EL POLLO URBANO
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Nº 93 (3ª Epoca) Extra Fiestas del Pilar, Octubre 2008. Zaragoza. 
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    ME ACUERDO
    
Por Cristina Hoyos

    "Me acuerdo de los canarios albinos que mi padre tenía encerrados en jaulas colgadas, como racimos metálicos, en la terraza. Entre sus barrotes siempre había algunas hojas desvaídas de lechuga y baba de ballena. A los canarios nunca les faltó baba de ballena..

Me acuerdo del abuelo Román y las pipas de girasol. Su liturgia invariable: Con un movimiento chascaba el vértice del fruto entre los dientes; con otro, despojaba la semilla de la cáscara y se deshacía de ella en el cenicero. Luego, amontonaba sobre el hule gastado las semillas peladas hasta formar una montaña exquisita y salada. Nunca me dejaba comer ninguna, hasta no haber terminado de pelar todas.

Me acuerdo del baño del taller de mi padre. Estaba embaldosado en negro, desde el suelo hasta el techo. Yo me sentaba en el inodoro blanco y veía mis piernas colgantes, con las bragas de perlé en los tobillos, sobre los calcetines a juego. Las bragas y los calcetines blancos, como el inodoro. Los zapatos de charol negro reluciente, como el suelo y las paredes.

Me acuerdo de las fiestas del pueblo. Me acuerdo del muchacho que bailó conmigo una vez. Me dijo que mis ojos le recordaban a los de Bette Davis. Y ya ves, ya no recuerdo los suyos.

Me acuerdo de la alfombra de mariposas que tapizaba los juncos en las riberas del río.

Me acuerdo de las patas de pollo sobre los interruptores de la luz. Mi primo continúa aterrorizado por ellas.

Me acuerdo del sabor a almendras amargas del jarabe de fresa, del olor a goma de la papilla de Maizena, del tacto frígido de los rosarios de teselas, de las "Historias para no dormir" que veíamos antes de dormir, de la voz depresiva de aquel viejo operado de laringotomía. Aunque, quizás opines que no tiene ningún sentido.

Me acuerdo que una vez vi a una niña con la cara desfigurada. Mi madre me advirtió de que no debía acercarme a la mesa de plancha.

Me acuerdo de un anillo de oro y rubíes que una amiga de mi padre me regaló. Me acuerdo. Me acuerdo de que cada lágrima de mi madre era más gruesa que los cinco rubíes juntos.

Me acuerdo del polvo blanco de tiza que se adhería irremediablemente sobre la falda de mi uniforme azul.

Me acuerdo del tanque de infantería japonesa que a mi hermano le trajeron los Reyes Magos. A mí no me traían cosas tan interesantes, sólo muñecas, y maletines de la Señorita Pepis.

Me acuerdo de aquel pasillo que por el día me llevaba hasta la cocina, sin embargo por la noche se poblaba de fantasmas que evitaban mis ataques a la nevera.

Me acuerdo de los secretos que susurrábamos bajo las mantas en invierno. Pero no te los puedo contar, porque son secretos.

Me acuerdo que algunos tipos manoseaban mi trasero dentro del metro cada mañana al ir al colegio. Me acuerdo de cómo los arañaba yo. En silencio, eso sí, no fueran a decir que era una fresca...."

    La mujer deja de leer. Lentamente retira sus gafas, con evidentes signos de cansancio. Hace días que repite el mismo ejercicio de lectura ante la anciana. Ésta, como siempre, permanece en silencio; sentada frente a la mesa, tamborilea sus dedos con nervio fingido sobre el mantel de ganchillo. Mientras, su hija le habla despacio:

-Es inútil. Ya ni siquiera me reconoces, ¿verdad mamá? Dudo mucho que puedas recordar ninguno episodio de tu infancia. ¿Te acuerdas? Tú misma los escribiste, con tu puño y letra, hace menos de un año. Pediste que te los leyese a diario, para ahuyentar tus olvidos. ¿Madre? ¿Me estás escuchando?

            AUTOPSIAS     

 Cristina Hoyos Corredor
 

"Quién, sin la sabiduría y previsión de los
dioses, desempeña el papel de los dioses, no
puede ampararse en la voluntad de los dioses
para gozar de la impunidad de los dioses"

Giesen


  III

El pasado sale al encuentro

    Jarabo Se aleja de la zona de tallado y se dirige al extremo opuesto de la amplia sala, que de cabida a casi todo el mobiliario funcional. Es decir, varias vitrinas suspendidas y de pared con el instrumental complementario. Un archivador lleno de expedientes, varias mesas de laboratorio, algunas con unidades de lavado impolutas, otras repletas de documentos y un gran armario cerrado con llave. En él, el medico esconde uno de sus secretos.

    Necesita de vez en cuando tomar un trago. Abre el armario, extrae una botella de Jack Daniels con un vaso de papel, a falta de otro más conveniente, lo completa hasta el borde y se dispone a beberlo lentamente. Saborea unos segundos el bourbon, luego deja que descienda por su garganta, en un intento por calentar sus entrañas. Termina con el licor, cierra meticulosamente el armario, y regresa hasta la siguiente camilla en la que reposa un hombre. Según las anotaciones se trata de:

Pedro Posadas Hernando 65 años
Casado
Jubilado
Tres hijos
Causa de la muerte:
Enfermedad coronaria

    Un escalofrío cruza la espalda de Jarabo, el bourbon no ha conseguido el efecto deseado. Todavía tiene frío en el corazón. El maldito corazón que un día deja de latir y obliga a detenerse al cerebro. Mejor no dilatar más el tiempo -piensa- Pedro seguro que está impaciente por iniciar su oratoria.

    Consciente de lo que sucederá a continuación, el médico cierra sus ojos mientras posa sus manos enguantadas sobre el pecho hueco del difunto. Al abrirlos, unos segundos después, su mirada se topa con la del hombre sentado al borde de la camilla.

    Jarabo ve como Pedro Posadas, en silencio, se dirige al armario, y él le sigue. Primero con la mirada, luego como un autómata. El camino hacia no ha cambiado el escenario de la charla. Sin embargo el muerto, ahora está completamente vestido. Un traje, hecho a medida, camisa y corbata a juego, con gemelos más alfiler a juego, de oro. Es un muerto con mucho estilo. Enrique sabe que ese pensamiento está fuera de lugar y lo abandona.

    Sin una palabra, valiéndose de gestos, solicita las llaves que el médico entrega inconscientemente. El muerto encuentra la botella escondida y sirve dos generosos vasos que deja en la mesa del ordenador. Después, se sienta a horcajadas en una de las sillas e invita al galeno, con un simple movimiento de su cabeza, para que tome asiento en otra. Por supuesto, Jarabo accede sin mediar palabra.

    Pedro Posadas saca el último Ducados de un paquete arrugado. Después de contraerlo por completo, lo abandona sobre la mesa y extrae otra cajetilla nueva, que prepara para cuando sea necesario. Prende circunspecto el cigarrillo con la ayuda de un Dupont de oro. Juguetea unos instantes con el encendedor entre los dedos, en silencio. Y empieza a hablar entre sugestivas volutas de humo.

    -¿Te gusta mi mechero? Es un regalo. Hace ya muchos años que lo tengo. Siempre pierdo mis encendedores. Me los voy dejando en cualquier parte. Es curioso, este no. -El médico tiene la sensación de que Pedro podría convertirse en su amigo…si estuviese vivo. Instintivamente se siente atraído por su voz áspera, gastada, y por la mirada profunda de ese desconocido. Pero sigue en silencio mientras atiende:

    -Supongo que puedo llamarte Enrique. Así daremos a esto un toque más amistoso. -Puntualiza Pedro con media sonrisa en los labios-. Cada mañana salía de mi casa hacia el bar de Manolo. Allí tomaba uno o dos cafelitos y charlaba con los parroquianos. Tiene buena mano para el café, el condenado. Aquel día, había cuatro o cinco tíos hablando. Yo leía la prensa, sentado en una mesa del fondo, en tanto fumaba unos cuantos Ducados. Más de los que debería. El tabaco me está matando -Dice resignado, a la vez que inspira una y otra bocanada-. No voy a dejar el único vicio que tengo, a pesar de lo que digan los jodidos médicos.

    En tiempos -se dice Enrique- debió ser un tipo atractivo, muy atractivo. Tiene aspecto de hombre fuerte, de antiguo guerrero con armas de acero, brazos poderosos y una voz grave que modela perfectamente.

    -La charla del bar versaba sobre mujeres. Una de mis debilidades. ¡Joder, podría hablar mucho sobre ese tema! pero preferí callar y dejar que el resto contase sus batallitas. -Una sonrisa franca, que busca la complicidad de Jarabo, se dibuja en los labios de Pedro. Los ojos apasionados, con una seductora mirada, demuestran que conserva parte de ese magnetismo que en vida le acompañó.

    -Me hice el distraído, con el periódico abierto, para simular interés por la política por asuntos menos banales. En realidad me ocupaba en recordar los años de mis buenas aventuras. Siempre sanas, poca cosa, una noche o dos. Lo justo para sacar el jugo y que nadie saliese herido. Los espacios clandestinos, las habitaciones ocultas me proporcionaban un cierto grado de excitación, al que durante años fui adicto. Durante un tiempo practicaba el adulterio. Practicaba, sí, tal que, una competición.

    Pedro Posadas no lo dice pero Enrique llega a la conclusión de que el muerto, en vida, durante sus escarceos amorosos lo que ponía a prueba era su propia capacidad emocional.

    -Violeta es una buena mujer, yo la respeto mucho. La quiero. ¡Hombre por Dios, como no la voy a querer! Es mi mujer. -Exclama como si el otro le hubiese pedido alguna explicación-. Lo que pasó es que encontré mi límite en Teresa…Después perdí la vocación de adúltero. Enrique permanece en silencio. Escucha la original confesión-: Violeta, mi fiel esposa. La mejor madre para mis hijos. Trabajadora y buena administradora. Siempre a mi lado, apoyando mis decisiones, compartiendo su vida conmigo. Tantos años juntos, toda una vida. En fin, Violeta, una señora como corresponde. ¿Qué más puedo pedir? -Pero el médico cree advertir un deje de melancólica soledad en esa pregunta. Y se dice a sí mismo, que probablemente, Pedro se la haya repetido en otras ocasiones.

    -Siempre he sido un defensor a ultranza de la familia tradicional española. Hombre enraizado dónde los haya. Y la verdad amigo: unos cuantos escarceos, no pueden poner nunca en peligro esa institución. En esta vida un hombre ha de hacer lo que tiene que hacer. No abandonar nunca tus valores y principios…Solía recordar a mis hijos esa máxima. Y los chicos se ríen. Antes no, antes escuchaban serios. Ahora han crecido. Tienen su vida lejos de la casa. Tienen sus propias ideas al respecto. A veces dudo que me respeten. Hace tiempo dejé de ser un héroe para ellos.

    Pedro hace una pausa para sacar otro cigarrillo de su paquete nuevo. Toma el Dupont, prende el pitillo y aspira en silencio, disfruta fumando. Enrique permanece absorto en las últimas palabras dichas por el hombre. Un héroe, piensa, ¿Qué es un héroe? Mientras Pedro continúa mirando el mechero que sujeta entre sus manos, el galeno se responde sin voz: Un héroe es alguien que tiene una respuesta o un comportamiento irracional, instintivo. En un héroe siempre hay algo de ciego, algo que está en su naturaleza, y a lo que no sabe escapar.

    Sin dejar de mirar el encendedor, Pedro retoma el relato-: Pero a veces, sin querer, rememoro una lejana etapa de mi vida. Entonces, así sin más, sin previo aviso, todos los recursos de la memoria se concentran en una voz y un rostro del pasado y a mi mente llega la imagen de sus ojos, de la voz quebrada de Teresa, el día que nos despedimos. Llorando recriminaba mi decisión ¿Pero acaso esa mujer no se daba cuenta de que no había otra elección? Tenía que poner tierra de por medio. Yo no soy infiel. No sirvo para tener amantes. Aventuras sin importancia, eso sí. Líos que no cuentan, que no son lo mismo. -Puntualiza con convicción.

    -Ella fue la única mujer a quien quise de verdad. La que más me quiso. La que me entendía… sabía como complacerme. Junto a ella me hacía más grande y más completo. ¡Lástima no habernos encontrado antes! -Chasqueó la lengua para acompañar su lamento y prosiguió:

    -Pero soy un buen hombre, incapaz de vivir con remordimientos, y sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Qué era lo más justo para todos. En aquel minuto tenía que ser fuerte, no podía permitirme ni un milímetro de debilidad. No quería poner en peligro mi matrimonio, ni la vida familiar pacífica y tranquila, simplemente por amar con locura a otra mujer. Por mucho que la pena me atragantase la garganta, aunque el estómago se encogiese por la angustia, tenía que terminar con ella en ese instante. Antes de que todo mi mundo, construido durante años de trabajo y esfuerzo, se viniese abajo.

    De nuevo el silencio se adueñó de la sala. Esta vez ha sido Jarabo quien ha llenado el vaso de licor de ambos. Hay cosas que se cuentan mejor con una copa en la mano, pensó. Pedro parece abatido. Acepta el trago que le sirve Jarabo y aprovecha para encender otro Ducados antes de seguir:

    -Te confesaré algo Enrique: Yo la quería. ¡Joder, como la amaba! Soy consciente de mi incapacidad sentimental, precisamente por eso puedo asegurar que la amaba… Y la perdí para siempre. Creo que a partir de ese adiós, mi corazón comenzó a caminar más lento… A veces sufrí alguna arritmia por la rebeldía al recordarla. "En esta vida los juegos de la gente son un misterio. Sólo es importante nuestro propio respeto". No recuerdo donde leí esa frase, pero servía para convencerme de que mi decisión había sido, como siempre, la acertada. Joder! -Rugió el hombre, asestando un tremendo palmazo a la mesa. Jarabo se sobresaltó, aún así no dijo nada y siguió mirando al desdichado-: ¡De eso hace ya mucho tiempo! ¿A qué demonios viene ahora acordarse de aquello? Ya da igual, todo pasó. Yo tenía razón, por supuesto. Ella será feliz con otro y yo…yo soy feliz. Tengo a Violeta en casa. Una mujer que me cuida, que me respeta. Además están los chicos, cuando vienen a vernos, aunque sea de tarde en tarde, tienen aquí a su padre. Un espejo en el que mirarse, un referente para ellos. Definitivamente aquello fue lo mejor para todos.

    Al médico ya no le cabe duda, el carácter depresivo de ese hombre era evidente. Sus rápidos cambios de humor, una prueba más del diagnóstico. Los ojos han perdido el brillo, llenos de duda y pena. Ha resuelto ser sincero, hasta consigo mismo, en estos últimos instantes. Pedro sostiene permanentemente el Dupont, prosigue:

    -Teresa me regaló este mechero, el día que nos despedimos. Con la intención de no volver a vernos. En muchas ocasiones me pregunté: ¿que hubiera sido si yo…? En mí siempre ha tenido más peso, lo que no ha sucedido que lo que sí ha ocurrido. En fin, mi vida era aquella. Compuesta por lo que sí e intentando sobrevivir a lo que no. Seguir adelante, eso era lo que tenía que hacer, y eso es lo que hice. Mi familia, mi trabajo, las charlas del bar. Fanfarronear con los tipos, hablar de ligues baratos…

    >>Esa mañana, te decía antes, salí del bar de Manolo con el pitillo en los dedos y el diario bajo el brazo. Caminaba por las calles del barrio mientras mis recuerdos se difuminaban una vez más. No soy persona que se recree en las melancolías. Soy un hombre práctico. Conozco muy bien que bálsamos debo utilizar en cada momento, de qué tipo de cosas rodearme y como debo seguir mi camino sin depender de nadie. De pronto, por azar, me atrajo la figura de una mujer desde la acera de enfrente. Avanzaba en sentido contrario. Su cabello rizado y su forma de caminar hicieron que buscase la manera de acercarme a esa mujer. ¡Joder! Era ella. Crucé, para forzar el encuentro con Teresa. Ella avanzaba lentamente hacía mí. Vestía de negro. Siempre le gustó ese color. Caminaba de manera elegante con la mirada puesta en el suelo. ¿Me reconocería, se acordaría de mí como yo de ella? Me sentí como un chiquillo.

    >>Ya casi estábamos de frente, cuando ella levantó la vista. ¡Cojones! ¡Hasta la llamé por su nombre! ¡Teresa, Teresa! -Pedro grita su nombre, a la cara de su oyente. Jarabo piensa que el muerto está a punto de perder los nervios. Pero no, se queda callado, fuma una vez más, bebe otro generoso trago de bourbon, para después, inclinar la cabeza, casi hasta pegar en la mesa, y apoyarla sobre el encendedor dorado.

    -No era Teresa -continúa. Enrique nota como la voz del hombre, ahora parece más profunda-. Yo parecía un estúpido espantapájaros. Parado frente a esa desconocida que me miraba, sin comprender que demonios me pasaba. Seguro que pensó que era uno más de esos tipos raros que hay por la vida. Siguió su camino, sin prestarme más atención. Sin embargo yo la perseguí con la mirada. Como en esa escena que a veces se muestra en las películas y que sirve al director para interpretar el vacío, la soledad absoluta del protagonista: un hombre solo en una calle céntrica y totalmente desierta de sonidos o de vida. Un par de semáforos parpadeantes al fondo de la avenida, nada más. Así estaba yo en ese momento. Aunque, mi avenida era a esas horas un constante bullicio y trasiego de personas. -Enrique se da cuenta de que el hombre acaba de dejar al descubierto la esquina del corazón que rebosa de emociones, y que esa sería la última oportunidad que tendría para hacerlo. Jarabe quisiera decirle que ha sido un autista, que es inútil vivir de espaldas a los sentimientos, o que perder es sufrir pánico antes de tiempo. No, no puede decir eso. En cambio deja que el muerto termine su relato:

    -Quizás hace años erré en mi camino. Quizá debí huir con Teresa, y abandonar a Violeta. Quizás así en mi vida tuvieras más peso lo que sí. ¡Cuantas vidas se estropean a causa de la indolencia! -Se reprochó el hombre, con un deje de tristeza en la voz-. En fin, un momento de debilidad. Es lógico que la recuerde ¿no? Los hombres no piden perdón -dice- hacen lo que hacen, y dicen lo que dicen. Luego, se aguantan. Así es que yo…a seguir con mi vida. Ahora, a por el pan, y a casita con mi mujer. -Termina por decir Pedro, mientras mira fijamente al médico, y juguetea, una vez más, con su encendedor Dupont.

    Jarabo piensa de nuevo en los héroes. Recuerda que en alguna parte leyó otra definición de esa cualidad. Era algo así como que los héroes, para serlo, necesitan creer que lo son. Son personas que tienen el coraje y el instinto de la virtud por eso no se equivocan nunca. O por lo menos, no se equivocan en el único momento en que lo que de verdad importa es no equivocarse. Y lo más importante: no hay héroes vivos.

    Toma la botella de bourbon para servir dos vasos más, pero para cuando va a acercar el primero a Pedro, éste ya no está en su silla. El médico mira hacia la mesa de operaciones, y observa a Pedro tendido allí, junto a sus compañeros muertos.

 

  II
    El adiós de María

    Cuando los muchachos y demás asistentes han abandonado la sala, el Doctor Enrique Jarabo recorre con la mirada su obra. Arrastrando sus blancas zapatillas, salpicadas de gotas herrumbrosas, se acerca a la primera mesa en la que yacen los restos de una mujer. Toma su cuaderno de anotaciones en el que busca el nombre y algunos otros datos de la difunta:

María Ridruejo Ruiz 50 años
Casada
Ama de casa
Tres hijos
Causa de la muerte:
Accidente cerebrovascular isquémico, trombótico

    Comienza a manipular el cuerpo deshecho y lee en él, como si de un cuento macabro se tratase. Entonces, mientras asea y adecenta a María Ridruejo Ruiz, entorna los ojos en actitud meditabunda. El médico inicia un viaje extraño. Durante el tránsito visita una tierra baldía, muerta. Una suave brisa arremolina en el suelo partículas de polvo que van creciendo de tamaño, junto a sus pies. El viento arrecia. El remolino alcanza ya sus rodillas. Su cuerpo se envuelve, poco a poco, en el torbellino polvoriento. Cierra los ojos para evitar que las partículas le dañen. Se siente ligero, diluido, volátil.

    Es el peregrinaje necesario para cruzar la delgada frontera entre la vida y la muerte. Enrique la ha atravesado en muchas ocasiones. Cuando llega al final de la experiencia casi mística, al otro lado de la línea, le esperan sus pacientes tal como fueron en vida. Sus cuerpos íntegros, sus almas respirando…y padeciendo.

    Ahora a su alrededor, sólo hay polvo, un polvo seco. Briznas que le azotan la piel, que impiden que pueda ver nada más allá del tornado en que se envuelve, por tanto, decide mantener los ojos cerrados y calmarse. Sabe por experiencia que en unos minutos, todo habrá terminado. El viento cesa en intensidad. Cada segundo lleva de nuevo la calma. Pronto podrá abrir sus ojos. Cada viaje iniciado para su cita con los muertos, le lleva a un lugar distinto. Unas veces la entrevista es en la propia sala de disección. En otras ocasiones el paciente y su confesor visitan distintos escenarios. Como acaba de ocurrir.

    El Doctor Jarabo y María están frente a frente, en sendas sillas que rodean la mesa de una sala oscura que el médico presume de la casa de ella.

    La difunta ha comenzado su relato y él presta atención a lo que aquella mujer desea confesarle:

    -Decidí que había llegado el momento esa misma noche. En realidad no había pasado nada, nada     que no fuese lo cotidiano en mi vida, en mi matrimonio. Pero ya estaba bien.

    Las palabras de María fluyen de su boca con parquedad, el hombre permanece en silencio mientras estudia sus movimientos dotados, extrañamente, de vida. No recuerda desde cuando tiene esta capacidad. Desde siempre ha podido ver cosas, transportarse hasta un momento determinado, acompañado de sus muertos. Aún así, todavía se asombra. Siente un ligero vacío en la boca del estómago, una punzada de temor, cada vez que escucha la voz de un fallecido.

    -Aquella mañana me levanté fría, como siempre…Puse la cafetera. Necesito un café cuando me     levanto. Encendí mi primer pitillo del día y comencé a planear la marcha.

    "Dejaré algo de pollo hecho para los chicos", me dije. Pero no, esta vez no eran los miedos, ni las dudas, ni la intención de olvidar la locura, lo que me impulsaba a cocinar para cuando no     estuviese. Tal y como hacía siempre. Cuando tengo ansiedad o angustia, trabajar en la cocina me tranquiliza, creo.

    Susana no me come nada últimamente, y es que esta chica me preocupa más que ninguno.     Debería hablar seriamente con ella…

    Me senté aquí mismo, en el comedor y me dispuse como cada día a tomar el café. Me gusta     mojar una magdalena en él, dejar que se empape y luego absorber la bebida caliente del     bizcocho…manías de una. Ya lo sé… Intentaba recordar la última vez en que fui feliz: La boda     de Juan, mi chico mayor, hace ya un año. Ese es mi último recuerdo de felicidad.

    María se detiene, como si de pronto hubiese recordado algo importante, esencial en su confesión. Tras un par de segundos en los que no dejó de mirar fijamente a Jarabo, prosigue:

    -¡Pero, que va! Tengo que ser sincera, ¿no? -Pregunta como si de verdad importase la opinión de     Jarabo.

    El médico participaba en aquel soliloquio en el papel de mero espectador. Su misión consistía en escuchar, nada más. Ni una pregunta, ni un gesto de afirmación o negación que pudiese interferir en la historia de María. Sus ojos fijos en la cara de la difunta.

    -Está bien. A ti no te puedo mentir. -Suspiró María resignada al no encontrar respuesta-. Mi     último momento de felicidad fue hace ya muchos años.

    Mi Pepe no es malo. ¡Qué va! Un tipo como todos: trabajador, honrado, fiel. -Hace una pausa,     posa la mirada en sus manos cruzadas sobre el regazo, y continúa con voz afligida:

    Ojos que no ven, corazón que no siente… ¡y que poco veía yo, Señor! -De nuevo, levanta la     mirada hacia su interlocutor. Desechando otros obscuros pensamientos que le impedirían seguir     su narración-. No es malo mi Pepe, pero yo estaba harta de él. Harta de todo.

    Toda una vida sin amor, agota bastante. Y la tristeza. La tristeza también agota. Siempre tuve     ansías por saber…y siempre quise terminar de crecer. Hastiada de una vida vacía, llena de hijos     y marido.

    Preparé de forma apresurada una pequeña bolsa en la que poner cuatro cosas. No necesitaba     más, no tenía más. Quería salir de allí…antes de volver a arrepentirme. No era la primera vez     que había pensado en huir. Muchas veces he recitado en mi cabeza las mismas palabras: ¡Me     largo, y que os den! Siempre ocurría un imprevisto en el último momento: uno de los chicos se     ponía malo, a Pepe le despedían del trabajo, no tenía dinero suficiente… Pero esta vez, sería     diferente. Ya     nada podría retenerme.

    ¿Dónde demonios había metido mi jersey negro? De pronto tuve la certeza de que no podría     irme de allí sin él… No. Sí que podía, claro que podía. Esa vez era definitivo, me iba.

    María continuaba recordando sus palabras y hechos de aquel día, tal cual los vivió entonces. Jarabo seguía atento con la mirada cada uno de los nerviosos gestos de la mujer. Ella con sus dedos entrecruzados, blancos por la presión, su cuerpo que busca la adaptación, inquieta, en la incómoda silla de madera sin tapizar. Luego, sonríe a los ojos del médico y prosigue:

    -A Pepe no le gustaba ese jersey. ¿Sabes? Él pensaba que era indecente, lleno de     transparencias. Pero no, no era indecente, es que lo había lavado demasiadas veces y ya     clareaba por la delantera. -Terminó diciendo con una leve risa contenida.

    -En realidad, Pepe nunca se fijaba demasiado en lo que me ponía o en lo que me     quitaba…Bastante tenía el hombre con preocuparse de sus cosas. Mis tonterías no eran     necesarias. Recuerdo que se burló cuando decidí acudir a unas clases del Instituto de la Mujer.     No le gustó la idea y pensó que estaba loca. Decía que si no tenía bastante con la casa y los     chicos, que una mujer no debería saber más que su marido. Después, cuando supo que     solamente eran un par de horitas, por la tarde, mientras él descabezaba un sueñecito, se lo     pensó mejor y me permitió ir. A cambio, lo único que yo tenía que hacer era estar en casa     cuando él se levantase. Era lógico, debía prepararle algo de merienda, antes de que saliese a     echar la partida al bar.

    La mujer se detiene unos segundos. Las manos revolotean intranquilas por su cabello. El moño bajo, le confiere aspecto de matrona. Recoge con los dedos un mechón rebelde, detrás de las pequeñas orejas adornadas con aretes dorados.

    María es…María era una mujer sin ningún rasgo característico especial, advierte Jarabo mientras la escucha.

    Tenía los ojos oscuros, ensombrecidos como su corazón. Profundas ojeras que enmarcan un rostro redondo, la boca grande, carnosa y sincera, el talle deformado por los años… los partos. El alma gangrenada. El pecho que antes fue joven, luce caído y lo que es peor: abrasado en soledad. La presencia triste es muy anterior a su muerte.

    -No había marcha atrás. Lo mejor sería salir cuanto antes de la prisión, del aburrimiento y el     hastío. Tal vez no encontrase afuera lo que buscaba, pero estaba claro que dentro no lo     hallaría…Miré mi reloj. Eran las once y no había hecho las camas todavía. Tengo que terminar     cuanto antes, me dije. Quería llegar al autobús de la una. No podía cruzarme con Roberto.     Roberto y Susana son mis pequeños malcriados. Ahora tendrán que apañárselas solos. Susana     es toda una mujer, y tendrá que cuidar de los hombres. Así irá aprendiendo.

    María parecía divagar. Su mente retrocedía en el tiempo y volvía de forma súbita, sin aviso, tomando por sorpresa al médico absorto que permanecía sentado con las piernas cruzadas, los brazos sobre la mesa y la vista fija en ella.

    -Dicen que ahora las mujeres jóvenes son más valoradas por sus maridos, que ambos     colaboran en casa, y que ellas incluso salen de noche, de fiesta, a la calle con amigas. -Apunta     la mujer recobrando su compostura-. Un día Pepe me llevo al teatro. -Sonrió con timidez-. Yo     nunca había ido al teatro y esa noche disfruté mucho. Él se durmió en la butaca, hasta roncó.     Fue una autentica risa. Él con su traje, su único traje… Por cierto, habría que llevarlo al tinte,     tiene una mancha muy extraña…

    En el espejo del baño, mientras me pintaba los labios con el carmín de Susana, veía mi cara     marcada por el tiempo. Dibujada por años de desidia y cansancio. Sufro de ansiedad, ¿sabes?     Ansiedad por ser querida. A veces me comparo con una loba capaz de devorar por una caricia.

    Da la impresión de que los recuerdos almacenados en su mente salgan por fin a borbotones y desordenados.

    Con un gesto coqueto, lleno de pretensión sensual, María alisa su falda y sacude alguna hilacha que se ha quedado adherida al tejido negro. Luego continúa:

    -Por fin terminé. Ya tenía mis cosas en la bolsa, había arreglado la casa en condiciones y cerré     una tras otras todas las persianas. Ya en la puerta, eché un último vistazo al bolso: las llaves,     la cartera, los pañuelos…Me obligué a no llorar. A recordarme que debía salir cuanto antes del     aburrimiento, de la desesperanza, del desamor. Recorrí con la mirada la casa y cerré despacio     la puerta.

    María hace una pausa en la historia. Parece querer tomar aliento para llegar hasta el final. Que contradicción, una muerta que necesita tomar aliento, pensaba el médico. El doctor, siempre en silencio, hace un recorrido con la vista buscando la salida. Esa en la que ella se despidió de su casa, aquel día. El recibidor está en penumbra. Al fondo, la puerta de la calle tiene acristalada la parte superior. Desde el dintel hasta el techo. A través del ventanuco ovalado se filtra un haz brillante. La luz, que procede de las escaleras de la vivienda, recorre de soslayo la estancia y crea una zona de claroscuros palpitantes; en cuya atmósfera, el médico comprueba como bailan partículas ínfimas de polvo en suspensión.

    Ella levanta la mirada de su regazo, y continúa relatando:

    -Una…y dos…vueltas a la llave. Siempre me esfuerzo en recordarlo. Que luego Pepe me regaña     por no echarla al salir. Pepe, mi Pepe…una vez le amé, hace mucho tiempo quise a ese bruto     insensible. Español de puro bruto. Entonces yo era bonita, joven y él era fuerte muy guapo.     Pensé que siempre sería igual. Los domingos arregladitos para salir de paseo juntos. De punta     en blanco con los niños de la mano…Hemos estado toda la vida juntos, desde los catorce     años. Nunca he dormido con otro hombre.

    El sábado era mi cumpleaños. Cincuenta años cumpliría…y lo recordé en ese instante. ¡Por     Dios! Me había olvidado…la fiesta de mi cumpleaños era el sábado…tenía que comprar las     cosas. No había preparado nada. Ciertamente, no sé dónde tengo la cabeza últimamente.     Menos mal que Pepe no se había dado cuenta… Entonces lo supe: No, ese día no me podía     marchar. Tendré que dejarlo para el lunes. Sí, será lo mejor. El lunes cuando la fiesta haya     pasado, me marcharé. ¡Del lunes no pasa!

    Jarabo rezuma luto y compasión por la fallecida, hombre de genio vidrioso. Vidrioso igual que los ojos de María. La pareja permanece inmóvil y en silencio en sus asientos, cara a cara, en eterno silencio.

    Él quisiera abrazarla con sus palabras, calmar sus cuitas, acariciar su alma. Sabe que no puede, ella está muerta. Muerta desde el sábado seis de marzo, día de su cumpleaños.

    María ha sacado un pañuelo arrugado de la manga negra del jersey. Ese que a Pepe no le gustaba. Sus ojos destilan gotas espesas que resbalan por las mejillas. Llora en silencio. Utiliza el pañuelo blanco para limpiar la nariz sonrojada con apenas un sonido fortuito. El médico debe regresar. Ya no puede hacer nada más por ella. Cierra los ojos, aprieta los párpados para alejar la imagen de María de su mente; y cuando los abre de nuevo, tras unos segundos de incertidumbre. Comprueba que los restos orgánicos, de lo que fue María Ridruejo Ruiz, permanecen inertes sobre la mesa de disecciones.

    No quiere detenerse a meditar sobre lo que acaba de escuchar. Todavía tiene trabajo que hacer en la sala.

 
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