EL POLLO URBANO
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Nº 92 (3ª Epoca) Extra Verano: Julio, Agosto y Septiembre 2008. Zaragoza. 
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SUMARIO:
-Tienes dos opciones
- Para ser buen escritor

TIENES DOS OPCIONES
Dionisio Sánchez Loring

                                                                                                Para Unai Sabán

    Londres es para ti una ciudad todavía desconocida. Hace cinco meses que llegaste y ni siquiera te planteas poder concebir una imagen mental de la ciudad. Seis millones de habitantes es toda una locura. Simplemente, no cabe en tu cabeza. No se puede decir que hayas tenido mala suerte durante este tiempo. En dos meses, has encontrado un trabajo como telefonista en una empresa de seguros. El horario es poco flexible, pero el sueldo suple las inconveniencias. Al parecer los cursos de inglés que diste en España te están dando resultado. Ganas los suficiente para ir tirando y permitirte un alquiler modesto.

      Otra vez llueve. Estás cansada de trabajar y has vuelto a salir tarde de la oficina. El metro, como tantas veces, vuelve ha convertirse en tu único refugio. Empapada, te preguntas si vives para trabajar o trabajas para vivir. La pregunta se queda en el aire cuando atraviesas la boca del suburbano. El metro siempre te agobia y en tú país nunca montaste en uno. En Londres todo es a lo grande y sólo el metro tiene 406 kilómetros de vía, 273 estaciones y 460 trenes circulando. Dicen que es el más grande del mundo. Tampoco cabe en tu cabeza.

     A estas horas muy poca gente respira bajo el suelo. En las profundidades de los pasillos se transpira un aire caldeado y rancio, una mezcla de lejía y orina. No lo soportas. El hecho de pensar que aún te queda hora y media de trayecto te sobrecoge. Bajas cuatro pisos de escaleras con la única compañía del pisar de tus zapatos mojados. Estás en esa hora intermedia en que las escaleras mecánicas acaban de ser desconectadas y los carteles publicitarios a punto de ser renovados. Transición silenciosa que no deja de inquietarte. Y mientras tanto esos titulares recorriendo tu cabeza una y otra vez: "Mujer violada en los pasillos del metro", "Dos vagabundos apaleados en la boca del suburbano"..., aceleras el paso e intentas sonreír, estás cagadita de miedo.
En el andén hace frío, las corrientes que recorren los túneles silban en tu cara. La estación está vacía, bueno...casi vacía. Un vagabundo duerme en un banco en el otro extremo del andén. Evitas mirarlo por si pudiera despertarse. ¡Cuántas veces has mirado el cogote de una persona y al instante te ha dirigido su mirada!, no es momento de ponerlo en práctica. De todas formas, tampoco lo vas a perder de vista, de pequeña te enseñaron a no fiarte de los desconocidos y Londres está lleno de locos. Sólo quieres que venga el metro lo más rápido posible. Te intentas concentrar en la música de ambiente, algo ridículo porque a estas horas la única música que suena es la de tu cerebro excitado. Haz el favor de no perder los papeles. Imposible, aún quedan tres minutos para que llegue el tren y ya estás buscando un cigarrillo que no vas a encontrar. Tu compañera se lo ha fumado antes del cierre. De todas formas está prohibido fumar ahí abajo. Ya ves, también está prohibido violar a las mujeres asustadizas y mira lo que pasa. El vagabundo se revuelve en su cama improvisada y tú ya controlas las posibles salidas en caso de huída. Te preguntas por qué serás tan miedica: "Mujer asaltada en la salida del trabajo". Dos minutos para poder respirar. Todos los días lo mismo, a veces piensas que esto sería suficiente para despedirte del trabajo y es que ya no te quedan uñas para morder. Intentas pensar en la tranquilidad de tu apartamento, con su puerta blindada y tu whisky con hielo. ¡Vaya paradoja!, toda la vida exigiendo mayor libertad a tus padres y lo primero que haces cuando te vas de casa es encerrarte en una cárcel. Pero no te engañes, aún quedan demasiadas paradas para poder mirar a través de las rejas. El vagabundo se da la media vuelta y de nuevo más titulares: "Un vagabundo acuchilla a una mujer en el metro". Das dos pasos hacia atrás, el estómago te duele. Todavía falta un minuto. Te secas el sudor de las manos en los vaqueros, como cuando eras pequeña y te preguntaban la lección. Estás demasiado tensa. Siempre acababas tartamudeando. El vagabundo se agita en sueños, murmura algo que no alcanzas a entender. Es inevitable, no puedes quitarle el ojo. Medio minuto. El vagabundo se despierta con un espasmo, igual de asustado que tú. Se incorpora resacoso y te ve. Miras hacia el túnel. Oyes un balbuceo en inglés que te suena a amenaza, a qué otra cosa te podría sonar. Intentas convencerte de que no es a ti, pero sabes que no hay nadie más. Una flojera te recorre las piernas, aprietas los puños y el pulso te golpea las sienes. "Una mujer se lanza a las vías presa de un colapso nervioso". Vuelves a escuchar su voz grave y etílica, subida de tono. Intentas comprender. Sabes que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad, pero tu ya no eres una niña. La voz se pierde difuminada en un interminable chirrido de frenos. Los vagones cruzan la estación a toda velocidad y en el reflejo crees ver al vagabundo gesticular. Si pudieses, atravesarías el metal y lo cristales de un salto. Por fin se detiene, abre las puertas y respiras. Las atraviesas y tomas aliento. Detrás se queda el vagabundo y sus fantasmas. Como un descompresor te desinflas y de nuevo te convences de que eres estúpida. El metro y tu sangre circulan de nuevo...de momento.

    No has tenido tiempo ni de observar el vagón. Demasiadas emociones para reparar en eso. El corazón sigue acelerado, latiendo fuerte bajo la gran ciudad. Podrías pensar en tu cama vacía, sabanas limpias, en el trabajo de mañana, pero no; tú sigues empeñada en asustarte. A penas tres personas en el vagón, caras cansadas, somnolientas. En la siguiente parada baja una mujer, no sube nadie. El único sonido que rompe el silencio, es el zumbido eléctrico del vagón y de vez en cuando los frenos que chirrían. La luz macilenta a penas te deja ver los túneles sombríos que atraviesas. Junto a la primera puerta, un hombre de gabardina gris y sombrero cabecea. La jornada es dura para todos. Nueva parada y un hombre baja, nadie sube. Atraviesas la zona dos y calculas las paradas que te quedan. Seis, siete y ocho...a los diez segundos vuelves a contar. Otra vez ocho. De nuevo estás alerta, pronto llegarás a la zona tres y a estas horas hay que andarse con cuidado. "El gobierno estudia poner vigilancia nocturna en la zona tres". Seis, siete y ocho. Quizás te vuelvas a España al mes que viene, no puedes seguir así. Chirrido de frenos, no baja nadie. Una mujer negra sube al vagón rodeando el cuello de dos chicos blancos. Miras al suelo. El trío se sienta justo en frente de ti. Empiezas a sudar y el estómago vuelve a encogerse. Cinco, seis y siete paradas. No has podido ni mirar a los jóvenes mal encarados. De tu edad más o menos. Chicos de barrio. Otra vez quieres atravesar los cristales y el metal, desaparecer. Esta vez, eres tú la que notas sus miradas clavadas en el cogote. No te interesan ni sus fiestas ni sus prostitutas, ni siquiera te interesa Londres. Acabas mirando. La mujer está justo en frente de ti y te ha clavado los ojos, fijos, desafiantes. Dos bombillas blancas enmarcadas en su cara oscura. Vuelves al suelo. Tienes ganas de echarte a llorar. Sabes que te están estudiando, analizando tu miedo. El suelo está lleno de mierda, ya no puedes pensar. Oyes el chirrido de la maquina muy lejano, dudas incluso de estar despierta.

    La luz de la parada ilumina el vagón. Se abren las puertas. Cinco y seis. Aparecen unos zapatos en el suelo lleno de mierda. Alguien te coge del brazo, el hombre de gabardina te está dando a elegir "Tienes dos opciones o te quedas con estos o te vienes con migo". Te aferras a la gabardina y bajas cinco paradas antes que la tuya. Las puertas se cierran detrás vuestro, el metro vuelve a circular. No puedes articular palabra y explotas echándote a llorar en sus hombros, solo quieres llegar a tu cárcel. El hombre de gabardina te aparta: "dame tu móvil", eso si que no te lo esperabas, te quedas blanca. Pero igual que no te esperabas que te fuera a robar un hombre con gabardina y sombrero, menos esperabas reaccionar con esa insolencia inocente. "¿Para qué?" "Para llamar a la policía, ¿o es que no se ha dado cuenta de que esa chica no parpadeaba?... estaba muerta".

Para ser un buen escritor
Dionisio Sánchez Loring

   

    "Para ser un buen escritor -le dijeron los sabios- debes de leer mucho. Esto es demasiado malo para publicarlo". Lo guardó en un cajón y empezó con los clásicos, conoció a los místicos, estudió a los precursores de la novela, también a los románticos, a los costumbristas, a los realistas. Y el poco tiempo que tenía para escribir lo guardó en un cajón. Investigó la novela experimental, recorrió la literatura hispanoamericana, la filosofía europea y guardó en un cajón. Profundizó en la obra de cada Nóbel, en la literatura rusa, en cada autor premiado y lo poco que escribía lo guardaba en un cajón. Repasó la "generación beat", la literatura japonesa, la tradición africana, la hindú y continuó guardando en un cajón. Y así se le pasó la vida, sin dormir, sin comer, leyendo y guardando en un cajón. Repasó un día aquel cajón y se dio cuenta de que lo poco que había escrito, había sido superado en sus lecturas. Aquello era demasiado malo para publicarlo. Ardió el cajón. Tras su muerte, el único texto que se salvó de la quema, le reportó reconocimiento y fama internacional, consagrándole como uno de los sabios del Olimpo literario. El texto decía: "Aquí yace un lector voraz, un escritor mal aconsejado".

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