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5ª
ENTREGA
13.
¡Y CÓMO LE SEGUÍA GUSTANDO SUSANA
LACAMBRA!
Susana Lacambra estaba tecleando furibundamente en su
PC un artículo sobre la inminente subida de tasas
municipales del Ayuntamiento de Somarda cuando Luis
Linares, el redactor-jefe de local, la llamó
con un gesto displicente.
-Olvídate del artículo, amor, tengo algo
mejor para ti -le dijo.
-Es una broma, ¿no?, casi lo he terminado -le
respondió Susana, temerosa de que su trabajo
fuera a parar al cementerio de megabytes de su disco
duro.
-No sabes lo que lo siento, corazón, pero acabamos
de cerrar una nueva remesa de fascículos con
el municipio y se ha firmado la paz. Tu acerada pluma
deberá cebarse en nuevas víctimas. Guárdalo.
Y no pongas esa cara que se te pondrán arrugas.
Linares sonrió, se subió sus gafas Giorgio
Armani y extendió las manos como diciendo: "¡Qué
le vamos a hacer!".
-¡Me lo podías haber dicho antes, coño!
-protestó, desolada, Susana.
-Me lo acaba de decir Berbegal (Berbegal era el subdirector
del periódico). Ya sabes cómo funciona
esto, preciosidad.
A Susana Lacambra le molestaban siete cosas, fundamentalmente,
de su atildado redactor-jefe; las tenía contabilizadas.
Amén de otras menudencias, los siete pecados
capitales de Luis Linares eran, según la redactora:
1: era idiota.
2: además de idiota, era un déspota.
3: era un pelota redomado (con los superiores, por supuesto).
4: escribía peor que ella, valía menos
que ella, pero era hombre, estaba por encima del escalafón
y cobraba casi el doble.
5: era un machista recalcitrante, y adornaba siempre
sus frases con muletillas tales como "mi amor",
"vida mía", corazón", "muñeca",
"guapetona", "cariño" y otras
lindezas.
6: se le había insinuado varias veces, y como
Susana no tragaba, le hacía la vida imposible.
7: era pequeño, hortera, físicamente vulgar
y usaba una colonia repulsiva que era conocida familiarmente
en la redacción como Eau de Moffette; pero él
se creía Robert Redford en sus mejores tiempos.
-Vas a entrevistar a Luis Antonio Trudi.
-¿Al alcalde?
-Acabo de hablar con él, y ya estás yendo
para allá.
-¿Sin preparar?
-Ninguno de los dos necesitáis "preparación".
-Pues no soy santo de su devoción, según
dicen.
-Abrimos mañana con la entrevista, dos páginas,
y todo muy suavecito.
-Ya me dirás cómo lleno dos páginas.
No ha hecho nada.
-¡Eh, eh, eh, tranquila, pichoncita! Eres una
profesional, ¿recuerdas? Quiero una entrevista
en positivo; haz hincapié en la estabilidad institucional,
en los proyectos en marcha -me importa un carajo que
se estén cumpliendo o no- y en algo en lo que
eres especial.
-¿Y en qué soy especial, si se puede saber?
-le preguntó, desafiante.
Luis Linares le dirigió una mirada libidinosa.
Susana se sintió desnuda con la ropa puesta.
-Tú lo sabes mejor que nadie, muchacha. En sacar
lo mejor de cada uno... Quiero una visión intimista,
muy humana, que te olvides del político y ra-dio-gra-fíes
(así lo dijo, como si el alcalde tuviera el SIDA)
al personaje.
-Haré lo que pueda.
-No, guapetona, no. Harás lo que debas. Confío
en ti. ¡Ah! -prosiguió Linares mientras
se alejaba-, la quiero terminadita a las seis. Ciao.
Susana se dio la vuelta. Estaba roja de ira y sorprendió
a su compañera Elena Santisteban -redactora de
cultura- con un "¡Gilipollas!" que le
salió del alma.
-¿Linares? -le preguntó su colega, levantando
la vista de la pantalla del ordenador.
-¿Quién si no? -respondió la periodista.
Susana Lacambra entró a trabajar en Clarín
hacía ya tres años. Su padre había
muerto muy joven, en accidente de coche, y ella, hija
única, se encontró muy pronto con más
responsabilidades de las que una chiquilla de once años
puede afrontar. Su madre no asimiló su condición
de viuda y se hizo alcohólica. Las tornas se
cambiaron de forma antinatural y Susana se vio, en plena
edad del pavo, haciendo de madre de su propia madre,
cuidándola y vigilándola. Tuvo mucha paciencia
con ella, le dio todo su cariño, se hizo cargo
de las faenas de la casa y sacó adelante sus
estudios, aunque repitió COU. Toda esa carga
implicaba renuncias, y así, Susana tuvo que olvidarse
de sí misma en esa época en que las criaturas
de Dios se asoman a la vida, son conscientes de las
pulsiones de su cuerpo, exploran sus posibilidades y
sueñan con el amor. Pero el tiempo, como el agua,
se puede contener hasta cierto punto, y no hay dique
que pueda detener el impulso imparable del torrente
de la juventud. Así que cuando Susana explotó,
lo hizo con una energía imparable. A los diecinueve
años, cuando su madre estaba mejor -tuvo incluso
una relación con otro viudo que acabó
en el altar- Susana se largó un buen día
a Estados Unidos y allí recuperó parte
del tiempo perdido. Conoció a un músico
de jazz quince años mayor que ella con el que
mantuvo una relación bastante tortuosa pero que
le sirvió para espabilarse. En Somarda nadie
supo nunca que su novio, además de un excelente
trompetista, era negro. El círculo de relaciones
familiares -la familia Bernal, dueña de Clarín-
no lo hubiera digerido muy bien. Tras dos años
de connubio con el músico, tuvo relaciones esporádicas
con unos cuantos muchachos residentes en Boston -allí
vivía ella- hasta que Susana consideró
que ya se había despegado del nido lo suficiente
como para añorarlo de nuevo. Cuando volvió
a Somarda tenía veinticuatro años, sabía
hablar inglés perfectamente y estudio Filología
Inglesa en la Facultad de Letras con buenas notas. Se
sacaba sus perrillas dando clases particulares de inglés,
y en estas conoció a Félix Patacón.
Félix Patacón, a sus veintiséis
años, trabajaba de contable en una correduría
de seguros. Había estudiado contabilidad en una
lúgubre academia, tras una larga temporada de
dolce farniente en la que, para desesperación
de Papá y Mamá Patacón, se había
dedicado a tocar su guitarra eléctrica, a aprender
Tai-Chi, a leer a los existencialistas franceses y a
los poetas de la beat generation.
Tras su frustrada experiencia de comando antifranquista
en Barcelona, en donde estudiaba Bellas Artes -Mardania
perdió al que podía haber sido un buen
escultor-, Patacón se encontró sin suelo
debajo de los pies y se dejó, sencillamente,
caer. Una conversación con su madre, en un once
de noviembre que jamás olvidaría, le hizo
encauzar su vida hacia horizontes más productivos.
"Félix,
hijo mío, -le dijo aquel día su madre-
los padres somos muy egoístas. Queremos que nuestros
hijos nos hagan felices a nosotros, pero nunca te he
preguntado qué puedo hacer yo para hacerte feliz
a ti. Si lo sabes, dímelo, por favor te lo pido,
aunque sea duro de escuchar". Félix se sintió
aniquilado, como si estuviera prisionero entre un gran
bloque de hielo, hasta que de repente lo rompió,
cogió a su madre entre los brazos y le dijo entre
lágrimas: "ayúdame a quererme un
poco más." ¡Cómo le acarició
aquella tarde su madre, siendo la depositaria de aquella
lava líquida de emociones que tenía atrapadas
tan dentro de sí y que por fin se decidió
a sacar...! Esa fue la señal que abrió
la espita: necesitaba sólo un poco de complicidad,
y, habiéndola encontrado, reestructuró
su vida de la noche a la mañana. Aquel once de
noviembre se sintió adulto por primera vez.
Que el padrastro de Susana le pidiera que fuera a renovar
el seguro del coche motivó el encuentro de Félix
y Susana. Las cosas más banales producen felices
encuentros entre el azar y la necesidad.
Félix Patacón no solía atender
las visitas de la correduría, pero a las siete
y veinte de aquel viernes no quedaba ya nadie en la
oficina cuando entró Susana Lacambra. Susana
era -y es- una monada. Pelo castaño muy claro,
piel trigueña, ojos azul cobalto y dientes muy
blancos, así como un par de pechos muy bien puestos
-sus propias compañeros de colegio le llamaban
La Domingas-, atraían la mirada de multitud de
varones.
-Hola -saludó sonriente Susana.
-Buenas tardes -le correspondió Félix.
Susana expuso el motivo de su visita.
-Tendrás que volver otro día, porque se
ha marchado la persona que renueva las pólizas.
¿Fue
la cara de decepción que puso Susana o, simplemente,
el hecho de que estaba de toma pan y moja lo que impelió
a Félix Patacón a hacerse cargo de aquella
renovación de póliza como algo personal?
Chi lo sá...
El hecho es que Patacón removió Roma con
Santiago hasta que consiguió salir, victorioso,
con el papelillo de marras.
-¿Me lo pagas en efectivo, con tarjeta o con
talón?
-Mi padre me ha dado un talón. Espera...
Cosas que pasan, Susana empezó a rebuscar en
el bolso y con visibles signos de azoramiento.
-No lo entiendo -dijo, nerviosa-, estoy segura de que
he metido la cartera en el bolso...
-No te preocupes, mujer, ya lo pagarás otro día.
Toma.
Félix Patacón, adarga en ristre, se sintió
gentilhombre ante aquella celestial criatura y minimizó
el olvido.
Susana jaspeó de tornasoles sus mejillas y aquello
acabó de rendir al hidalgo Patacón.
-Que no pasa nada, faltaría más. Toma,
haz el favor -insistió el espadachín.
Susana Lacambra estaba realmente amedrentada.
-Estoy segura de que he cogido la cartera en casa. Me
acuerdo perfectamente de que he metido el talón
en el bolsillo interior y de que luego la he metido
en el bolso.
-¿Cómo has venido? -preguntó Félix.
-En coche. Igual se me ha caído del bolso...
Bajo un momento y vuelvo. Aunque es un poco tarde, ¿verdad?
-No tengo ninguna prisa.
-Te estoy fastidiando...
-De ninguna manera.
Mientras Susana bajaba a la calle para escudriñar
su vehículo, Félix Patacón fue
al baño, se examinó severamente ante el
espejo, se repeinó, se lavó los dientes,
se ajustó la corbata y se sobresaltó cuando
sonó el timbre del interfono. Su tendencia masoquista
le llevó a una reflexión nihilista: "demasiado
bonita para mí".
-¡Aquí está! -dijo, alborozada-.
Estaba en el suelo. Soy un desastre -explicó
con la sonrisa más lumínica que jamás
hubiera columbrado Patacón.
Se hicieron las gestiones pertinentes -Félix
le extendió un recibo- y, cuando éste
no esperaba sino una despedida para siempre jamás,
Susana le traspasó el alma cuando de sus labios
salió un suspiro en forma de frase.
-Eres muy amable, no sé cómo agradecértelo.
La ocasión la pintan calva, así que, con
toda la cara dura de la que fue capaz, Patacón
Mulaparda lo tomó ad peddem litterae.
-Invítame a una caña, y en paz.
Susana se quedó sorprendidísima de la
salida del asegurador, pero rompió enseguida
a reír.
-De acuerdo. ¡Qué menos!
Fueron, acto seguido, a una cafetería muy tranquila
que estaba a dos manzanas de allí, y se sorprendieron
mutuamente de cómo fluía la conversación,
como hilo que devana la rueca.
Se hicieron las nueve y las diez.
-¿Tienes hambre? Te invito a cenar -envidó
Patacón.
Susana volvió a exhibir su iridiscente sonrisa.
-¡Vaya, vaya, eres un lanzado! -le dijo a Félix
para su rubor. De acuerdo -contestó Susana, y
a Patacón se le hicieron los huesos agua-, pero
déjame hacer una llamada. En casa les gusta que
avise si no voy a cenar.
"¡En
casa! Eso quiere decir que vive con sus padres y es
soltera", coligió acertadamente el atrevido
acompañante.
La velada fue una delicia. Los dos eran de edad parecida
-Félix le llevaba dos años a Susana-,
se sentían solos, habían tenido experiencias
traumatizantes y -lo que era más importante-
congeniaban, se gustaban.
Las confidencias de las que participaron no fueron más
allá de lo prudente y al filo de las dos de la
mañana Félix dejaba en el portal a Susana.
-¿Puedo llamarte mañana? -le preguntó,
temeroso.
-Tú sabrás si puedes. ¿Tienes mi
teléfono, no?
Y ante lo que era una invitación al reencuentro,
y cuando un aturdido Félix se disponía
a estampar un par de besos en las mejillas de Susana
Lacambra, ésta le sorprendió depositando
sus labios en los suyos, brevemente, como una libación.
-Eres un encanto, Félix. Llámame.
Y, claro, Félix la llamó al día
siguiente, y al otro, y al otro... y así todos
los días durante varias semanas. Félix
tenía veintiséis años y había
tenido cuatro novias, dos amigas fuertes y unas cuantas
aventurillas por ahí. Pero era la primera vez
que se enamoraba como un tocino. No era el caso de Susana,
que aunque sí se enamoró perdidamente
de Félix Patacón, no era ni la primera
ni la segunda vez que lo hacía. Durante ocho
meses estuvieron viéndose a diario y para hacer
el amor tenían que recurrir a pisos de amigos
emancipados y a escapadas en hotelitos no demasiado
lujosos. Llegó el momento en que se plantearon
vivir juntos antes de decidir un compromiso "más
formal" y se alquilaron un apartamento de cuarenta
metros cuadrados en la calle de Los Almogávares,
donde -ironías del destino- años más
tarde trabajaría Félix Patacón
como socio de la Gestoría Fernández.
Todo fue bien hasta que dejó de ir bien.
Susana no quería hacer valer su condición
de miembro del clan de los Bernal, aunque su tío
Máximo -el director de Clarín- le ofrecía
siempre que la veía un puesto en el periódico.
"Sobrina", -le dijo una vez , con su característica
carraspera y en presencia de Félix, que era tolerado
como consorte espurio de Susana- "tú has
estado en los USA, vales un valer y me consta que te
gusta escribir. Cuando se te pase el síndrome
de Estocolmo pero al revés que tienes con la
familia, cuento contigo." Estas declaraciones de
amor las solía expresar Máximo al cuarto
o quinto whisky, por lo que Susana no les daba mayor
importancia.
-¿No crees que Máximo tiene razón?
-le preguntó un día Patacón-. En
vez de dar clases de inglés a zangolotinos podrías
trabajar en el periódico de tu tío. Seguro
que lo haces mejor que muchos de los que escriben ahí.
-Félix, cariño -le dijo- algún
día te contaré la magnanimidad de mi tío
Máximo cuando mi madre -su hermana- era una esponja
que sólo absorbía anís y yo una
muchacha más sola que la una.
Ante tales argumentos, Félix, chitón.
La relación entre ellos se fue deteriorando.
Susana, relajada en un principio, fue soltando poco
a poco el lastre de sus agravios que se habían
quedado en la recámara. Había resentimiento
en sus adentros y Félix -como la propia Somarda-
era el delta al que iban a parar el limo y los detritus
de la frustración de su compañera. Hablaron
de casarse, pero Susana daba largas.
-Creo que deberíamos de dejar de vernos por un
tiempo -sentenció un buen día Susana.
Y a la semana siguiente desapareció.
Le dejó una nota, breve pero intensa:
"Félix:
Dice un proverbio chino que hay que dar la vuelta al
mundo para darse cuenta de que el sitio de uno es la
casa de donde salió. Tú eres esa casa.
¡No sabes lo que me gustaría volver un
día junto a ti y para siempre! Te quiero. Perdóname.
Adiós. "
Félix lloró, rabió, se emborrachó
durante dos meses todos los días, creyó
perder el juicio, pero nada de eso le devolvió
a Susana Lacambra.
Habían pasado casi diez años. Se habían
visto esporádicamente, pero, al parecer, Susana
no había acabado todavía de dar su vuelta
al mundo. De momento, trabajaba en la empresa familiar.
El síndrome de Estocolmo pero al revés
se había vuelto del derecho.
-¿Susana?
-Soy yo. ¿Eres tú, Félix?
-El mismo que viste y calza.
-¡Jooooder! No veas la de veces que me he acordado
de ti estos días. ¡Estarás contento,
tío! Con la de putadas que te han gastado pero,
al final, se han acordado de ti. No sabes lo que me
alegro... ¿Estás contento?
-No, Susana, ni pizca. ¿Nos podríamos
ver?
-¿Placer o negocios?
-Negocios, me temo.
-¿En tu casa o en la mía?
-Déjate de coñas. Es algo serio.
-¿Te pagas una cena?
-Y dos, si son pequeñas.
-Pensaba que el cargo te había vuelto gilipollas
así, de repente.
-Eso lo sigo siendo con o sin cargo.
-¿Hoy?
-¿A las nueve en el Café La Mundial?
-Allí estaré.
-Susana...
-¿Sí?
-No me lo pongas demasiado difícil.
-O.K., señor político.
-Hasta luego, pues.
-Vete a freír espárragos. Hasta luego.
¡Ay!
¡Y cómo le seguía gustando a Félix
Patacón Mulaparda Susana Lacambra!
14. MANOS A LA OBRA.
El Café La Mundial era un antiguo café
de esos de camareros con mandil, columnas de hierro,
bonitas cenefas de escayola, arañas de cristal,
jarrita de vidrio para el agua. Los nuevos propietarios
lo habían restaurado respetando el ambiente fin
de siècle. Se escuchaba por sus bafles a Doña
Concha Piquer cuando Susana Lacambra atravesó
el local como una cigarrera de ambigú posmoderna,
coqueta y segura de sus posibilidades.
Enseguida divisó a Félix, que había
trocado su clásico terno por vaqueros Valentino,
camisa blanca con cuero de tirilla y chaqueta de sport
azul.
-Hola, señor importante -le dijo muy sonriente.
-Hola, paparazza -correspondió Patacón
invitándola a sentarse.
Tras un leve intercambio de cumplidos pidieron dos jarras
de cerveza.
-Estás muy guapa.
-Y tú estás muy in. Pareces un escritor
de izquierdas.
Continuaron unos cuantos minutos examinándose,
con una nerviosa mezcla de alegría y tristeza
en sus miradas. Hablaron más con los ojos que
con los labios. Hacía años -¿dos?,
¿tres?- que no se veían tête á
tête. Habían coincidido en ocasiones, o
se habían encontrado por la calle, pero el orgullo
herido del uno y el sentimiento de culpa de la otra
había sido muralla que no quisieron o supieron
derribar. Se encontraban incómodamente a gusto.
-Bueno, cuéntame -terció Susana cuando
se acabaron las cortesías.
-Necesito tu ayuda, Susi.
-¿Desde cuándo me llamas "Susi"?
¡Es horrible!
-Lo sé. Estoy nervioso, simplemente.
-¿Y qué te crees, que yo no?
Susana apuró su jarra de cerveza casi de un trago.
-Pidamos otra ronda.
-Susana...
-¿Qué? ¿El Partido controla también
tu hígado?
-Deja al Partido en paz. Está bien, pidamos otra
ronda.
Félix Patacón Mulaparda se había
sentido eufórico tras la entrevista que mantuvo
con Bobadilla y Hermoso, pues le había allanado
el camino para llevar a cabo su rocambolesca venganza.
Al día siguiente, empero, ya le habían
asaltado un millón de dudas, como si fueran un
millón de ladrones, y veía su empeño
más quimérico que vencer con su sola mano
al gigante Brocabruno de la Gran Fuerza. Acudió
a su madre, la pila catalítica de la que bebía
fuerzas, quien se sobresaltó ante la pregunta
de su vástago.
-Mamá, si dejo pronto la política y me
arrean más palos que a una estera, ¿cómo
se lo tomará papá?
-¿Te lo están poniendo difícil,
eh? -le preguntó a su vez Mamá Patacón,
que era inteligente como una raposa.
-No, madre. Me lo estoy poniendo difícil yo solito.
-Tú tramas algo, Félix, lo leo en tus
ojos.
-No te preocupes, de verdad.
Su madre le acarició la mano.
-Te voy a decir algo que nunca te he contado. Antes
de salir con tu padre tuve un pretendiente. Era muy
guapo, no creas, y de buena posición. Nos vimos
unas cuantas veces, tonteamos... En fin, un juego de
niños en comparación con lo que se lleva
ahora. Yo estaba muy enamorada, como cualquier muchacha
de mi edad. Pero varias veces le pillé en pequeñas
mentirijillas. Y un día le dije: Santiago -se
llamaba Santiago-, si me mientes ahora que empezamos
a salir, cuando lleváramos diez años casados
las mentiras no cabrían en esta calle. Así
que lo planté. Me costó un buen berrinche,
pero no me arrepiento en absoluto de haberlo hecho.
Tu padre será un poco burro -que lo es- pero
nunca me ha mentido. Las mujeres somos muy brujas para
esas cosas y olemos una mentira a cien kilómetros.
Félix la tomó entre sus brazos y le dio
un largo y cálido beso en la frente.
-No te voy a mentir, mamá. Pero no te voy a contar
nada. No trago ciertas cosas, sencillamente. Y puede
que pierda.
-A veces lo importante es perder.
Félix Patacón encontró una vez
más en su madre la energía para seguir
con sus propósitos.
-Susana, antes de que te cuente nada, dime cómo
estás en Clarín. Dependiendo de lo que
me cuentes te diré algunas cosas. Y no me mientas,
porque huelo una mentira a cien kilómetros -
dijo Félix y sonrió, orgulloso, recordando
a su madre.
Susana arrugó el entrecejo y sonrió a
su vez.
-¿Me has llamado para someterme a un interrogatorio?
-Exactamente. Si quieres, te leo tus derechos.
-¡Félix, Félix!
-¿Qué?
-Tú tramas algo, lo leo en tus ojos.
No debería haberlo hecho, pero lo hizo. Félix
tomó la mano de Susana, esa mano cálida,
suave, bien articulada, nudosa, de dedos largos que
tan bien conocía y que le transmitió una
rayada de dolor en forma de memoria.
-Eso mismo, Susana, eso mismísimo me dijo ayer
mi madre.
-¿Cómo está Puri?
-Si no fuera mi madre me casaría con ella.
-La quiero mucho, Félix. A veces la llamo.
-¡¡¡¡Que a veces la llamas y
no me ha dicho nada la muy...!!!! -dijo escandalizado
Félix.
-Se lo tengo prohibido. Además, es cosa nuestra.
Está bien, te diré cómo estoy profesionalmente
-lo demás parece que no te interesa demasiado-
para que sigas con tu misterioso relato.
Pidieron en el mismo Café La Mundial un par de
platos combinados y continuaron la plática.
-Llevo tres años en Clarín. Al principio
hacía de todo un poco menos escribir. Mi tío
Máximo nunca le perdonó a mamá
que se diera al alcohol y, en vez de ayudarnos, como
tú bien sabes, se limitó a soportarnos
para poder expresar su desprecio. Pero yo siempre le
he hecho tilín, y me pidió un día,
formalmente, que entrara en el periódico. Como
yo no quería ningún tipo de enchufe, comencé
desde abajo y haciendo como que me ganaba el puesto.
Ser la sobrina del director no es ninguna bicoca cuando
no quieres trato de favor. Hagas lo que hagas, eres
la sobrina del jefe. Pero he de decir, en descargo de
Máximo, que no ha movido un dedo por mí:
no lo hubiera consentido.
-El orgullo ha sido siempre unos de tus principales
activos, me consta.
-No empecemos. Bueno, el caso es que desde el punto
de vista laboral, soy una más. Tengo un jefe
de redacción que es una pesadilla, como corresponde
a cualquier jefe de redacción, aunque éste
es de los de categoría G.
-¿Categoría G?
-G de Gilipollas.
-¿Linares?
-¿Quién si no? -respondió, una
vez más, Susana.
-Desayuna ranas y caga sapos.
-¡Hostia, qué bueno! ¿Lo puedo utilizar?
-La frase no es mía. No te cobraré derechos
de autor.
-Y bien, en definitiva, eso es todo. Curro, me pagan,
lo hago moderadamente bien... No me quejo.
-Susana...
-¿Qué pasa?
-Que yo también puedo oler una mentira a cien
kilómetros a la redonda.
-¿Qué quieres, tío, que te me confiese
mientras tú no sueltas prenda o qué? -le
contestó Susana con un rictus amargo por primera
vez en la noche.
-Te propongo un trato.
-Cuenta.
Félix Patacón Mulaparda le propuso a Susana
Lacambra Bernal una especie de entretenimiento: él
haría afirmaciones y le preguntaría a
la periodista si estaba de acuerdo en lo que le contaba.
En el momento en que Susana no coincidiera en el análisis,
Félix interrumpiría el juego.
-Parece divertido. Acepto.
Los echaron -amablemente, eso sí- del Café
La Mundial hora y media más tarde y el aparente
pasatiempo continuaba satisfactoriamente.
Fueron a una taberna escocesa en la que no repararon
ni en las mesas de billar ni en las dianas de dardos.
Incluso se permitieron el lujo no buscado de olvidar
sus amoríos de antaño. Cuando a las dos
decidieron levantarse habían llegado a un acuerdo.
Salieron al relente.
-Félix...
-¿Sí?
-Gracias por no haberme dedicado ni un reproche. Sé
que ha tenido que ser duro para ti.
-¿Te acuerdas de la nota, Susana? -le preguntó,
ensoñador, Félix.
-¿La nota que te dejé?
-La misma. Yo me acuerdo muy bien de ella. Aunque, eso
sí, la rompí. ¿Sigues pensando
lo mismo?
-¡Eh, espera un momento! No me hagas la escenita
nostálgica a las dos de la mañana.
-¿Sigues pensando lo mismo?
-Sí, tonto.
-Pues aquí tienes tu casa... cuando acabes de
dar la vuelta al mundo.
-¿Y si no acabo nunca, Félix?
-La tierra es redonda. Si sigues avanzando, volverás
al punto de partida.
-Eres un hijo de puta -le dijo, y se rió.
-Pero mi madre es una santa.
-Te quiero mucho.
-Lo sé. Esta noche lo he sabido. Yo también.
-Ahí viene un taxi -e hizo el ademán de
pararlo.
-Adiós. No nos daremos ni un beso, ¿de
acuerdo?
-Ni un beso. De acuerdo.
-Y seguiremos en contacto.
-Tenemos mucho tajo.
-Te llamaré.
-Vale.
Y así se despidieron, quedándose ambos
con las ganas de recorrerse y sabiendo que, de momento,
tenían una aventura que compartir y había
que poner manos a la obra.
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