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Últimamente
asistimos a una vertiente muy extendida y significativa en
las exposiciones colectivas. Si bien fueron enormes los esfuerzos
por liberar el arte y la poesía de los contenidos y
de la narración literaria, así como el fracaso
en este mismo sentido del registro cinematográfico,
hoy se impone el tema desde las entidades organizadoras. Ahora
bien ¿quién es el que se acoge al tema, la organización
o el trabajo de los creadores?
Caso significativo ha sido la recién
concluida exposición colectiva Erotomía
(13-30 mayo 2004) en los Antiguos Depósitos Municipales
de Zaragoza, dentro de la programación En la frontera
presentada por el Ayuntamiento, que contempla además
otras exposiciones como Zaragoza de Luxe dentro del
mismo recinto -equipo conformado por Juan Antonio Molina y
Fernando Laguna-, Ketchup, letras y trompetas en el
Antiguo Anatómico Forense, y otras muestras, algunas
repartidas por otros espacios de la ciudad no ocupados antes
por creaciones artísticas.
El título Erotomía
(acompañado de dos rombos a la usanza de la antigua
televisión) se propuso sin más (aún con
la referencia sígnica televisiva), neologismo que alude
al erotismo y al cuerpo. Si bien pudieran parecer ambos términos
absolutamente imbricados, no se pueden establecer unas analogías
inmediatas, puesto que el cuerpo refiere al orden físico
mientras que el erotismo difícilmente existe sin la
percepción del intelecto, tal y como lo han defendido
multitud de autores desde diferentes terrenos, desde Julius
Evola o George Bataille hasta Wilhelm Reich. Es más,
el erotismo resulta ser uno de los medios de conocimiento
más esenciales en el ser humano si atendemos a la máxima
tantas veces defendida por Bataille: "En la conciencia
del hombre, el erotismo es lo que dentro de él pone
en cuestión al ser".
Las conexiones entre erotismo y cuerpo
se deben a dos aspectos fundamentales: la materialización
de un deseo de procedencia mental, y la fisicidad del objeto
que despierta tal deseo. La capacidad mental del hombre no
escapa a la necesidad de fragmentación analítica,
lo que no supone más que una incapacidad ante la evidencia
de la continuidad de un tiempo, definido como tal desde el
momento en que se presentó inaprensible. Y tal y como
narra el Génesis del Antiguo Testamento,
es en el origen de la voluntad de este animal -lo que trajo
como consecuencia el Pecado Original- cuando fue delimitada
esta condición: el saber de la efimeridad de su existencia.
De este gran suceso se deriva la funcionalidad procreadora
del sexo, deduciendo, nosotros lectores, lo lúdico
de su práctica en el interior del Paraíso, ya
que desde entonces el hombre y la mujer -a pesar de su eternidad
primigenia-, a diferencia de los ángeles, estaban dotados
de un sexo que requiere de otro para su satisfacción.
Pero la principal consecuencia de
este pasaje crucial fue la necesidad creciente de conocimiento,
allá donde quedó concentrada toda la banalidad
del juego, así como de sus propias facultades, de lo
que deriva el gesto púdico de ocultarse con vegetales
en presencia del Padre Creador. Podemos afirmar que el ser
humano lo conoce todo menos a sí mismo, puesto que
reserva su persona como modelo de conocimiento por negación
y ultimo eslabón en vistas de una feliz resolución
(la Segunda Venida de Cristo). Por ello no conoce nada, y
la razón se estabiliza como un proceso negativo -arma
de la burguesía frente a la arbitrariedad de los estamentos
del Antiguo Régimen-, contra la imposición positiva
de las afirmaciones de la fe.
Sin embargo, el medio de conocimiento,
selección del objeto, depende de un impulso igualmente
arbitrario: el deseo, ya que el Divino Marqués, el
Marqués de Sade, su ferviente defensor, fue sin duda
alguna el último y más radical de los racionalistas
del Siglo de las Luces. El deseo es la necesidad de materialización
del sujeto en posibles objetos, es la sed de unión
de ambos. De ahí que, en una primera época del
racionalismo, llamémosla la construcción de
su corpus, las artes acrecentaron en ciertos crepúsculos
durante el siglo XIX la mímesis, una fusión
inaudita de la razón con la realidad en un primer intento
de reificarla, alcanzando su paroxismo en las aproximaciones
a los cambios de la luz de los impresionistas para, posteriormente,
gracias a la sugerencia de los colores de Van Gogh y al simbolismo
primigenio del color de Gauguin y los nabis, defender una
dialéctica entre la materia y el sujeto hasta desembocar
con Schwitters, su Merz y la toma de la cotidianeidad,
en la consideración del arte como un medio, previo
incluso a la fe de la religión, de valoración
de la realidad.
Retomemos las consideraciones de Bataille:
"El erotismo, como dije, es, desde mi punto de vista,
un desequilibrio en el cual el ser se cuestiona a sí
mismo, conscientemente. En cierto sentido, el ser se pierde
objetivamente, pero entonces el sujeto se identifica con el
objeto que se pierde". Y observemos en la muestra fotográfica
de la serie de Carmen Molinero "Si posas mucho tiempo
entre los objetos, acabas convirtiéndote en uno de
ellos" expuesta en Erotomía, la cual no
se plantea como una advertencia a pesar de la apariencia del
título, sino como una invitación al viaje de
ensueño que supone la exteriorización del ser
en la materialidad del soporte fotográfico. En la distinción
que realiza Juan Eduardo Cirlot entre erotismo y pornografía,
establece dos niveles de un mismo proceso aludido en otras
páginas de su libro El mundo del objeto de la luz
del surrealismo, la unión sujeto-objeto, ya que
la pornografía "es más profunda" por
creer el erotismo en "la fusión de los seres en
el alma universal", mientras que la primera no distingue
"entre un muslo y un zapato", aunque debamos advertir
de la oscura implicación que Cirlot constata, de la
máquina dentro de esa confusión de la yuxtaposición.
Molinero, mediante la revelación de la máquina,
diseñada por el hombre para materializar los instantes,
único modo propio de captar la realidad y poder pensarla,
memorizarla (sigo la filosofía de Bergson), frente
a la evidencia de un tiempo sensible, propone una inversión
en la excitación de nuestra cosificación. Oigamos
de nuevo a Bataille:
"Somos seres discontinuos, individuos
que mueren en una aventura ininteligible; pero nos queda la
nostalgia de la continuidad perdida",
lo que nos permite entender las implicaciones de la reproducción
-sexo funcionarizado- con lo sagrado y la muerte: "la
reproducción hace entrar en juego a unos seres discontinuos
(
) La reproducción encamina hacia la discontinuidad
de los seres, pero pone en juego su continuidad; lo que quiere
decir que está íntimamente ligada a la muerte".
Pensemos en la Natividad presentada en nuestra exposición
por Luan Mart en soporte fotográfico, un belén
enmarcado en un sexo femenino. Instantánea que alberga
el acto de la única continuidad posible. Está
claro que, hoy por hoy, no se puede entender el arte sin contraponer
la iconografía con el propio procedimiento, registro
o técnica elegida para su desarrollo, sea impresión
mecánica o la descomposición pitagórica
de los dígitos.
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José
Luis Cano |
Miguel
Angel Ortiz Albero
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Miguel
García |
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Aún siendo en apariencia contrarios,
la reproducción es la clave del erotismo, puesto que
anhelan ambos la continuidad de la que el sujeto no es poseedor.
Los dos consisten en un acto de muerte y superación
al mismo tiempo, se enmarcan en un único conjunto dialéctico:
sujeto y objeto. Pierre d. la muestra una segunda versión
de su "Amor sexo asesinato" concebida por primera
vez en enero de 1998 dentro del grupo ecrevisse. Los
objetos como restos de las ofrendas enviadas entre amantes,
los intentos de agarrar lo continuo efímero (los anzuelos),
la mutilación (vello púbico cortado) y la ausencia
del amor en su intento de materialización, concepciones
alcanzadas desde la disparidad de los dos registros (el plástico
y el escrito). La pederastia de Mister XIII dentro
del concepto de autorretrato (firmado como "Pierre monstruo
d. la") y de El premio de Marisa, con poemas de
este mismo autor y colages de Paco García Barcos, serie
de imágenes fracturadas mediante cortes irregulares
que muestran la necesidad de descomposición a la que
responde esta técnica y su implicación con el
erotismo por las imágenes obscenas presentadas, nos
hablan de la unión de la edad madura y de la niñez
emergente en una relación pedófila que une los
dos polos del enlace: la seguridad de la muerte del sujeto
con la corrupción del objeto inmaculado, siendo el
triunfo del objeto al gobernar el gesto en su resultado y
exhibición final. Sumemos a estos ejemplos los colages
de Nacho Bolea, como es constante en su producción,
además de la tergiversación de imágenes
de Óscar Sanmartín y Cristian Losada, con dos
obras de este último muy significativas de cara a las
relaciones del erotismo con la religión al invertir
el comienzo y el final de la Biblia: La Salvación
y La caída.
De
hecho, el colage guarda connotaciones de cópula muy
importantes por localizar la belleza surrealista de Lautréamont
en la unión de dos imágenes dispares, fundamento
de la producción de Max Ernst tal y como él
mismo explica. Dos imágenes distantes, amante y amado,
sujeto y objeto.
La relación entre erotismo
y muerte la encontramos de manera más evidente en la
obra de Paco Rallo: Objetos y símbolos de Eros y
Thánatos, montaje de objetos con lectura lineal
occidental -hay que sumar la presencia de un crucifijo, la
religión cristiana, según Bataille la menos
religiosa de todas por su oposición al erotismo- alternando
instantes referentes a la muerte y al erotismo. Dispuesta
en una esquina desdobla su horizontalidad en un ramo de flores
inferior, ofrenda amorosa y de muerte, y en un crucifijo exvoto
mejicano realizado con fragmentos de orantes de estaño
y con partes anatómicas referentes a curaciones milagrosas
(ya presentado en el montaje homenaje a Luis Buñuel
en Calanda en 2000). El resto se estructura mediante el color:
los constructivos del neoplasticismo para los objetos -blanco
aséptico en la primera viñeta para el cráneo
de una oveja, y el negro del crucifijo- junto a los colores
vivos atribuidos a Eros en impresiones de infografías
previas, cuyos dígitos pasan a ser el resultado del
desvelamiento de un desnudo. Es enorme en esta composición
la unión de los símbolos con los objetos y los
elementos esenciales a la plástica, sin crear una independencia
que, si bien los lenguajes actuales puedan presentarse más
actuales, acerca a éstos a los peligros de los contenidos
temáticos por poner la producción al único
servicio de un mensaje separado.
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Oscar
Sanmartín |
Paco
Gª Barcos y Pierre d. la
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Paco
Rallo |
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Nos queda retomar la función
de la máquina con el gesto erótico, por lo que,
además de mencionar el servicio que prestan fotografía
e infografía, hablaremos del montaje de Miguel Ángel
Ortiz Albero (Michel A. Zone en su pertenencia al grupo ecrevisse),
que integra anteriores piezas referentes a su propio pasado,
como una de las cajas "Desnudo tal vez puesto en escena",
que él denomina "caja alma". La novedad en
esta pieza es la asociación con un mando mecánico
que anhela ponerla en funcionamiento mientras que, el centro
del montaje, constituyendo como es habitual en sus obras un
tríptico, sistematización en tres partes (número
espiritual) del retrato, su interior lo constituye un libro
con la palabra "eros", el mecanismo que permite
la materialización del yo. Este libro de imposible
lectura, el desconocido e inalcanzable ser como el tiempo
continuo, se presenta cerrado por un candado sin llave (accionamiento
mecánico irrealizable). Los objetos estructuran la
presentación y eros supone la constante de los movimientos
de semejante mecanismo. Louis Aragon, autor muy considerado
por Miguel Ángel, en El Coño de Irene
reconoce su necesidad de abordar con la escritura el erotismo,
admirando a aquellos que lo practican sólo mediante
su lenguaje intrínseco. Emparenta la práctica
erótica con el lenguaje escrito. El lenguaje es la
constante mecánica que permite la manifestación
y Ortiz Albero aborda la máquina para revelar ese erotismo,
construyendo un aparato retrato dispuesto para ser activado.
Pensemos en las máquinas de funcionamiento erótico
de Bryen, en la manipulación según los esquemas
mentales del deseo de Hans Bellmer del cuerpo femenino de
una muñeca, en la fotografía de Moliner, la
fragmentación de lo concreto en la obra del surrealista
sueco Svanberg
El erotismo constituye uno de los medios
mecánicos y constantes fundamentales de exteriorización
del ser, previo a la inducción y a la deducción.
La máquina establece los nexos entre el sujeto dispuesto
a autorretratarse y los objetos amados que harán de
máscara, su muerte en la solidificación de sus
presencias, resolución de la incertidumbre del tiempo
en la representación del instante mediante el objeto.
Nueva relación entre el deseo y la muerte que llevó
a Paco García Barcos y a Pierre d. la a golpear duramente,
hasta despedazar, los sexos y senos -y curiosamente las cabezas-
de una colección de maniquís del Ayuntamiento
para que posasen en nuevas composiciones obedientes a un determinado
momento de euforia, en el exterior del Antiguo Anatómico
Forense dentro de la exposición ahí albergada.
Hasta aquí hemos establecido
la dicotomía entre el tiempo pensado y el tiempo real
en la base del origen del deseo, motor del erotismo que actúa
como un lenguaje primigenio en busca de la metamorfosis del
yo. Este lenguaje intenta salvar las distancias entre ambas
conciencias temporales, lo que supone un éxtasis del
sujeto, su objetivación. El erotismo ordena los miembros
del cuerpo en un movimiento mecánico, antecede en ello
a la razón. Responde a una mecánica de la posibilidad,
contrapone al sujeto su otro, la totalidad de sus posibilidades.
El erotismo carece de valor.
Eros se nos presenta a la conciencia
como una constante extraña y familiar, es la fuerza
que impulsa los razonamientos más coherentes, las actividades
más meditadas
Eros es el motor del unísono
universal. Hablar de erotismo es hablar de arte. No ese arte
de museos ni de exposiciones, sino aquél cultivado
por todos desde la niñez para quedar luego aprisionado
en el acto reproductor. Como bien advierte Bataille, no todo
acto sexual es un acto erótico, y no todo hecho erótico
es un acto sexual. En cambio, Erotomía ha recurrido
al campo semántico sexual, incluso reproductivo. Ha
indagado en la iconografía impresionable, producto
quizá del requerimiento y del seguimiento de un tema.
Antes que detenerme en los mensajes que algunas obras ofrecen,
he analizado el común erótico que subyace en
toda actividad y gesto humano por ser engendrado en el cerebro.
He preferido no separar el erotismo de la vida de los visitantes,
aunque éste se localiza no sólo en esta exposición
que ostenta su sagrado nombre, sino en toda muestra creativa
y productiva. Expongo sus procedimientos eróticos de
elaboración, sus gestos mecánicos, y no las
fábulas de Venus y Cupido y las carcajadas que suscitan
un pene o un coño. Me interesa más del pornomatón
de Diletantes su función de autorretrato (las
primeras manifestaciones en la historia del arte fueron vulvas
y símbolos fálicos junto a las manos impresas),
su preocupación por el sí mismo, más
que la creación creíble de un ambiente, un establecimiento
a la usanza del nuevo realismo de la Tienda de Ben.
Me he centrado, antes que en la patología, en las relaciones
entre sujeto y objeto de la pederastia mostrada por las aportaciones
de Pierre D. La.
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Pierre
d. la |
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Steve
Gibson |
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Pensemos en la depilación de
puvis grabada en vídeo de Miguel García (I
love, definida como "acción pública"),
tal y como procedieron Duchamp y Man Ray en 1920 con el de
Elsa Von Freytag-Loringhoven, claro está, muy alejados
estos últimos de las intenciones de los accionismos
actuales. Una polla engrandecida por cúmulos de basura,
vergas, condones, vaginas, venus y cupidos minimizan el resultado
erótico de los propios procedimientos. Es más
interesante que la propia iconografía cómo,
habitual en toda su figuración y no solamente en esta
exposición, José Luis Cano salva mediante la
representación del sexo la separación figuras-fondo.
Hay que advertir de la diversidad de procedencias de los participantes,
algunos de las artes plásticas, escultura -Steve Gibson-,
pintura, fotografía
otros son diseñadores
o ilustradores de cómic, caso de Álvaro Ortiz
Albero o de Manuel Estradera. Pero en Erotomía,
gracias a cierto apego a la iconografía (en unas obras
más que en otras), reina una condena y censura sexual,
un ambiente de separación de las categorías
eróticas -y del arte por tanto- introducido por el
body art de B. Naumann o por las corrientes feministas
de Carolee Schneemann o Judy Chicago, hijas de Bourgeois y
Yoko Ono (así como de Oppenheim o Vostell). No por
sus contenidos y teatralidad, insisto, sino por su entrega
al drama más shakesperiano, adoptando la máscara
de crítica-crítica o autocrítica. ¿No
hay mejor servicio a la sociedad? Propongo la construcción
de objetos de deseo, la creación de máquinas
de cópula que despierten la saliva de los bolsillos,
ilustrados, eso sí, con estas bellas palabras expuestas
por Pierre D. La junto a los colages de Paco García
Barcos:
"La
detenida condensación del mundo [donde ¿yo estoy?]
se solapa eternamente en la dualidad"
Es la constante la que salva las distancias
entre las diversas modalidades presentadas (fotografía,
ilustración, infografía, artes plásticas),
la continuidad que reflejó Isidoro Isou en novelas
eróticas como, por ejemplo, Isou o la mecánica
de las mujeres (1950), en el que declara su facultad por
poseer ininterrumpidamente, es decir, sin las pausas a que
los orgasmos obligan.
Esto no es una critica de arte, no
se trata de un análisis con fines académicos,
es una manifestación para nuestra constante erótica
que gobierna no más en esta exposición, oculta
tras los órganos sexuales, sino en todos los ámbitos
de la creación humana y de la industria. No sólo
visible en la fragmentación del colage, también
en los cubitos que surgen por la incidencia agraria desde
la informidad de los campos de cereal, la división
mental de las partes de un cuerpo por el pensamiento. Con
este "texto" he intentado plasmar el enfrentamiento
entre dos tradiciones que conviven actualmente en el arte,
una mayoritaria y otra minoritaria. Mientras que para ofrecer
una muestra actualizada existe la creencia del deber elevarse
hasta el concepto, engrandecido por el triunfo de la idea
y de los nuevos medios de creación, que si bien prescinde
y mira por encima del objeto, sucumbe en cambio a las nuevas
temáticas y formas de mímesis, existe otra propuesta
latente que estudia las relaciones poéticas del espectador-creador
con el objeto: la necesidad de un cuerpo, ensalzando los encuentros
y enfrentándose a todas las posibilidades posibles
de metamorfosis. Cuanto más nos distanciamos de los
mensajes, nuevos o viejos, más nos acercamos a la construcción
de un cuerpo humano futuro. Despejando la coherencia entre
coños y vergas, hay quienes, en Erotomia, han
sabido colocar en un mismo lecho nuevas palabras con viejos
objetos, y nuevos objetos con viejas palabras. La cópula
es vieja pero siempre fresca, poética.
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