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Este
verano, seguiendo uno de los caminos que me marcaba la vida,
llegué a Armenia, pequeño país cáucasico.
Llegué, sinceramente, sabiendo bien poco de la cultura
milenaria que esconde ese pequeño punto en el mapa
del mundo. Y descubrí una joya, una especie de fósil
en forma de civilización que se ha defendido con uñas
y dientes para conservar una forma de entender la vida a través
de un idioma y un cristianismo propios. Una cosa me atrajo
sobre el resto: el peso del genocidio armenio sobre los hombros
del país. Un peso imborrable. Cosas de la historia,
ese genocidio ha vuelto a saltar recientemente a las primeras
planas de los diarios.
El
Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de
Representantes de EEUU aprobó recientemente una condena
explícita al genocidio armenio perpetrado a principios
del siglo XX por un Imperio Otomano en decadencia. Aunque
la resolución todavía no ha sido ratificada
por la totalidad de la Cámara, la decisión amenaza
con dañar la histórica alianza entre Turquía
y EE UU. El considerado primer genocidio del siglo XX, reconocido
sólo por algunos países y negado en rotundo
por Turquía, desordena ahora de lleno el complicado
puzzle de las relaciones internacionales.
Pero,
¿qué queda del genocidio en Armenia? ¿Cómo
miran los armenios hacia su pasado? ¿Y a su futuro?
Ésta es la breve radiografía de un pequeño
país cáucasico de tradición cristiana
marcado por la eliminación de un millón y medio
de los suyos: los armenios siguen mirando con desconfianza
a los países musulmanes de su entorno.
En
en corazón del Cáucaso
Enclavado en el corazón
del Cáucaso, Armenia ocupa una estratégica posición
entre grandes países de tradición musulmana:
Turquía, Azerbaiyán e Irán. Con tres
millones de habitantes en su interior y siete en el exilio,
su tradición cristiana coloca al país en una
situación incómoda. "Somos una nación
que siempre ha estado amenazada por su entorno durante nuestra
historia reciente", afirma Lilit Simonyan, una joven
trabajadora social de Stepanavan, al norte del país.
"Siempre intentamos estar a
la sombra de grandes potencias que puedan protegernos de posibles
amenazas y nuevos genocidios". Rusia y EE
UU pugnan ahora por hacerse con el poder de influencia en
el estratégico Cáucaso.
Lilit
nombra sin querer el gran lastre que su país viene
arrastrando durante los últimos noventa años:
la limpieza étnica que el Imperio Otomano llevó
a cabo en la parte oriental de sus dominios entre 1915 y 1923.
Los jóvenes tienen bien presente lo que pasó
en aquellos años gracias a la omnipresencia del genocidio
en la educación y los museos. Los pocos que quedan
de aquella época aportan su grano de arena para que
el genocidio no desaparezca de los anales de la historia contemporánea.

La
artista Heghine Abrahamyan es una de las pocas voces vivas
que quedan de aquel genocidio. Heghine, a sus 97 años,
sigue pintando en un apartamento en el centro de la capital
Yereván. Cuando tenía tres años, ella
y su familia fueron deportados por primera vez de la ciudad
de Ardahan a la de Kars, y con ocho, en 1921, tuvieron que
abandonar para siempre la zona armenia del Imperio turco.

Heghine rememora las imágenes
de la "masacre de hombres, mujeres y niños",
cómo los militares turcos "aprovechaban cualquier
excusa para disparar sobre la masa de refugiados", las
explosiones de las armas de los soldados. "No
odio a los turcos, pero no me fio de ellos y, sobre todo,
ni olvido ni perdono", afirma recelosa. "Sé
que algún día todo el mundo condenará
el genocidio armenio. La Unión Europea debería
saber qué tipo de políticos gobiernan Turquía:
si entra en Europa con el peso del genocidio sobre sus hombros,
la UE dinamitará sus propias bases",
sentencia la anciana.
Ararat
y Nagorno-Karabaj
En
el sur de Armenia, la montaña Ararat, ahora en territorio
turco, supone un auténtico símbolo nacional
y representa la omnipresencia del genocidio turco en la historia
armenia más reciente. Puesto que las fronteras con
Turquía siguen cerradas, los armenios sólo pueden
disfrutar de Ararat desde la distancia y anhelan poder recuperar
algún día esa masa de tierra.
En
el este, mientras tanto, sigue latente la sangrienta guerra
mal cerrada a mediados de los años 90 entre Armenia
y Azerbaiyán por el territorio Nagorno-Karabaj, de
mayoría étnica armenia. Una paz no oficial esconde
una tensión militar con enfrentamientos esporádicos
e intercambio de disparos que representan, una vez más,
el díficil encaje del cristianismo armenio en un Cáucaso
rodeado de naciones musulmanas. 250.000 refugiados procedentes
de Azerbayián siguen malviviendo en Armenia sin la
esperanza de poder volver algún a su tierra de origen.

Amin es un joven armenio-holandés
de 18 años que vive en Ámsterdam desde que nació.
Está en Armenia de vacaciones, "como cada año".
Pese haber crecido en una sociedad abierta y multicultural,
la opinión de Amin sobre los musulmanes demuestra que
el odio sigue bien incrustado en las nuevas generaciones:
"Los europeos tenéis
buenas ideas sobre el papel, pero sois muy inocentes. Los
armenios sabemos que los musulmanes, ya sean turcos o azeríes,
siempre tienen dos caras: llegan a tu país con piel
de cordero y cuando te das cuenta te quieren echar e imponer
sus propias leyes. Los problemas de convivencia entre musulmanes
y cristianos en Europa ya han comenzado, y de aquí
a 20 años serán todavía peores".
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