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El nuevo escenario internacional
marcado por los elevadísimos precios del petróleo
y de los alimentos (cereales, oleaginosas y carnes, entre
otros) viene generando conflictos en diversas partes del mundo.
Los lectores españoles han
tenido una muestra de ello con la huelga de transportistas
ocurrida recientemente debido al alza del petróleo.
En Argentina, el conflicto con el
campo tuvo su comienzo el 11 de marzo y, durante 101 días
se sucedieron intermitentemente períodos de protesta
con treguas en una ardua pugna entre el Gobierno y el sector
agrario.
La suba de los precios internacionales
de las principales oleaginosas (soja y girasol) y cereales
(trigo y maíz) podría haber sido una excelente
noticia para los agricultores argentinos. Pero, con el objetivo
de evitar el encarecimiento de los precios internos de los
alimentos, el Gobierno de la entonces casi flamante Presidenta
Cristina Fernández de Kirchner dictó el 11 de
marzo la polémica Resolución 125 del Ministerio
de Economía elevando los derechos de exportación
(las denominadas "retenciones") de estos granos.
En el caso de la soja, el principal cultivo
del país, el porcentaje del precio internacional "retenido"
por el gobierno se elevó al 44 % y con características
móviles, es decir que el tributo se incrementa a medida
que aumenta el precio (antes regían retenciones fijas,
del 35 % para el poroto de soja). La soja concentra la mitad
de la superficie agrícola del país, desplazando
a otras actividades como la ganadería y los bosques
nativos; la iniciativa oficial busca desalentar a la soja
para promover una mayor diversificación de la producción
agraria.
Pero, esta medida encendió la mecha
en las pampas argentinas. Desde el campo alegaron que iban
a desaparecer muchos pequeños y medianos agricultores
y que se iba a agudizar el proceso de concentración
de tierras; que muchos esperaban compensar con las ganancias
de la soja los pobres resultados económicos que les
deja la carne, la leche y el trigo (cuyos mercados se encuentran
parcialmente intervenidos para evitar la suba de precios al
consumo interno). Ya en el plano legal señalaron que
la medida elevaba los impuestos hasta hacerlos confiscatorios,
así como que las retenciones son cobradas por el Estado
Nacional y no son redistribuidas a las Provincias (como sí
lo es el impuesto a las ganancias) con lo que se produciría
un notable rezago del interior y de sus áreas rurales.
Desde el Gobierno, se resaltó el
egoísmo y la avaricia del sector que no quiere redistribuir
las rentas extraordinarias obtenidas gracias a estos exorbitantes
precios internacionales para evitar la pobreza y el hambre
de otros argentinos. Asimismo, la Presidenta comprometió
los fondos extras que se recauden con el nuevo nivel de "retenciones"
a la construcción de hospitales, viviendas populares
y caminos rurales. Y atribuyó el rechazo a la medida,
y las protestas que generó, a los sectores que buscan
desestabilizar al gobierno y generar un golpe de estado institucional.
Ambas partes se mantienen firmes en sus posiciones desde el
11 de marzo.
A partir de esa fecha, las entidades rurales
aglutinaron sus fuerzas, con el apoyo de una importante masa
de ruralistas autoconvocados que sostuvieron desde las bases
el reclamo, plasmado en cientos de piquetes a la vera de las
rutas y en la entrada de los pueblos.
Además hubo períodos de tiempo en los que se
interrumpió la comercialización o de alimentos
en general o sólo de productos granarios.
Los transportistas se sumaron a la caótica
situación durante el largo conflicto en distintas oportunidades,
en una confusa cadena de adhesiones pues ciertos grupos se
opusieron y otros apoyaron los reclamos ruralistas.
En los momentos más álgidos
del conflicto hubo desabastecimiento en las grandes ciudades,
los alimentos se encarecieron y, ante la mirada hambrienta
de muchos, hubo que tirar leche y verduras podridas.
Tampoco faltaron las demostraciones de
fuerza: la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner
realizó varias concentraciones masivas en la Plaza
de Mayo y los ruralistas juntaron entre 200.000 y 300.000
personas en la ciudad de Rosario en la fecha patria del 25
de mayo.
Durante el fin de semana largo del 14 al
16 de junio se vivieron horas de tensión. Varios ruralistas
fueron arrestados al costado de la ruta, entre ellos el dirigente
Alfredo De Angeli, lo que produjo la movilización en
su apoyo de los habitantes del pueblo cercano de Gualeguaychú
y, un par de días después se produjeron importantes
cacerolazos en la ciudad de Buenos Aires y en otras del interior
del país como Córdoba y Rosario.
Finalmente, la Presidenta decidió
enviar la polémica Resolución ministerial y
su paquete de normas complementarias para su ratificación
en el Congreso Nacional. Luego de nuevas manifestaciones de
fuerza, marchas y contramarchas, en total 101 días
de encarnizado conflicto, los ruralistas accedieron a liberar
las rutas y a levantar los piquetes para que así el
debate se instale primero en la Cámara de Diputados
y pase luego al Senado.
El conflicto mudó entonces su escenario
dispuesto a dar la batalla final en el Congreso y, sus inmediaciones
se convirtieron en el patio trasero del debate. En la denominada
Plaza de los dos Congresos (en el kilómetro cero del
país), se instalaron distintos tipos de carpas: en
un principio hubo seis en adhesión al Gobierno y una
a favor del campo. Entre las variadas adhesiones que logró
nuclear la denominada "carpa verde del campo" confluían
terratenientes, pequeños y medianos chacareros, estudiantes
de agronomía, representantes de partidos de izquierda
y de derecha, y piqueteros urbanos no oficialistas (pues los
hay también oficialistas).
Salvo un confuso incidente en el que un
joven ruralista sufrió una herida cortante en su abdomen,
la convivencia entre las carpas oficialistas y la carpa del
campo resultó buena. Incluso, el primer día
jugaron un partido de rugby en césped de la plaza.
También se levantaron grandes muñecos
inflables: una pingüina, en referencia a la Presidenta
Cristina y un toro por la otra parte.
Luego apareció otra carpa del Movimiento
al Socialismo (MAS) en una ubicación intermedia entre
las carpas oficialistas y la del campo, y más carpas
también
la de los pueblos originarios que buscan
recuperar sus tierras y la de los evangelistas que intentan
solucionar el conflicto con la oración
Con el
curso de los días, se fue la carpa del campo y en su
lugar los piqueteros no oficialistas levantaron otra para
continuar con el reclamo de los pequeños y medianos
agricultores.
El conflicto tiene final abierto al momento. Pues los ruralistas
amenazan con nuevas protestas si el proyecto de ley enviado
al Congreso por el Poder Ejecutivo se aprueba sin modificaciones.
Su aspiración de máxima es volver a la situación
anterior al 11 de marzo (retenciones fijas para la soja del
35 %), aunque se presume que podrían considerarse conformes
con variantes intermedias y con un paquete integral de políticas
para el sector.
Luego de tantos años, las materias
primas alimentarias vuelven a ser valiosas en el comercio
internacional, como a comienzos del siglo XX cuando Argentina
era considerada "el granero del mundo". Un mundo
que vuelve a necesitar imperiosamente de alimentos y cuyos
precios internacionales trepan en una escalada tan veloz que
no nos dio el tiempo suficiente como para debatir y generar
consensos en una forma menos traumática sobre cómo
redistribuir internamente la renta extraordinaria generada
por las exportaciones de granos.
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