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Artículo
publicado en HERALDO
DE ARAGÓN
BERBEGAL
está al oeste de Barbastro y Monzón y casi equidista
de ambas ciudades, pero, tras haber pertenecido a la diócesis
de Lérida, no pasó como otras a la de Barbastro-Monzón,
sino a la de Huesca. La villa, mimada por Jaime I el Conquistador,
posee una notable iglesia, antaño colegiata -esto es,
que tuvo cabildo o capítulo de clérigos, como
las catedrales-, alzada en buen románico del siglo
XII en honor de Santa María la Blanca. El Gobierno
de Aragón le hizo un arreglo hace no mucho. Desde lo
alto de su torre hay un panorama soberbio y se llega a ver
el Moncayo, que dista ciento cincuenta kilómetros a
vuelo de pájaro.
Durante
siete siglos el altar mayor de Santa María se cubrió
por delante con un frontal pintado, una tabla preciosa que
encandilaba a los feligreses. Así fue hasta que el
obispo Messeguer ordenó llevarlo a Lérida donde,
con fines de salvaguarda, de coleccionismo, de didáctica
o vaya uno a saber, reunió tantos bienes parroquiales,
oscenses y leridanos. Ahí lleva el frontal un siglo
largo.
No
se piense que es obra que solo paladean sofisticados expertos.
Es espectacular, de buen tamaño y aspecto que causa
impacto, séase o no ducho en arte. La gran placa refulge
por el oro con que se cubrió. El notable pintor anónimo
de finales del románico puso en el centro a un Cristo
triunfante, que bendice al espectador con dos dedos de su
diestra alzada. Ocupa un rectángulo central, de arriba
abajo, en cuyas esquinas se ve el cuádruple símbolo
de los evangelistas. Y, a ambos lados, organizados en dos
pisos, los doce apóstoles, tratados con finura, cada
uno dentro de un óvalo almendrado y con sus distintivos:
Pedro con las llaves, Pablo con la espada y así sucesivamente.
El espléndido tablero, de hacia 1200, es pariente de
otras refinadas piezas oscenses de la época y de las
de Sijena en particular.
Hace
ya tres años que el obispado de Lérida declaró
a la Generalitat de Cataluña que ésta
y otra pieza más (una pintura renacentista de Peralta
de Alcofea, bien documentada por Antonio Naval) no le pertenecían.
Es sabido que, cuando la Santa Sede hizo coincidir las fronteras
diocesanas con las autonómicas, la mitra leridana perdió
su jurisdicción sobre bienes artísticos que
nunca habían dejado de ser aragoneses; y que, para
eludir su reintegro, logró de las autoridades civiles
-municipales, provinciales, comarcales y autonómicas-
la creación conjunta del Museu de Lleida, Diocesá
i Comarcal, en el que, como su raro nombre sugiere, lo
principal son las colecciones episcopales.
En
ese escrito de 2005, detectado por el abogado Jorge Español,
Lérida reconoce que las piezas de Berbegal y Peralta
son de dueño aragonés. Eso ya se sabía
y el recordado obispo Javier Osés pidió al no
menos recordado -por otros motivos- obispo Ramón Malla
la entrega de ambas. Nada de nada. Cuatro obispos más
tarde, las cosas siguen donde estaban: o sea, en el Segre.
El obispado de Huesca, como el de Barbastro-Monzón,
hace tiempo que sabe cómo las gasta esa diócesis.
Pero, por si no lo sabía, la novedad del escrito jurídico
de 2005, es que, tras reconocer la propiedad aragonesa, dice
que no tiene por qué devolver las piezas, ya que las
tiene en una colección. Esto será lo
que sea, pero no es seny.
No
se confunda el lector: no se trata de la famosa lista de ciento
trece piezas por la que Lérida litiga con Roma hace
lustros, en daño de Barbastro-Monzón; ni tampoco
de los bienes de Sijena que, desde 1936, han ido emigrando
irregularmente a Barcelona. Son casos distintos, aunque tengan
en común cuatro cosas: su valor; estar en poder de
entidades catalanas; ser objeto de alguna reclamación
por sus dueños; y que los gobernantes y obispos de
Aragón no logran ningún avance tangible.
Estos
días, el alcalde de Berbegal, Miguel Puyuelo (CHA),
y la alcaldesa de Peralta de Alcofea, Obdulia Gracia (PP),
conscientes de que son de partidos diferentes y de que rigen
localidades pequeñas, han sumado fuerzas y buscan apoyos.
Habría que dárselos.
Si
se pudiera concertar la voluntad política general en
este empeño, quedaría probado una vez más
que la defensa del buen derecho sigue aunando a los aragoneses
por encima de facciones. Ojalá que no desmayen. Pero
lo cierto es que se les ve muy solos.
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