Matar (Senegal) alquila la silla
del surtidor de gasolina por 10 euros (15, los fines de
semana) y echa una mano, a quien no quiere mancharse las
suyas, con la manguera y los botones: a veces pasa allí
la noche, si el día no ha sido lo bastante generoso.
Ethel (Salvador) atiende el bar de un castillo visconteo
y limpia casas de tres familias diferentes, esperando la
que dejó en ultramar el gran viaje de invierno. Said
(Marruecos) cepilla caballos, les arrima heno y zanahorias,
los ensilla: uno le pisó el otro día, cojea
levemente, pero tiene siempre la sonrisa bien dispuesta.
Peachy (Filipinas) vive las 24 horas con una señora
que, pegada a su silla de ruedas, se ausenta progresivamente
del mundo, mientras sus hijos lo recorren de avión
en barco y de concierto en festival. A Margarit (Rumanía),
quince años, le van a entintar los dedos porque,
dicen, hay que meter en padrón el chabolismo abusivo:
su foto está ya en las visitadísimas webs
de matrimonios concertados con chicas del Este. Yo a todos
estos les conozco, me los cruzo a diario, indistinguibles
de un italiano meridional o de un friulano, según
se mire. Son italianos advenedizos, buscadores de tesoros
que no existen y, por fuerza, grandes conocedores del mestiere
di vivere. Pero todos, sin distinción, gentuza
sospechosa para Berluskane y sus pretorianos, que les quieren
ipso facto delincuentes por el simple hecho, salvo
prueba contraria, de ser inmigrantes, de haber cogido el
magro portante y escapar a la miseria o a la muerte. Puestos
a cambiar las leyes en favor proprio, minando el poder judicial
con una congelación selectiva de los procesos, ¿por
qué no introducir la presunción de culpabilidad
y establecer estas inquietantes sinonimias, que no son sino
reediciones farsescas del pasado? Manu Chao emparejaba irónicamente
clandestino con ilegal también con fantasma,
raya, condenado, y casi era un aviso, en caleidoscopio
sonoro, de lo que estaba por llegar. Aparte la hipocresía
de ocultar el peso del trabajo negro en la economía
italiana, la demonización del extranjero revela cerrazón
de pueblo encogido, replegado en sí mismo o en los
bucles de su historia, ignorando vanamente autosuficiente
por dónde soplan los tiempos. Que están renovando
esta Europa vieja y corta de miras, sumamente olvidadiza.
Baste pensar en el lugar que ocupan Pirandello o De Amicis
en los manuales de literatura argentinos, o en la mitad
italiana de la ciudad de São Paulo, por no hablar
de los como se ve, reductivamente llamados "italoamericanos"
en EE UU, que empezaron estabulados en la isla de Ellis
y han terminado inscribiendo sus nombres en el firmamento
de Hollywood. Unos y otros, aplicando el patrón xenófobo,
peligrosos criminales en potencia. Generosidad es un camino
que suele recorrerse en un solo sentido.