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I IMPLORE YOU TO BELIEVE THIS, IS TRUE!
Lee Miller
Con
estas palabras, enfatizadas en letras mayúsculas, Lee Miller
envía un cable a Audrey Withers, editora de la revista Vogue,
rogando dé crédito a las imágenes que le envía
del campo de concentración nazi de Dachau, justo en la mañana
que siguió a la liberación del mismo, el 29 de abril
de 1945. Lee Miller estuvo allí. Venía de padecer
y retratar para la mencionada revista el insistente blitz de la
Luftwaffe sobre Londres, y de cubrir, como corresponsal de guerra
de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, los estragos tras
el desembarco de Normandía, el uso del napalm en St Malo
y, por fin, la liberación de París el 26 de agosto
de 1944. Las grandes fechas que marcan buena parte de la biografía
de Lee, se enlazan con las que iluminan los grandes acontecimientos
históricos del siglo pasado.
Atizada
por las circunstancias de las visiones de los campos de exterminio
en plena disfunción, la artista pone de relieve en esa súplica
una premisa que marcó la fotografía desde sus comienzos,
a saber, su valor como testimonio, como testigo mudo del momento
irrepetible, como indicio de una realidad tomada así por
verdad. La valoración de la fotografía como documento
es una tendencia que nos parece especialmente sobresaliente en la
trayectoria profesional de Lee Miller.
Sin
apartarnos todavía de esa petición desesperada de
fe visual, la intrépida autora nos pone sobre la pista de
otra de las premisas fundamentales de la potencialidad de la fotografía,
es decir, su capacidad de alterar, manipular y superar una realidad
dada por medios diversos, desde el propio objetivo-ojo concebido
como superación de la visión del ojo-órgano,
hasta la intervención química y mecánica en
sus soportes materiales (negativo, papel fotográfico) ya
en los procedimientos del taller.
Y
es que Lee Miller aterrizaba en el campo de batalla recién
llegada del lecho de oropel de los desfiles de alta costura, los
anuncios de productos de primera necesidad prescindible, y la retratística
de personalidades de muy distinta extracción.
Ambas
facetas articulan una polaridad de base en el seno de la producción
y de la biografía misma de la fotógrafa.
Alicia
a su hermana: Bueno,
entonces, tú serás una de las reinas y yo seré
todo lo demás
LA
FOTOGRAFÍA COMO ENTE GEMELO
La fama de Lee Miller viene precedida por
su belleza, sus affaires sentimentales, y su escaso afán
de publicidad fuera de los imperativos laborales. Sin embargo, si
se explora un poco su trabajo y sus condiciones de vida, pronto
se deduce que la fotografía fue para ella una entidad iluminadora
que recorrió sus días en paralelo a ella, su sombra.
Lee convivió con la cámara de fotos
en múltiples situaciones: fue modelo desde niña para
los ensayos tridimensionales con aparato estereoscópico de
su padre, Theodore Miller, cuya esposa, Florence MacDonald, también
era una gran aficionada a la fotografía. Sin ir más
lejos, en su casa de Poughkeepsie (Nueva York) tenían una
cámara oscura para el tiempo de ocio familiar.
Ese saber estar delante del objetivo tuvo
su prolongación azarosa en las páginas de diversas
publicaciones comandadas por Condé Nast. Cuando Lee contaba
con diecinueve años, se encontraron casualmente cuando ella
casi fue atropellada por un vehículo. Inmediatamente, Nast
la contrata como modelo para Vogue. Su première se localiza
en misma portada de la revista, como inspiración para el
dibujo de tintes art decó realizado por Georges Lepape: el
rostro estilizado de la modelo ataviada a la moda de los años
veinte del pasado siglo, se antepone a un fondo con la urbe iluminada,
a la gloria de la proliferación de las redes eléctricas
como parte de la extensión progresiva del paisaje de la ciudad
también en la noche.
El posado fue una actividad que la polifacética
artista dominaba con toda naturalidad. Sin duda, sus tempranas experiencias
en el ámbito del teatro ayudaron a forjar las poses, las
actitudes, a abstraerse durante los momentos de trabajo. Y los mejores
maestros de la historia de la fotografía del siglo XX supieron
apreciar esa versatilidad, ese dominio de sí misma y de la
escena. Así, la inquieta Lee Miller desfiló ante los
objetivos de Arnold Genthe, Nicolás Muray, Edward Steichen,
Horst P. Horst, George Hoyningen-Huene, o Man Ray, su maestro, su
colega, su amante.
Su labor no se limitaba a ser el maniquí
pasivo que se deja escrutar; ella misma, en algunas declaraciones
dispersas, nos informa de las cualidades que apreciaba en el trabajo
de algunos de esos artistas de los que aprendía trucos y
maneras, a la vez que desempeñaba su cometido con profesionalidad.
De Hoyningen-Huene aprende algunos secretos del revelado, y es el
mismo Edward Steichen quien la anima a visitar el taller de Man
Ray cuando Lee Miller decide irse de nuevo a París en 1929,
y le entrega una carta de presentación para el artista. De
Man Ray realzaba su capacidad para sistematizar los accidentes y
su excelente dominio de la técnica y del proceso de laboratorio.
La posición de Lee Miller en el campo
fotográfico fue extraordinariamente rica. De su desenvoltura
con el instrumento de visión doble para crear relieve utilizado
en el núcleo familiar, a sus actividades como bello reflejo
sobre el cristal de los objetivos más ilustres del siglo
XX. En paralelo, se despliega el proceso durante el cual la inquieta
fotógrafa se iba formando como tal, asimilando las enseñanzas
y los secretos de quienes la miraban a través del dispositivo
técnico hasta estar preparada para atravesar el espejo y
llegar al otro lado, el de las posibilidades infinitas.
Alicia a Mino:juguemos a que el
cristal se hace blando como la gasa, para que así podamos
traspasarlo. ¡Pero cómo, si parece que realmente se
transforma en niebla! ¡Ahora sí que va a ser fácil
traspasarlo!... Y, en efecto, el espejo empezaba a disolverse al
contacto de sus manos, como si fuera una clara bruma plateada.
EL
OTRO LADO DEL ESPEJO
La vida artística de Lee Miller fue
un progresivo despertar del objeto que cobra vida, que conquista
su autonomía de sujeto hasta el punto de ser capaz de invertir
los procesos, transformando en objeto el desfile de elementos ante
su mirada perspicaz, ahora a través del visor.
Si hemos de mencionar una situación
clave para la eclosión creativa de Lee Miller, en ella, sin
duda, estará Man Ray. El polifacético artista americano
fue el detonante por excelencia en el florecimiento de las potencialidades
productivas de Lee, y fue el impulsor definitivo para su salto al
otro lado del espejo.
Esta singular pareja de americanos en París,
en plena efervescencia surrealista y vanguardista en general, duró
como tal tres intensos años, desde 1929, hasta su deterioro
entre 1931-1932, año en que Lee se marcha a Nueva York. Durante
este período prolífico a nivel profesional, hubo desacuerdos
a nivel de pareja eran amantes con distintas concepciones
de la fidelidad-, a nivel laboral ella fue su pupila, modelo,
actriz y asistente, ocupando el lugar que ostentara Berenice Abbott,
y creando luego su estudio propio con su particular clientela-,
y a nivel creativo atribución del invento de la solarización,
y de numerosas piezas cuya autoría todavía se discute-.
Desde el momento en que Lee Miller entra en contacto con Man Ray,
muchos temas, encuadres y técnicas se hacen comunes; Lee
pronto aprende muchos de los recursos de su maestro y los aplica
a sus propias producciones, sin embargo, Man Ray acoge una gama
mucho más amplia e imaginativa en el retrato, la fotografía
de moda y comercial, y nos parece mucho más profundo y analítico
en sus piezas creativas.
En
contraste con Man Ray, que asume en su producción global
una gran carga de contenidos conceptuales desplegados en varios
estratos, quizá fruto de su notable reflexión teórica,
inventiva y experimentadora, y de su inestimable bagaje literario,
Lee Miller no se interesó en hacer converger el sustrato
teórico con sus realizaciones. Así, además
de cierta inconstancia en su dedicación pues sus trabajos
fotográficos solían responder al encargo comercial,
y en escasas ocasiones a su iniciativa-, en Lee no se percibe entonces
esa carga de pensamiento que aporta fondo y dirección, o
sentido preciso, en la globalidad de sus piezas. Sin embargo, esa
dificultad que encontramos a la hora de adjudicar a las obras de
Lee conceptos determinados, no las exime de albergar un sentido
profundo, individual en cada cosa vista.
Al hilo de esa cooperación entre
autores, citaremos como ejemplo dos fotografías, La prière
(c. 1930) de Man Ray, y Nu penché en avant (c. 1931) de Lee
Miller. Ambas representan uno de esos lugares comunes
en la fotografía del cuerpo desnudo, pero mientras la de
Man Ray presenta un encuadre mucho más cerrado, que delimita
los glúteos en un primer plano nítido, tan extremo
y tan duramente iluminado, que casi se pierde toda referencia con
la anatomía humana (la espalda se hunde en la sombra), pasando
a poder ser cualquier cosa, cualquier materia, de no ser por las
manos que cubren, y los pies que se sumen bajo la carne en esa oración
tan profana y erotizante. A la par, decimos, el desnudo inclinado
hacia delante de Lee se nos antoja algo más prosaico.
Parte de una postura corporal semejante al modelo de Man Ray, pero
adopta un punto de vista radicalmente distinto (el descrito por
el título, totalmente descriptivo), pues Man Ray se coloca
en el mismo plano activo que ocupa el culo de la modelo, mientras
Lee no abandona su posición erguida natural propiamente contemplativa.
Lee invierte el orden anatómico y excluye la cabeza del encuadre
como hacía frecuentemente su profesor en su proceso
cosificador y conceptual-, pero lo hace con una sutilidad explícita,
sin suponer un límite estricto que desplace la idea de lo
que vemos. Con todo, el trabajo de Lee nos recuerda más,
en cierto modo, a algunos fotograbados de Edward Steichen, que a
los desnudos más frescos concebidos por Man Ray.
Los
dos aplicaron la técnica de la solarización en sus
fotografías, si bien se percibe en Man Ray un mayor abanico
de posibilidades y un afán experimentador muy superior, llegando
a extraer una gran riqueza de matices de su prolijo manejo. Lee
fue la artífice de algunos bellos retratos realizados mediante
esta técnica, si bien toda esa estética conjugada
con una introducción técnica, no da justa prueba de
sus capacidades, así como lo harán muchas de sus obras
posteriores acometidas sin una finalidad comercial-, desde
nuestro punto de vista, más interesantes y personales.
La
búsqueda de ese punctum que perfila Barthes, nos parece más
evidente en otros sectores en el caso de Lee Miller[17], en cualquier
caso no lo rastreamos en una vía creativa por medio de la
técnica.
Tan
bella, fue muy buena reconociendo la belleza, y en sus retratos
con puesta en escena de Nimet Eloui Bey, Dorothy Hill, o Gertrude
Lawrence, destaca el rostro sobre todos los atributos, no tanto
mediante los recursos técnicos asociados a la creatividad,
como por los efectos del encuadre y la iluminación. Lo mismo
podemos decir de sus obras encaminadas al ámbito publicitario,
las cuales le producían un tedio considerable y, a pesar
de mostrar un buen conocimiento de manejo de la fotografía
y del trabajo en el cuarto oscuro, no hacen gala de un espíritu
muy innovador dentro del sector que trataron esta especialidad entonces.
Como alumna, Lee Miller aprendió mucho de Man Ray, de su
forma de trabajar para casas de la talla de Vogue, Harpers
Bazaar, Vanity Fair y otras muchas, con algunas de las cuales Lee
también colaboró, fundamentalmente Vogue.
En
los momentos en que se permitía ser original, sus producciones
voluntarias alcanzan una calidad muy destacable. Ejemplos como el
retrato que realizó de Joseph Cornell, o el titulado Tête
flotante (Mary Taylor), ambos de 1933, dan crédito de su
buen hacer.
Como describe el segundo título, ambas
cabezas flotan en un espacio totalmente negro, como formas recortadas,
separadas de cualquier referencia o coordenada que nos permita articular
algún discurso estable en torno de esas formas suspendidas,
ausentes, inclinadas hacia nada. En el caso de Cornell, el artista
aparece con uno de sus objetos colocado junto a su cabeza, a modo
de ensamblaje del sujeto creador con el objeto creado. Así,
el mismo autor pasa a ser un elemento más en la construcción
de su propio collage y, en una vuelta más de tuerca, Lee
pasa a su vez a ser la autora-otra, obteniendo así una obra
doble de autoría doble, los dos lados del espejo.
Si
hay algo que se nos escapa son las conversaciones cotidianas, los
momentos de informaciones y reflexiones compartidas entre artistas,
entre amigos, de vacaciones, en los cafés, en las fiestas.
Alguien con quien Lee Miller compartió muchos de esos momentos,
fue Max Ernst, y de ello han quedado bellas fotografías del
artista con Leonora Carrington, primero, y Dorotea Tanning después,
y con muchos de sus amigos. Podemos pensar que en sus encuentros,
los temas de conversación serían múltiples,
banales y también meditados y seguro que, entre todo ello,
sus ocupaciones creativas, encargos, opiniones, ansias y anhelos,
ocuparían un lugar destacado. Marx Ernst es sobradamente
conocido como artífice de series de collages trascendentales
en su técnica y en su idea, hasta el punto que algunos especialistas
en este campo hablan de un collage propiamente ernstiano.
Toda
esta reflexión no nos parece de recibo aquí ya que,
siguiendo con el retrato de Cornell, en un paso más allá,
la fotógrafa aplica ese concepto de copia, virtualidad de
la fotografía, y consustancial a cierta tipología
de collage como reproducción mecánica que dota de
unidad al conjunto sobre un mismo plano liso, pulido, y sin fisuras
proceso seguido en ese collage ernstiano- para construir la
imagen poética y generar la convulsión. En este proceso
la fotografía juega un papel fundamental, pues reunifica
los fragmentos, y cose las fisuras sin dejar cicatriz y, además,
altera el estatus de la obra de arte (plástica) por medio
de una máquina (automática, impersonal) que permite
la reproducción a voluntad de la obra (no-una).
La
espiral de movimiento comienza con propio fabricante del artefacto
(el artista), que se ensambla a su ensamblage y, juntos y mecanizados,
se transforman como unidad en una creación-complementaria-otra,
la que firma Lee Miller. Y no es gratuito recalcar que esta pieza
no responde al encargo, sino a la iniciativa de Lee, que quiso retratar
a Cornell y sus ensamblages.
Pensemos
en esa misma función y sustancia fotográfica a la
que Walter Benjamin inviste de un estatus revolucionario, pues considera
a la fotografía agente técnico, y a la vez conceptual,
de la transformación de la misma historia del arte y de la
cultura, pues contribuye a poner en tela de juicio el valor y la
autonomía del objeto artístico: la revolución
mecánica escalaba otro peldaño más.
-Bueno,
en nuestro país dijo Alicia, todavía un poco
jadeante-, si una corre un buen rato, tan deprisa como lo hemos
hecho nosotras, generalmente acaba llegando a un lugar distinto.
-¡Un
país bien lento! dijo la Reina-. Aquí, como
ves, se ha de correr a toda marcha simplemente para seguir en el
mismo sitio. Y si quieres llegar a otra parte, por lo menos has
de correr el doble de rápido.
LA
ESCAPADA EN BUSCA DEL PAÍS DE LAS MARAVILLAS
Lee Miller disfrutó al máximo del
París del jazz, de las fiestas entre la clase alta, las locas
soirées con los artistas más representativos del momento,
fue musa, amante, modelo, actriz, fotógrafa, empresaria,
y todo ello sin perder ni un ápice de su independencia, sabiendo
cómo moverse en todos los ambientes y sacando de ellos el
máximo partido.
Sin embargo, nada impidió que, una
vez terminada su relación con Man Ray, Lee se marchara de
vuelta a Nueva York, donde vivirá menos de dos años,
hasta 1934. Por entonces, el egipcio Aziz Eloui Bey se afianzaba
como su nueva pareja. Allí se dedicó a aquello que
sabía hacer bien, así, con ayuda de unos amigos que
funcionaron como socios capitalistas, Lee abre su propio estudio
de fotografía, contando con su hermano Erik como asistente,
centrado en el revelado y los trabajos en el cuarto oscuro. Su actividad
se desplegó fundamentalmente en el campo del retrato de encargo
y los trabajos comerciales para firmas del mundo editorial como
Vogue, Harpers Bazaar o Vanity Fair. Fue el también
fotógrafo Nickolas Muray quien abrió terreno a Lee
para que no le faltara trabajo en un momento de escasez del mismo,
fruto de las consecuencias críticas del crash de 1929
Algunas fotografías de Lee fueron
expuestas en la Julien Levy Gallery, con motivo de dos exhibiciones
de este género que el polifacético Levy organizó
en 1932.
El verano de 1934 marca un punto de inflexión
en la vida de Lee Miller, pues se casa con Aziz y se marcha a vivir
a Egipto, rodeada de una vida placentera y demasiado tranquila que,
ni las expediciones en el desierto, las grandes fiestas, el lujo,
las vacaciones en Europa, ni la fotografía, o la llegada
de su hermano Erik con su esposa en marzo de 1937, pudieron colmar
ni a largo ni a corto plazo. Ese mismo verano de 1937, Lee se marcha
a París, y será entonces cuando conozca a Roland Penrose
y empiece la que será su relación afectiva más
larga, que comenzará siendo de amantes para culminar en matrimonio
y traslado de su vida a Inglaterra, pero esto ocurrió mucho
después.
Durante
los paréntesis en Europa disfrutaba de sus amigos, de la
vida cultural, las diversiones desenfrenadas, de los bailes, y los
viajes, con descubrimientos de nuevas culturas y costumbres en Rumania,
Bulgaria, Siria, Líbano.
De
esta etapa de aventuras constantes, han quedado bellas fotografías
de los paisajes del desierto, de terrenos vacíos de vida.
Bajo títulos descriptivos, Lee fotografía la proyección
imponente de la Gran Pirámide de Gizeh sobre el Valle de
los Reyes, o una escalera sórdida, y en ellas practica los
juegos perspectivos y de iluminación para despertar sensaciones
fruto de la contraposición de cualidades. Portrait of Space
(Retrato del espacio, 1937) es una instantánea
espectacular que sigue con el leit-motiv del espacio vacío
de vida, como se observa en la imagen de la escalera y esa ventana
a medio descubrir, u otra imagen de la arena del desierto llena
de trazos creados por la acción de la naturaleza, roto su
trazo continuo, e incluso el sugestivo punto de vista bajo el que
capta las cúpulas del Monasterio de Wadi Natrum, cuya superficie
es recorrida por luces y sombras extremas, y aberturas hacia no
se sabe qué nueva dimensión espacial. Lo mismo en
esa puerta condenada que retrata en Siria en 1938, donde
el vano está casi cerrado con bloques de piedra, pero todavía
quedan huecos que traspasar hacia otras realidades, como en el espejo.
Llegados
a este punto, surge la ruptura, el afán de profundidad, de
captar la idea de otro espacio más allá, y así
se registra una dialéctica de contrarios que rompe con la
deseada vuelta a la unidad sobre el mismo plano que traducen sus
obras anteriores. La fotografía que sutura, ahora respira.
...MAIS
LE MONDE NE PEUT TOUT DE MÊME PAS RESTER ÉTERNELLEMENT
EN GUERRE POUR VOUR PROCURER DES ÉMOTIONS
El estado de sitio, la guerra, el frente,
se convirtieron en un auténtico modo de vida para Lee Miller:
ella misma era quien perseguía los bombardeos, poblaba las
ciudades asoladas, y se convirtió en sombra de la destrucción.
Paradójicamente,
algunas de sus fotografías de la Segunda Guerra Mundial lucen
sus mejores matices líricos, amén de su notable calidad
material y temática, y sus títulos y acompañamientos
textuales, que despliegan grandes dosis de ironía y de ingenio,
mecanismo de defensa en tiempos difíciles. En esta línea
son particularmente expresivas muchas de las instantáneas
de 1940 incluidas en el libro Grim Glory: Pictures of Britain Under
Fire, como es el caso de Remington Silent (Remington muda),
donde aparece en primer plano una máquina de escribir destrozada,
u otra en la que el instrumento despedazado es un piano (Piano by
Broadwood). Ambas encuentran su pendant en Revenge on Culture (Revancha
sobre la cultura), que retrata una escultura lánguida
de un desnudo femenino clasicista cubierta de escombros sobre el
suelo lleno de restos de bloques de piedra. Todas estas muestras
gráficas, sirven como denuncia de la situación de
caos vivida y de atentado contra la escritura, la música,
la cultura en general, mucho más que censuradas, totalmente
desmembradas[30]. Lee quiere llamar la atención sobre esta
consecuencia trascendental en el contexto bélico.
Las máquinas y los objetos, se convierten
en un medio alternativo, y muy eficaz, de retratar la miseria de
una carnicería a escala mundial como lo fue esta Guerra.
La sensación de fracaso, de imposibilidad de recomposición
desde esos estruendos sordos de sus presencias inertes, retratadas
una vez que el mazazo ha sido asestado con toda la dureza.
Siguió,
pues, de sorpresa en sorpresa, a medida que todos los objetos, en
el instante mismo en que se aproximaba, se le convertían
en árboles, y estaba casi persuadida de que otro tanto ocurriría
con el huevo.
Pero
el huevo no hacía sino crecer y crecer y adoptar una forma
cada vez más humana.
En
clave de humor, Lee nos ofrece una foto chocante donde, a través
de los hilos tejidos por un alambre de espino, vemos un par de ocas
que parecen estar apostadas al lado de un enorme huevo de plástico,
que no es otra cosa que un globo de defensa antiaérea, caído
sobre la hierba, el título Eggceptional Achievement (juego
de palabras entre huevo, excepcional y logro
que preferimos no intentar traducir porque pierde el sentido) añade
la dosis de hilaridad que permite sobrellevar semejante desastre,
a la vez que contribuye a crear una interpretación distinta
valorando los objetos tal como se presentan, con todo el extrañamiento
que eso supone, al margen de su función y su simbolismo.
Las
fotografías de Lee hablan por sí solas, documentan
los hechos desde un óptica muy personal que contrasta por
con la dinámica mantenida por reporteros como Cartier-Bresson
y su teoría de atrapar el instante decisivo, esa iluminación
súbita del aquí y ahora. En cambio, Lee deja que los
efectos se posen y la idea se asiente, el instante no es algo que
tenga prioridad para sus fotos, ante la magnitud de los hechos:
la sacudida se produce dentro del espectador, no tiene lugar dentro
de la imagen misma, es necesario acompañar lo que nos muestra
de una reflexión, así nos golpean sus instantáneas,
ese es el peculiar punctum, en el sentido de Barthes, que antes
hemos comentado, y que está presente en muchas de estas fotografías.
Women
with Fire Masks, nos produce esa sacudida, pues el primer impacto
lo producen esas máscaras rudimentarias, rígidas,
sobre dos rostros de mujeres ataviadas de manera cuidada, sin renunciar
al maquillaje y al peinado, a pesar de estar sentadas sobre
periódicos- a la entrada de un refugio antiaéreo.
Son las miradas directas, a través de esas máscaras
atroces que cubren los rostros de las dos mujeres lo que nos impacta,
pues no llegamos a ver su expresión, no nos dicen nada, y
a la vez lo dicen todo. Una de ellas lleva un silbato en la mano,
pendiente, y es que probablemente se trata de dos voluntarias de
defensa civil que canalizaban el flujo de gente a los refugios antiaéreos.
Aquí se retrata la tensión constante como una consecuencia
trascendental de esa situación de amenaza intermitente. Londons,
no night raid, one night of love (Londinenses, una noche sin
ataque, una noche de amor) aparece escrito en una pizarra
en otra de esas fotografías de 1940.
LA VIDA AL LADO DE LA MUERTE
Sin lugar a dudas, a base de encontronazos
frecuentes, Lee Miller llegaría a familiarizarse con la sensación
de la muerte, que tantas veces presenció y tantas veces fotografió.
En su juventud tuvo que habituarse a su presencia al tener que afrontar
el fallecimiento de algunos de sus seres más queridos. Y
este tipo de experiencias debieron infundirle cierta frialdad a
la hora de encajar los caprichosos golpes de la guadaña.
Un
temperamento poco impresionable sugiere su petición del seno
cortado tras una mastectomía para fotografiarlo acompañado
de cubiertos. Y en un estado de espíritu muy distinto, se
dispone a retratar el cadáver de un niño muerto sobre
un lecho lleno de flores en Rumania. No se puede obviar el hecho
de que la percepción de la muerte ha cambiado con el paso
del tiempo por diversos factores y, sin que tenga que ver con la
profundidad de los sentimientos, la familiaridad con la muerte,
como algo cotidiano y natural, se ha alterado. En esa idea de la
muerte más cercana de antaño, la fotografía
cobró desde su invención, un papel crucial, pues se
erigió como el medio que podía congelar el recuerdo,
esa última imagen del ser querido previa a su descomposición
fatal.
Otra
versión de la muerte nos es dada en sus estupendos reportajes
de la barbarie nazi, y en los desastres de esa terrible posguerra
que asoló Europa y que Lee Miller, armada con sus cámaras
Rolleiflex y junto a su compañero inseparable en la contienda,
Dave Scherman[34], retrató con ejemplar seguimiento desde
Normandía a Alsacia, presenciando la liberación de
algunos campos de exterminio, hasta llegar a Munich, asistir al
ataque de Salzburgo, pasando por las dos moradas de Hitler, su casa
de Munich y su refugio en los Alpes. Sólo una breve pausa
tras el armisticio, para pasar por su casa de Londres y cubrir un
reportaje de moda en Dinamarca para Vogue, fueron suficientes para
que Lee se percatara de que ese tipo de vida no iba con su carácter,
y se marchara a retratar la dura posguerra en Austria, Hungría,
y Rumania, hasta que recibe un ultimátum de su pareja para
regresar o romper definitivamente con su relación.
Y
en esta dolorosa fase, entra en juego esa otra idea de la muerte,
la que no es voluntaria ni producto de la enfermedad, pues aquí
Lee Miller pasa a dar testimonio del asesinato masivo y organizado.
La cámara se impone como escudo entre la artífice
y el tema, a saber, la muerte sistemática acompañada
de olor, infección y podredumbre, que era lo que reinaba
en los campos de exterminio. Cuando Lee asiste a la liberación
del campo de Dachau, la máquina actúa como ese testigo
silencioso que ofrece una verdad acontecida, y capta ese recuerdo
de la barbarie para instalarla en las memorias y enfrentarla, en
todos los rincones del mundo, pues la fotografía, integrada
en la prensa periódica, puede llevar ese fragmento de pesadilla
a todos los hogares para que no se olvide.
Con
la misma serenidad con la que retrata el bebé rumano fallecido,
capta la muerte en el rostro de la hija del burgomaestre de Leipzig,
que se suicidó con su familia entera, como hicieran muchas
otras, ante la inminencia del fin del sistema que les daba crédito,
por la irrupción de las fuerzas aliadas. La joven está
reclinada sobre un sillón, con la expresión última
congelada, y el brazalete que la vincula con su función dentro
de los servicios nazis, ortodoxamente colocado.
Lee
capta esas imágenes de cadáveres famélicos
apilados, que han perdido cualquier rastro de humanidad y han visto
disuelta toda individualidad, para convertirse en un amontonamiento
de miembros sin referencia precisa, a excepción del aniquilamiento
masivo. Retrata la impotencia de los médicos y soldados americanos
ante las visiones de cadáveres vivos o muertos, organismos
supervivientes de Dachau, que ya ni siquiera expresan la imposibilidad
de distinguir esa chispa que se identifica con la vida.
Y
el ajusticiamiento, como era de esperar... Lee asiste al fusilamiento
de László Bardossy, ex primer ministro húngaro,
y escoge el instante en que el reo se yergue orgulloso ante los
cuatro soldados que le apuntan con fusiles, a la vista de un cura
y de la masa de gente que asiste al evento. La fotógrafa
escoge un punto de vista en acusado picado, mucho más alto
que el punto al que se dirige la mirada del simpatizante nazi.
Esta
sordidez reconcentrada, contrasta con la alegría que reflejan
las enfermeras que atienden a los heridos tras el desembarco de
Normandía, a quienes Lee dedica un amplio reportaje, o con
el ambiente de concentración total que se vive entre los
médicos que atienden en los hospitales de campaña.
Destaca los contrastes brutales entre luces y sombras, fruto de
las condiciones deficientes de iluminación, y que dotan a
la imagen de una atmósfera de extrema dureza.
Cada
vez que el obturador es disparado, una pequeña muerte acontece,
es la muerte de un presente que constantemente se desliza y desaparece,
y la cámara registra en una de sus posibilidades puntuales.
La propia cámara mata el instante del sujeto, nos recuerda
que lo que hacemos ya es pasado, irrepetible... pero hay que jugar
con ella, hay que danzar con la muerte para experimentar lo que
es la vida, con intensidad. Y Lee Miller así lo hizo.
Sentada,
con los ojos cerrados, la muchacha casi se creía en el País
de las Maravillas, aunque supiera que, con sólo abrir de
nuevo los ojos, todo recobraría su insípida realidad.
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