El Estado del bienestar es la evolución
lógica del Estado de las libertades. Los Estados meramente
preocupados por la lumbre y el pan de sus súbditos son
meros sucedáneos, epígonos fraudulentos. Los paraísos
sin libertades son Estados protectores o Estados paternalistas,
pero, en ningún caso, constituyen ejemplo alguno de lo
que ha de ser el Estado del bienestar.
Europa
lleva un tiempo emulando al gigante americano y, por ello,
restringiendo determinadas libertades. Primero, se cercenan
las libertades de los foráneos y, con esa base, se
terminará tarde o temprano recortando las libertades
de los propios. Y sin libertades, el llamado del Estado del
bienestar se desmoronará al fallarle los cimientos
en los que se sustenta. Habrá caridad pero no habrá
justicia.
Existen
dos factores que permiten que las sociedades no sólo
acepten sino que incluso jaleen estas restricciones. Esos
dos factores son el miedo y la insatisfacción. Los
miedos al terrorismo, a la crisis, al paro, a no disponer
de dinero para pagar la hipoteca, al inmigrante aparecen en
todas las encuestas. En el fondo, la pregunta no debería
ser qué le preocupa al ciudadano sino qué le
asusta. A pesar de que las muertes por terrorismo son en los
últimos años manifiestamente inferiores a las
producidas por la violencia machista, por la violencia de
bandas o tribus urbanas, por los errores médicos, por
los accidentes provocados por canallas irresponsables, los
europeos y los norteamericanos siguen centrando su miedo en
la violencia terrorista, que sirve de coartada para cercenar
libertades.
Pero,
como ya hemos señalado con anterioridad, existe otro
factor determinante: la insatisfacción. La sociedad
de consumo se basa en inducir insatisfacciones a los ciudadanos.
Algunos jóvenes imberbes, que conocen la cultura del
esfuerzo por las peroratas de sus padres, se manifiestan exigiendo
una vivienda digna; algunos cincuentones pretenden entrar
en los circuitos de la prejubilación o la invalidez;
los empresarios consideran que reciben pocas ayudas; los agricultores
entienden que su renta ha de proceder mayoritariamente de
subvenciones directas o indirectas de la Administración
y les perjudica tanto la sequía como la lluvia primaveral;
los funcionarios consideran que el nivel profesional con el
que accedieron, tras aprobar la correspondiente oposición,
es insuficiente; los minusválidos quieren ser dependientes.
El incremento exponencial del precio de la vivienda durante
años era un desastre. El descenso que se avecina es
otro desastre. Y la insatisfacción se propaga en un
país de rentistas y subvencionados, en un país
en el que los peluqueros se autodenominan empresarios y en
el que los terratenientes se definen como agricultores.
Y
todo ello en el marco de unas leyes que cada vez reconocen
más hipotéticos derechos sociales mientras la
sanidad, la educación y la justicia están bajo
mínimos. Es decir, los viejos y tradicionales servicios
públicos, aquellos que permitieron consolidar las libertades
y configurar el auténtico Estado del bienestar.
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