La situación política de nuestro
país podría acercarse a un punto de ebullición.
Como ocurre con el agua cuando hierve, los movimientos se multiplican,
y si el recipiente está lleno, con facilidad se desborda.
La fractura del PRD que sólo podría evitarse
con un acuerdo político de último momento
tendría en este momento el doble efecto de disminuir
el tamaño del recipiente y aumentar el calor. Dañaría
a la izquierda y, paradójicamente, al sistema político
en su conjunto.
La
división del PRD sería desastrosa para la izquierda
en la perspectiva de las elecciones de 2009 y 2012. Si para
competir y ganar se necesita del FAP (de la alianza partidista)
y de un FAP abierto a los ciudadanos; sin un PRD completo,
en un sistema muy competido, las elecciones se polarizarían
entre PRI y PAN, dejando a la izquierda en un bajo tercer
lugar.
El
divorcio pactado es una solución que no
tiene sustento. No está prevista en la ley, por lo
que ninguna de las partes (el PRD está hoy dividido
en dos partes iguales) aceptará dejar un registro tan
valioso a la otra.
Más
allá de la aritmética electoral, el efecto sicológico
de la división sería devastador. ¿Qué
apoyos puede conseguir quien no tiene expectativa de triunfo?
¿Quién confiaría en que la izquierda
puede formar alianzas amplias, si entre ellos no pueden resolver
sus diferencias?
Los
argumentos fundados en la descalificación moral del
adversario interno son insostenibles. La elección tuvo
suficientes irregularidades como para obligar a un cambio
radical del proceso interno.
La
fractura del PRD ha sido una tragedia anunciada. Desde hace
meses era previsible que, si no se arribaba a acuerdos políticos
oportunos y serios, el desenlace sería infortunado.
Se sabía que una elección sucia, resultante
de la falta de un padrón confiable y de la polarización
interna sin la jurisdicción y organización necesarias,
terminaría mal.
Que,
si la noche de la elección, quien perdía no
reconocía al ganador, el proceso estaría descalificado.
Y en los días siguientes de la elección, ya
era previsible que sólo la anulación conducida
por los contendientes evitaría el peor escenario: poner
en manos del Tribunal el destino del partido.
También
se sabía que la fractura del PRD sería el
festín de la derecha. De nuevo, un festín
que no representará más que un triunfo pírrico.
En vez de política opositora electoral, tendrán
mayores problemas de gobernabilidad.
Un
dominio bipartidista defensor del statu quo no tiene capacidad
para representar a los sectores inconformes. ¿Qué
harán los millones de mexicanos que están inconformes
con la situación actual, si no tienen un vehículo
electoral que los represente? Unos irán a la abstención.
Por esa vía se debilitará el régimen
democrático. Otros irán a la política
radical. Quienes conocen lo difícil que fue salir de
la violencia de los años 60 y 70, saben lo mucho que
está de por medio.
Quienes
mantienen contacto con los jóvenes que desconfían
de la política institucional saben que, por su carácter
reformista, el PRD, e incluso el movimiento de AMLO, eran
vistos con desconfianza. Ahora, sin opción de triunfo
electoral, ¿qué espacio les dejamos a los jóvenes
de las escuelas públicas y a los excluidos?
Para
la clase política en su conjunto que en su mayoría
apostó a la fractura del PRD es un error que,
por sus pequeñas ambiciones y falta de visión,
se anule la posibilidad de que, mediante un partido democrático
de izquierda, se impulse el cambio y se canalice la inconformidad
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