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ARMENIA, UN PAÍS MARCADO POR UN GENOCIDIO
Andreu Jerez (Corresponsal de El Pollo Urbano en Berlín)
Reportaje elaborado con la inestimable ayuda de la fotógrafa Mar Costa




    Este verano, seguiendo uno de los caminos que me marcaba la vida, llegué a Armenia, pequeño país cáucasico. Llegué, sinceramente, sabiendo bien poco de la cultura milenaria que esconde ese pequeño punto en el mapa del mundo. Y descubrí una joya, una especie de fósil en forma de civilización que se ha defendido con uñas y dientes para conservar una forma de entender la vida a través de un idioma y un cristianismo propios. Una cosa me atrajo sobre el resto: el peso del genocidio armenio sobre los hombros del país. Un peso imborrable. Cosas de la historia, ese genocidio ha vuelto a saltar recientemente a las primeras planas de los diarios.

    El Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes de EEUU aprobó recientemente una condena explícita al genocidio armenio perpetrado a principios del siglo XX por un Imperio Otomano en decadencia. Aunque la resolución todavía no ha sido ratificada por la totalidad de la Cámara, la decisión amenaza con dañar la histórica alianza entre Turquía y EE UU. El considerado primer genocidio del siglo XX, reconocido sólo por algunos países y negado en rotundo por Turquía, desordena ahora de lleno el complicado puzzle de las relaciones internacionales.

    Pero, ¿qué queda del genocidio en Armenia? ¿Cómo miran los armenios hacia su pasado? ¿Y a su futuro? Ésta es la breve radiografía de un pequeño país cáucasico de tradición cristiana marcado por la eliminación de un millón y medio de los suyos: los armenios siguen mirando con desconfianza a los países musulmanes de su entorno.

En en corazón del Cáucaso

   

      Enclavado en el corazón del Cáucaso, Armenia ocupa una estratégica posición entre grandes países de tradición musulmana: Turquía, Azerbaiyán e Irán. Con tres millones de habitantes en su interior y siete en el exilio, su tradición cristiana coloca al país en una situación incómoda. "Somos una nación que siempre ha estado amenazada por su entorno durante nuestra historia reciente", afirma Lilit Simonyan, una joven trabajadora social de Stepanavan, al norte del país. "Siempre intentamos estar a la sombra de grandes potencias que puedan protegernos de posibles amenazas y nuevos genocidios". Rusia y EE UU pugnan ahora por hacerse con el poder de influencia en el estratégico Cáucaso.

    Lilit nombra sin querer el gran lastre que su país viene arrastrando durante los últimos noventa años: la limpieza étnica que el Imperio Otomano llevó a cabo en la parte oriental de sus dominios entre 1915 y 1923. Los jóvenes tienen bien presente lo que pasó en aquellos años gracias a la omnipresencia del genocidio en la educación y los museos. Los pocos que quedan de aquella época aportan su grano de arena para que el genocidio no desaparezca de los anales de la historia contemporánea.

    La artista Heghine Abrahamyan es una de las pocas voces vivas que quedan de aquel genocidio. Heghine, a sus 97 años, sigue pintando en un apartamento en el centro de la capital Yereván. Cuando tenía tres años, ella y su familia fueron deportados por primera vez de la ciudad de Ardahan a la de Kars, y con ocho, en 1921, tuvieron que abandonar para siempre la zona armenia del Imperio turco.



    Heghine rememora las imágenes de la "masacre de hombres, mujeres y niños", cómo los militares turcos "aprovechaban cualquier excusa para disparar sobre la masa de refugiados", las explosiones de las armas de los soldados. "No odio a los turcos, pero no me fio de ellos y, sobre todo, ni olvido ni perdono", afirma recelosa. "Sé que algún día todo el mundo condenará el genocidio armenio. La Unión Europea debería saber qué tipo de políticos gobiernan Turquía: si entra en Europa con el peso del genocidio sobre sus hombros, la UE dinamitará sus propias bases", sentencia la anciana.

Ararat y Nagorno-Karabaj

    En el sur de Armenia, la montaña Ararat, ahora en territorio turco, supone un auténtico símbolo nacional y representa la omnipresencia del genocidio turco en la historia armenia más reciente. Puesto que las fronteras con Turquía siguen cerradas, los armenios sólo pueden disfrutar de Ararat desde la distancia y anhelan poder recuperar algún día esa masa de tierra.

   En el este, mientras tanto, sigue latente la sangrienta guerra mal cerrada a mediados de los años 90 entre Armenia y Azerbaiyán por el territorio Nagorno-Karabaj, de mayoría étnica armenia. Una paz no oficial esconde una tensión militar con enfrentamientos esporádicos e intercambio de disparos que representan, una vez más, el díficil encaje del cristianismo armenio en un Cáucaso rodeado de naciones musulmanas. 250.000 refugiados procedentes de Azerbayián siguen malviviendo en Armenia sin la esperanza de poder volver algún a su tierra de origen.



    Amin es un joven armenio-holandés de 18 años que vive en Ámsterdam desde que nació. Está en Armenia de vacaciones, "como cada año". Pese haber crecido en una sociedad abierta y multicultural, la opinión de Amin sobre los musulmanes demuestra que el odio sigue bien incrustado en las nuevas generaciones: "Los europeos tenéis buenas ideas sobre el papel, pero sois muy inocentes. Los armenios sabemos que los musulmanes, ya sean turcos o azeríes, siempre tienen dos caras: llegan a tu país con piel de cordero y cuando te das cuenta te quieren echar e imponer sus propias leyes. Los problemas de convivencia entre musulmanes y cristianos en Europa ya han comenzado, y de aquí a 20 años serán todavía peores".

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