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Tarde
del martes 5 de agosto. El olor del humo llegó hasta el recinto
de la Expo de Zaragoza 2008. "Huele a hoguera", comenta
una señora que sale del Acuario. Cuatro pabellones más
allá un niño de diez años dice: "Algo
se ha quemado".
Mi
amigo Carlos Sánchez, experto en orquídeas y setas,
me llama para contarme que de nuevo un tremendo incendio se ha cebado
con los Pinares de Zuera. Transportado por el bochorno, el olor
del desastre ecológico se adentra en la capital del Ebro
y penetra en las calles de la ciudad y en el recinto de la exposición
internacional sin que nadie adivine lo que ha sucedido. Sólo
el agua será capaz de sofocar este problema ambiental que
el año pasado acabó en Aragón con 1.953 hectáreas
de monte.
Los
bomberos, retenes de incendios, agentes de medio ambiente, militares
y técnicos forestales se afanan en poner freno a las llamas
que avanzan con ayuda del viento y el intenso calor. Se calcula
que han ardido miles de hectáreas del monte de Zuera. Los
hidroaviones sueltan con puntería más y más
agua. Pero como si fuera una premonición de Amaral, llegó
la tormenta. Llovió, gracias al cielo. El fuego que ardía
en los Pinares de Zuera y los Montes de Castejón se debilitó
finalmente
y paró con un saldo drástico.
Y
ahora nos viene a la memoria aquel otro incendio que se produjo
en el año 1979 en estos mismos parajes boscosos. Fueron muchas
hectáreas devastadas en aquel entonces. Luego, en 1995, una
tercera parte de esta superficie verde, unas 4.200 hectáreas,
volvieron a arder. Igualmente hubo bomberos, gente voluntaria, amigos
del bosque y agua. También mucha agua. Pero lo que ahora
nos faltaba es "un Domingo Esteban", aquel hombre vecino
de Zuera, albañil jubilado que tras aquel pavoroso incendio
emprendió una labor de hormiguita sembrando y repoblando
para que los árboles recuperaran el espacio perdido.
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A
Domingo se le conocía como "el hombre que plantaba
árboles". Cada año plantaba entre 1.500 y
2.000 pinos, encinas o carrascas. El Gobierno de Aragón
le concedió en el año 2000 el Premio Aragón
de Medio Ambiente. Domingo Esteban nos dejó hace tres
años y medio, pero nos legó a todos su faena desinteresada
cifrada en cerca de 100.000 árboles. Su quehacer era
como la del agua y el hielo en los paisajes, que actúan
poco a poco, sin prisa aparente pero sin pausa
y al final
crea bellos lugares que son únicos e irrepetibles. |
Lástima
que tras la tormenta y su precipitación, con las llamas ya
medio controladas, no haya gente tan tenaz como él. Lástima
de verano cuando empezamos a contabilizar los bosques que se han
incendiado.
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