imagen mental de la ciudad. Seis millones
de habitantes es toda una locura. Simplemente, no cabe
en tu cabeza. No se puede decir que hayas tenido mala
suerte durante este tiempo. En dos meses, has encontrado
un trabajo como telefonista en una empresa de seguros.
El horario es poco flexible, pero el sueldo suple las
inconveniencias. Al parecer los cursos de inglés
que diste en España te están dando resultado.
Ganas los suficiente para ir tirando y permitirte un
alquiler modesto.
Otra vez llueve. Estás
cansada de trabajar y has vuelto a salir tarde de la
oficina. El metro, como tantas veces, vuelve ha convertirse
en tu único refugio. Empapada, te preguntas si
vives para trabajar o trabajas para vivir. La pregunta
se queda en el aire cuando atraviesas la boca del suburbano.
El metro siempre te agobia y en tú país
nunca montaste en uno. En Londres todo es a lo grande
y sólo el metro tiene 406 kilómetros de
vía, 273 estaciones y 460 trenes circulando.
Dicen que es el más grande del mundo. Tampoco
cabe en tu cabeza.
A estas horas muy poca gente
respira bajo el suelo. En las profundidades de los pasillos
se transpira un aire caldeado y rancio, una mezcla de
lejía y orina. No lo soportas. El hecho de pensar
que aún te queda hora y media de trayecto te
sobrecoge. Bajas cuatro pisos de escaleras con la única
compañía del pisar de tus zapatos mojados.
Estás en esa hora intermedia en que las escaleras
mecánicas acaban de ser desconectadas y los carteles
publicitarios a punto de ser renovados. Transición
silenciosa que no deja de inquietarte. Y mientras tanto
esos titulares recorriendo tu cabeza una y otra vez:
"Mujer violada en los pasillos del metro",
"Dos vagabundos apaleados en la boca del suburbano"...,
aceleras el paso e intentas sonreír, estás
cagadita de miedo.
En el andén hace frío, las corrientes
que recorren los túneles silban en tu cara. La
estación está vacía, bueno...casi
vacía. Un vagabundo duerme en un banco en el
otro extremo del andén. Evitas mirarlo por si
pudiera despertarse. ¡Cuántas veces has
mirado el cogote de una persona y al instante te ha
dirigido su mirada!, no es momento de ponerlo en práctica.
De todas formas, tampoco lo vas a perder de vista, de
pequeña te enseñaron a no fiarte de los
desconocidos y Londres está lleno de locos. Sólo
quieres que venga el metro lo más rápido
posible. Te intentas concentrar en la música
de ambiente, algo ridículo porque a estas horas
la única música que suena es la de tu
cerebro excitado. Haz el favor de no perder los papeles.
Imposible, aún quedan tres minutos para que llegue
el tren y ya estás buscando un cigarrillo que
no vas a encontrar. Tu compañera se lo ha fumado
antes del cierre. De todas formas está prohibido
fumar ahí abajo. Ya ves, también está
prohibido violar a las mujeres asustadizas y mira lo
que pasa. El vagabundo se revuelve en su cama improvisada
y tú ya controlas las posibles salidas en caso
de huída. Te preguntas por qué serás
tan miedica: "Mujer asaltada en la salida del trabajo".
Dos minutos para poder respirar. Todos los días
lo mismo, a veces piensas que esto sería suficiente
para despedirte del trabajo y es que ya no te quedan
uñas para morder. Intentas pensar en la tranquilidad
de tu apartamento, con su puerta blindada y tu whisky
con hielo. ¡Vaya paradoja!, toda la vida exigiendo
mayor libertad a tus padres y lo primero que haces cuando
te vas de casa es encerrarte en una cárcel. Pero
no te engañes, aún quedan demasiadas paradas
para poder mirar a través de las rejas. El vagabundo
se da la media vuelta y de nuevo más titulares:
"Un vagabundo acuchilla a una mujer en el metro".
Das dos pasos hacia atrás, el estómago
te duele. Todavía falta un minuto. Te secas el
sudor de las manos en los vaqueros, como cuando eras
pequeña y te preguntaban la lección. Estás
demasiado tensa. Siempre acababas tartamudeando. El
vagabundo se agita en sueños, murmura algo que
no alcanzas a entender. Es inevitable, no puedes quitarle
el ojo. Medio minuto. El vagabundo se despierta con
un espasmo, igual de asustado que tú. Se incorpora
resacoso y te ve. Miras hacia el túnel. Oyes
un balbuceo en inglés que te suena a amenaza,
a qué otra cosa te podría sonar. Intentas
convencerte de que no es a ti, pero sabes que no hay
nadie más. Una flojera te recorre las piernas,
aprietas los puños y el pulso te golpea las sienes.
"Una mujer se lanza a las vías presa de
un colapso nervioso". Vuelves a escuchar su voz
grave y etílica, subida de tono. Intentas comprender.
Sabes que los borrachos y los niños siempre dicen
la verdad, pero tu ya no eres una niña. La voz
se pierde difuminada en un interminable chirrido de
frenos. Los vagones cruzan la estación a toda
velocidad y en el reflejo crees ver al vagabundo gesticular.
Si pudieses, atravesarías el metal y lo cristales
de un salto. Por fin se detiene, abre las puertas y
respiras. Las atraviesas y tomas aliento. Detrás
se queda el vagabundo y sus fantasmas. Como un descompresor
te desinflas y de nuevo te convences de que eres estúpida.
El metro y tu sangre circulan de nuevo...de momento.
No
has tenido tiempo ni de observar el vagón. Demasiadas
emociones para reparar en eso. El corazón sigue
acelerado, latiendo fuerte bajo la gran ciudad. Podrías
pensar en tu cama vacía, sabanas limpias, en
el trabajo de mañana, pero no; tú sigues
empeñada en asustarte. A penas tres personas
en el vagón, caras cansadas, somnolientas. En
la siguiente parada baja una mujer, no sube nadie. El
único sonido que rompe el silencio, es el zumbido
eléctrico del vagón y de vez en cuando
los frenos que chirrían. La luz macilenta a penas
te deja ver los túneles sombríos que atraviesas.
Junto a la primera puerta, un hombre de gabardina gris
y sombrero cabecea. La jornada es dura para todos. Nueva
parada y un hombre baja, nadie sube. Atraviesas la zona
dos y calculas las paradas que te quedan. Seis, siete
y ocho...a los diez segundos vuelves a contar. Otra
vez ocho. De nuevo estás alerta, pronto llegarás
a la zona tres y a estas horas hay que andarse con cuidado.
"El gobierno estudia poner vigilancia nocturna
en la zona tres". Seis, siete y ocho. Quizás
te vuelvas a España al mes que viene, no puedes
seguir así. Chirrido de frenos, no baja nadie.
Una mujer negra sube al vagón rodeando el cuello
de dos chicos blancos. Miras al suelo. El trío
se sienta justo en frente de ti. Empiezas a sudar y
el estómago vuelve a encogerse. Cinco, seis y
siete paradas. No has podido ni mirar a los jóvenes
mal encarados. De tu edad más o menos. Chicos
de barrio. Otra vez quieres atravesar los cristales
y el metal, desaparecer. Esta vez, eres tú la
que notas sus miradas clavadas en el cogote. No te interesan
ni sus fiestas ni sus prostitutas, ni siquiera te interesa
Londres. Acabas mirando. La mujer está justo
en frente de ti y te ha clavado los ojos, fijos, desafiantes.
Dos bombillas blancas enmarcadas en su cara oscura.
Vuelves al suelo. Tienes ganas de echarte a llorar.
Sabes que te están estudiando, analizando tu
miedo. El suelo está lleno de mierda, ya no puedes
pensar. Oyes el chirrido de la maquina muy lejano, dudas
incluso de estar despierta.
La
luz de la parada ilumina el vagón. Se abren las
puertas. Cinco y seis. Aparecen unos zapatos en el suelo
lleno de mierda. Alguien te coge del brazo, el hombre
de gabardina te está dando a elegir "Tienes
dos opciones o te quedas con estos o te vienes con migo".
Te aferras a la gabardina y bajas cinco paradas antes
que la tuya. Las puertas se cierran detrás vuestro,
el metro vuelve a circular. No puedes articular palabra
y explotas echándote a llorar en sus hombros,
solo quieres llegar a tu cárcel. El hombre de
gabardina te aparta: "dame tu móvil",
eso si que no te lo esperabas, te quedas blanca. Pero
igual que no te esperabas que te fuera a robar un hombre
con gabardina y sombrero, menos esperabas reaccionar
con esa insolencia inocente. "¿Para qué?"
"Para llamar a la policía, ¿o es
que no se ha dado cuenta de que esa chica no parpadeaba?...
estaba muerta".
|