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Pastelera, tabernera,
artista iconoclasta, agitadora cultural, madre
de todas las hadas, amante arrebatada, pasión
arrebolada
Pero, sobre todo, bella. Helena
Santolaya es bella. Bella por dentro y bella por
fuera. Hoy ha aceptado responder a las preguntas
de La Caja de los Hilos, que es su casa. Ha estrenado
pendientes para la ocasión.
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¡Estás
muy guapa!
Ésta sí es una
buena manera de comenzar una entrevista.
Bueno,
bueno
Se te ve muy atareada, con muchas cosas
en la cabeza.
Se me enganchan al pelo, no
lo puedo evitar.
¿No
será que dentro de poco nuestras vidas se llenarán
de harapos?
Dentro de poco nuestros harapos
se llenarán de vida, que es casi casi lo mismo.
Como
te veo un tanto misteriosa con este asunto, cambiaré
de tercio. ¿En el Barrio Oliver, cuando eras
niña, ya inventabas hadas y amores?
Las hadas y el amor tenían
entonces nombre propio. Vivía con un hada que
se llamaba Carmen, pero yo prefería llamarla
mamá.
¿Fue
su varita mágica la que te convirtió en
el personaje fantástico que eres?
Me gusta pensar que gracias
a ella soy mejor persona. Mi madre era una mujer maravillosa.
No era una persona culta como mi padre, pero tenía
una inteligencia natural que superaba cualquier cabeza
cultivada. Supo enseñarnos a mi hermano y a mí
a convivir con la esquizofrenia de mi padre sin tener
jamás un mal gesto hacia él o una palabra
de reproche. La locura de mi padre se convirtió
en una fuente de fantasía. La obsesión
por los libros se la debo a él. Y digo libros,
no textos. Mi padre leía siempre en voz alta.
Cuando en otros lugares sonaban los Rollings, en mi
casa sólo se escuchaba la voz de mi padre como
una especie de música permanente. Las palabras
formaban parte del mobiliario doméstico y los
libros eran objetos sin texto.
¿Y
a quién le debes tu habilidad para hacer el pino?
¿Es cierto que podías hacer el pino y
taparte las bragas al mismo tiempo?
Nadie me cree, pero tengo un
documento que lo demuestra y
te lo voy a enseñar ahora mismo.
Después
creciste, hiciste el amor con un seminarista, metiste
pescado en conserva en Galicia, te
encadenaste por la revolución, viviste
desnuda
en una playa de Eivissa, estudiaste
Filología Hispánica en Zaragoza, Bellas
Artes en Cuenca, jugaste a indios y vaqueros
¿No son demasiadas cosas?
Para un mismo día, quizás
sí. Pero olvidas que tengo un hijo que ya es
mayor que yo.
¿Nunca
se agota Helena Santolaya?
Cruzo los dedos.
Pero
además, buena parte de tu vida ha pasado al otro
lado de la barra. "El Monaguillo", "El
Sopa de Letras", "La Campanita", "La
Caja de los Hilos"
Estos locales quedaron
grabados en la vida de todos nosotros, porque en ellos
no solo se servía cerveza. Eran algo más.
Eso pretendíamos, al
menos. Y parece ser que lo logramos, porque en lugar
de estar al otro lado de la barra conseguimos estar
casi siempre al otro lado de la barrera.
¿Qué
echas de menos de aquella época?
Excepto a la vecina de arriba,
a la policía y a la asociación antirruido,
todo.
¿Todo?
Echo de menos a Mariángeles
pintándose el bigote con ceniza, a Pedro Bericat
marcando el ritmo de la música con su cabeza
enfundada en esa especie de boina-seta, a Luis Marco
disfrutando en la esquina como un adolescente, a Pablo
cruzando el umbral de la puerta y del alcohol en el
último instante, a Fernando calculando la probabilidad
de que las cosas sucediesen de una o de otra manera
ante el terror de cualquier oyente ocasional, a ti,
a vosotros, a tantas personas
y por supuesto,
echo de menos los jueves de Tutú, nuestra "galería
de bolsillo". Cada tres o cuatro semanas, ¿te
acuerdas?, un artista se apropiaba del escaparate y
preparábamos una inauguración que ya quisiera
el Reina Sofía.
¿Qué
te parece si otro día nos cuentas al detalle
el experimento de la Galería Tutú? ¿Queda
pendiente un recorrido por los escaparates?
Encantada. Viajar en el tren
Tutú es una experiencia siempre emocionante.
Ya
que hablamos de emociones, Pablo me pide una confesión
procaz. ¿Cómo te parece más placentero
en la barra del bar o en la cama?
Si te refieres a beber cerveza,
prefiero sin dudar la barra del bar; la cama me marea.
Para otros placeres me parece tan estimulante la barra
del bar como la barra de la cama.
Has
creado libros gigantes, libros diminutos, hadas domésticas,
juguetes insólitos, todo cosas hermosas
¿Eres inventora, poeta, artista, exploradora
?
Siguiendo con la terminología
de los bares, digamos que un cóctel.
Quizás
me equivoque, pero el reciclaje es una de las constantes
en tu obra, en tu vestuario, en tus abalorios, en tus
amores
¿Todo se puede volver a usar?
No a todo se le puede dar el
mismo uso más de una vez, pero sí todo
puede transformarse y adquirir nuevos usos. Yo siento
debilidad por los objetos y los sujetos de segunda mano.
¿Y
el amor no se gasta de tanto usarlo?
Es posible, pero es más
lamentable que se agote sin haberlo casi estrenado.
¿Dónde
está el palíndromo?
Hay quien todavía lo
busca en el arroz que dábale el abad a la zorra,
pero, en realidad, quedó atrapado para siempre
en el espejo.
Ya
sé que la pregunta suena tonta, pero ¿serías
capaz de morir de amor?
Confieso haber estado muy cerca,
pero, hasta hoy, he conseguido sobrevivir.
¿Y
a quién ama Helena Santolaya?
A quien quiere.
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