EL POLLO URBANO
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El Pollo Urbano para el Gigante y el Enano


La chati de Casbas te deja leer la sentencia del "Caso Progea"
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Nº 92 (3ª Epoca) Extra Verano: Julio, Agosto y Septiembre 2008. Zaragoza. 
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EL POLLO URBANO
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Por Manuel Sogas


- El universo de Pepito
- La pintura de sólo Pepa
- Dos pueblos que no tienen tonto
- Pensar para vivir
- Aritmética legal y lógica
- Sólo porque ella me lo ha dicho
- Briñas
- Antoñito el loco
- Los zapatos del príncipe

- La llamada de teléfono
- Mirando al sur
- La carcel de Torrero
- El hijo de don Teodoro
- La estatua de Juanito
- Navidad sin niño Dios
- La marioneta Teresa
- La mujer negra de olor a flores
- El espacio vital
- El pato negro del canal
- La balanza del amor
- Una noche ella
- Dos meses y dos noches
- Tiempo quieto
- Juego de niños


EL UNIVERSO DE PEPITO

(22)

    Pepito de niño, hacia de eso muchos años: treinta, cuarenta, cincuenta o más, jugaba como jugaban entonces los niños en su pueblo: a tractores, cogiendo una tapadera de cacerola entre las manos, convirtiéndola con el mágico poder de la imaginación en el volante del tractor, y corría tras ella acompañado por el ruido del motor que simulaba con la boca: ¡ruúmm, ruúmm, ruúmm! Y así recorría una y otra vez todo el contorno del pueblo que para él constituía todo el universo.

    Cuando dejó de ser niño y sin saber cómo, se halló en la cima de una de las montañas que circundaba el pueblo, y desde aquella altura descubrió que el universo era infinitamente más ancho y extenso de lo que él había visto. Vio muchas más cumbres, algunas borrosas, muy lejos, otras más cercanas y monumentales, valles, acantilados, ríos y vaguadas, caminos y senderos.

    Ante aquel inédito universo misterioso que se extendía bajo sus pies y que ni siquiera era capaz de abarcar con la vista, primero sintió asombro y extrañeza, y después miedo, un miedo espantoso que le hizo temblar.

    Bajó tembloroso y cargado de miedos de aquella cima que le hacía intuir que el mundo era muchísimo más de lo conocido por él, pero no quiso salir de lo que le era conocido y familiar.

    Desde entonces Pepito hace los mismos recorridos que hacía de niño, de una a otra punta del pueblo, pero triste y cabizbajo, con pasos lentos, pesados, porque ya no es un niño para seguir jugando a tractores con la tapa de cacerola.


LA PINTURA DE SÓLO PEPA
(19)

    De esta enigmática pintora sabemos poco. Es seguro que nació en la Comarca del Noroeste, en el pueblo de Los Cruces Santos, su patria chica, a la que amó cuanto pudo antes y después de la rabiosa especulación que se ensañó con aquellas tierras.

    Sin embargo, como lo poco que de ella sabemos y que se dice a continuación, todos tendremos lo suficiente como para saber a qué atenernos.

    Hay diversas y encontradas opiniones acerca de su obra. Una, la que mantienen los más doctos es que Sólo Pepa fue pintora. Buena pintora, eso sí, pero nada más. Otra, la que sostenemos los menos es que dada su singular y extraordinaria noción de la realidad, no pintaba, sino que de sus pinceles, cual diosa creadora, todo lo que salió fue carne viva.

    Si mantenemos tan heterodoxa aseveración se debe a que observada in situ su única obra, "La noche que viene", guardada como oro en paño en lo sótanos municipales de su pueblo natal, que ya ha sido mencionado, se notan unos escalofríos que se meten por las médulas, quizás como premonición de los tiempos que vienen, es para ser notado como nos aconteció a nosotros, y no contado.

    Nada más sabemos de Sólo Pepa, excepto que la Policía Local la anda buscando desesperadamente desde hace tiempo, dado que pintar realidades tan crudamente como lo hace, pone en inminente peligro de derrumbamiento todos los sistemas que nacen de la mentira, y ésta se ha de mantener a toda costa, para que puedan seguir haciéndose especulaciones inmobiliarias.



DOS PUEBLOS QUE NO TIENEN TONTO
(18)

    Todos los pueblos tienen un tonto oficial, pero a regla sociológica tan universal faltan solo dos: mi pueblo, Isla Mayor, del que hace años falto, y el histórico municipio de Caspe, porque el tonto que tenía y que lo era desde la misma noche de relámpagos y truenos en que su padre lo emboquilló, tiempo hace que vive en Zaragoza.

    El tonto ese que vivía en Caspe creía que a los ricos los hacían las cigüeñas de Paris de una madera especial, y que no era la riqueza en general, producto del robo, la usura, la rapiña y a veces si la fortuna era muy gorda, de todo ello junto y escrito con mayúsculas, incluido el crimen.
Creía también el tonto ese que vivía en Caspe que una cabeza con pelo bien ajustado al cráneo y embadurnado de brillantina, era una cabeza bien pensante, y por supuesto, de rico.

    Decía el tonto ese que vivía en Caspe que los gorriones meaban, pero como según él los gorriones eran los pájaros mas ricos del mundo y de muy buenas maneras, como todos los ricos, esa era la razón, decía él, por la que no hacían cosas feas delante de la gente, ¡pero vaya si meaban!

    Y como no hay mal que mil años dure ni tontería que no vaya a más, dejó de ser tonto el tonto ese que vivía en Caspe, para convertirse, pobrete nuestro, en tonto entontecido, y empezó a comer ajos insípidos, porque le hacían los eructos inodoros después de comer judías con oreja de cerdo en los meses de verano, como los ricos, decía el tonto entontecido, el tonto que fue de Caspe.


PENSAR PARA VIVIR
(17)

    El ayer no existe, se ha ido, de lo que fue no queda más que el recuerdo, un pensamiento vivo que lo mantiene erguido. El mañana no es otra cosa que un pensamiento echado hacia adelante. Vivir es el pensamiento activo: recordar.

    En el Paso, un bar como cualquier otro, antes de sentir sus labios tímidos y finos, y antes de que nuestras lenguas todavía indecisas rozaran su tibiezas, ella había aspirado profundamente, y el aire aspirado por entre sus dientes blancos como la cal, fue la caricia suave de la brisa entre los álamos del río, donde por primera vez estuvimos el uno dentro del otro, donde ella dijo y yo asentí, que nuestro amor era limpio.

    La sensación hercúlea de tener todo en mis brazos, cuando su espalda contra mi pecho, abrazándola de pie como niños en la plaza de aquel pueblo soriano, minúsculo, en una punta de la Provincia, oyendo extasiados como el Cuentacuentos de Berlanga J.C., nos pintaba las andanzas de su Hombre Invisible.

    Despidiéndonos le hacíamos trampa al tiempo, creíamos hacérsela, porque vanamente pretendíamos detenerlo, ella en silencio y yo sin decir nada, en la calle, con las manos entrelazadas. Yo pensando que hasta la próxima vez que nos viéramos faltaba menos, ella rota por dentro, viendo el otro calvario hasta llegar a su casa, donde le esperaban sus hijos y el marido, rezumando lágrimas sus ojos…

    Estos recuerdos, parejos, aunque de otra naturaleza, con los de mi padre y niñez, no quiero perderlos. No quiero morir sino cuando muera.



ARITMETICA LEGAL Y LÓGICA

(12)

    El reparto de la producción social se realizó según costumbre, que es lo más arraigado, la ley más vieja y fija de todas, la ley escrita que se mueve según gusto del legislador, y según la aritmética que es mano de santo para justificar según qué.

     Según esto el Contador General del Pueblo contó y repartió lo producido: mitad para él, por ser cabeza de pueblo, y otra mitad para el pueblo. De los cuatrocientos granos producidos, pues, mitad para él: doscientos, y otros tantos para el pueblo que, contento y conforme con el reparto, celebró sus Fiestas Grandes de Agosto.

     Seiscientos granos produjeron al año siguiente, que como siempre el Contador General se llevó el doble del anterior, o sea, cuatrocientos, y los otros doscientos que sobraron se repartió entre el pueblo que ganó lo mismo del año anterior.

     Y todos contentos, el Contador por recibir el doble, según leyes y aritmética, y el pueblo por recibir lo mismo. Y todos a sus celebraciones de Agosto que fueron muy sonadas por toda la Comarca.

     El tercer año hubo cosecha extraordinaria como nunca la hubo habido. Ochocientos fueron los granos producidos, y el Contador repartió con rigurosidad extrema. Así que se quedó con el doble del año anterior, que como fueron cuatrocientos el año pasado, ahora le tocaban ochocientos, y se embolsó los ochocientos granos producidos, o sea, toda la cosecha y, al pueblo nada. Este no quedó contento, pero sí conforme, porque las leyes y aritmética así lo establecían.


SÓLO PORQUE ELLA ME LO HA DICHO

(11)

    Vuelvo a leer a Rosa Montero sólo porque M. me lo ha dicho.

     En todos los escritores según Rosa Montero, y ahí se ve que yo no lo soy, o al menos en la inmensa mayoría de ellos, hay una tragedia de niñez que late bajo sus plumas, y que les impulsa luego a dar vida a la vida, esto es, a escribir.

     Al escritor le es dada la autoridad para mudar la piel, para hacerse otro o, no hacerse, pero no es trágica su existencia.

     Si acaso fuera algo el escritor no sería, no podría ser otra cosa que un redondo embustero. Y, no porque la vida misma, eso que llaman realidad, sea una maciza mentira, sino porque sin retorcer la idea que nace en su cabeza, sin exprimir el hecho que acontece a su alrededor, sin sacar de donde no hay, el escritor es nada.

     Y, no conviene confundir al escritor que echa mano de la mentira, como instrumento habitual de trabajo, para hacer lo falso verdadero, con aquel otro que también escribe, pero a sabiendas de que el puchero que tiene asegurado, le llega porque los meneos que le da a su pluma están en función y al ritmo de la sinfonía que toca el señor al que sirve.

     No hay, pues, tragedia en el escritor en tanto que tal, a pesar de lo que diga Rosa Montero. La hay verdaderamente en el hombre entero que desde niño, porque lo vio en su padre, y sabiéndolo imposible a medida que le entraba la razón, intentó hacer de verdad la verdad, o en aquel otro intento cuando ya no era niño, no menos imposible, de estar con ella algún día sabiendo, que definitivamente decidió seguir con su marido.



BRIÑAS

Noches frías,
madrugadas negras,
entre casas de piedra
y lloviznas.
En la plaza del pueblo,
en Briñas.
Llegabas tú.
yo, te esperaba.
Se hacían candentes las noches frías,
y las madrugadas blancas,
con nuestros besos y caricias,
con palabras y miradas,
y con promesas,
con suspiros.
En nuestro sitio,
en la alameda,
junto al río.
Entre el puente romano
y el pueblo.
En Briñas.



ANTOÑITO EL LOCO

(10)

    Antoñito El loco, como se le conocía en el pueblo, no tenía nada especial que le distinguiera del resto sus vecinos, salvo la manía acentuada de mirar las cosas con el único propósito de entenderlas.

     No veía lógico, pero esto era lo que veía Antoñito, que habiendo alimentos abundantes y de sobras mucha gente pasara hambre; que habiendo medicinas de sobras mucha gente uno sanara; que habiendo miles de viviendas vacías mucha gente viviera en la calle.

     En el delirio extremo de la locura de Antoñito, pensaba y, lo que ya era insoportable, lo decía además, que si todo estaba ordenado y bien ordenado, y a su vez todo era manifiestamente mejorable, bastaría con cambiar el orden establecido para que todo funcionara mejor, y esto fue su perdición y el motivo que origina la presente historia, pues le dio a Antoñito por decir que había que cambiar el orden del alfabeto griego poniendo la letra a donde estaba la z, y ésta donde estaba la letra a, pues creía que de ésa manera todos empezarían a hablar de otra manera, y por consiguiente, todos también empezarían a actuar de otra manera, puesto que según su decir, antes de hacer siempre se empieza por hablar.

     Y enterado el Alcalde de semejante proposición para empezar a cambiar cosas, según la locura de Antoñito, le entró un sofoco tan monumental, que mandó publicar un Bando General al tenor de las leyes establecidas, para que fuera prontamente detenido y llevado a su presencia de inmediato, incluso vivo, si fuera menester.



LOS ZAPATOS DEL PRINCIPE

(8)

    Se avecinaba un evento de Estado de primera magnitud, y al Príncipe había de comprársele zapatos de acuerdo a evento y rango regio. Habían de ser muy caros, muy caros y originales, pues era de común conocimiento que a mayor gasto del Príncipe más contento, alegría y felicidad en los súbditos del Reino.

     Tres Aviones de las Fuerzas Aéreas Especiales de los cuatro que había dedicados a la defensa patria, fueron fletados con rumbo al África Negra, llevando en sus panzas a los mejores cazadores del Reino, avispados ojeadores, asesores comerciales, diplomáticos, expertos en asuntos africanos, barriles y cajas de cerveza y buenos vinos.

     En lo más Negro del África Negra cazaron los cazadores uno de los dos únicos animales que quedaban de aquella especie, con lo que la originalidad de sus zapatos se sellaba para siempre.
El mejor guarnicionero del Reino cobró por coser los zapatos del Príncipe, lo equivalente a año y medio de salario mínimo interprofesional, que era de los más justos y elevado de los reinos del entorno.

     Más contento que unas Pascuas estaba el Príncipe con sus zapatos nuevos, caros, y de originales únicos, que cuando se los fueron a atar se dio cuenta de que tan caros y originales, se hicieron tan altaneros y orgullosos que ni entre ellos se hablaban, ni siquiera al Príncipe, y el Príncipe se enfadó y dejó de hablar y adquirió el tono grave y solemne que correspondía a su rango, y jamás volvió a hablar con nadie, ni siquiera con sus zapatos.



LA LLAMADA DE TELEFONO

(7)

    Todavía guardaba esperanzas. El teléfono de telefónica, color verde, estaba donde siempre, encima del mostrador de madera, al fondo, en un rincón.

    Era la última visita que hacía al viejo bar. Allí, un día perdido en el tiempo recibió José la primera llamada de ella. Fue su voz dulce, aniñada, y de no haber dicho que era casada nadie lo hubiese adivinado por su timbre de voz.

    Su voz aniñada fue el pedernal que prendió en el alma de niño de José, encendiendo la yesca de sus amores guardados, y desde entonces, todos los días esperó el flamear nuevo de aquella voz.
Fue a la hora de la comida cuando ella llamó. Desde entonces José acudió diariamente todos los días. Comía y esperaba su voz.

    El tiempo ido en aquella interminable espera era mucho. Las cosas y situaciones aparentemente inalterables habían cambiado, incluso al viejo edificio del bar le quedaban días de vida, quizás semanas, para dejar de existir, la especulación inmobiliaria le había clavado ya sus dientes.

    El borracho de la cuadrilla que comía con él no estaba, había muerto. También murió el policía expulsado del cuerpo. El maricón de extrema derecha se había ido con su compañero a Palma de Mallorca desde hacia tiempo, y el último componente de todos los que comían juntos, la puta María, que se las entendía con el Consejero de Medio Ambienta, ya vencida del todo por los años era la única que de vez en cuando iba todavía a comer.

    Quedaba sólo lo imperecedero. La voz de ella que ya no oiría jamás.

    * * *

    Manuel Sogas Cotano
    Zaragoza 9 Agosto 2005


MIRANDO AL SUR

(45)

    Llegó otra vez el día de su santo. En aquella tierra, siempre extraña para Esperanza, no era costumbre felicitar las onomásticas, lo hacían más por el cumple años, y además, no era costumbre tampoco felicitar con tarjetas postales como en su pueblo, pero no se resignaba, se hallaba voluntariamente atada con los lazos del recuerdo a su niñez, a su pubertad, a…
Miró el buzón de correos, nada, entre los papeles de propaganda no había nada para ella, suspiró y subió al piso, un cuarto.

     En la salita de estar abrió la ventana, la que daba al Sur, corrió los visillos, blancos como la espuma del mar y la nieve perpetua de la Sierra, se sentó, y en el regazo, acariciaba un fardito de sobres y una postal, atado mimosamente con una cinta de su pelo, de cuando era niña.
Al tacto tibio de su mano aquellos sobres revivían su historia, la historia que queda cuando ya no queda nada, cuando lo sólido de la vida son los recuerdos.

     El le cogió la mano la primera vez un día de Año Nuevo, en el cine, en la sesión de las seis y media de la tarde, temblaron los dos, ella llevó su mano sobre su regazo trasmitiéndose sus calores. Ella no supo que decir, ni siquiera volvió la cabeza para mirarle, él tampoco. Se oprimían las manos. No supieron nada de la película de aquella tarde
Acarició las postales y, especialmente una, la de aquel verso…:

 (Palomita, tú que vuelas
 por las Torres del Pilar,
 anda y dile a Esperanza
 que no la puedo olvidar)

…, que no le hacía falta mirar para saber que decía.

 * * *
 Manuel Sogas Cotano
 Zaragoza 24 Mayo 2006


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LA CARCEL DE TORRERO
(6)

    Seguramente habrá otra nueva guerra civil, porque dicen que cuando se olvida la historia, siempre hay alguien que porque le conviene se empecina en que la historia se repita.

     La cárcel de Torrero la estaban demoliendo las máquinas, y con ello, las grandes empresas de la construcción borraban la historia de un barrio, el de Torrero. En su lugar levantarían enormes y monstruosos y caros bloques de pisos, con permiso de la autoridad que llaman competente.

     Alguna reja de las que guardaban presos, probablemente, acabaría decorando una lujosa vivienda, segunda o tercera, a las afueras de la ciudad, no para recodar nada sino para exhibir el mal gusto, y evidenciar la posibilidad de disponer de mucho en muy poco tiempo.

     En las paredes de la cárcel quedaban todavía las huellas de los disparos tapados malamente con yeso por los propios presos. Las balas de fusil calibre siete noventa y dos, después de traspasar los cuerpos de los fusilados, desconchaban los ladrillos ocres de la pared de la cárcel.
Comieron algunos presos heces y orines propios antes de ser fusilados, pero eso eran trozos de historia que no convenía hacer presentes: hería la sensibilidad del insensible ante los sufrimientos y, sobre todo, quitaba el apetito ante una mesa bien dispuesta.

    O, seguramente, ya no harían falta más guerras civiles. Con una buena domesticación social bien trenzada se podría conseguir lo mismo, o incluso más, y la nueva cárcel bien pudieran ser todas las calles de la ciudad.

* * *

Manuel Sogas Cotano
Zaragoza 8 Agosto 2005

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EL HIJO DE DON TEODORO
(5)

    De casta le llega al galgo. Don Teodoro Espina y del Ronquido era, para terminar pronto, el prototipo de la nobleza de sangre española. Meneo que se le diese a la historia patria, un Espina y del Ronquido que aparecía, cogiendo siempre riquezas que destrozar entre sus manos.

     Llegó don Teodoro a Madrid en la más contundente de las ruinas. De ello se encargó el excelentísimo Duque de Llodio, el cual, en su tierra natal, Córdoba, desparramó en prostíbulos toda cuanta fortuna y hacienda tenía.

     Hubo de vérselas don Teodoro en Madrid con alguna que otra estafa de gran calado y con unas muy buenas gestiones en el Banco de Crédito a la Construcción, de donde obtenía gruesas comisiones.

     Reunió así don Teodoro la inmensa fortuna que hoy le es bien admirada, y logró asegurarle a su primogénito y único hijo Abel Espina y del Ronquido Matute y Zas, oficio seguro en la marina.
Sentía tal animadversión por el agua el hijo de don Teodoro, que desde su más tierna infancia lavarle la cara fue siempre su mayor tragedia.

     Alcanzado el Alto Almirantazgo por parte del hijo de Don Teodoro, gracias a las maniobras de éste, y cuando ya todo lo tenía sin necesidad de justificar nada, en las muchas noches en las que el buen vino le volvía blancas las niñas de los ojos, todavía insistía y mantenía que, siendo Capitán de Navío, el buque que mandaba lo atracó y muy bien atracado en el puerto de Barcelona, y que, si desapareció del puerto buque y tripulación entera, no fue su culpa.

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LA ESTATUA DE JUANITO
                 (4)



    Bebía agua destilada, igual que una batería de automóvil, y todos los días se comía dos manzanas e ingería dos comprimidos energéticos. Le dijo el monitor del gimnasio, al que puntual y diariamente acudía mañana y tarde, que si bebía agua destilada, comía manzanas y se tomaba los comprimidos recomendados, además de realizar las tablas de gimnasia correspondientes, en cuatro días se convertiría en una masa de músculos que sería la envidia y admiración de sus amigos.

      Y Juanito que escaseaba algo de estatura y todavía más de sesos, tomando al monitor del gimnasio por entero y verdadero Dios, cumplía sus dichos como verdaderos mandamientos.
Juanito no saludaba a sus subordinados de la oficina diciéndoles buenos días, sino adoptando artificiosas poses bien para mostrar la disminución de cintura que experimentaba todos los días, bien para exhibir las formas musculosas de sus brazos que, efectivamente iban adquiriendo.

     Se le hundían los ojos en las cavidades ópticas, la piel de sus pómulos cada vez más fina y éstos más saliente y pronunciados, la cintura más estrecha y brazos y piernas perfectamente dibujadas en un tronco bien definido, marcando estrictamente todas sus formas.

     Los subordinados de Juanito en la oficina estaban cada vez más descontentos con el trabajo, porque además de que nadie organizaba las labores, alguien que no se sabía, colocó en la puerta de entrada una estatua de un hombre musculoso, a la que todos los días había que sortear para no toparse con ella.

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NAVIDAD SIN NIÑO DIOS

    En la casa de Belén, María y José, hacían las maletas y todos los preparativos del viaje para la gira pro todos los Belenes del mundo cristiano cuando llegaba la Navidad.

     María comprobaba una y otra vez todo lo que había metido en las maletas, para asegurar que no olvidaba nada, y José con un boli y papel en la mano hacía lo propio, a fin de no cometer errores en los horarios y lugares donde debían tomar los diferentes medios de locomoción.

     El Niño Jesús, sentado en un rincón del comedor de la casa, leía, atentamente, y no sin esfuerzo, una carta que recibió de un niño pobre de Zaragoza, a cuya carta era a lo que más atención le estaba prestando aquella Navidad, desde que el cartero la dejó en el buzón

- De verdad te lo digo, José, éste Hijo tuyo me tiene verdaderamente preocupada con la dichosa carta…, no sé yo si no tendremos algún problema.

-No exageres, mujer. Son cosas de críos, se entretienen con nada…, por cierto, que no te lo había preguntado, de ¿quién es la carta?

-Vete a Saber, José, quien le ha podido escribir. Sólo sé que es de Zaragoza…,y, que está tan mal escrita que en la dirección, aparte de las torceduras de las líneas y de la mezcla que hace de vocales con consonantes, hasta Belén está escrito con v: "Para Jesusico en de Velén", dice la dirección, así que ya te digo…

     Sonrió José al oír lo que le decía María, y llamando a Jesús con un gesto, dijo:

-Bueno, familia, vamos que falta menos de media hora para que pase la caravana de Alí El comerciantes, y ése no espera, eh.

    Llegó la familia a Zaragoza según lo había previsto José, y buscaron cobijo en una pensión de un edificio casi en ruina que estaba en la calle Casta Álvarez, una de las calles más sucias y cochambrosas de la Ciudad, en la que no había más que tres negros, dos rumanos, cuatro ecuatorianos, un polaco y dos zaragozanos viejos, todos ellos pobres.

-Yo voy a buscar al niño que me escribió, vive por aquí cerca, y os esperaré en el Portal del Belén en el que vamos a estar, un poco antes de que den las doce. -dijo Jesús.

-De acuerdo, pero no te entretengas y sé puntual -advirtió José.

-Ten cuidado con los coches que van como locos, pasa los cruces por lo semáforos, no te vayan a atropellar…, ah!, y cuida por el pavimentos del Mercado Central que está muy resbaladizo, no sé a quién se le pudo haber ocurrido poner semejantes baldosas en el suelo… Y, ten presente que esta noche es Nochebuena, no vayas a llegar tarde. -añadió María.

     El Portal de Belén que habían montado los operarios de la Diputación en la Plaza de España en verdad era hermoso, pero sobre todo, más grande que hermoso, y en todo él, aparte del pesebre, la mula y el buey que parecían vivas, lo que mas destacaba eran las nubes, como vaporosos algodonales sobe un azul limpio, como si se hubiera trasplantado un pedazo de cielo en el Belén, que pintó uno de los mas afamados pintores de Zaragoza, Juan Carlos.

     Cuando María y José llegaron ante él, quedaron maravillados del derroche de ingenio y trabajo que había puesto en aquel Portal.

     Jesús y sus amigos, que igualmente se habían acercado para verlo antes de que empezara oficialmente la Navidad, también quedaron prendados del realismo que manaba de aquello que representaba el nacimiento del Niño Dios.

-Todavía faltan más de tres horas para la doce de la noche, Jesús -dijo Quintín, el niño que le había escrito la carta-, podíamos jugar un ratillo hasta que te tengas que ir al Belén.

-No es mala idea -respondió Jesús. Y dirigiéndose al resto de la cuadrilla que les acompañaba, añadió: Oíd, lo que ha dicho Quintín, si queréis nos podemos quedar jugando por aquí cerca hasta que me tenga que ir al Belén, y así de paso me enseñáis a jugar con vuestros juegos…, a ese de las canicas, por ejemplo.

     Las doce de la noche estaban a punto de dar en el reloj de la Diputación, y las gentes muy abrigadas, camino de la Misa del Gallo, miraba al Portal de Belén que ya estaba iluminado, y María y José, en sus correspondientes puestos dentro del Portal, se sonrojaban levemente y entrecortando un poco sus respiraciones, al notar que las gentes que por allí pasaba les empezaban a mirar con devoción.

-Me preocupa este chico, José. Mira la hora que es, falta menos de un minuto para las doce y sin llegar. Mira, la cuna vacía, José…

-No te preocupes, María, Jesús no ha faltado nunca a ningún en Belén en ningún sitio…, llegará, ya lo verás.

-¡Si, sí…, legará, llegará…! -dijo María visiblemente nerviosa y preocupada- A mi me va a dar algo, eh. De verdad de lo digo, José. A lo mejor le ha pasado algo…

     Debajo de la tarima del Portal, Jesús y sus amigos jugaban, mientras escuchaban la conversación de María y José.

-Tú, Jesusíco, no les hagas caso. Quédate aquí con nosotros que no teneos ni cena buena ni nada, nuestros padres no tienen dinero -decía Quintín-, y éste -prosiguió diciendo señalando a una o de l acuadrilla-, el Morancho, no tiene ni padre, está en la cárcel.

     Dieron las doce en el reloj de la Diputación, y arreciaron los cantos alegres y emotivos de los villancicos, y devotamente, en todas las iglesias y parroquias de Zaragoza, en la Misa del Gallo, se celebraba el Nacimiento del Niño Dios, y, ¿Jesús, que no estaba en el Portal de >Belén con sus padres.

     Después de la Misa las gentes volvían a sus casas y se paraban a ver el Portal. Admiraban la bonita figura de la castañera, y la del Ángel de la Anunciación, y la de los Reyes Magos y sus pajes que iban a adorar al Niño Dios, y la de la lavandera en el río, y la de los pastores llevando sus ofrendas, y los peces decolores, y la del leñador, y las de las ovejas y corderos…

-Ves, Jesusíco, como yo tenía razón en la carta -decía Quintín-, que la gente no se fija en ti, y l agente celebra la Navidad estés o no estés en el Portal.

-Tienes razón -contestó Jesús-. Venga, tira tú…, y además, con vosotros me lo paso pipa.

-¡Vale! -exclamó Quintín- Tú, con nosotros, Jesús…, tiro, ahora me toca a mí.

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LA MARIONETA TERESA

(3)

    De una caja de cartón vacía, el Titiritero enamorado y amante de su trabajo, hizo una marioneta a la que le puso por nombre Teresa.

    Tan perfecta y bonita hizo el titiritero la marioneta, que ésta parecía tener vida propia. De tal modo lo parecía, que se lo creyó hasta el punto de olvidar por completo, que si se movía y cobraba vida era porque el Titiritero le movía los hilos que le daban movimiento.

    La forma, gracia y naturalidad de los movimientos de Teresa hicieron que cualquiera que la mirase quedara prendada de ella, y así, pasando el tiempo creyó no necesitar a nada ni a nadie y quiso hacerse independiente del titiritero.

- No quiero estar más contigo -le dijo un día Teresa al Titiritero.
- Teresa -le respondió con dulzura el Titiritero-, sin mí no puedes vivir. Soy el que te creó y el que te da toda la vida que tienes.
- ¡No! -exclamó altanera Teresa-, córtame los hilos, quiero vivir sola.
- Si te corto el hilo que mueve un brazo, éste quedará inmóvil -dijo el Titiritero.
- Es igual -decía ella-, todavía me quedará otro. Córtame todos los hilos, no quiero estar más contigo.

    Con tristeza por la visión errónea que tenía Teresa de la realidad, creyéndose absolutamente independiente de todo y de todos, y por la vanidad que le llenaba, el Titiritero fue cortando uno tras otro todos los hilos que le daban la vida a la marioneta. Cortado el último el hilo, el que la mantenía erguida, la marioneta destartalada y sin vida cayó al suelo.

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LA MUJER NEGRA DE OLOR A FLORES
(2)


    No antes no hubiese comprado carne de mujer, seguro, de hecho jamás la compré.

    Antes soñaba con un mundo humanizado, en cuyo epicentro estaban siempre las personas. Ahora se mastica el mercadeo. No importa si se mercadea para alquilarlas por un rato o para comprarlas hasta que la muerte llegue y separe.

    No tenía con quien hablar, pero de haberlo tenido tampoco lo habría hecho. No podía. Sentía seco el paladar, pegajoso, y la lengua embotada.

    Perdí la cuenta en la segunda botella que vacié dentro de mí en aquel garito, donde una que fue puta, vieja ya, con los pellejos colgándoles, ofendía a Carlos Gardel cantando con voz cascada y rota.

    En aquella madrugada, bajo mis pies las calles se torcían y toda la ciudad se balanceaba, como si un terremoto intermitente fuera siguiendo mis pasos. Seguramente el que diera los tumbos era yo, no lo recuerdo bien.

    Se me acercó la mujer. Era negra y menuda, con los dientes muy blancos y los pechos vivos y tersos, proporcionada, ágil en sus movimientos y olía a flores. Me pidió cinco euros, creo. No recuerdo para qué me dijo que los necesitaba.

    - ¿Y tú qué me darás a cambio? -le dije. No sé que respondió.

    Cerca del medio día me despertaron los rayos del sol, que se colaban con fuerza por la ventana mal cerrada. La cama estaba deshecha, como si un torbellino nos hubiera visitado. No se ni cómo empezó ni dónde concluyó. Di media vuelta, la almohada estaba húmeda y olía a flores. Cerré los ojos y me dormí.

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EL ESPACIO VITAL

(1)

    Juan buscaba su espacio vital, ese estado mental interior sin materialidad física conocida, que una vez hallado hace que uno se encuentre bien consigo mismo y con los demás.

    Tenía Juan una desmedida habilidad para aprender todo lo que ya era conocido por otros. Así, leyendo libros de Química en la Facultad, llegó a ser una de las primeras autoridades del país en la materia. Esto le dio dinero y con el dinero compró todo lo que puede ser comprado, pero no tenía su espacio vital y lo buscaba con inconsciente desesperación.

    No sabía el método a seguir para ello, ese método para hallarlo no estaba escrito en ninguna parte. Había que inventarlo, y a inventar no enseñaba nadie.

    Se casó con Anabel y tuvieron dos hijos, a los que compró todo lo que puede ser comprado. Como todas las tardes de todos los días, al caer la noche, llegó a la lujosa casa en que vivía.
Entró a ella y con el pensamiento puesto en el rincón que más le gustaba, le dijo a su esposa:

     - ¡Anabel! ¿Estás ahí?
    - Sí, Juan, en la cocina. - respondió ella.
    - ¿Y los niños? - preguntó él.
    - Están con los abuelos. Esta noche dormirán con ellos.
    - Muy bien, Anabel, avísame cuando esté la cena.
Cogió Juan la última novela que hacía dos días había empezado. La abrió por la página que tenía marcada y con ansiedad empezó su lectura. Se diluía por la ficción literaria de la novela, constituía el sedante para evadirse de la realidad, no sabía que camino tomar para hallar el espacio vital que le faltaba.
    - ¡Juan...! A cenar. La mesa está preparada -llamó Anabel.

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EL PATO NEGRO DEL CANAL

    Hay un pato en el Canal. Es Negro. El pato es negro y casi no se distingue de entre las aguas grises y sucias del Canal.

    Cuesta distinguirlo. Está como escondido en una oquedad que ha horadado la corriente de las aguas, lentas, pero contínuas. Lo ocultan también las raíces del cañaveral que sueltas al aire se mecen en el tiempo y rozan la superficie.

    De niño tuve patos, en casa de mis padres había muchos patos, lo recuerdo. Yo los esperaba a que rompieran el cascarón para verlos asomar primero, y salir después torpemente, a una vida que ya estaba hecha antes que ellos. Blancos como copos de algodón caídos del cielo algunos. Como esquirlas desprendidas del arco iris en una tarde de primavera recien mojada por la lluvia eran otros. También mudos, porque hay patos que son mudos, no dicen nada y, negros, también había patos negros, con una ausencia de color redonda, aunque patos negros había menos, escaseaban. En todos éstos patos mi vista de niño quedaba enredada, comprendiendo o, mejor dicho, no comprendiendo como aquellas avecillas podían haberse hecho a la vida. A muchos de ellos les di calor entre mis manos y mis caricias.

    El pato negro que miro en el canal, impávido él, abre el arcón de mis recuerdos.

    Tiran estos recuerdos míos de mi y se hacen presentes. Me llegan recientes, pulidos. Una vez que el polvo del tiempo lo han perdido aquellos ayeres se hacen presente, porque los ayeres vueltos a la memoria son el presente de ahora mismo, la realidad que permanece impasible al paso del tiempo. Quizás la muerte no sea más que la pérdida absoluta de la memoria, y la vida no más que el fraguar recuerdos a través del pensamiento.

    De niño di calor a los patos. Quizás el pato negro que ahora miro en el Canal sin proponérselo él, me esté devolviendo algún calor del que yo presté siendo niño. Mirándole se llegan hasta mi pensamiento aquellos padres míos cargados de ternura hacia mí, a veces, con la severidad que ya pasado el tiempo y sin remedio posible, logré entender.

    El amor que me llega por los hilos del recuerdo, sintiendo su piel junto a la mía, y su mirada en mí mirada, y sus suspiros con los míos, con idénticos anhelos, no es amor de colegial, de medio niño medio hombre, no. Ni siquiera es amor de universitario brillante que apunta a la cima del triunfo, tampoco. Es amor de hombre. De hombre al que a punto está el peso de los años de doblarle el espinazo. Y, lo reconozco, no es este amor de hombre amor que esté de moda, puede que ni siquiera esté bien visto, porque está por arriba y por abajo, por un lado y por el otro, por dentro y por fuera, más allá del contrato legal, legítimo, del matrimonio. El amor es un auténtico indocumentado. No lo puede hacer ningún documento.

    Nada el pato negro, quizás comprendiendo que al remover mis recuerdos su papel ha concluido. Ha salido de su escondite y sobre el agua gris del Canal escribe su rastro fugaz: dos surcos divergentes que acaban en los bordes del agua, cuando tocan la tierra firme de las orillas. Veo que se aleja lentamente. Se pierde a mí vista. No lo veo ya. Pero yo quedo afincado en mis recuerdos.

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LA BALANZA DEL AMOR

    Una mujer, queriendo mucho a su marido, y a los tres hijos que tenía, desde la ventana miraba el mar, con los ojos cerrados. Pensaba, y de cuando en cuando, suspiraba.

    En un plato de la balanza puso al marido, un hombre bueno. También puso a sus tres hijos, majos todos ellos, y lo mismo hizo con las tres casas que tenían en propiedad.

    Cuando aquel plato de la balanza lo tenía lleno a rebosar, con su marido; hijos; propiedades; amigos y muchas costumbres y creencias viejas, en el otro plato de la balanza, puso un pensamiento nuevo, inédito, limpio y transparente, que le nacía del alma, y entonces, el fiel de la balanza, halló su punto de equilibrio.

    Luego, la mujer, volvió a la ventana y comenzó a mirar el mismo mar con los ojos abiertos, y empezó a pensar, acariciaba un pensamiento nuevo, inédito, limpio y transparente, que tenía agarrado al alma. Sonreía suavemente.

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UNA NOCHE CON ELLA

(A Marían)

    San Millán de la Cogolla, vetustas piedras arrancadas de los montes Distercios, sembradas en los surcos del tiempo para granar el Monasterio, al lado casi de los Pirineos, sujetas por los hilos de la memoria, atentas al discurrir de la historia viendo como pasa el caudal interminable de los días, mudamente calladas, como los amores que se guardan, furtivos. Amores que son pero que no pueden florecer del todo, que se ahogan artificiosa y dolorosamente entre las flores secas de papel de esta selva espesa de la hipocresía y sus formalismos sociales de cartón resquebrajado, transformando lo profundo, limpio y puro del amor en desazón vital, frustración permanente de vida.
Aquella noche vivida con ella, perdurable ya para siempre en la memoria, frente al Monasterio, mirando de cuando en cuando sus protuberantes sombras a través de los cristales, fue bastante más que pernoctar una noche en la misma Gloria.

    Sus labios rojos de rosa natural, sin aditamento ni aderezos, dulces, de suave paladar, embriagadores, de néctar primaveral, perfumados, finos, cálidos de sol limpio. Y la seda de sus dedos acariciando los míos, ardorosos, mientras se mezclan nuestros alientos y se confunden en uno solo.

    Se pierde la noción y la conciencia del tiempo mientras se rozan nuestras caricias y se enredan y entrecruzan nuestras miradas. Son caricias y miradas que surgen como fulgurantes llamaradas, intemporales, más allá y por debajo del tiempo. Solo es espacio, un espacio absoluto que purifica y eleva el espíritu.

    Nos recorremos los cuerpos, sintiéndonos, hasta hacer de las dos almas una única para ambos, de forma espontánea, impensada, amorosa, sin cálculos previos, sin artificio pornográfico alguno, y así surge y prende la vida plena del enamorado, de nosotros.

    Los cuerpos, dulcemente y con tibia suavidad, se van disolviendo el uno en el otro. Se va fraguando el amor en el yunque de la intimidad, sin reserva alguna, con entrega absoluta que se va haciendo a sí misma, sin tasa ni miramientos se va saliendo del mundo artificial, fabricado e impuesto como una losa que aplasta el ser, y se va entrando de lleno en el irrenunciable mundo del amor, plenamente, pristinamente. No cuenta el tiempo. El tiempo no cuenta.

    Ojos entornados oyendo desnudas respiraciones, acompasadas y quedas. Miradas que se vuelven a enredar otra vez, como hiedras, hasta hacerse una sola. Sin dobleces, sin rodeos, directas y profundas. Dicen lo mismo.

    No hay un pensar definido y calculado. No tiene límite. Ella es inexorablemente todo, como la lumbre que al pronto espanta las oscuridades de la noche. Marían no tiene partes, es todo de una vez.

    Nuestras manos se entrelazan. Se comunican latidos, los pulsos húmedos. Las de ella son pequeñas y las guardo entre las mías. Palpitan, lo noto. Están vivas.

    Luego, ella escribe en una libreta con pulso firme. Por dentro tiembla, igual que yo. Y lo que ella escribe dice:"¡Ojalá pudiera tenerte del todo Manuel ! Mientras eso pasa, escríbeme aquí, en ésta libreta, que será también una manera de tenerte porque tendré lo que piensas y lo que sientes, que es casi como tenerte del todo. Te quiero mi amor. San Millán de la Cogolla, veintiocho de Noviembre de dos mil cuatro."

    Escribí un día después... Y, sigo, escribiendo.

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DOS MESES Y DOS NOCHES

  Manuel Sogas


      Han pasado dos meses de calendario. Iban cuesta arriba. No andaban. El tiempo se ha paralizado, pensé. Pero no. ¡El tiempo vuela! Acaban de pasar dos noches en una fracción de segundo. Ayer nos despedimos. ¿Cuándo nos volveremos a ver? Otra vez se ha parado el tiempo, me parece.

      Quedaba un día. Mañana. La veré mañana Como cuando de niño iría de viaje al día siguiente con mi padre, llega el hormigueo al estómago.

     La víspera me acosté tarde, algo nervioso y algo emocionado. Buena parte de la noche la pasé pensando en ella, en que nos veríamos al día siguiente. La bolsa de la ropa hacia dos semanas que la tenía preparada. En realidad tenía poco que preparar, pero yo la seguía preparando. Así hacia que el tiempo corriera algo más. A ella le gustó la camisa azul que yo llevaba el último día que nos vimos, hacia ya dos meses. La camisa azul fue lo primero que metí en la bolsa. No quería que se me olvidara. Sí, me dije, la camisa azul está en la bolsa. Lo comprobé una vez más.

      Madrugué para llegar con tiempo. Así habíamos quedado. Yo llegaría antes que ella para esperarla a la entrada del pueblo. A ella le gustaba que yo la esperara y yo quería esperarla. Quería verla llegar. Quería ver cómo nos íbamos acercando antes de abrazarnos. Ver como me sonreía y ver como brillaban sus ojos antes de besarnos. Quería llegar antes que ella y esperarla.
Continuamente iba pensando en ella. Había en el cielo grandes nubes, negras, y por encima de ellas salía un sol brillante y luminoso, casi quemaba al mirarlo. Habría tormenta, dijo la radio. Ójala esté lloviendo cuando llegue, pensé. A ella le gustaba mucho la lluvia.

     Enredaba mis pensamientos en ella y de vez en cuando los pretéritos se hacían presentes. Bullían. Se agolpaban en tromba. Afloraban los más tiernos y lejanos recuerdos. Como si no hubiera en mi, esquirlas de vida dolorosas, como si no existieran ni hubiesen existido jamás. Ella era todo. Sin tenerla físicamente del todo, ella es todo. Pensaba en ella. Por eso la quiero. Ella es como un imán que tuviera la única facultad de atraer, juntar y revivir únicamente los más tiernos y sensibles recuerdos, los que más y mejor tensan las cuerdas del alma. La catapulta que más lejos lanza al tiempo venidero le semilla del amor entero para que germine. Así es ella. Por eso la quiero.