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Nº 94 (3ª Epoca) Noviembre 2008. Zaragoza. 
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Un viaje por los pueblos deshabitados de Aragón
Por Jesús Sáinz

  

20 de febrero de 2008

    Era un mediodía lluvioso cuando Dionisio Sánchez y yo salimos en dirección a Osia. Íbamos a pernoctar en ese pueblo pre-pirenaico y al día siguiente iniciar un viaje de cuatro días por el norte de Huesca. Este viaje nos serviría para documentar pueblos aragoneses deshabitados. Aunque, como comprobaría más tarde, algunos de los pueblos que visitaríamos no entran estrictamente en esta categoría.

    El viaje lo hacíamos a bordo de un viejo Land Rover Santana, ruidoso, duro y con larga experiencia y adecuado para las pistas de la montaña. El coche remolcaba 800 kilos de leña de carrasca destinadas a mitigar el frío de los inviernos de Osia. Paramos en Huesca y compramos comida más alguna que otra cosa necesaria para el viaje. Hicimos otra parada en Murillo de Gállego para comer pero, desafortunadamente, el restaurante estaba de obras, así que seguimos hasta Santa María de la Peña. Allí pudimos reponer energías con un bocadillo de tortilla de chorizo al estilo clásico y un vaso de vino en un pequeño bar al borde de la carretera. Al llegar a Osia, lo primero que hicimos fue encender el fuego del hogar para templar el frío invernal de la casa de piedra. Después descargamos la leña lo que nos hizo entrar en calor. Una vez terminadas estas tareas no sentamos para planear algunos detalles del periplo que empezaba al día siguiente.

    El viaje había sido planeado en diciembre pasado. Fue entonces cuando Dionisio me ofreció participar en él y escribir un texto que recogiera las impresiones de dicha experiencia. Lo acepté con entusiasmo ya que me ofrecía una oportunidad única para conocer pueblos y lugares de una tierra de la que, por razones de mi profesión, científico, me he visto alejado durante décadas. El viaje recorrería pueblos de las cuatro comarcas pirenaicas: Jacetanía, Alto Gállego, Sobrarbe y Ribagorza. Es decir, todo el norte oscense. La tierra de mis ancestros.

    La noche había caído hacía un par de horas cuando, al calor del hogar, acabamos de discutir algunos detalles sobre lo que haríamos al día siguiente. La cercanía de los lugares a visitar ayudaba a que tomara cuerpo en mi imaginación lo que nos esperaba. Tenía la sensación de que íbamos a encontrar parajes de gran belleza pero donde el calor de la vida humana había desaparecido hace mucho tiempo. Temía la tristeza de dicha experiencia. Para prepararme, me había documentado los meses anteriores utilizando los medios a mi alcance: Internet. Me di cuenta que no era fácil encontrar información relativa a muchos de los pueblos deshabitados que planeábamos visitar. Esto me hacía sentirme limitado para el trabajo, pero me consolaba a mi mismo pensando que mis sensaciones y la descripción de lo que viera podían tener un valor documental.

    Según la Gran Enciclopedia Aragonesa, en la historia de Aragón, han sido un hecho recurrente los ciclos de poblamiento y despoblamiento en los lugares pirenaicos. En un artículo sobre los pueblos deshabitados se cita a Ignacio Jordán Claudio de Asso y del Río, quien dice que: "reducidos los Christianos por la invasión de los árabes a habitar los valles del Pirineo, se fueron allí multiplicando por el espacio de quatro siglos, que tardó en extenderse la conguista a la tierra llana; y de aquí procedió la multitud casi increíble de lugares que hubo en las montañas de Jaca". Así, según el naturalista, jurista e historiador zaragozano de finales del siglo XVIII, los valles pirenaicos florecieron como refugio militar de los cristianos ante el desarrollo de la cultura y política musulmana que los expulsó de las tierras fértiles del llano y de la ribera durante cuatro siglos empezando por el VIII. Cuando la reconquista de tierras ofreció la posibilidad de migrar hacia el llano y la depresión del Ebro, los valles pirenaicos sufrieron un proceso de despoblación. Citando de nuevo a de Asso: "muchos lugares se despoblaron a medida que sus habitadores se fueron trasladando con la conquista a la tierra llana, y abandonaron su país nativo, donde ya no podían vivir sino con suma estrechez, y miseria por la falta de recursos de aquel terreno áspero, e incapaz de sustentarlos cómodamente". Esta despoblación sucedió entre los siglos XII a XIV. En los dos siglos siguientes hubo un periodo de crecimiento en los valles pirenaicos. Aun así, sus pueblos tenían menos fuegos, es decir habitantes, que los pueblos del llano. Claramente la vida era más difícil en las frías alturas pirenaicas. Cito de nuevo el bien informado artículo de la Enciclopedia: "A mediados del siglo XVI, según las investigaciones de A. San Vicente, había 1.450 entidades de población en Aragón; en la actual prov. de Huesca se contabilizaban 823 poblaciones agrupando 14.260 fuegos (71.300 personas), lo que quiere decir que los pueblos eran muy pequeños (un valor medio de 17,3 fuegos por pueblo)." Los pueblos pirenaicos eran mucho más pequeños que los pueblos del llano ya que estos tenían 69.3 fuegos de media.

    En el siglo XVII la población vuelve a decaer en el norte oscense, así como en el resto de Aragón. Las razones fundamentales son la peste y la expulsión de los moriscos. Tenemos la fortuna de contar con el estudio de Asso que cataloga los pueblos abandonados en Aragón en 1798. Cita 42 pueblos del distrito de Jaca de los que en su tiempo ya no quedaban ni siquiera vestigios. Según el mismo autor, la mayoría de los despoblados ya lo eran en 1495. En los siglos que van desde el XVIII hasta el XIX hay un crecimiento poblacional generalizado que también afecta a la provincia de Huesca donde incluso surgen nuevas poblaciones. En el siglo XX, sin embargo, se da el proceso contrario, la gran despoblación de los valles pirenaicos. Sobre todo entre los años 1950 a 1980, debido a la emigración en búsqueda de trabajo a los grandes núcleos urbanos españoles o de otros países europeos y americanos como Argentina. De hecho hay quien mantiene que la segunda gran ciudad de Aragón no es Barcelona sino Buenos Aires, donde viven un gran numero de aragoneses y descendientes de ellos. Se estima que de los pueblos aragoneses emigraron hacia la Argentina hasta ocho mil familias, entre 1890 y 1925. El duro panorama económico de la posguerra, forzó la emigración de muchas familias hacia las grandes ciudades. Esta emigración se noto particularmente en zonas como los valles pirenaicos de la provincia de Huesca. Según el excelente artículo de la Enciclopedia Aragonesa, la provincia de Huesca tenía en el censo de 1999 menos población que en el de 1857. En el apéndice del artículo datado en el 2003, cita 1064 lugares despoblados en Aragón (http://www.enciclopedia-aragonesa.com/voz.asp?voz_id=20266).

    Como vemos la despoblación de los valles pirenaicos no es únicamente un hecho de nuestra historia reciente sino que se ha dado en varias ocasiones a lo largo de los siglos. Cierto que la mayoría de nosotros conocemos mejor y hemos sentido más el impacto de la última migración, la de los años 1950-1980. Pero también es cierto que la dureza de la vida en dichos lugares ha hecho que sus habitantes también hayan emigrado en épocas anteriores en busca de una vida más fácil. Dicha despoblación rural todavía no ha terminado. Hoy, leyendo la prensa diaria he encontrado un artículo de Juan Ortega en ADN titulado "Despoblación". Según dicho artículo, las últimas cifras del Padrón revelan que 42% de los pueblos de Aragón perdieron habitantes en el 2006 pese a que la población total está en crecimiento.

    Son más de las diez de la noche y la oscuridad se ha cerrado sobre Osia. El cielo está despejado y promete no llover al día siguiente. La prensa ha anunciado un eclipse de luna. Me voy a la cama pensando el viaje del día siguiente. Espero ver pueblos deshabitados recientemente y quizás pasar también por lugares que fueron habitados pero donde el paso de los siglos ha eliminado todo vestigio humano.

25 de febrero 2008

    Las siete de la mañana. El despertador del móvil ha sonado pero ya estaba despierto. No he dormido bien. No sé porqué. Me encuentro fresco aunque algo cansado. Salgo afuera de la casa para sentir el frío de la mañana. Es de noche todavía pero está empezando a clarear. El pueblo se halla cubierto por una neblina que da a las casas un aspecto fantasmagórico. Tomo unas fotos como es mi costumbre cada vez que voy a Osia. Con los años me he dado cuenta que las fotos siempre son de los mismos lugares, pero cuando las comparo son todas diferentes. Cada una de ellas refleja unos colores y unos momentos diferentes, como si los lugares tuvieran su propia vida.

    Una ducha y sin tomar té o café, cargamos el Land-Rover de las herramientas para el rodaje. Antes de las ocho de la mañana salimos hacia nuestro primer objetivo de rodaje: El valle de la Garcipollera. Al cabo de una media hora de viaje por una carretera serpenteante, llegamos a Jaca. Paramos junto a una plaza que ha sufrido los efectos de una remodelación de diseño reciente. La estética de los añadidos es incomprensible y parece que tienen la intención de ocultar los edificios antiguos y llenos de historia que forman la plaza. Allí mismo hay una panadería donde compramos unas barras para el almuerzo. Seguimos unos pocos kilómetros hacia el norte hasta llegar a Castiello de Jaca. Sin parar giramos hacia la derecha en dirección a nuestro primer destino.


Bescós de la Garcipollera

    A unos cuatro kilómetros al este de Castiello se halla situado este pueblo donde hoy no vive nadie en sus antiguos edificios. Se halla en la vega del Valle del Ijuez y respaldado al sur por la Sierra de Baraguás. Hoy, los antiguos habitantes han sido reemplazados por una granja de experimentación animal. Vemos vacas, ovejas y perros y personas trabajando. Los edificios nuevos tienen un aspecto entre moderno e industrial. No es lo que uno espera en un lugar deshabitado porque éste ya no lo es. Aquí se ve el trabajo en movimiento y un intento de recuperar del olvido y proveer de productividad económica a un enclave que fue deshabitado. Máquinas, animales, personas e instalaciones industriales trasmiten una vida que contrasta con los edificios en ruinas junto a los recién edificados.

Viaje a los pueblos sehabitados de Aragón
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

  Decidimos filmar antes del almuerzo. Cosa poco habitual. El pueblo conserva un pequeño grupo de sus casas originarias en ruinas. Entre ellas se halla la iglesia. Es de origen románico aunque fue reconstruida en los siglos XVII y XVIII. Filmamos balcones entre los que se abre paso la vegetación. Forjas colgando de los edificios en ángulos insospechados, montones de escombros, vigas de madera por doquier y muros solitarios con tejados inexistentes configuran la imagen del pueblo. Las zarzas y la hiedra se apoderan de lo que fueron calles y casas habitadas. En lugar de personas, el paisaje y las montañas cercanas se asoman entre las ventanas. Los restos no son muy numerosos y terminamos pronto de filmar. El pueblo ya no tiene nada que ver con el mundo descrito por José Antonio Biosca en su libro "El fotógrafo descansado" sobre la Huesca de los años siguientes a la guerra civil y que fue publicado en 1991.


Viaje a los pueblos sehabitados de Aragón
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

    Tomamos un descanso y empezamos a preparar el almuerzo. Digo empezamos, pero debería decir mejor empieza. Ya que Dionisio es el que va a ser el "chef" y cocinero en este almuerzo y en todos los siguientes durante el viaje. El menú: huevos de caserío vasco. Auténticos. Como me ha explicado con detalle, no son como los del supermercado. Los huevos de caserío, de gallinas alimentadas con trigo, parece ser que se caracterizan porque la clara no se expande cuando se vierten en la sartén. La sartén es pequeña y con abundante aceite y se calienta colocada encima de una pequeña bombona de butano. El "chef" vierte sobre la sartén un aceite semisólido por el frío y, cuando ya se ha vuelto líquido y empieza a chisporrotear, casca y vierte con cuidado el huevo. En unos minutos tiene un aspecto delicioso y listo para comer. También prepara unas longanizas aragonesas, que abiertas por la mitad se fríen en la misma sartén. Acompañados de guindillas, olivas verdes, pan de Jaca, una bota con vino de su casa de Soria y queso de Idiazabal, es un auténtico festín que nos da las energías necesarias para un largo día de trabajo.

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Larrosa

    Seguimos el camino en dirección a la iglesia del antiguo monasterio de la Virgen de Iguázel, un precioso edificio románico que se halla al final del valle cerca del antiguo camino de Santiago. Esta iglesia se empezó a construir entre los años 1040 y 1050 por orden de Galindo. Su existencia aparece documentada ya en el año 1068. En la portada un texto dice: "Esta es la puerta del Señor por donde entran los fieles en la casa del Señor, que es iglesia fundada en honor de Santa María. En ella se han hecho obras por mandato de Sancho conde junto con su esposa de nombre Urraca. Ha sido terminada en la era de 1110 (año 1072) reinando el rey Sancho Ramírez en Aragón, el cual ofreció por su alma en honor de anta María la villa llamada Larrosa para que le dé el Señor la vida eterna amén. El lapidario de estas letras se llama Aznar. El maestro de estas pinturas se llama Galindo Garcés." Allí tomamos unas imágenes del bien conservado edificio. También tomamos imágenes del río y de las presas construidas para contener el agua. Como fondo, podemos contemplar las montañas nevadas de los Pirineos. Cruzamos uno de los diques de contención del agua, que fluye por el río Ijuez, y nos dirigimos a Larrosa por una pista de tierra. Al cabo de aproximadamente un kilómetro llegamos al desvío, desde el cual se ve un camino descendente que conduce hacia el pueblo. El camino es inaccesible con vehículos debido a una zanja profunda que lo corta. El aspecto de la zanja delata que ha sido ha cavada recientemente. Con toda probabilidad para dificultar el acceso al pueblo y proporcionarle así algo de protección mediante el asilamiento. Cargamos cámaras, trípodes y otros utensilios y, después de sortear la zanja, descendemos el camino.

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    Caminamos unos diez minutos bordeando vallas de piedra medio derruidas que señalan los antiguos y angostos caminos que los antiguos habitantes de Larrosa debieron utilizar. El pueblo esta situado en una ladera orientada hacia el valle. El sol le da un aspecto que disminuye la tristeza de las ruinas. El paisaje es magnífico. Es un mirador a las montañas que lo rodean cubiertas de verde arbolado. El declive donde se asienta esta abancalado y las casas guardan una respetuosa distancia entre ellas. A causa de la repoblación forestal del valle, los árboles compiten hoy con los restos de las viviendas.

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    La historia de la repoblación forestal en España ha sido muy controvertida. Podríamos resumirla así. A finales del siglo XIX, las desamortizaciones originaron la venta de cientos de miles de hectáreas de bosque de la nobleza y el clero. El resultado fue que se talaron los árboles para vender la madera. Esta deforestación generó una aceleración de la erosión e inundaciones. El gobierno tomó entonces medidas para realizar el primer plan de reforestación. Posteriormente, en los años 1940-1975, se repoblaron más de dos millones y medio de hectáreas para paliar la erosión y al mismo tiempo para dar trabajo a muchos españoles en una época de dificultades económicas. Desgraciadamente se cometieron numerosos errores al repoblar con especies no idóneas en muchos lugares. Principalmente pinos. La gente de pueblo llamaba a los ingenieros "planta pinos." Las políticas actuales son más específicas con las especies a plantar. En los años de posguerra la política de expropiación de tierras para reforestar aceleró el proceso de emigración en las áreas pirenaicas. La política de construcción de pantanos también agudizó la despoblación al expropiar tierras para plantar árboles y así retrasar la colmatación de los pantanos. Es decir evitar la erosión y que las tierras arrastradas llenaran los pantanos. En algunos casos los árboles se plantaron dentro de los pueblos mismos dificultando así su posible repoblación, dificultad añadida al hecho de ya no había tierras para cultivar puesto que se habían plantado árboles en ellas.

    Esta política de reforestación es evidente en Larrosa. Mires a donde mires se ven árboles. Incluso dentro del pueblo. A pesar de eso, lo restos que han sobrevivido al tiempo nos revelan fragmentariamente una forma de vivir hoy desaparecida. Una casa, de la que solo queda un muro, destaca entre la maleza. La hiedra que la cubre le da un aspecto imponente. El edificio mejor conservado es la iglesia, que destaca sobre los demás. De origen medieval, es de una sola nave y tiene el típico ábside semicircular del románico. En el interior hay unas tumbas que datan de los siglos XVII y XVIII. Las vistas son magníficas. La altura nos permite observar el valle allá al fondo. Las montañas circundantes le dan al entorno un aura de grandiosidad. La belleza del lugar y el sol brillante que aviva los colores impiden que la tristeza que destilan las ruinas se convierta en el sentimiento predominante.

    La mañana se nos está echando encima y queda mucho por ver y rodar. Así que decidimos emprender la vuelta. Ahora el camino es cuesta arriba y el sol pega con fuerza. Las ropas de abrigo para combatir el frío de la mañana ahora son un estorbo. Los diez minutos de vuelta se hacen mucho más pesados. Pasamos de nuevo al lado de los antiguos caminos bordeados por derruidas vallas de piedra. Mientras hacemos el esfuerzo, trato de imaginarme cómo fue la vida de los habitantes de este pueblo tan aislado entre valles. De dónde y cómo obtendrían los medios para subsistir. Cómo serían sus relaciones y cómo se comunicarían con los pueblos circundantes. Cuando llegamos al coche ha pasado el mediodía y nos tenemos que dirigir a Villanovilla en el camino de vuelta hacia Castiello de Jaca.

Villanovilla

    Este pueblo está situado en un desvío a la izquierda en el camino que de Larrosa, pasando por Acín, va hacia Bescós de la Garcipollera. En realidad es un pueblo que nunca estuvo totalmente despoblado Hoy está prácticamente restaurado en su totalidad. Incluso uno tiene la sensación de que más que restaurado ha sido construido de nuevo. Todos los edificios tienen un aspecto limpio y hasta lujoso. No tiene nadar que ver con los pueblos que hemos visto en la mañana.

    Las tierras de cultivo y los montes de Villanovilla fueron expropiados en los años 1960 para la construcción del pantano de Yesa, pero los vecinos evitaron la expropiación del pueblo, lo que ha facilitado que no se despoblara. Ahora hay casa rural y restaurante, pero no vemos otro ser humano que un turista que ha venido haciendo "auto stop". A pesar de la falta de gente, se nota, por el lujo y lo cuidadas que están muchas casas, que al menos algún fin de semana al año sus dueños aparecerán por allí. Buscando en Internet aparecen anuncios vendiendo chalets adosados, apartamentos vacacionales y otras ofertas turísticas. El pueblo esta situado en un enclave magnifico para observar el paisaje circundante, pero no comunica las mismas emociones que Larrosa. Es de alabar que siga existiendo gracias a la inversión económica de sus propietarios, pero uno tiene la sensación de que es un pueblo nuevo donde la historia se ha diluido tras las nuevas construcciones. Es tarde y, después de obtener los planos necesarios, nos ponemos en marcha hacia Sabiñánigo para realizar la segunda parte de la jornada. Nos dirigimos a la zona llamada del Sobrepuerto, situada entre Sobrarbe y el Alto Gallego. El destino es Basarán.

Basarán

    Además de Basarán, la zona del sobrepuerto incluye otros pueblos como Ainielle Escarpín, Otal, Broto, Cortiellas, Sasa y Ziellas. Uno de estos pueblos, Ainielle, se hizo famoso gracias a la novela "La lluvia amarilla" de Julio Llamazares, un escritor y periodista que nació en un pueblo de León inundado por el embalse de Porma. La novela fue publicada en 1988 y, además de ser finalista al Premio Nacional de Literatura, tuvo un éxito inesperado de público. Está escrita como el monólogo del último habitante de un pueblo abandonado. La "lluvia amarilla", de hojas otoñales, simboliza el paso del tiempo y la presencia de la muerte. En el monólogo se recuerda a los habitantes desaparecidos y se describe la continua soledad del personaje que solo espera a la muerte y con ella la del pueblo. Llamazares decidió llamar a este pueblo novelado Ainielle después de una visita a los valles del Pirineo aragonés. En un principio había pensado en un pueblo soriano. Quizás la provincia con más pueblos deshabitados en España, después de Huesca. 

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 Nos dirigimos primero hacia el Ayuntamiento de Biescas. Allí pensamos obtener la llave que nos permitirá abrir el candado que cierra la barrera hacia Susín, que es el segundo pueblo a visitar después de Basarán. Tenemos un permiso para circular por los montes patrimoniales del Gobierno de Aragón y para circular por los caminos forestales de acceso a ellos que nos ha concedido amablemente el Director Provincial de Medio Ambiente D. Inocencio Altuna Fumanal. Una vez dentro del ayuntamiento nos dicen que la barrera está rota pero que nos iban a proporcionar una "autorización para circular por pista con vehiculo a motor." La cartulina roja que nos entregan es una protección hasta el día siguiente contra las posibles multas.

    Para echar un trago, y preparar un poco lo que queda de trabajo, entramos en un bar al lado del ayuntamiento. Allí, con prisas, tomamos una tapa y un vino tinto, o cerveza, según nuestros gustos. Pocos minutos después, tras haber consultado los mapas, estamos de nuevo en la carretera en dirección hacia Basarán.

    Bajamos desde Biescas hacia el sur hasta llegar al desvío que, a la izquierda, nos lleva en unos pocos kilómetros hasta el pueblo de Oliván. Allí paramos a preguntar sobre el estado de la pista a un habitante del lugar. Un señor mayor que nos informa con precisión sobre las pistas que conducen a Basarán y a Susín (último pueblo a visitar en la jornada). Seguimos adelante por el valle rodeados de árboles frondosos. Al cabo de unos cuantos kilómetros la pista se vuelve más difícil. Empiezan a aparecer manchas de nieve que cada vez son más abundantes. Al poco tiempo, es necesario bloquear los diferenciales del coche para evitar que patine en la nieve y el barro cada vez más abundantes. Avanzamos más lentamente y ya son las tres y pico de la tarde. Los parches de nieve ahora son tramos de hasta cien metros completamente cubiertos de nieve espesa. La luz empieza a declinar y tememos que, si tardamos mucho, no sea suficiente para filmar el último pueblo. Finalmente, no sin superar las creciente dificultades de la carretera llegamos a Basarán. Como si no tuviéramos suficientes dificultades, ha empezado a llover. Sacamos el enorme paraguas de colores almacenado