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Era una tarde de verano de hace cinco o
seis años. Yo viajaba en un vagón del metro de la
línea roja, la que une el centro de Estocolmo con los barrios
periféricos del sur. El aire era tibio y hacía sol.
No
recuerdo en qué parada subió al tren, pero a los pocos
instantes se sentó frente a mi alguien totalmente cubierto
de negro, de los pies a la cabeza.
Quizá
debería ser más preciso y decir que fue una mujer
quien ocupó aquel asiento, aunque en justicia sería
decir mucho, imaginar sin ver, jugar a adivinar la condición
del ser humano que habitaba en el interior de aquellas telas.
Al
cabo de un tiempo, alguien se sentó a su lado. Era una mujer
joven, con el pelo largo y suelto, la piel delicadamente bronceada.
Durante
algunas paradas las dos pasajeras compartieron una extraña
escena. Ante mis ojos se abrió el enorme abismo cultural
que las separaba aunque la distancia física fuera tan insignificante
que el brazo desnudo de una rozara a veces el burka de la otra.
Hoy
las palabras burka, niqab o hiyab aparecen cada día en los
periódicos de las sociedades europeas que intentan resolver
de alguna manera el problema de su uso. En el fragor del debate
resulta paradójico escuchar voces que exigen su prohibición
mientras otras claman por su derecho a utilizarlos, como signos
de identidad e independencia.
Pero
al margen de pañuelos y de túnicas , hay algo que
subyace en el fondo de esta controversia. Con burka o sin él,
por muy diferentes que sean su cultura y sus costumbres, las dos
mujeres de aquel vagón, en pleno siglo XXI, se enfrentan
en realidad a los mismos problemas. A ser discriminadas por su condición.
A ser despreciadas, insultadas, violadas, asesinadas.
A
lo largo de la historia de la humanidad, con sus religiones y culturas,
con su desarrollo y su ciencia, el maltrato hacia las mujeres y
su afán por someterlas ha persistido como un cáncer
incurable.
Y
ya es tiempo de decir basta. De exigir que las dejen en paz.
De una vez y para siempre.
Porque
si son ellas las que deciden, libres de opresión y violencia,
no hará falta hablar de velos. Porque si cae el velo que
importa, el que cubre como una venda los ojos de la razón,
los demás caerán por sí solos, como prejuicios
llevados por el viento del progreso.
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