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20
de febrero de 2008
Era
un mediodía lluvioso cuando Dionisio Sánchez
y yo salimos en dirección a Osia. Íbamos
a pernoctar en ese pueblo pre-pirenaico y al día
siguiente iniciar un viaje de cuatro días por
el norte de Huesca. Este viaje nos serviría para
documentar pueblos aragoneses deshabitados. Aunque,
como comprobaría más tarde, algunos de
los pueblos que visitaríamos no entran estrictamente
en esta categoría.
El
viaje lo hacíamos a bordo de un viejo Land Rover
Santana, ruidoso, duro y con larga experiencia y adecuado
para las pistas de la montaña. El coche remolcaba
800 kilos de leña de carrasca destinadas a mitigar
el frío de los inviernos de Osia. Paramos en
Huesca y compramos comida más alguna que otra
cosa necesaria para el viaje. Hicimos otra parada en
Murillo de Gállego para comer pero, desafortunadamente,
el restaurante estaba de obras, así que seguimos
hasta Santa María de la Peña. Allí
pudimos reponer energías con un bocadillo de
tortilla de chorizo al estilo clásico y un vaso
de vino en un pequeño bar al borde de la carretera.
Al llegar a Osia, lo primero que hicimos fue encender
el fuego del hogar para templar el frío invernal
de la casa de piedra. Después descargamos la
leña lo que nos hizo entrar en calor. Una vez
terminadas estas tareas no sentamos para planear algunos
detalles del periplo que empezaba al día siguiente.
El
viaje había sido planeado en diciembre pasado.
Fue entonces cuando Dionisio me ofreció participar
en él y escribir un texto que recogiera las impresiones
de dicha experiencia. Lo acepté con entusiasmo
ya que me ofrecía una oportunidad única
para conocer pueblos y lugares de una tierra de la que,
por razones de mi profesión, científico,
me he visto alejado durante décadas. El viaje
recorrería pueblos de las cuatro comarcas pirenaicas:
Jacetanía, Alto Gállego, Sobrarbe y Ribagorza.
Es decir, todo el norte oscense. La tierra de mis ancestros.
La
noche había caído hacía un par
de horas cuando, al calor del hogar, acabamos de discutir
algunos detalles sobre lo que haríamos al día
siguiente. La cercanía de los lugares a visitar
ayudaba a que tomara cuerpo en mi imaginación
lo que nos esperaba. Tenía la sensación
de que íbamos a encontrar parajes de gran belleza
pero donde el calor de la vida humana había desaparecido
hace mucho tiempo. Temía la tristeza de dicha
experiencia. Para prepararme, me había documentado
los meses anteriores utilizando los medios a mi alcance:
Internet. Me di cuenta que no era fácil encontrar
información relativa a muchos de los pueblos
deshabitados que planeábamos visitar. Esto me
hacía sentirme limitado para el trabajo, pero
me consolaba a mi mismo pensando que mis sensaciones
y la descripción de lo que viera podían
tener un valor documental.
Según
la Gran Enciclopedia Aragonesa, en la historia de Aragón,
han sido un hecho recurrente los ciclos de poblamiento
y despoblamiento en los lugares pirenaicos. En un artículo
sobre los pueblos deshabitados se cita a Ignacio Jordán
Claudio de Asso y del Río, quien dice que: "reducidos
los Christianos por la invasión de los árabes
a habitar los valles del Pirineo, se fueron allí
multiplicando por el espacio de quatro siglos, que tardó
en extenderse la conguista a la tierra llana; y de aquí
procedió la multitud casi increíble de
lugares que hubo en las montañas de Jaca".
Así, según el naturalista, jurista e historiador
zaragozano de finales del siglo XVIII, los valles pirenaicos
florecieron como refugio militar de los cristianos ante
el desarrollo de la cultura y política musulmana
que los expulsó de las tierras fértiles
del llano y de la ribera durante cuatro siglos empezando
por el VIII. Cuando la reconquista de tierras ofreció
la posibilidad de migrar hacia el llano y la depresión
del Ebro, los valles pirenaicos sufrieron un proceso
de despoblación. Citando de nuevo a de Asso:
"muchos lugares se despoblaron a medida que sus
habitadores se fueron trasladando con la conquista a
la tierra llana, y abandonaron su país nativo,
donde ya no podían vivir sino con suma estrechez,
y miseria por la falta de recursos de aquel terreno
áspero, e incapaz de sustentarlos cómodamente".
Esta despoblación sucedió entre los siglos
XII a XIV. En los dos siglos siguientes hubo un periodo
de crecimiento en los valles pirenaicos. Aun así,
sus pueblos tenían menos fuegos, es decir habitantes,
que los pueblos del llano. Claramente la vida era más
difícil en las frías alturas pirenaicas.
Cito de nuevo el bien informado artículo de la
Enciclopedia: "A mediados del siglo XVI, según
las investigaciones de A. San Vicente, había
1.450 entidades de población en Aragón;
en la actual prov. de Huesca se contabilizaban 823 poblaciones
agrupando 14.260 fuegos (71.300 personas), lo que quiere
decir que los pueblos eran muy pequeños (un valor
medio de 17,3 fuegos por pueblo)." Los pueblos
pirenaicos eran mucho más pequeños que
los pueblos del llano ya que estos tenían 69.3
fuegos de media.
En
el siglo XVII la población vuelve a decaer en
el norte oscense, así como en el resto de Aragón.
Las razones fundamentales son la peste y la expulsión
de los moriscos. Tenemos la fortuna de contar con el
estudio de Asso que cataloga los pueblos abandonados
en Aragón en 1798. Cita 42 pueblos del distrito
de Jaca de los que en su tiempo ya no quedaban ni siquiera
vestigios. Según el mismo autor, la mayoría
de los despoblados ya lo eran en 1495. En los siglos
que van desde el XVIII hasta el XIX hay un crecimiento
poblacional generalizado que también afecta a
la provincia de Huesca donde incluso surgen nuevas poblaciones.
En el siglo XX, sin embargo, se da el proceso contrario,
la gran despoblación de los valles pirenaicos.
Sobre todo entre los años 1950 a 1980, debido
a la emigración en búsqueda de trabajo
a los grandes núcleos urbanos españoles
o de otros países europeos y americanos como
Argentina. De hecho hay quien mantiene que la segunda
gran ciudad de Aragón no es Barcelona sino Buenos
Aires, donde viven un gran numero de aragoneses y descendientes
de ellos. Se estima que de los pueblos aragoneses emigraron
hacia la Argentina hasta ocho mil familias, entre 1890
y 1925. El duro panorama económico de la posguerra,
forzó la emigración de muchas familias
hacia las grandes ciudades. Esta emigración se
noto particularmente en zonas como los valles pirenaicos
de la provincia de Huesca. Según el excelente
artículo de la Enciclopedia Aragonesa, la provincia
de Huesca tenía en el censo de 1999 menos población
que en el de 1857. En el apéndice del artículo
datado en el 2003, cita 1064 lugares despoblados en
Aragón (http://www.enciclopedia-aragonesa.com/voz.asp?voz_id=20266).
Como
vemos la despoblación de los valles pirenaicos
no es únicamente un hecho de nuestra historia
reciente sino que se ha dado en varias ocasiones a lo
largo de los siglos. Cierto que la mayoría de
nosotros conocemos mejor y hemos sentido más
el impacto de la última migración, la
de los años 1950-1980. Pero también es
cierto que la dureza de la vida en dichos lugares ha
hecho que sus habitantes también hayan emigrado
en épocas anteriores en busca de una vida más
fácil. Dicha despoblación rural todavía
no ha terminado. Hoy, leyendo la prensa diaria he encontrado
un artículo de Juan Ortega en ADN titulado "Despoblación".
Según dicho artículo, las últimas
cifras del Padrón revelan que 42% de los pueblos
de Aragón perdieron habitantes en el 2006 pese
a que la población total está en crecimiento.
Son
más de las diez de la noche y la oscuridad se
ha cerrado sobre Osia. El cielo está despejado
y promete no llover al día siguiente. La prensa
ha anunciado un eclipse de luna. Me voy a la cama pensando
el viaje del día siguiente. Espero ver pueblos
deshabitados recientemente y quizás pasar también
por lugares que fueron habitados pero donde el paso
de los siglos ha eliminado todo vestigio humano.
25
de febrero 2008
Las
siete de la mañana. El despertador del móvil
ha sonado pero ya estaba despierto. No he dormido bien.
No sé porqué. Me encuentro fresco aunque
algo cansado. Salgo afuera de la casa para sentir el
frío de la mañana. Es de noche todavía
pero está empezando a clarear. El pueblo se halla
cubierto por una neblina que da a las casas un aspecto
fantasmagórico. Tomo unas fotos como es mi costumbre
cada vez que voy a Osia. Con los años me he dado
cuenta que las fotos siempre son de los mismos lugares,
pero cuando las comparo son todas diferentes. Cada una
de ellas refleja unos colores y unos momentos diferentes,
como si los lugares tuvieran su propia vida.
Una
ducha y sin tomar té o café, cargamos
el Land-Rover de las herramientas para el rodaje. Antes
de las ocho de la mañana salimos hacia nuestro
primer objetivo de rodaje: El valle de la Garcipollera.
Al cabo de una media hora de viaje por una carretera
serpenteante, llegamos a Jaca. Paramos junto a una plaza
que ha sufrido los efectos de una remodelación
de diseño reciente. La estética de los
añadidos es incomprensible y parece que tienen
la intención de ocultar los edificios antiguos
y llenos de historia que forman la plaza. Allí
mismo hay una panadería donde compramos unas
barras para el almuerzo. Seguimos unos pocos kilómetros
hacia el norte hasta llegar a Castiello de Jaca. Sin
parar giramos hacia la derecha en dirección a
nuestro primer destino.
Bescós de la Garcipollera
A
unos cuatro kilómetros al este de Castiello se
halla situado este pueblo donde hoy no vive nadie en
sus antiguos edificios. Se halla en la vega del Valle
del Ijuez y respaldado al sur por la Sierra de Baraguás.
Hoy, los antiguos habitantes han sido reemplazados por
una granja de experimentación animal. Vemos vacas,
ovejas y perros y personas trabajando. Los edificios
nuevos tienen un aspecto entre moderno e industrial.
No es lo que uno espera en un lugar deshabitado porque
éste ya no lo es. Aquí se ve el trabajo
en movimiento y un intento de recuperar del olvido y
proveer de productividad económica a un enclave
que fue deshabitado. Máquinas, animales, personas
e instalaciones industriales trasmiten una vida que
contrasta con los edificios en ruinas junto a los recién
edificados.
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Decidimos filmar antes
del almuerzo. Cosa poco habitual. El pueblo conserva un
pequeño grupo de sus casas originarias en ruinas.
Entre ellas se halla la iglesia. Es de origen románico
aunque fue reconstruida en los siglos XVII y XVIII. Filmamos
balcones entre los que se abre paso la vegetación.
Forjas colgando de los edificios en ángulos insospechados,
montones de escombros, vigas de madera por doquier y muros
solitarios con tejados inexistentes configuran la imagen
del pueblo. Las zarzas y la hiedra se apoderan de lo que
fueron calles y casas habitadas. En lugar de personas,
el paisaje y las montañas cercanas se asoman entre
las ventanas. Los restos no son muy numerosos y terminamos
pronto de filmar. El pueblo ya no tiene nada que ver con
el mundo descrito por José Antonio Biosca en su
libro "El fotógrafo descansado" sobre
la Huesca de los años siguientes a la guerra civil
y que fue publicado en 1991.
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Tomamos
un descanso y empezamos a preparar el almuerzo. Digo
empezamos, pero debería decir mejor empieza.
Ya que Dionisio es el que va a ser el "chef"
y cocinero en este almuerzo y en todos los siguientes
durante el viaje. El menú: huevos de caserío
vasco. Auténticos. Como me ha explicado con detalle,
no son como los del supermercado. Los huevos de caserío,
de gallinas alimentadas con trigo, parece ser que se
caracterizan porque la clara no se expande cuando se
vierten en la sartén. La sartén es pequeña
y con abundante aceite y se calienta colocada encima
de una pequeña bombona de butano. El "chef"
vierte sobre la sartén un aceite semisólido
por el frío y, cuando ya se ha vuelto líquido
y empieza a chisporrotear, casca y vierte con cuidado
el huevo. En unos minutos tiene un aspecto delicioso
y listo para comer. También prepara unas longanizas
aragonesas, que abiertas por la mitad se fríen
en la misma sartén. Acompañados de guindillas,
olivas verdes, pan de Jaca, una bota con vino de su
casa de Soria y queso de Idiazabal, es un auténtico
festín que nos da las energías necesarias
para un largo día de trabajo.
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Larrosa
Seguimos
el camino en dirección a la iglesia del antiguo
monasterio de la Virgen de Iguázel, un precioso
edificio románico que se halla al final del valle
cerca del antiguo camino de Santiago. Esta iglesia se
empezó a construir entre los años 1040
y 1050 por orden de Galindo. Su existencia aparece documentada
ya en el año 1068. En la portada un texto dice:
"Esta es la puerta del Señor por donde entran
los fieles en la casa del Señor, que es iglesia
fundada en honor de Santa María. En ella se han
hecho obras por mandato de Sancho conde junto con su
esposa de nombre Urraca. Ha sido terminada en la era
de 1110 (año 1072) reinando el rey Sancho Ramírez
en Aragón, el cual ofreció por su alma
en honor de anta María la villa llamada Larrosa
para que le dé el Señor la vida eterna
amén. El lapidario de estas letras se llama Aznar.
El maestro de estas pinturas se llama Galindo Garcés."
Allí tomamos unas imágenes del bien conservado
edificio. También tomamos imágenes del
río y de las presas construidas para contener
el agua. Como fondo, podemos contemplar las montañas
nevadas de los Pirineos. Cruzamos uno de los diques
de contención del agua, que fluye por el río
Ijuez, y nos dirigimos a Larrosa por una pista de tierra.
Al cabo de aproximadamente un kilómetro llegamos
al desvío, desde el cual se ve un camino descendente
que conduce hacia el pueblo. El camino es inaccesible
con vehículos debido a una zanja profunda que
lo corta. El aspecto de la zanja delata que ha sido
ha cavada recientemente. Con toda probabilidad para
dificultar el acceso al pueblo y proporcionarle así
algo de protección mediante el asilamiento. Cargamos
cámaras, trípodes y otros utensilios y,
después de sortear la zanja, descendemos el camino.
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Caminamos
unos diez minutos bordeando vallas de piedra medio derruidas
que señalan los antiguos y angostos caminos que
los antiguos habitantes de Larrosa debieron utilizar.
El pueblo esta situado en una ladera orientada hacia
el valle. El sol le da un aspecto que disminuye la tristeza
de las ruinas. El paisaje es magnífico. Es un
mirador a las montañas que lo rodean cubiertas
de verde arbolado. El declive donde se asienta esta
abancalado y las casas guardan una respetuosa distancia
entre ellas. A causa de la repoblación forestal
del valle, los árboles compiten hoy con los restos
de las viviendas.
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La
historia de la repoblación forestal en España
ha sido muy controvertida. Podríamos resumirla
así. A finales del siglo XIX, las desamortizaciones
originaron la venta de cientos de miles de hectáreas
de bosque de la nobleza y el clero. El resultado fue
que se talaron los árboles para vender la madera.
Esta deforestación generó una aceleración
de la erosión e inundaciones. El gobierno tomó
entonces medidas para realizar el primer plan de reforestación.
Posteriormente, en los años 1940-1975, se repoblaron
más de dos millones y medio de hectáreas
para paliar la erosión y al mismo tiempo para
dar trabajo a muchos españoles en una época
de dificultades económicas. Desgraciadamente
se cometieron numerosos errores al repoblar con especies
no idóneas en muchos lugares. Principalmente
pinos. La gente de pueblo llamaba a los ingenieros "planta
pinos." Las políticas actuales son más
específicas con las especies a plantar. En los
años de posguerra la política de expropiación
de tierras para reforestar aceleró el proceso
de emigración en las áreas pirenaicas.
La política de construcción de pantanos
también agudizó la despoblación
al expropiar tierras para plantar árboles y así
retrasar la colmatación de los pantanos. Es decir
evitar la erosión y que las tierras arrastradas
llenaran los pantanos. En algunos casos los árboles
se plantaron dentro de los pueblos mismos dificultando
así su posible repoblación, dificultad
añadida al hecho de ya no había tierras
para cultivar puesto que se habían plantado árboles
en ellas.
Esta
política de reforestación es evidente
en Larrosa. Mires a donde mires se ven árboles.
Incluso dentro del pueblo. A pesar de eso, lo restos
que han sobrevivido al tiempo nos revelan fragmentariamente
una forma de vivir hoy desaparecida. Una casa, de la
que solo queda un muro, destaca entre la maleza. La
hiedra que la cubre le da un aspecto imponente. El edificio
mejor conservado es la iglesia, que destaca sobre los
demás. De origen medieval, es de una sola nave
y tiene el típico ábside semicircular
del románico. En el interior hay unas tumbas
que datan de los siglos XVII y XVIII. Las vistas son
magníficas. La altura nos permite observar el
valle allá al fondo. Las montañas circundantes
le dan al entorno un aura de grandiosidad. La belleza
del lugar y el sol brillante que aviva los colores impiden
que la tristeza que destilan las ruinas se convierta
en el sentimiento predominante.
La
mañana se nos está echando encima y queda
mucho por ver y rodar. Así que decidimos emprender
la vuelta. Ahora el camino es cuesta arriba y el sol
pega con fuerza. Las ropas de abrigo para combatir el
frío de la mañana ahora son un estorbo.
Los diez minutos de vuelta se hacen mucho más
pesados. Pasamos de nuevo al lado de los antiguos caminos
bordeados por derruidas vallas de piedra. Mientras hacemos
el esfuerzo, trato de imaginarme cómo fue la
vida de los habitantes de este pueblo tan aislado entre
valles. De dónde y cómo obtendrían
los medios para subsistir. Cómo serían
sus relaciones y cómo se comunicarían
con los pueblos circundantes. Cuando llegamos al coche
ha pasado el mediodía y nos tenemos que dirigir
a Villanovilla en el camino de vuelta hacia Castiello
de Jaca.
Villanovilla
Este
pueblo está situado en un desvío a la
izquierda en el camino que de Larrosa, pasando por Acín,
va hacia Bescós de la Garcipollera. En realidad
es un pueblo que nunca estuvo totalmente despoblado
Hoy está prácticamente restaurado en su
totalidad. Incluso uno tiene la sensación de
que más que restaurado ha sido construido de
nuevo. Todos los edificios tienen un aspecto limpio
y hasta lujoso. No tiene nadar que ver con los pueblos
que hemos visto en la mañana.
Las
tierras de cultivo y los montes de Villanovilla fueron
expropiados en los años 1960 para la construcción
del pantano de Yesa, pero los vecinos evitaron la expropiación
del pueblo, lo que ha facilitado que no se despoblara.
Ahora hay casa rural y restaurante, pero no vemos otro
ser humano que un turista que ha venido haciendo "auto
stop". A pesar de la falta de gente, se nota, por
el lujo y lo cuidadas que están muchas casas,
que al menos algún fin de semana al año
sus dueños aparecerán por allí.
Buscando en Internet aparecen anuncios vendiendo chalets
adosados, apartamentos vacacionales y otras ofertas
turísticas. El pueblo esta situado en un enclave
magnifico para observar el paisaje circundante, pero
no comunica las mismas emociones que Larrosa. Es de
alabar que siga existiendo gracias a la inversión
económica de sus propietarios, pero uno tiene
la sensación de que es un pueblo nuevo donde
la historia se ha diluido tras las nuevas construcciones.
Es tarde y, después de obtener los planos necesarios,
nos ponemos en marcha hacia Sabiñánigo
para realizar la segunda parte de la jornada. Nos dirigimos
a la zona llamada del Sobrepuerto, situada entre Sobrarbe
y el Alto Gallego. El destino es Basarán.
Basarán
Además
de Basarán, la zona del sobrepuerto incluye otros
pueblos como Ainielle Escarpín, Otal, Broto,
Cortiellas, Sasa y Ziellas. Uno de estos pueblos, Ainielle,
se hizo famoso gracias a la novela "La lluvia amarilla"
de Julio Llamazares, un escritor y periodista que nació
en un pueblo de León inundado por el embalse
de Porma. La novela fue publicada en 1988 y, además
de ser finalista al Premio Nacional de Literatura, tuvo
un éxito inesperado de público. Está
escrita como el monólogo del último habitante
de un pueblo abandonado. La "lluvia amarilla",
de hojas otoñales, simboliza el paso del tiempo
y la presencia de la muerte. En el monólogo se
recuerda a los habitantes desaparecidos y se describe
la continua soledad del personaje que solo espera a
la muerte y con ella la del pueblo. Llamazares decidió
llamar a este pueblo novelado Ainielle después
de una visita a los valles del Pirineo aragonés.
En un principio había pensado en un pueblo soriano.
Quizás la provincia con más pueblos deshabitados
en España, después de Huesca.
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Nos
dirigimos primero hacia el Ayuntamiento de Biescas.
Allí pensamos obtener la llave que nos permitirá
abrir el candado que cierra la barrera hacia Susín,
que es el segundo pueblo a visitar después de
Basarán. Tenemos un permiso para circular por
los montes patrimoniales del Gobierno de Aragón
y para circular por los caminos forestales de acceso
a ellos que nos ha concedido amablemente el Director
Provincial de Medio Ambiente D. Inocencio Altuna Fumanal.
Una vez dentro del ayuntamiento nos dicen que la barrera
está rota pero que nos iban a proporcionar una
"autorización para circular por pista con
vehiculo a motor." La cartulina roja que nos entregan
es una protección hasta el día siguiente
contra las posibles multas.
Para
echar un trago, y preparar un poco lo que queda de trabajo,
entramos en un bar al lado del ayuntamiento. Allí,
con prisas, tomamos una tapa y un vino tinto, o cerveza,
según nuestros gustos. Pocos minutos después,
tras haber consultado los mapas, estamos de nuevo en
la carretera en dirección hacia Basarán.
Bajamos
desde Biescas hacia el sur hasta llegar al desvío
que, a la izquierda, nos lleva en unos pocos kilómetros
hasta el pueblo de Oliván. Allí paramos
a preguntar sobre el estado de la pista a un habitante
del lugar. Un señor mayor que nos informa con
precisión sobre las pistas que conducen a Basarán
y a Susín (último pueblo a visitar en
la jornada). Seguimos adelante por el valle rodeados
de árboles frondosos. Al cabo de unos cuantos
kilómetros la pista se vuelve más difícil.
Empiezan a aparecer manchas de nieve que cada vez son
más abundantes. Al poco tiempo, es necesario
bloquear los diferenciales del coche para evitar que
patine en la nieve y el barro cada vez más abundantes.
Avanzamos más lentamente y ya son las tres y
pico de la tarde. Los parches de nieve ahora son tramos
de hasta cien metros completamente cubiertos de nieve
espesa. La luz empieza a declinar y tememos que, si
tardamos mucho, no sea suficiente para filmar el último
pueblo. Finalmente, no sin superar las creciente dificultades
de la carretera llegamos a Basarán. Como si no
tuviéramos suficientes dificultades, ha empezado
a llover. Sacamos el enorme paraguas de colores almacenado
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