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Nº 94 (3ª Epoca) Noviembre 2008. Zaragoza. 
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QUE NO DESMAYEN
 Guillermo Fatás


     Artículo publicado en HERALDO DE ARAGÓN


    BERBEGAL está al oeste de Barbastro y Monzón y casi equidista de ambas ciudades, pero, tras haber pertenecido a la diócesis de Lérida, no pasó como otras a la de Barbastro-Monzón, sino a la de Huesca. La villa, mimada por Jaime I el Conquistador, posee una notable iglesia, antaño colegiata -esto es, que tuvo cabildo o capítulo de clérigos, como las catedrales-, alzada en buen románico del siglo XII en honor de Santa María la Blanca. El Gobierno de Aragón le hizo un arreglo hace no mucho. Desde lo alto de su torre hay un panorama soberbio y se llega a ver el Moncayo, que dista ciento cincuenta kilómetros a vuelo de pájaro.

    Durante siete siglos el altar mayor de Santa María se cubrió por delante con un frontal pintado, una tabla preciosa que encandilaba a los feligreses. Así fue hasta que el obispo Messeguer ordenó llevarlo a Lérida donde, con fines de salvaguarda, de coleccionismo, de didáctica o vaya uno a saber, reunió tantos bienes parroquiales, oscenses y leridanos. Ahí lleva el frontal un siglo largo.

    No se piense que es obra que solo paladean sofisticados expertos. Es espectacular, de buen tamaño y aspecto que causa impacto, séase o no ducho en arte. La gran placa refulge por el oro con que se cubrió. El notable pintor anónimo de finales del románico puso en el centro a un Cristo triunfante, que bendice al espectador con dos dedos de su diestra alzada. Ocupa un rectángulo central, de arriba abajo, en cuyas esquinas se ve el cuádruple símbolo de los evangelistas. Y, a ambos lados, organizados en dos pisos, los doce apóstoles, tratados con finura, cada uno dentro de un óvalo almendrado y con sus distintivos: Pedro con las llaves, Pablo con la espada y así sucesivamente. El espléndido tablero, de hacia 1200, es pariente de otras refinadas piezas oscenses de la época y de las de Sijena en particular.

    Hace ya tres años que el obispado de Lérida declaró a la Generalitat de Cataluña que ésta y otra pieza más (una pintura renacentista de Peralta de Alcofea, bien documentada por Antonio Naval) no le pertenecían. Es sabido que, cuando la Santa Sede hizo coincidir las fronteras diocesanas con las autonómicas, la mitra leridana perdió su jurisdicción sobre bienes artísticos que nunca habían dejado de ser aragoneses; y que, para eludir su reintegro, logró de las autoridades civiles -municipales, provinciales, comarcales y autonómicas- la creación conjunta del Museu de Lleida, Diocesá i Comarcal, en el que, como su raro nombre sugiere, lo principal son las colecciones episcopales.

    En ese escrito de 2005, detectado por el abogado Jorge Español, Lérida reconoce que las piezas de Berbegal y Peralta son de dueño aragonés. Eso ya se sabía y el recordado obispo Javier Osés pidió al no menos recordado -por otros motivos- obispo Ramón Malla la entrega de ambas. Nada de nada. Cuatro obispos más tarde, las cosas siguen donde estaban: o sea, en el Segre. El obispado de Huesca, como el de Barbastro-Monzón, hace tiempo que sabe cómo las gasta esa diócesis. Pero, por si no lo sabía, la novedad del escrito jurídico de 2005, es que, tras reconocer la propiedad aragonesa, dice que no tiene por qué devolver las piezas, ya que las tiene en una colección. Esto será lo que sea, pero no es seny.

    No se confunda el lector: no se trata de la famosa lista de ciento trece piezas por la que Lérida litiga con Roma hace lustros, en daño de Barbastro-Monzón; ni tampoco de los bienes de Sijena que, desde 1936, han ido emigrando irregularmente a Barcelona. Son casos distintos, aunque tengan en común cuatro cosas: su valor; estar en poder de entidades catalanas; ser objeto de alguna reclamación por sus dueños; y que los gobernantes y obispos de Aragón no logran ningún avance tangible.

    Estos días, el alcalde de Berbegal, Miguel Puyuelo (CHA), y la alcaldesa de Peralta de Alcofea, Obdulia Gracia (PP), conscientes de que son de partidos diferentes y de que rigen localidades pequeñas, han sumado fuerzas y buscan apoyos. Habría que dárselos.

    Si se pudiera concertar la voluntad política general en este empeño, quedaría probado una vez más que la defensa del buen derecho sigue aunando a los aragoneses por encima de facciones. Ojalá que no desmayen. Pero lo cierto es que se les ve muy solos.

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