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DEL OFICIO, DEL VICIO Y
DE LA FE DEL EMPLEADO

 Pepe Cerdá


    Vaya por delante una aclaración o aviso: el que esto escribe es un pintor. Entiéndase la palabra pintor aplicada a mi caso del modo siguiente: soy un pintor porque vivo y veo el mundo a través de la pintura. No soy un fabricante de imágenes más o menos artísticas, ni tan siquiera un hacedor de cuadros; soy, repito, un pintor y esto antes que nada es un modo de ser y vivir. Un modo de vivir rancio y obsoleto, lo sé, pero ni quiero ni puedo hacer nada para enmendarme.

    Dicho esto vayamos al asunto. Lo que entendemos por pintura, cuando nos referimos al vasto conjunto de soportes pintarrajeados por homínidos desde el principio de la civilización, no es un modo de ser de las cosas, ni de las paredes. Es un modo de ser hombre que algunos vienen ejercitando desde antiguo. La pintura es pues, intrínseca a lo humano. Sin embargo aún siendo una actividad humana no es un oficio, sería más un vicio que un oficio. Al contrario de la creencia general este “vicio”suele hacer infelices a los que lo practican. El artista pintor por el mero hecho de serlo y a los ojos de sus contemporáneos sólo tiene una salida profesional, una sola plaza laboral que les satisfaga: sólo lo será si alcanza el éxito más rutilante y planetario que quepa imaginar. Todo lo que no sea alcanzar esta plaza gloriosa será considerado insuficiente por el entorno del pintor artista. Por esto a partir de una cierta edad casi todos están frustrados y son recriminados en silencio por sus cercanos.

    A mí, afortunadamente, el cinismo me ha ido salvando de la frustración. El cinismo y la falta absoluta de fe en mí. La fe en uno mismo, el creer en uno y en su obra, siempre me ha parecido de una estupidez y pedantería insoportables. Pero esto de la fe parece ser obligatorio para los artistas en el mundo del arte reciente. Cuando escucho a un artista hablar de sí mismo y de su obra sin que le quepa la más mínima duda de ambos, su obra y el, conforman una pieza indiscutible para armar el arte contemporáneo, no puedo evitar partirme de risa. Me ocurre un poco como cuando un empleado del Corte Ingles dice orgulloso:

    -Este año hemos conseguido unos beneficios de tantos millones de euros.

    ¡Ay señor, señor!

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