EL POLLO URBANO
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Nº 92 (3ª Epoca) Extra Verano: Julio, Agosto y Septiembre 2008. Zaragoza. 
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Alfredo Molano Bravo



    
    Entre los principios que definen una democracia no es adjetiva la libertad de expresión, o de prensa, o de información. Batallas se han dado en su defensa; muertos ha habido. La censura, que tiene mil formas, amenaza siempre. La tiranía anda siempre rondando.

    El asesinato de periodistas en Colombia no deja de ser cotidiana. Baste que un interés creado se vea comprometido por una denuncia —e inclusive por una mera referencia— para que el periodista termine muerto, exilado, silenciado. O peor, aconductado.

    No hay regla fija, habiendo tantas reglas. Una acusación simple puede terminar en un asesinato; una crónica, en un tribunal. El gobierno saca pecho y se ufana mostrando que la cifra de periodistas muertos ha bajado. Obvio, si quedan menos. En Arauca, o en Caldas, por ejemplo, ya no matan porque los que salvaron su vida huyendo o callándose han aprendido a decir las cosas de tal manera que a nadie incomoden. Un logro de la democracia. Han aprendido también a escribir sin menoscabo de la pauta. Saben que hay límites, que hay cosas que no se pueden menear.

    Detrás de la tragedia del silencio obligado, de la palabra a medias, está la paranoia creada al efecto. No es difícil: baste dividir una sociedad entre buenos y malos, entre rojos y azules, entre los de acá y los de allá, entre patriotas y apátridas, para tener resultados a mano. Un efecto creciente que falsifica, aplasta, reseña. Y, llegado el caso, mata. A un periodista, como ha sucedido, lo pueden asesinar por “extralimitarse” en una opinión o en una nota, y automáticamente la sentencia flota en el ambiente: “algo debía”. Y la investigación queda prácticamente cerrada, así la justicia, cojeando, llegue a otra conclusión.

    La paranoia creada por un régimen que impone el maniqueísmo hace de la autocensura un modo de ser, de hablar y de escribir. La palabra pierde su vuelo. La adulación gana lo que la crítica pierde. El silencio se toma las calles, las oficinas; se balbucea por teléfono; toda carta o memorando es susceptible de convertirse en un documento judicial, en una prueba irrebatible. Los celulares son líneas directas con las centrales de inteligencia. O se hace creer en esos hilos. Para hablar claro se hace necesario ir a la esquina donde el viento se lleve la voz.

    El gobierno logra así el tan manido consenso social y político. Nadie puede negarlo: aparece en las encuestas y las encuestas aparecen en internet y lo que allí no aparezca, no existe. Después vienen las votaciones que ratifican y consolidan las verdades oficiales nacidas del miedo a ser señalado, a ser puesto contra la pared; una pared que puede volverse un muro de fusilamiento. Lo vemos a diario. La paranoia hace nacer en el ciudadano —y no sólo en el periodista— su propio censor. El enemigo se lleva adentro, comienza a ser parte de su mirada y poco a poco de su palabra.

    Una especie de esquizofrenia se generaliza: la gente ve una cosa y dice otra, tiene que decir otra para ser oído y no señalado. A partir de esa locura colectiva, maquinada a conciencia, todo puede pasar. El Príncipe puede hacer o deshacer, todo le está permitido, todo le queda bien. El aplauso es su único interlocutor. Todo funcionario publico —y hasta todo ciudadano— se convierte en su agente.

    La única virtud de tan enajenante estado de cosas es que el periodista —y hasta el ciudadano— que decida seguir siéndolo, tiene que apelar a la metáfora, a la hipérbole, a la parábola. La imaginación y, a la larga, hasta la literatura, gana lo que el periodismo pierde.


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