| "Quién,
sin la sabiduría y previsión de los dioses, desempeña
el papel de los dioses, no puede ampararse en la voluntad de los dioses
para gozar de la impunidad de los dioses" Giesen
III
El pasado sale al encuentro Jarabo
Se aleja de la zona de tallado y se dirige al extremo opuesto de la amplia sala,
que de cabida a casi todo el mobiliario funcional. Es decir, varias vitrinas suspendidas
y de pared con el instrumental complementario. Un archivador lleno de expedientes,
varias mesas de laboratorio, algunas con unidades de lavado impolutas, otras repletas
de documentos y un gran armario cerrado con llave. En él, el medico esconde
uno de sus secretos. Necesita
de vez en cuando tomar un trago. Abre el armario, extrae una botella de Jack Daniels
con un vaso de papel, a falta de otro más conveniente, lo completa hasta
el borde y se dispone a beberlo lentamente. Saborea unos segundos el bourbon,
luego deja que descienda por su garganta, en un intento por calentar sus entrañas.
Termina con el licor, cierra meticulosamente el armario, y regresa hasta la siguiente
camilla en la que reposa un hombre. Según las anotaciones se trata de: Pedro
Posadas Hernando 65 años Casado Jubilado Tres hijos Causa
de la muerte: Enfermedad coronaria Un
escalofrío cruza la espalda de Jarabo, el bourbon no ha conseguido el efecto
deseado. Todavía tiene frío en el corazón. El maldito corazón
que un día deja de latir y obliga a detenerse al cerebro. Mejor no dilatar
más el tiempo -piensa- Pedro seguro que está impaciente por iniciar
su oratoria. Consciente
de lo que sucederá a continuación, el médico cierra sus ojos
mientras posa sus manos enguantadas sobre el pecho hueco del difunto. Al abrirlos,
unos segundos después, su mirada se topa con la del hombre sentado al borde
de la camilla. Jarabo
ve como Pedro Posadas, en silencio, se dirige al armario, y él le sigue.
Primero con la mirada, luego como un autómata. El camino hacia no ha cambiado
el escenario de la charla. Sin embargo el muerto, ahora está completamente
vestido. Un traje, hecho a medida, camisa y corbata a juego, con gemelos más
alfiler a juego, de oro. Es un muerto con mucho estilo. Enrique sabe que ese pensamiento
está fuera de lugar y lo abandona. Sin
una palabra, valiéndose de gestos, solicita las llaves que el médico
entrega inconscientemente. El muerto encuentra la botella escondida y sirve dos
generosos vasos que deja en la mesa del ordenador. Después, se sienta a
horcajadas en una de las sillas e invita al galeno, con un simple movimiento de
su cabeza, para que tome asiento en otra. Por supuesto, Jarabo accede sin mediar
palabra. Pedro
Posadas saca el último Ducados de un paquete arrugado. Después de
contraerlo por completo, lo abandona sobre la mesa y extrae otra cajetilla nueva,
que prepara para cuando sea necesario. Prende circunspecto el cigarrillo con la
ayuda de un Dupont de oro. Juguetea unos instantes con el encendedor entre los
dedos, en silencio. Y empieza a hablar entre sugestivas volutas de humo. -¿Te
gusta mi mechero? Es un regalo. Hace ya muchos años que lo tengo. Siempre
pierdo mis encendedores. Me los voy dejando en cualquier parte. Es curioso, este
no. -El médico tiene la sensación de que Pedro podría convertirse
en su amigo
si estuviese vivo. Instintivamente se siente atraído por
su voz áspera, gastada, y por la mirada profunda de ese desconocido. Pero
sigue en silencio mientras atiende: -Supongo
que puedo llamarte Enrique. Así daremos a esto un toque más amistoso.
-Puntualiza Pedro con media sonrisa en los labios-. Cada mañana salía
de mi casa hacia el bar de Manolo. Allí tomaba uno o dos cafelitos y charlaba
con los parroquianos. Tiene buena mano para el café, el condenado. Aquel
día, había cuatro o cinco tíos hablando. Yo leía la
prensa, sentado en una mesa del fondo, en tanto fumaba unos cuantos Ducados. Más
de los que debería. El tabaco me está matando -Dice resignado, a
la vez que inspira una y otra bocanada-. No voy a dejar el único vicio
que tengo, a pesar de lo que digan los jodidos médicos. En
tiempos -se dice Enrique- debió ser un tipo atractivo, muy atractivo. Tiene
aspecto de hombre fuerte, de antiguo guerrero con armas de acero, brazos poderosos
y una voz grave que modela perfectamente. -La
charla del bar versaba sobre mujeres. Una de mis debilidades. ¡Joder, podría
hablar mucho sobre ese tema! pero preferí callar y dejar que el resto contase
sus batallitas. -Una sonrisa franca, que busca la complicidad de Jarabo, se dibuja
en los labios de Pedro. Los ojos apasionados, con una seductora mirada, demuestran
que conserva parte de ese magnetismo que en vida le acompañó. -Me
hice el distraído, con el periódico abierto, para simular interés
por la política por asuntos menos banales. En realidad me ocupaba en recordar
los años de mis buenas aventuras. Siempre sanas, poca cosa, una noche o
dos. Lo justo para sacar el jugo y que nadie saliese herido. Los espacios clandestinos,
las habitaciones ocultas me proporcionaban un cierto grado de excitación,
al que durante años fui adicto. Durante un tiempo practicaba el adulterio.
Practicaba, sí, tal que, una competición. Pedro
Posadas no lo dice pero Enrique llega a la conclusión de que el muerto,
en vida, durante sus escarceos amorosos lo que ponía a prueba era su propia
capacidad emocional. -Violeta
es una buena mujer, yo la respeto mucho. La quiero. ¡Hombre por Dios, como
no la voy a querer! Es mi mujer. -Exclama como si el otro le hubiese pedido alguna
explicación-. Lo que pasó es que encontré mi límite
en Teresa
Después perdí la vocación de adúltero.
Enrique permanece en silencio. Escucha la original confesión-: Violeta,
mi fiel esposa. La mejor madre para mis hijos. Trabajadora y buena administradora.
Siempre a mi lado, apoyando mis decisiones, compartiendo su vida conmigo. Tantos
años juntos, toda una vida. En fin, Violeta, una señora como corresponde.
¿Qué más puedo pedir? -Pero el médico cree advertir
un deje de melancólica soledad en esa pregunta. Y se dice a sí mismo,
que probablemente, Pedro se la haya repetido en otras ocasiones. -Siempre
he sido un defensor a ultranza de la familia tradicional española. Hombre
enraizado dónde los haya. Y la verdad amigo: unos cuantos escarceos, no
pueden poner nunca en peligro esa institución. En esta vida un hombre ha
de hacer lo que tiene que hacer. No abandonar nunca tus valores y principios
Solía
recordar a mis hijos esa máxima. Y los chicos se ríen. Antes no,
antes escuchaban serios. Ahora han crecido. Tienen su vida lejos de la casa. Tienen
sus propias ideas al respecto. A veces dudo que me respeten. Hace tiempo dejé
de ser un héroe para ellos. Pedro
hace una pausa para sacar otro cigarrillo de su paquete nuevo. Toma el Dupont,
prende el pitillo y aspira en silencio, disfruta fumando. Enrique permanece absorto
en las últimas palabras dichas por el hombre. Un héroe, piensa,
¿Qué es un héroe? Mientras Pedro continúa mirando
el mechero que sujeta entre sus manos, el galeno se responde sin voz: Un héroe
es alguien que tiene una respuesta o un comportamiento irracional, instintivo.
En un héroe siempre hay algo de ciego, algo que está en su naturaleza,
y a lo que no sabe escapar. Sin
dejar de mirar el encendedor, Pedro retoma el relato-: Pero a veces, sin querer,
rememoro una lejana etapa de mi vida. Entonces, así sin más, sin
previo aviso, todos los recursos de la memoria se concentran en una voz y un rostro
del pasado y a mi mente llega la imagen de sus ojos, de la voz quebrada de Teresa,
el día que nos despedimos. Llorando recriminaba mi decisión ¿Pero
acaso esa mujer no se daba cuenta de que no había otra elección?
Tenía que poner tierra de por medio. Yo no soy infiel. No sirvo para tener
amantes. Aventuras sin importancia, eso sí. Líos que no cuentan,
que no son lo mismo. -Puntualiza con convicción. -Ella
fue la única mujer a quien quise de verdad. La que más me quiso.
La que me entendía
sabía como complacerme. Junto a ella me
hacía más grande y más completo. ¡Lástima no
habernos encontrado antes! -Chasqueó la lengua para acompañar su
lamento y prosiguió: -Pero
soy un buen hombre, incapaz de vivir con remordimientos, y sabía perfectamente
lo que tenía que hacer. Qué era lo más justo para todos.
En aquel minuto tenía que ser fuerte, no podía permitirme ni un
milímetro de debilidad. No quería poner en peligro mi matrimonio,
ni la vida familiar pacífica y tranquila, simplemente por amar con locura
a otra mujer. Por mucho que la pena me atragantase la garganta, aunque el estómago
se encogiese por la angustia, tenía que terminar con ella en ese instante.
Antes de que todo mi mundo, construido durante años de trabajo y esfuerzo,
se viniese abajo. De
nuevo el silencio se adueñó de la sala. Esta vez ha sido Jarabo
quien ha llenado el vaso de licor de ambos. Hay cosas que se cuentan mejor con
una copa en la mano, pensó. Pedro parece abatido. Acepta el trago que le
sirve Jarabo y aprovecha para encender otro Ducados antes de seguir: -Te
confesaré algo Enrique: Yo la quería. ¡Joder, como la amaba!
Soy consciente de mi incapacidad sentimental, precisamente por eso puedo asegurar
que la amaba
Y la perdí para siempre. Creo que a partir de ese adiós,
mi corazón comenzó a caminar más lento
A veces sufrí
alguna arritmia por la rebeldía al recordarla. "En esta vida los juegos
de la gente son un misterio. Sólo es importante nuestro propio respeto".
No recuerdo donde leí esa frase, pero servía para convencerme de
que mi decisión había sido, como siempre, la acertada. Joder! -Rugió
el hombre, asestando un tremendo palmazo a la mesa. Jarabo se sobresaltó,
aún así no dijo nada y siguió mirando al desdichado-: ¡De
eso hace ya mucho tiempo! ¿A qué demonios viene ahora acordarse
de aquello? Ya da igual, todo pasó. Yo tenía razón, por supuesto.
Ella será feliz con otro y yo
yo soy feliz. Tengo a Violeta en casa.
Una mujer que me cuida, que me respeta. Además están los chicos,
cuando vienen a vernos, aunque sea de tarde en tarde, tienen aquí a su
padre. Un espejo en el que mirarse, un referente para ellos. Definitivamente aquello
fue lo mejor para todos. Al
médico ya no le cabe duda, el carácter depresivo de ese hombre era
evidente. Sus rápidos cambios de humor, una prueba más del diagnóstico.
Los ojos han perdido el brillo, llenos de duda y pena. Ha resuelto ser sincero,
hasta consigo mismo, en estos últimos instantes. Pedro sostiene permanentemente
el Dupont, prosigue: -Teresa
me regaló este mechero, el día que nos despedimos. Con la intención
de no volver a vernos. En muchas ocasiones me pregunté: ¿que hubiera
sido si yo
? En mí siempre ha tenido más peso, lo que no ha
sucedido que lo que sí ha ocurrido. En fin, mi vida era aquella. Compuesta
por lo que sí e intentando sobrevivir a lo que no. Seguir adelante, eso
era lo que tenía que hacer, y eso es lo que hice. Mi familia, mi trabajo,
las charlas del bar. Fanfarronear con los tipos, hablar de ligues baratos
>>Esa
mañana, te decía antes, salí del bar de Manolo con el pitillo
en los dedos y el diario bajo el brazo. Caminaba por las calles del barrio mientras
mis recuerdos se difuminaban una vez más. No soy persona que se recree
en las melancolías. Soy un hombre práctico. Conozco muy bien que
bálsamos debo utilizar en cada momento, de qué tipo de cosas rodearme
y como debo seguir mi camino sin depender de nadie. De pronto, por azar, me atrajo
la figura de una mujer desde la acera de enfrente. Avanzaba en sentido contrario.
Su cabello rizado y su forma de caminar hicieron que buscase la manera de acercarme
a esa mujer. ¡Joder! Era ella. Crucé, para forzar el encuentro con
Teresa. Ella avanzaba lentamente hacía mí. Vestía de negro.
Siempre le gustó ese color. Caminaba de manera elegante con la mirada puesta
en el suelo. ¿Me reconocería, se acordaría de mí como
yo de ella? Me sentí como un chiquillo. >>Ya
casi estábamos de frente, cuando ella levantó la vista. ¡Cojones!
¡Hasta la llamé por su nombre! ¡Teresa, Teresa! -Pedro grita
su nombre, a la cara de su oyente. Jarabo piensa que el muerto está a punto
de perder los nervios. Pero no, se queda callado, fuma una vez más, bebe
otro generoso trago de bourbon, para después, inclinar la cabeza, casi
hasta pegar en la mesa, y apoyarla sobre el encendedor dorado. -No
era Teresa -continúa. Enrique nota como la voz del hombre, ahora parece
más profunda-. Yo parecía un estúpido espantapájaros.
Parado frente a esa desconocida que me miraba, sin comprender que demonios me
pasaba. Seguro que pensó que era uno más de esos tipos raros que
hay por la vida. Siguió su camino, sin prestarme más atención.
Sin embargo yo la perseguí con la mirada. Como en esa escena que a veces
se muestra en las películas y que sirve al director para interpretar el
vacío, la soledad absoluta del protagonista: un hombre solo en una calle
céntrica y totalmente desierta de sonidos o de vida. Un par de semáforos
parpadeantes al fondo de la avenida, nada más. Así estaba yo en
ese momento. Aunque, mi avenida era a esas horas un constante bullicio y trasiego
de personas. -Enrique se da cuenta de que el hombre acaba de dejar al descubierto
la esquina del corazón que rebosa de emociones, y que esa sería
la última oportunidad que tendría para hacerlo. Jarabe quisiera
decirle que ha sido un autista, que es inútil vivir de espaldas a los sentimientos,
o que perder es sufrir pánico antes de tiempo. No, no puede decir eso.
En cambio deja que el muerto termine su relato: -Quizás
hace años erré en mi camino. Quizá debí huir con Teresa,
y abandonar a Violeta. Quizás así en mi vida tuvieras más
peso lo que sí. ¡Cuantas vidas se estropean a causa de la indolencia!
-Se reprochó el hombre, con un deje de tristeza en la voz-. En fin, un
momento de debilidad. Es lógico que la recuerde ¿no? Los hombres
no piden perdón -dice- hacen lo que hacen, y dicen lo que dicen. Luego,
se aguantan. Así es que yo
a seguir con mi vida. Ahora, a por el pan,
y a casita con mi mujer. -Termina por decir Pedro, mientras mira fijamente al
médico, y juguetea, una vez más, con su encendedor Dupont. Jarabo
piensa de nuevo en los héroes. Recuerda que en alguna parte leyó
otra definición de esa cualidad. Era algo así como que los héroes,
para serlo, necesitan creer que lo son. Son personas que tienen el coraje y el
instinto de la virtud por eso no se equivocan nunca. O por lo menos, no se equivocan
en el único momento en que lo que de verdad importa es no equivocarse.
Y lo más importante: no hay héroes vivos. Toma
la botella de bourbon para servir dos vasos más, pero para cuando va a
acercar el primero a Pedro, éste ya no está en su silla. El médico
mira hacia la mesa de operaciones, y observa a Pedro tendido allí, junto
a sus compañeros muertos.
| II
El adiós de María
Cuando los muchachos y demás asistentes han abandonado
la sala, el Doctor Enrique Jarabo recorre con la mirada su obra. Arrastrando sus
blancas zapatillas, salpicadas de gotas herrumbrosas, se acerca a la primera mesa
en la que yacen los restos de una mujer. Toma su cuaderno de anotaciones en el
que busca el nombre y algunos otros datos de la difunta: María
Ridruejo Ruiz 50 años Casada Ama de casa Tres hijos Causa
de la muerte: Accidente cerebrovascular isquémico, trombótico Comienza
a manipular el cuerpo deshecho y lee en él, como si de un cuento macabro
se tratase. Entonces, mientras asea y adecenta a María Ridruejo Ruiz, entorna
los ojos en actitud meditabunda. El médico inicia un viaje extraño.
Durante el tránsito visita una tierra baldía, muerta. Una suave
brisa arremolina en el suelo partículas de polvo que van creciendo de tamaño,
junto a sus pies. El viento arrecia. El remolino alcanza ya sus rodillas. Su cuerpo
se envuelve, poco a poco, en el torbellino polvoriento. Cierra los ojos para evitar
que las partículas le dañen. Se siente ligero, diluido, volátil.
Es
el peregrinaje necesario para cruzar la delgada frontera entre la vida y la muerte.
Enrique la ha atravesado en muchas ocasiones. Cuando llega al final de la experiencia
casi mística, al otro lado de la línea, le esperan sus pacientes
tal como fueron en vida. Sus cuerpos íntegros, sus almas respirando
y
padeciendo. Ahora
a su alrededor, sólo hay polvo, un polvo seco. Briznas que le azotan la
piel, que impiden que pueda ver nada más allá del tornado en que
se envuelve, por tanto, decide mantener los ojos cerrados y calmarse. Sabe por
experiencia que en unos minutos, todo habrá terminado. El viento cesa en
intensidad. Cada segundo lleva de nuevo la calma. Pronto podrá abrir sus
ojos. Cada viaje iniciado para su cita con los muertos, le lleva a un lugar distinto.
Unas veces la entrevista es en la propia sala de disección. En otras ocasiones
el paciente y su confesor visitan distintos escenarios. Como acaba de ocurrir. El
Doctor Jarabo y María están frente a frente, en sendas sillas que
rodean la mesa de una sala oscura que el médico presume de la casa de ella.
La
difunta ha comenzado su relato y él presta atención a lo que aquella
mujer desea confesarle: -Decidí
que había llegado el momento esa misma noche. En realidad no había
pasado nada, nada que no fuese lo cotidiano en mi vida,
en mi matrimonio. Pero ya estaba bien. Las
palabras de María fluyen de su boca con parquedad, el hombre permanece
en silencio mientras estudia sus movimientos dotados, extrañamente, de
vida. No recuerda desde cuando tiene esta capacidad. Desde siempre ha podido ver
cosas, transportarse hasta un momento determinado, acompañado de sus muertos.
Aún así, todavía se asombra. Siente un ligero vacío
en la boca del estómago, una punzada de temor, cada vez que escucha la
voz de un fallecido. -Aquella
mañana me levanté fría, como siempre
Puse la cafetera.
Necesito un café cuando me levanto. Encendí
mi primer pitillo del día y comencé a planear la marcha. "Dejaré
algo de pollo hecho para los chicos", me dije. Pero no, esta vez no eran
los miedos, ni las dudas, ni la intención de olvidar la locura, lo que
me impulsaba a cocinar para cuando no estuviese. Tal y
como hacía siempre. Cuando tengo ansiedad o angustia, trabajar en la cocina
me tranquiliza, creo. Susana
no me come nada últimamente, y es que esta chica me preocupa más
que ninguno. Debería hablar seriamente con ella
Me
senté aquí mismo, en el comedor y me dispuse como cada día
a tomar el café. Me gusta mojar una magdalena en
él, dejar que se empape y luego absorber la bebida caliente del bizcocho
manías
de una. Ya lo sé
Intentaba recordar la última vez en que fui
feliz: La boda de Juan, mi chico mayor, hace ya un año.
Ese es mi último recuerdo de felicidad. María
se detiene, como si de pronto hubiese recordado algo importante, esencial en su
confesión. Tras un par de segundos en los que no dejó de mirar fijamente
a Jarabo, prosigue: -¡Pero,
que va! Tengo que ser sincera, ¿no? -Pregunta como si de verdad importase
la opinión de Jarabo. El
médico participaba en aquel soliloquio en el papel de mero espectador.
Su misión consistía en escuchar, nada más. Ni una pregunta,
ni un gesto de afirmación o negación que pudiese interferir en la
historia de María. Sus ojos fijos en la cara de la difunta. -Está
bien. A ti no te puedo mentir. -Suspiró María resignada al no encontrar
respuesta-. Mi último momento de felicidad fue
hace ya muchos años. Mi
Pepe no es malo. ¡Qué va! Un tipo como todos: trabajador, honrado,
fiel. -Hace una pausa, posa la mirada en sus manos cruzadas
sobre el regazo, y continúa con voz afligida: Ojos
que no ven, corazón que no siente
¡y que poco veía yo,
Señor! -De nuevo, levanta la mirada hacia su interlocutor.
Desechando otros obscuros pensamientos que le impedirían seguir su
narración-. No es malo mi Pepe, pero yo estaba harta de él. Harta
de todo. Toda
una vida sin amor, agota bastante. Y la tristeza. La tristeza también agota.
Siempre tuve ansías por saber
y siempre quise
terminar de crecer. Hastiada de una vida vacía, llena de hijos y
marido. Preparé
de forma apresurada una pequeña bolsa en la que poner cuatro cosas. No
necesitaba más, no tenía más. Quería
salir de allí
antes de volver a arrepentirme. No era la primera vez
que había pensado en huir. Muchas veces he recitado
en mi cabeza las mismas palabras: ¡Me largo, y que
os den! Siempre ocurría un imprevisto en el último momento: uno
de los chicos se ponía malo, a Pepe le despedían
del trabajo, no tenía dinero suficiente
Pero esta vez, sería
diferente. Ya nada podría
retenerme. ¿Dónde
demonios había metido mi jersey negro? De pronto tuve la certeza de que
no podría irme de allí sin él
No. Sí que podía, claro que podía. Esa vez era definitivo,
me iba. María
continuaba recordando sus palabras y hechos de aquel día, tal cual los
vivió entonces. Jarabo seguía atento con la mirada cada uno de los
nerviosos gestos de la mujer. Ella con sus dedos entrecruzados, blancos por la
presión, su cuerpo que busca la adaptación, inquieta, en la incómoda
silla de madera sin tapizar. Luego, sonríe a los ojos del médico
y prosigue: -A
Pepe no le gustaba ese jersey. ¿Sabes? Él pensaba que era indecente,
lleno de transparencias. Pero no, no era indecente, es
que lo había lavado demasiadas veces y ya clareaba
por la delantera. -Terminó diciendo con una leve risa contenida. -En
realidad, Pepe nunca se fijaba demasiado en lo que me ponía o en lo que
me quitaba
Bastante tenía el hombre con preocuparse
de sus cosas. Mis tonterías no eran necesarias.
Recuerdo que se burló cuando decidí acudir a unas clases del Instituto
de la Mujer. No le gustó la idea y pensó
que estaba loca. Decía que si no tenía bastante con la casa y los
chicos, que una mujer no debería saber más
que su marido. Después, cuando supo que solamente
eran un par de horitas, por la tarde, mientras él descabezaba un sueñecito,
se lo pensó mejor y me permitió ir. A cambio,
lo único que yo tenía que hacer era estar en casa cuando
él se levantase. Era lógico, debía prepararle algo de merienda,
antes de que saliese a echar la partida al bar. La
mujer se detiene unos segundos. Las manos revolotean intranquilas por su cabello.
El moño bajo, le confiere aspecto de matrona. Recoge con los dedos un mechón
rebelde, detrás de las pequeñas orejas adornadas con aretes dorados. María
es
María era una mujer sin ningún rasgo característico
especial, advierte Jarabo mientras la escucha. Tenía
los ojos oscuros, ensombrecidos como su corazón. Profundas ojeras que enmarcan
un rostro redondo, la boca grande, carnosa y sincera, el talle deformado por los
años
los partos. El alma gangrenada. El pecho que antes fue joven,
luce caído y lo que es peor: abrasado en soledad. La presencia triste es
muy anterior a su muerte. -No
había marcha atrás. Lo mejor sería salir cuanto antes de
la prisión, del aburrimiento y el hastío.
Tal vez no encontrase afuera lo que buscaba, pero estaba claro que dentro no lo
hallaría
Miré mi reloj. Eran las once
y no había hecho las camas todavía. Tengo que terminar cuanto
antes, me dije. Quería llegar al autobús de la una. No podía
cruzarme con Roberto. Roberto y Susana son mis pequeños
malcriados. Ahora tendrán que apañárselas solos. Susana es
toda una mujer, y tendrá que cuidar de los hombres. Así irá
aprendiendo. María
parecía divagar. Su mente retrocedía en el tiempo y volvía
de forma súbita, sin aviso, tomando por sorpresa al médico absorto
que permanecía sentado con las piernas cruzadas, los brazos sobre la mesa
y la vista fija en ella. -Dicen
que ahora las mujeres jóvenes son más valoradas por sus maridos,
que ambos colaboran en casa, y que ellas incluso salen
de noche, de fiesta, a la calle con amigas. -Apunta la
mujer recobrando su compostura-. Un día Pepe me llevo al teatro. -Sonrió
con timidez-. Yo nunca había ido al teatro
y esa noche disfruté mucho. Él se durmió en la butaca, hasta
roncó. Fue una autentica risa. Él con su
traje, su único traje
Por cierto, habría que llevarlo al tinte,
tiene una mancha muy extraña
En
el espejo del baño, mientras me pintaba los labios con el carmín
de Susana, veía mi cara marcada por el tiempo.
Dibujada por años de desidia y cansancio. Sufro de ansiedad, ¿sabes?
Ansiedad por ser querida. A veces me comparo con una loba
capaz de devorar por una caricia. Da la impresión
de que los recuerdos almacenados en su mente salgan por fin a borbotones y desordenados.
Con
un gesto coqueto, lleno de pretensión sensual, María alisa su falda
y sacude alguna hilacha que se ha quedado adherida al tejido negro. Luego continúa:
-Por
fin terminé. Ya tenía mis cosas en la bolsa, había arreglado
la casa en condiciones y cerré una tras otras todas
las persianas. Ya en la puerta, eché un último vistazo al bolso:
las llaves, la cartera, los pañuelos
Me obligué
a no llorar. A recordarme que debía salir cuanto antes del aburrimiento,
de la desesperanza, del desamor. Recorrí con la mirada la casa y cerré
despacio la puerta. María
hace una pausa en la historia. Parece querer tomar aliento para llegar hasta el
final. Que contradicción, una muerta que necesita tomar aliento, pensaba
el médico. El doctor, siempre en silencio, hace un recorrido con la vista
buscando la salida. Esa en la que ella se despidió de su casa, aquel día.
El recibidor está en penumbra. Al fondo, la puerta de la calle tiene acristalada
la parte superior. Desde el dintel hasta el techo. A través del ventanuco
ovalado se filtra un haz brillante. La luz, que procede de las escaleras de la
vivienda, recorre de soslayo la estancia y crea una zona de claroscuros palpitantes;
en cuya atmósfera, el médico comprueba como bailan partículas
ínfimas de polvo en suspensión. Ella
levanta la mirada de su regazo, y continúa relatando: -Una
y
dos
vueltas a la llave. Siempre me esfuerzo en recordarlo. Que luego Pepe
me regaña por no echarla al salir. Pepe, mi Pepe
una
vez le amé, hace mucho tiempo quise a ese bruto insensible.
Español de puro bruto. Entonces yo era bonita, joven y él era fuerte
muy guapo. Pensé que siempre sería igual.
Los domingos arregladitos para salir de paseo juntos. De punta en
blanco con los niños de la mano
Hemos estado toda la vida juntos,
desde los catorce años. Nunca he dormido con otro
hombre. El
sábado era mi cumpleaños. Cincuenta años cumpliría
y
lo recordé en ese instante. ¡Por Dios! Me
había olvidado
la fiesta de mi cumpleaños era el sábado
tenía
que comprar las cosas. No había preparado nada.
Ciertamente, no sé dónde tengo la cabeza últimamente. Menos
mal que Pepe no se había dado cuenta
Entonces lo supe: No, ese día
no me podía marchar. Tendré que dejarlo
para el lunes. Sí, será lo mejor. El lunes cuando la fiesta haya
pasado, me marcharé. ¡Del lunes no pasa! Jarabo
rezuma luto y compasión por la fallecida, hombre de genio vidrioso. Vidrioso
igual que los ojos de María. La pareja permanece inmóvil y en silencio
en sus asientos, cara a cara, en eterno silencio. Él
quisiera abrazarla con sus palabras, calmar sus cuitas, acariciar su alma. Sabe
que no puede, ella está muerta. Muerta desde el sábado seis de marzo,
día de su cumpleaños. María
ha sacado un pañuelo arrugado de la manga negra del jersey. Ese que a Pepe
no le gustaba. Sus ojos destilan gotas espesas que resbalan por las mejillas.
Llora en silencio. Utiliza el pañuelo blanco para limpiar la nariz sonrojada
con apenas un sonido fortuito. El médico debe regresar. Ya no puede hacer
nada más por ella. Cierra los ojos, aprieta los párpados para alejar
la imagen de María de su mente; y cuando los abre de nuevo, tras unos segundos
de incertidumbre. Comprueba que los restos orgánicos, de lo que fue María
Ridruejo Ruiz, permanecen inertes sobre la mesa de disecciones. No
quiere detenerse a meditar sobre lo que acaba de escuchar. Todavía tiene
trabajo que hacer en la sala. |
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