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KIJOTEANA PRIMERA
Autopsia de don Quijote
Acabo
de gozar con la lectura de uno de esos libros que lo
quedan a uno patidifuso, desconcertado, contento y como
preso de una euforia intelectual indescriptible, que
se transmite a todo nuestro ser. El libro que trato
es, sin lugar a dudas, uno de los que marcan la vida,
y si no exagero, la mente y formación de una
persona. Aún en estos tiempos de trivialidades
y superficialidades.
Bien es cierto que Cervantes,
recogiendo lo escrito por Cide Hamete Benemegeli, recuerda,
al final del Quijote, que la empresa de relatar
las hechos, aventuras y vida de Alonso Quijano el Bueno
sólo estaba guardada para el autor arábigo
que él versiona y que el morisco de Toledo le
traduce. Pero no dice nada sobre que se utilice o no
el cadáver de don Quijote. Nada dice acerca de
indagar con y en el muerto del de la triste figura.
Trata esta novela de la peripecia,
engendro y desarrollo de nada menos que la autopsia
de don Quijote, hecha ocultamente después de
su muerte, por ese médico que en el último
capítulo de la novela "fue del parecer que
melancolías y desabrimientos le acababan",
y que fue conocedor del padre de Miguel de Cervantes,
también médico. Es un alarde imaginativo
y creativo de largos alcances y elevados vuelos místicos
e irónicos. Sabido es la peligrosidad de hacer
este tipo de operaciones con los cadáveres de
la época: la Inquisición acechaba tras
todo médico, tras todo físico o estudioso
de la anatomía y del cuerpo humano que manipulaba
o viviseccionaba. Se tenía que hacer a hurtadillas.
De ahí que nuestro autor, el narrador de este
ingenioso libro, tenga razones para seguir callando
el lugar de la Mancha donde él hace la autopsia,
que es, a la postre, donde nació don Quijote
y murió.
La novela desarrolla parte de
los quehaceres de un estudioso del siglo XIX tras ese
precioso documento quijotesco que constituye la autopsia
de don Quijote. El intelectual pretende realizar un
minucioso trabajo investigador que configurará
en una tesis doctoral que, a falta de medios por su
parte, financia una Diputación Provincial de
una provincia española, creada en su contemporaneidad.
Una parte de la autopsia se hallaba entre los fondos
documentales de la mencionada institución que
hace de mecenas del estudioso. Adheridos a la autopsia
figuran una serie de documentos manuscritos posteriores
de diversas épocas. Añadidos y opiniones,
glosas a los resultados de la autopsia. Por cronología
figuran así: los de un escribano que halló
el manuscrito, con los resultados del análisis
del cadáver del muerto, Alonso Quijano, y las
conclusiones a las que llegó tras observar anatomía,
vísceras, músculos y demás componentes
de un cuerpo muerto, por parte del médico. Esto
ocurre a finales del siglo XVII. El escribano se llevó
el manuscrito original a Toledo y él mismo escribió
unas puntualizaciones sobre las conclusiones a las que
llegó el médico. Por supuesto con gran
sigilo y prudencia en el ocultamiento de aquellos papeles
por la opresión inquisitorial, social y de miseria
mental de aquellos tiempos. Pasa el tiempo y, casualmente,
un caballero ilustrado del siglo XVIII tropieza con
estos escritos, que a su vez pasan a un afrancesado,
al birlarlos, que se los lleva a Francia, para que una
sobrina suya, liberal y feminista avant la létre,
trajera a España, de regreso, hacia 1823 (con
los Diez Mil Hijos de San Luis y el Conde de Angulema)
hasta Cádiz. El ilustrado y el afrancesado, así
como la sobrina y un anónimo francés (en
su lengua) aportaron opiniones y notas sobre la documentación
de la autopsia original, y los escritos y conclusiones
que los diversos propietarios de los documentos fueron
añadiendo a éstos. Finalmente caen en
manos de nuestro investigador, que era un republicano
de la Primera República española, y realiza
su tesis doctoral sobre la autopsia del cadáver
de Alonso Quijano el Bueno, y todas las opiniones que
se habían ido añadiendo a lo largo de
los años por los que fueron sus propietarios.
Esta tesis fue rechazada, por disparatada, por un Real
Decreto y tuvo consecuencias políticas de largo
alcance, pues los responsables del Gobierno de la Diputación
Provincial fueron cesados en sus cargos y procesados.
Esta
insólita historia se desenvuelve narrándonos
simultáneamente la vida de nuestro estudioso,
don Eutimio de Torres, en la elaboración, dificultades
y trabajos de su labor y en la búsqueda de la
parte final de la autopsia, que no se hallaba con los
documentos, cuando él los encuentra. Así
recorre la Mancha, Toledo, Madrid, algunas ciudades
y pueblos de Francia y trajina por la capital de la
provincia, cuya Diputación financia su quehacer
de una alocada, peregrina y aventurera forma. Así,
logra hallar los pliegos en los que están el
final de la autopsia, donde se desvela uno de los misterios
de los que hablan los demás comentaristas, y
que es, para asombro de la posteridad, que don Quijote
está circuncidado, como criptojudío heterodoxo
que era o fue, y de lo que Eutimio de Torres tenía
vislumbres, como le confesó a un amigo masón.
Y no es lo único que sorprende de tal relato,
que nos deja boquiabiertos por la gracia y el desparpajo
literario con que está llevado.
Así, de sopetón,
uno se encuentra, en los tiempos que corren, donde parece
que la creatividad, la imaginación y la narrativa,
amén de lo lúdico y humorístico
hacen vías de agua en la literatura peninsular,
y domina la comercialización de lo mediocre,
foráneo y vacuo, que hay maravillosos autores
soterrados, conminados a vivir en subterráneos
con sus creaciones, en lo social y comunicativo, ellos
y sus obras. Predominando una alcahueta y manida manera
ramplona los tratadillos o noveluchas históricas
de muy baja estofa ay mal gusto. Narradas en un estilo
ramplón y poco ambicioso, aclimatado a una masa
estupidizada y manipulada por esa historia que interesa
al sistema para sustentarse. La Autopsia de Don Quijote
está muy lejos de ser una novela histórica.
Es más, supone la burla de todo ese subgénero
narrativo que aloca a los más, no de la manera
que los libros de caballerías, sino para peor.
Esta novela, de la que puedo
decir que se imprimió en Sevilla en 1977, la
adquirí en una reciente feria de libros de ocasión,
atraído por el título. Creo necesario
comentarla aquí toda vez que es actualidad; pero
no por el dictado del consumo editorial sino por méritos
propios. Su autor es un tal Rosouro Bara, gloriosamente
desconocido, y es una autoedición no carente
de buen gusto, buena encuadernación y una buenísimo
diseño de portada. En una curiosa y aclaratoria
nota se nos advierte que en la etapa supuestamente democrática
que se inicia con la muerte de Franco, el autor, con
la ayuda de amigos, y con un esfuerzo grande por su
parte, debido a sus menguados bienes, trata de imprimir
mil ejemplares de la novela que tenemos entre manos,
ya que es una de esas creaciones literarias que el franquismo
no permitió jamás salir a la luz. Y que,
cansado de visitar editores y no queriendo pasar por
los aros de los premios literarios, lanza al aire, en
pocos ejemplares, a los que mereciera, con poca difusión
y difícil distribución, esperanzado de
que no caiga en vacío.
Espero que la nada no sumerja
en sus fauces está genial narración con
estos bienintencionados comentarios y que si Rosouro
Bara los lee así le conste y se sienta animado,
no por él, sino por la literatura y el gozo creativo
y de lector. Seguro también de que todo aquél
que lo leyó habrá quedado tan estupefacto
y alegre cono el que esto suscribe. De esta manera se
hace constar que la literatura, en nuestro tiempo, se
ha vuelto un saber especializado y remoto, sectario,
un mausoleo superexclusivo de santos y héroes
de la palabra, que han cedido, soberbiamente, a los
escritores-eunucos el enfrentamiento con el público,
el mandato de la comunicación, y que se han enterrado
en vida para salvar a la literatura de la ruina, pues
la Autopsia de don Quijote es eso. Rosouro Bara
escribe entre él y sus iguales y para ellos.
Parece estar empeñado en la rigurosa tarea de
la investigación verbal, en la invención
de formas nuevas. Porque si lo que narra en Autopsia
de don Quijote es sorprendente, no lo es menos el
cómo lo hace. Ambas cosas van imbricadas. Pero
en la práctica ha multiplicado las llaves y cerraduras
de ese recinto donde ha encarcelado a su literatura,
porque en el fondo alienta la terrible convicción
de que sólo así, lejos de la promiscua
confusión donde reinan, todopoderosos, los medios
de comunicación masivos, la publicidad y los
productos seudoartísticos de la industria editorial
y de la sociedad del espectáculo, que alimentan
al gran público, puede, en nuestros días,
florecer, como orquídea de invernadero, clandestina,
como esta novela que comento, exquisita como ella misma,
preservada del encanallamiento por códigos herméticos,
esequibles sólo a ciertos esforzados cofrades,
una literatura auténtica de creación.
En este año de la celebración,
grandilocuente y del poder establecido, de la publicación
de la primera parte del Quijote, hace cuatro
siglos. Escrito por un entonces irrelevante y pobrísimo
señor llamado Miguel de Cervantes, amén
de persona de vida un tanto extraña para la moral
y usos de la época, vamos a traer a esta sección
rarezas o cosillas poco trilladas sobre la obra primordial
de toda literatura: Don Quijote de la Mancha.
De esta forma salvaremos la cara de lo literario, de
lo auténticamente creativo, de los avaros académicos
de Argamasilla, de tanto barbero, cura y bachiller que
pretenden secuestrar la obra y el pensamiento del libertario
manco. Que se jodan, pues Miguel de Cervantes será
siempre libre en sus obras. Y sobre todo creador y literato,
altanero y muy dueño de sí mismo, cabal
y magnánimamente irónico, con un humor
y un humanismo del que lo ha visto todo, y del que tuvo
que luchar bravamente para sobrevivir, en la sociedad
raquítica que le tocó vivir. El Cervantes
de la penuria económica, la calle, los caminos
y la cárcel fue el común. Sin eso hubiese
sido imposible su obra. El Quijote no se lo merecen
leer las más de las gentes, que no tienen gusto
ni pasión por el juego de la literatura ni por
el juego de la vida: de la lengua como instrumento que
reconstruye y sustenta el mundo, los mundos, de la inseguridad
del camino, de los caminos no trillados
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En
la abierta llanura manchega, la larga figura de
Don Quijote se encorva con un signo de interrogación,
es como un guardián del secreto español,
del equívoco de la cultura española.
Don José Ortega y Gasset |
KIJOTEANA III
CERVANTES
MUDÉJAR
Los
lectores del Quijote conocemos su universalidad, manchega
y pueblerina. Recordamos el intento continuo de endilgar
la autoría de la obra, por parte de don Miguel,
a otros, sobre todo a un autor arábigo llamado
Cide Hamete Benengeli. Ya que también otros trataron
de robar, plagiar el invento a Cervantes, como hoy los
famosos de la tele, con la bendición de marujas
y pueblo general.
Conociendo los tiempos cervantinos,
cuando fraguaba su Don Quijote de la Mancha, esto era
una provocación, una rebeldía insurrecta
contra los poderes establecidos, que tanto marginaron
y vilipendiaron al Príncipe de los Ingenios,
como siempre ocurre con los ingenios. Pero lo de atribuir
su obra a un moro era algo tremendo, pues entonces se
estaba eliminando y expulsando lo poco que quedaba de
la cultura islámica, llamada ya mudéjar
por los cristianos intolerantes, en la península
ibérica. Es mucho más que eso lo del que
llaman Manco de Lepanto o del Espanto.
Cervantes mudéjar, sí.
Una breve reflexión sobre cierto pasaje del Quijote
nos hará ver que el adjetivo le cuadra a nuestro
principal ingenio. La palabra mudéjar aparece
documentada, por vez primera (en castellano), en 1571
y en el Quijote es la tercera vez que aparece en documento
impreso. Curioso e interesante asunto nos traemos entre
manos. Por esas manías que tienen ciertos españoles
nacionales en marginar lo que no comprenden, la palabra
fue, deliberadamente, olvidada en el Diccionario de
Autoridades. Aparece, reconocida como del acervo común
castellano, en 1884 por la RAE. Lo que demuestra la
inquina y mala ley contra lo diferente por los amantes
de lo que llaman las esencias puras de la patria hispana,
en esta bonita peripecia resumida de las aventuras de
la palabra mudéjar. Me refiero a los poderes
y sus asilvestrados sabios. Porque Cobarrubias la recoge,
puntual, en su diccionario (1611). Y había leído
la primera parte del Quijote.
Hoy existe un alto interés
por el llamado arte mudéjar, por razones comerciales
y de trapicheo turístico, más que por
el arte en sí. Parece ser que los padres de la
cosa se han dado cuenta de que tenían una niña
estupenda, buenorra, y se han puesto a vestirla ceñida,
con falda corta, a destaparla para que la disfruten
los extranjis, los turistas, como una puta más...
Hace más de veinticinco
años que, en Llerena, José Iñesta
tomó fotos de fachadas mudéjares preciosas
y en franco deterioro, por mi indicación. Me
crié en uno de los barrios cuajado de presencia
mudéjar y lo conocía. Desgraciadamente
esas fachadas fueron, no hace doce años, destruidas
y arrasadas con el beneplácito de quienes hoy
defienden a ultranza lo mudéjar. La famosa Casa
Grande, con su patio, hecha trizas... Vivir para ver.
Es historia, ¿O es Histeria?
Vayamos al capítulo IX
de la primera parte del Quijote. Ahí Cervantes
nos dice como acabaron los desvelos del héroe
sin encontrar continuación. Hasta que un día
el narrador cervantino, "en el Alcaná de
Toledo", encontró un muchacho que vendía
unos cartapacios escritos en caracteres arábigos.
Así que se buscó un morisco aljamiado
que los leyese. Morisco aljamiado era un morisco que
hablaba castellano y le servía de intérprete
y traductor, o sea: un mudéjar. Cuando le comienza
a traducir al narrador cervantino, trasunto del propio
Cervantes, descubre que es la continuación de
la historia de Don Quijote, con lo que compró
todos los cartapacios y papeles al muchacho por un irónico
real. Y se apartó "con el morisco por el
claustro de la iglesia mayor, y roguele me volviese
aquellos cartapacios, todos los que trataban de don
Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles
nada, ofreciéndole la paga que él quisiese...
por facilitar más el negocio, y por no dejar
de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde
en poco más de un mes y medio la tradujo toda
del mismo modo que aquí se refiere". La
paga del trabajo al morisco fue algo muy interesante
para la gastronomía mudéjar: "dos
arrobas de pasas y dos fanegas de trigo". Eso costó
el Quijote, según nuestro narrador cervantino.
Así que tenemos que la
obra mayor de la literatura española y universal,
según su autor, está escrita por un sabio
manchego y arábigo y traducida por un morisco
aljamiado (mudéjar), y nada menos que en Toledo,
con lo que Cervantes rinde ingeniosísimo homenaje
a las famosas escuelas de traductores toledanos, que
durante todo el medievo, en sintonía y tolerancia
de religiones, lenguas, costumbres, razas vivieron y
armonizaron hasta la escabechina de la intransigencia
moderna. Claro que todo parece ser literatura. Si consideramos
el conjunto quijotesco veremos que lo mudéjar,
lo morisco está siempre presente. El propio nombre
del autor arábigo responde al propio nombre de
Cervantes, ya que Cide Hamete Benengeli significa: Cide,
Señor, Hamete, nombre propio común en
árabe, Benengeli: hijo de ciervo, cerval o cervateño,
y de ahí Cervantes, que con el mismo se designó
don Miguel, según el orientalista José
Antonio Conde.
En fin, el lector puede quedar
pasmado ante tanto encaje de bolillo, tanto hilar fino
como existe en el taraceado mudéjar cervantino
del Quijote, pues como tal arte debe ser considerado
y leído. Ya que mudéjar no es sólo
arte arquitectónico o de alarifes del ladrillo,
argamasa, yeso y escayola, sino de la lengua literaria
y algunas de sus más ilustres péndolas,
que se extiende a la expresión artística
de toda una cultura que se fraguó en la península
ibérica con la convivencia de tres culturas,
o más, que configuraron algo autóctono:
la profundización del legado islámico
e hispanorromano peninsular, en todos sus sentidos y
no como "el único tipo de construcción
peculiarmente español del que podamos envanecernos",
como dice Menéndez Pelayo. Algo más que
construcción ladrillera, muchos más. Las
obras de Américo Castro y otros eminentes sabios,
hasta la de Juan Goytisolo, pasando por Galdós,
han tratado de mostrarnos en literatura, en poesía,
en el arte de hacer con el lenguaje. Incluso el débito
de nuestro Luis Zapata, en su libro de cetrería,
a los hornacheros, y de los cetreros mudéjares...;
pero ese sempiterno odio y resentimiento de reconquista
quiere poner puertas al campo de algo que ven hasta
los ciegos, oyen los sordos y palpan mancos. Por hoy
diremos, para siempre: Cervantes mudéjar, Quijote
mudéjar. Y, como bien dice uno de los mejores
y mayores estudiosos del arte mudéjar: "no
puede ensayarse una definición de la personalidad
histórica si se prescinde del fenómeno
mudéjar y particularmente de sus manifestaciones
artísticas, una cultura original y única",
(Gonzalo Borrás Gualís: El arte mudéjar
aragonés: 1987).
En Llerena andamos en pañales
restaurando sólo fachadas, sin mirarnos en los
interiores, yendo a más. Quien sepa y quiera
entender, que entienda: en nuestras costumbres, lengua,
cultura popular, literatura oral, gastronomía,
albañilería, música, visión
tolerante de las cosas y personas, trato, modos de vivir,
religión, cosmovisión... ¿No habrá
quedado algo mudéjar? Aunque esté en franco
estado de desaparición total, ¿No merecería
la pena restaurarlo, si con ello se restaura la tolerancia,
el respeto al otro y lo distinto, la dignidad por encima
de intereses financieros e intrumentalizadores de una
cultura que quieren reducir a un espectáculo
circense y turístico de cartón piedra
o escenario cinematográfico?
NOTA.- Mi homenaje con este escrito a Julián
Ruiz Banderas con quien nos hicimos cervantistas tempranos.
A Juan Goytisolo por abrirme a entender de otro modo
el secreto, a voces, de la literatura hispana, a Américo
Castro, la realidad histórica, a José
Iñesta por su impagable entusiasmo, emoción
y amor a Llerena, que no decayó nunca en malos
tiempos para el mudéjar, a su familia por su
generosidad.
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