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Nº 92 (3ª Epoca) Extra Verano: Julio, Agosto y Septiembre 2008. Zaragoza. 
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EROTISMO Y ARTIFICIO
Manuel Sánchez Oms

 
   Últimamente asistimos a una vertiente muy extendida y significativa en las exposiciones colectivas. Si bien fueron enormes los esfuerzos por liberar el arte y la poesía de los contenidos y de la narración literaria, así como el fracaso en este mismo sentido del registro cinematográfico, hoy se impone el tema desde las entidades organizadoras. Ahora bien ¿quién es el que se acoge al tema, la organización o el trabajo de los creadores?

    Caso significativo ha sido la recién concluida exposición colectiva Erotomía (13-30 mayo 2004) en los Antiguos Depósitos Municipales de Zaragoza, dentro de la programación En la frontera presentada por el Ayuntamiento, que contempla además otras exposiciones como Zaragoza de Luxe dentro del mismo recinto -equipo conformado por Juan Antonio Molina y Fernando Laguna-, Ketchup, letras y trompetas en el Antiguo Anatómico Forense, y otras muestras, algunas repartidas por otros espacios de la ciudad no ocupados antes por creaciones artísticas.

    El título Erotomía (acompañado de dos rombos a la usanza de la antigua televisión) se propuso sin más (aún con la referencia sígnica televisiva), neologismo que alude al erotismo y al cuerpo. Si bien pudieran parecer ambos términos absolutamente imbricados, no se pueden establecer unas analogías inmediatas, puesto que el cuerpo refiere al orden físico mientras que el erotismo difícilmente existe sin la percepción del intelecto, tal y como lo han defendido multitud de autores desde diferentes terrenos, desde Julius Evola o George Bataille hasta Wilhelm Reich. Es más, el erotismo resulta ser uno de los medios de conocimiento más esenciales en el ser humano si atendemos a la máxima tantas veces defendida por Bataille: "En la conciencia del hombre, el erotismo es lo que dentro de él pone en cuestión al ser".

 

 
 
Agnes Daroca

 
 
Carmen Molinero

 
 
Diletantes. Pornomaratón

 
 
Enciso


    Las conexiones entre erotismo y cuerpo se deben a dos aspectos fundamentales: la materialización de un deseo de procedencia mental, y la fisicidad del objeto que despierta tal deseo. La capacidad mental del hombre no escapa a la necesidad de fragmentación analítica, lo que no supone más que una incapacidad ante la evidencia de la continuidad de un tiempo, definido como tal desde el momento en que se presentó inaprensible. Y tal y como narra el Génesis del Antiguo Testamento, es en el origen de la voluntad de este animal -lo que trajo como consecuencia el Pecado Original- cuando fue delimitada esta condición: el saber de la efimeridad de su existencia. De este gran suceso se deriva la funcionalidad procreadora del sexo, deduciendo, nosotros lectores, lo lúdico de su práctica en el interior del Paraíso, ya que desde entonces el hombre y la mujer -a pesar de su eternidad primigenia-, a diferencia de los ángeles, estaban dotados de un sexo que requiere de otro para su satisfacción.

    Pero la principal consecuencia de este pasaje crucial fue la necesidad creciente de conocimiento, allá donde quedó concentrada toda la banalidad del juego, así como de sus propias facultades, de lo que deriva el gesto púdico de ocultarse con vegetales en presencia del Padre Creador. Podemos afirmar que el ser humano lo conoce todo menos a sí mismo, puesto que reserva su persona como modelo de conocimiento por negación y ultimo eslabón en vistas de una feliz resolución (la Segunda Venida de Cristo). Por ello no conoce nada, y la razón se estabiliza como un proceso negativo -arma de la burguesía frente a la arbitrariedad de los estamentos del Antiguo Régimen-, contra la imposición positiva de las afirmaciones de la fe.

    Sin embargo, el medio de conocimiento, selección del objeto, depende de un impulso igualmente arbitrario: el deseo, ya que el Divino Marqués, el Marqués de Sade, su ferviente defensor, fue sin duda alguna el último y más radical de los racionalistas del Siglo de las Luces. El deseo es la necesidad de materialización del sujeto en posibles objetos, es la sed de unión de ambos. De ahí que, en una primera época del racionalismo, llamémosla la construcción de su corpus, las artes acrecentaron en ciertos crepúsculos durante el siglo XIX la mímesis, una fusión inaudita de la razón con la realidad en un primer intento de reificarla, alcanzando su paroxismo en las aproximaciones a los cambios de la luz de los impresionistas para, posteriormente, gracias a la sugerencia de los colores de Van Gogh y al simbolismo primigenio del color de Gauguin y los nabis, defender una dialéctica entre la materia y el sujeto hasta desembocar con Schwitters, su Merz y la toma de la cotidianeidad, en la consideración del arte como un medio, previo incluso a la fe de la religión, de valoración de la realidad.

    Retomemos las consideraciones de Bataille: "El erotismo, como dije, es, desde mi punto de vista, un desequilibrio en el cual el ser se cuestiona a sí mismo, conscientemente. En cierto sentido, el ser se pierde objetivamente, pero entonces el sujeto se identifica con el objeto que se pierde". Y observemos en la muestra fotográfica de la serie de Carmen Molinero "Si posas mucho tiempo entre los objetos, acabas convirtiéndote en uno de ellos" expuesta en Erotomía, la cual no se plantea como una advertencia a pesar de la apariencia del título, sino como una invitación al viaje de ensueño que supone la exteriorización del ser en la materialidad del soporte fotográfico. En la distinción que realiza Juan Eduardo Cirlot entre erotismo y pornografía, establece dos niveles de un mismo proceso aludido en otras páginas de su libro El mundo del objeto de la luz del surrealismo, la unión sujeto-objeto, ya que la pornografía "es más profunda" por creer el erotismo en "la fusión de los seres en el alma universal", mientras que la primera no distingue "entre un muslo y un zapato", aunque debamos advertir de la oscura implicación que Cirlot constata, de la máquina dentro de esa confusión de la yuxtaposición. Molinero, mediante la revelación de la máquina, diseñada por el hombre para materializar los instantes, único modo propio de captar la realidad y poder pensarla, memorizarla (sigo la filosofía de Bergson), frente a la evidencia de un tiempo sensible, propone una inversión en la excitación de nuestra cosificación. Oigamos de nuevo a Bataille:

    "Somos seres discontinuos, individuos que mueren en una aventura ininteligible; pero nos queda la nostalgia de la continuidad perdida",
lo que nos permite entender las implicaciones de la reproducción -sexo funcionarizado- con lo sagrado y la muerte: "la reproducción hace entrar en juego a unos seres discontinuos (…) La reproducción encamina hacia la discontinuidad de los seres, pero pone en juego su continuidad; lo que quiere decir que está íntimamente ligada a la muerte". Pensemos en la Natividad presentada en nuestra exposición por Luan Mart en soporte fotográfico, un belén enmarcado en un sexo femenino. Instantánea que alberga el acto de la única continuidad posible. Está claro que, hoy por hoy, no se puede entender el arte sin contraponer la iconografía con el propio procedimiento, registro o técnica elegida para su desarrollo, sea impresión mecánica o la descomposición pitagórica de los dígitos.

 

 
 
Enrique Radigales

 
 
José Luis Cano

 
 
Miguel Angel Ortiz Albero

 
 
Miguel García


    Aún siendo en apariencia contrarios, la reproducción es la clave del erotismo, puesto que anhelan ambos la continuidad de la que el sujeto no es poseedor. Los dos consisten en un acto de muerte y superación al mismo tiempo, se enmarcan en un único conjunto dialéctico: sujeto y objeto. Pierre d. la muestra una segunda versión de su "Amor sexo asesinato" concebida por primera vez en enero de 1998 dentro del grupo ecrevisse. Los objetos como restos de las ofrendas enviadas entre amantes, los intentos de agarrar lo continuo efímero (los anzuelos), la mutilación (vello púbico cortado) y la ausencia del amor en su intento de materialización, concepciones alcanzadas desde la disparidad de los dos registros (el plástico y el escrito). La pederastia de Mister XIII dentro del concepto de autorretrato (firmado como "Pierre monstruo d. la") y de El premio de Marisa, con poemas de este mismo autor y colages de Paco García Barcos, serie de imágenes fracturadas mediante cortes irregulares que muestran la necesidad de descomposición a la que responde esta técnica y su implicación con el erotismo por las imágenes obscenas presentadas, nos hablan de la unión de la edad madura y de la niñez emergente en una relación pedófila que une los dos polos del enlace: la seguridad de la muerte del sujeto con la corrupción del objeto inmaculado, siendo el triunfo del objeto al gobernar el gesto en su resultado y exhibición final. Sumemos a estos ejemplos los colages de Nacho Bolea, como es constante en su producción, además de la tergiversación de imágenes de Óscar Sanmartín y Cristian Losada, con dos obras de este último muy significativas de cara a las relaciones del erotismo con la religión al invertir el comienzo y el final de la Biblia: La Salvación y La caída.

    De hecho, el colage guarda connotaciones de cópula muy importantes por localizar la belleza surrealista de Lautréamont en la unión de dos imágenes dispares, fundamento de la producción de Max Ernst tal y como él mismo explica. Dos imágenes distantes, amante y amado, sujeto y objeto.

    La relación entre erotismo y muerte la encontramos de manera más evidente en la obra de Paco Rallo: Objetos y símbolos de Eros y Thánatos, montaje de objetos con lectura lineal occidental -hay que sumar la presencia de un crucifijo, la religión cristiana, según Bataille la menos religiosa de todas por su oposición al erotismo- alternando instantes referentes a la muerte y al erotismo. Dispuesta en una esquina desdobla su horizontalidad en un ramo de flores inferior, ofrenda amorosa y de muerte, y en un crucifijo exvoto mejicano realizado con fragmentos de orantes de estaño y con partes anatómicas referentes a curaciones milagrosas (ya presentado en el montaje homenaje a Luis Buñuel en Calanda en 2000). El resto se estructura mediante el color: los constructivos del neoplasticismo para los objetos -blanco aséptico en la primera viñeta para el cráneo de una oveja, y el negro del crucifijo- junto a los colores vivos atribuidos a Eros en impresiones de infografías previas, cuyos dígitos pasan a ser el resultado del desvelamiento de un desnudo. Es enorme en esta composición la unión de los símbolos con los objetos y los elementos esenciales a la plástica, sin crear una independencia que, si bien los lenguajes actuales puedan presentarse más actuales, acerca a éstos a los peligros de los contenidos temáticos por poner la producción al único servicio de un mensaje separado.

 

 
 
Nacho Bolea

 
 
Oscar Sanmartín




 
 
Paco Gª Barcos y Pierre d. la

 
 
Paco Rallo


    Nos queda retomar la función de la máquina con el gesto erótico, por lo que, además de mencionar el servicio que prestan fotografía e infografía, hablaremos del montaje de Miguel Ángel Ortiz Albero (Michel A. Zone en su pertenencia al grupo ecrevisse), que integra anteriores piezas referentes a su propio pasado, como una de las cajas "Desnudo tal vez puesto en escena", que él denomina "caja alma". La novedad en esta pieza es la asociación con un mando mecánico que anhela ponerla en funcionamiento mientras que, el centro del montaje, constituyendo como es habitual en sus obras un tríptico, sistematización en tres partes (número espiritual) del retrato, su interior lo constituye un libro con la palabra "eros", el mecanismo que permite la materialización del yo. Este libro de imposible lectura, el desconocido e inalcanzable ser como el tiempo continuo, se presenta cerrado por un candado sin llave (accionamiento mecánico irrealizable). Los objetos estructuran la presentación y eros supone la constante de los movimientos de semejante mecanismo. Louis Aragon, autor muy considerado por Miguel Ángel, en El Coño de Irene reconoce su necesidad de abordar con la escritura el erotismo, admirando a aquellos que lo practican sólo mediante su lenguaje intrínseco. Emparenta la práctica erótica con el lenguaje escrito. El lenguaje es la constante mecánica que permite la manifestación y Ortiz Albero aborda la máquina para revelar ese erotismo, construyendo un aparato retrato dispuesto para ser activado. Pensemos en las máquinas de funcionamiento erótico de Bryen, en la manipulación según los esquemas mentales del deseo de Hans Bellmer del cuerpo femenino de una muñeca, en la fotografía de Moliner, la fragmentación de lo concreto en la obra del surrealista sueco Svanberg… El erotismo constituye uno de los medios mecánicos y constantes fundamentales de exteriorización del ser, previo a la inducción y a la deducción. La máquina establece los nexos entre el sujeto dispuesto a autorretratarse y los objetos amados que harán de máscara, su muerte en la solidificación de sus presencias, resolución de la incertidumbre del tiempo en la representación del instante mediante el objeto. Nueva relación entre el deseo y la muerte que llevó a Paco García Barcos y a Pierre d. la a golpear duramente, hasta despedazar, los sexos y senos -y curiosamente las cabezas- de una colección de maniquís del Ayuntamiento para que posasen en nuevas composiciones obedientes a un determinado momento de euforia, en el exterior del Antiguo Anatómico Forense dentro de la exposición ahí albergada.

    Hasta aquí hemos establecido la dicotomía entre el tiempo pensado y el tiempo real en la base del origen del deseo, motor del erotismo que actúa como un lenguaje primigenio en busca de la metamorfosis del yo. Este lenguaje intenta salvar las distancias entre ambas conciencias temporales, lo que supone un éxtasis del sujeto, su objetivación. El erotismo ordena los miembros del cuerpo en un movimiento mecánico, antecede en ello a la razón. Responde a una mecánica de la posibilidad, contrapone al sujeto su otro, la totalidad de sus posibilidades. El erotismo carece de valor.

    Eros se nos presenta a la conciencia como una constante extraña y familiar, es la fuerza que impulsa los razonamientos más coherentes, las actividades más meditadas… Eros es el motor del unísono universal. Hablar de erotismo es hablar de arte. No ese arte de museos ni de exposiciones, sino aquél cultivado por todos desde la niñez para quedar luego aprisionado en el acto reproductor. Como bien advierte Bataille, no todo acto sexual es un acto erótico, y no todo hecho erótico es un acto sexual. En cambio, Erotomía ha recurrido al campo semántico sexual, incluso reproductivo. Ha indagado en la iconografía impresionable, producto quizá del requerimiento y del seguimiento de un tema. Antes que detenerme en los mensajes que algunas obras ofrecen, he analizado el común erótico que subyace en toda actividad y gesto humano por ser engendrado en el cerebro. He preferido no separar el erotismo de la vida de los visitantes, aunque éste se localiza no sólo en esta exposición que ostenta su sagrado nombre, sino en toda muestra creativa y productiva. Expongo sus procedimientos eróticos de elaboración, sus gestos mecánicos, y no las fábulas de Venus y Cupido y las carcajadas que suscitan un pene o un coño. Me interesa más del pornomatón de Diletantes su función de autorretrato (las primeras manifestaciones en la historia del arte fueron vulvas y símbolos fálicos junto a las manos impresas), su preocupación por el sí mismo, más que la creación creíble de un ambiente, un establecimiento a la usanza del nuevo realismo de la Tienda de Ben. Me he centrado, antes que en la patología, en las relaciones entre sujeto y objeto de la pederastia mostrada por las aportaciones de Pierre D. La.

 




 
 
Pierre d. la

 
 
Pierre d. la




 
 
Pornomaratón

 
 
Steve Gibson


    Pensemos en la depilación de puvis grabada en vídeo de Miguel García (I love, definida como "acción pública"), tal y como procedieron Duchamp y Man Ray en 1920 con el de Elsa Von Freytag-Loringhoven, claro está, muy alejados estos últimos de las intenciones de los accionismos actuales. Una polla engrandecida por cúmulos de basura, vergas, condones, vaginas, venus y cupidos minimizan el resultado erótico de los propios procedimientos. Es más interesante que la propia iconografía cómo, habitual en toda su figuración y no solamente en esta exposición, José Luis Cano salva mediante la representación del sexo la separación figuras-fondo. Hay que advertir de la diversidad de procedencias de los participantes, algunos de las artes plásticas, escultura -Steve Gibson-, pintura, fotografía… otros son diseñadores o ilustradores de cómic, caso de Álvaro Ortiz Albero o de Manuel Estradera. Pero en Erotomía, gracias a cierto apego a la iconografía (en unas obras más que en otras), reina una condena y censura sexual, un ambiente de separación de las categorías eróticas -y del arte por tanto- introducido por el body art de B. Naumann o por las corrientes feministas de Carolee Schneemann o Judy Chicago, hijas de Bourgeois y Yoko Ono (así como de Oppenheim o Vostell). No por sus contenidos y teatralidad, insisto, sino por su entrega al drama más shakesperiano, adoptando la máscara de crítica-crítica o autocrítica. ¿No hay mejor servicio a la sociedad? Propongo la construcción de objetos de deseo, la creación de máquinas de cópula que despierten la saliva de los bolsillos, ilustrados, eso sí, con estas bellas palabras expuestas por Pierre D. La junto a los colages de Paco García Barcos:

    "La detenida condensación del mundo [donde ¿yo estoy?] se solapa eternamente en la dualidad"

    Es la constante la que salva las distancias entre las diversas modalidades presentadas (fotografía, ilustración, infografía, artes plásticas), la continuidad que reflejó Isidoro Isou en novelas eróticas como, por ejemplo, Isou o la mecánica de las mujeres (1950), en el que declara su facultad por poseer ininterrumpidamente, es decir, sin las pausas a que los orgasmos obligan.

    Esto no es una critica de arte, no se trata de un análisis con fines académicos, es una manifestación para nuestra constante erótica que gobierna no más en esta exposición, oculta tras los órganos sexuales, sino en todos los ámbitos de la creación humana y de la industria. No sólo visible en la fragmentación del colage, también en los cubitos que surgen por la incidencia agraria desde la informidad de los campos de cereal, la división mental de las partes de un cuerpo por el pensamiento. Con este "texto" he intentado plasmar el enfrentamiento entre dos tradiciones que conviven actualmente en el arte, una mayoritaria y otra minoritaria. Mientras que para ofrecer una muestra actualizada existe la creencia del deber elevarse hasta el concepto, engrandecido por el triunfo de la idea y de los nuevos medios de creación, que si bien prescinde y mira por encima del objeto, sucumbe en cambio a las nuevas temáticas y formas de mímesis, existe otra propuesta latente que estudia las relaciones poéticas del espectador-creador con el objeto: la necesidad de un cuerpo, ensalzando los encuentros y enfrentándose a todas las posibilidades posibles de metamorfosis. Cuanto más nos distanciamos de los mensajes, nuevos o viejos, más nos acercamos a la construcción de un cuerpo humano futuro. Despejando la coherencia entre coños y vergas, hay quienes, en Erotomia, han sabido colocar en un mismo lecho nuevas palabras con viejos objetos, y nuevos objetos con viejas palabras. La cópula es vieja pero siempre fresca, poética.



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