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OPINIÓN

 Don Quiterio
DE LOS LIBROS Y OTRAS SOLEDADES (y II)


    Decía Christoph Lichtenberg que los libros son la mercancía más extraña de este mundo: los imprimen, encuadernan, venden y critican personas que no los entienden… E incluso los escriben gentes que tampoco los entienden. Cesare Pavese, por su parte, opinaba que con los libros ocurre lo mismo que con las personas: hay que tomarlos en serio. Nadie olvide lo que dijo sobre el particular Christopher Morley: el verdadero objeto de los libros es engatusar al cerebro para que piense por cuenta propia. Este mismo sabio explicaba que cuando le venden un libro a alguien, no le venden medio kilo de papel, tinta y cola, sino que le ofreces una nueva vida. Sirvan estas y otras sentencias para sensibilizar a las buenas gentes de la ciudad, y también a los visitantes, de lo saludable que ha sido la mercancía que se ha dispensado en las casetas de la última Feria del Libro de Zaragoza. La novela ha vuelto a ser, un año más, la más vendida de la feria. Libros de temática histórica, local, aragonesa y el relato infantil han sido las propuestas que más han atraído a los compradores zaragozanos. Son también libros que engrosan las listas de los más vendidos los que más reclamo han tenido en las casetas.

    Paralelamente, según se desprende del estudio "Producción editorial de libros de 2009", elaborado por el Instituto Nacional de Estadística, Zaragoza -junto a Barcelona y Madrid- lidera el ránking de las ciudades con más títulos publicados en ese año, con un total de 8.247 -sí, 8.247 libros publicados-, a mucha distancia de ciudades como Sevilla, Valencia, Bilbao, Murcia o Santander, por no citar a Ceuta y Melilla, con apenas cincuenta publicaciones cada una…

    Hay preguntas a las que no hay forma de encontrar respuesta. ¿Cuál es la razón de este extraño fenómeno? ¿Se editan libros con el propósito de acabar siendo carne de saldo en la Semana Fantástica del Corte Inglés? ¿Somos los zaragozanos más cultos que el resto de los españoles? ¿No será el cierzo la causa de esta intelectualidad? ¿Se lee tanto como se escribe? ¿Entendemos lo que leemos? ¿Los críticos de literatura leen todo lo publicado? ¿Leen, al menos, los títulos que critican? ¿Para qué sirve un libro? ¿Por qué pulsamos el botón del ascensor que un segundo antes ha pulsado otra persona? ¿Quién pone nombre a los muebles de Ikea? ¿Dónde están las armas de destrucción masiva? ¿De qué se ríen Camps y Barberá?... Las preguntas vienen a cuento del estado de desconcierto. Basta nombrar la estadística… y el desconcierto.

    En cualquier caso, cada vez se lee menos, pero Zaragoza es una de las ciudades españolas donde más libros se editan. Sin embargo -curiosa contradicción-, el nivel de lectura de los zaragozanos es inferior al de la mayoría de las ciudades españolas. Nada parece indicar que la finalidad de esa fiebre editorial sea la de vender ejemplares a peso. Hay otras razones. Todo el mundo identifica los libros como instrumentos de entretenimiento o conocimiento. Esas son las dos funciones básicas de un libro. Pero existen otras utilidades que las meramente lectoras. Así, el equipo de investigación de "El Pollo Urbano" ha formulado la tradicional pregunta para obtener las respuestas de los ilustres entrevistados. A ver, piense y díganos: "¿Para qué sirven los libros?".

Juan BOLEA: Como elemento decorativo. Me explico. Aunque no aparezca reseñado en los manuales de bricolaje, el libro es un excelente motivo decorativo que luce un bonito salón. Para ello, hay que elegir con criterio los tomos de los libros que vayamos a comprar para que hagan juego con los sofás o el mueble del comedor. Esta alternativa es mucho más práctica que comprar falsos tomos de cartón que nos hagan enrojecer cuando invitemos a algún amigo lector y descubra el truco al intentar hojear un presunto libro.

Luis DEL VAL: Como potenciador muscular. O sea: si desea modelarse un cuerpo de culturista y no tiene dinero para comprarse un juego de pesas, utilice sus libros. Comience sus ejercicios con libros de bolsillo y antologías poéticas. Semana a semana vaya subiendo de peso hasta acabar los ejercicios con los "Episodios Nacionales" de Pérez Galdós. En unos meses lucirá unos bíceps que serán la envidia de sus amigos.

Ismael GRASA: Uno de los lugares más tranquilos para leer es el cuarto de baño. Algunos adelantados a su tiempo se han hecho construir en sus viviendas bibliotecas en el excusado para no perder el tiempo cada vez que el vientre aprieta. Pero en los duros momentos en que se sufren dificultades defecatorias, la elección del libro adecuado pueden ayudar a aligerar el cuerpo sin riesgo de padecer hemorroides. Por ejemplo, las memorias de Jesulín de Ubrique o las novelas de Ricardo Bofill.

Chus TUDELILLA: Como soporte para fijar muebles. Para esa mesa que cojea porque el fabricante no era muy diestro en carpintería o nos la vendió a mitad de precio nada mejor que un libro. Olvide las cuñas de madera que producen molestas astillas y coloque un ejemplar debajo de la pata más corta. Seguro que encontrará en su biblioteca el tamaño adecuado para subsanar elegantemente su defecto.

Domingo BUESA: Como estufa ocasional. Me explico. Aunque quemar libros no está muy bien visto debido a que es una práctica habitual en los regímenes totalitarios, puede ser una solución de emergencia en situaciones de frío extremo. Está demostrado que los libros más aburridos arden mejor y producen más calor.

José Luis TRASOBARES: Como elemento disuasorio. Esto es: ¿quién no ha viajado en tren o en avión y ha tenido que aguantar estoicamente la aburrida conversación del compañero de butaca? Para disuadir al molesto viajero que nos ha tocado al lado, un libro es el elemento perfecto. Leerlo con pasión y preguntar despistado "¿perdón, decía algo?". Hacerlo de vez en cuando acabará por derrotar al pesado que el infortunio nos ha reservado como compañero de viaje.

Juan José VAZQUEZ: Como elemento de castigo. A ver. Desde tiempos inmemoriales, los libros han sido utilizados como instrumentos de castigo mucho más efectivos que el tradicional látigo o fusta. Basta con hacer que el castigado coloque sus brazos en cruz y colocar sobre las palmas de sus manos sendos libros, dependiendo su tamaño de la severidad de la punición. Ideal para reconducir la educación de los hijos revoltosos o para añadir un punto sadomasoquista a sus relaciones sexuales.

María Victoria BROTO:
El escritor es una persona que está en compañía de otras y quiere decir algo, pero no lo hace. Cuando llega a su casa, lo escribe. Yo empecé a escribir porque de joven no sabía hablar en público. Comencé con la poesía y, gracias a esos poemas, conseguí casarme felizmente.

Manuel Martínez FOREGA: Sin los libros, no sería lo que soy: solemne, matemático, filosófico, conceptual, oscuro, reflexivo, denso, pedante en mi esplendor.

Juan Domínguez LASIERRA: En París, compré un libro con 150 fotos de Buster Keaton y me di cuenta que la expresión era siempre la misma: triste y con una capa de lágrimas en los ojos. Luego vi todas sus pelis y me imaginaba qué pasaría si no fueran mudas. Así empezó a desarrollarse mi personalidad.

José Angel BIEL: Yo no quiero líos. Hablen con mi jefe de gabinete y ya les tramitará lo que sea. Que luego dicen que soy un liiiaaante…

Jerónimo BLASCO: Prefiero un buen libro que me entusiasme a una verdad que me abata.

José Antonio LABORDETA: Mi viejo profesor de Gramática, durante los desorientados años del bachillerato, trataba de guiarme acerca de la importancia de la acentuación y la puntuación, mediante ejemplos sonoros e ilustres. A mí me gustaba mucho aquel famoso caso de cambios de sentido, por la sola alteración de una coma o de una tilde. Ya sabéis: "Oh dulces prendas por mi mal halladas", decía el poeta, y a partir de ese instante comenzaban las variaciones: "Oh dulces, prendas por mi mal halladas", "Oh dulces prendas, por mí, mal halladas". Más Gramática y menos bolchevismo -nos reconvenía, sin que entendiésemos qué demonios hacían allí, mezclados con la conjunción verbal y la pasiva refleja, los bolcheviques junto a los mencheviques, el camarada Lenin y toda la demás caterva. Lo dicho, más Gramática y menos bolchevismo.

Alberto CALVO:
Como tiendo a ver doble, los libros son mi terapia. Entro en una librería, me voy a la sección de libros de bolsillo, me dirijo hacia uno de ellos y si lo veo en ocho tomos, paro ya.

Miguel Angel BERNA:
Yo pensaba que los libros mejoraban a la gente. Luego, cuando estudié danza clásica, me di cuenta que la literatura me intimidaba y la rechazaba. Hoy dudo de todo, pero de lo que estoy seguro es que los libros no sirven para nada, me parecen una concesión, algo formal, elitista.

Carlos CALVO:
Para mí, los libros son una putada. Tengo una biblioteca considerable, como los títulos publicados en un par de años en Zaragoza. Al llevarlos a mi nuevo domicilio, la espalda me ha crujido, dejándome inmóvil por momentos. ¡Putos libros!

Pepe CERDA: Julio José, ¿por qué no escribes unas letras para el catálogo de mi próxima exposición?
-Mira, Pepe, estoy agobiado de trabajo, la panadería me consume, y tengo la suficiente confianza contigo para decirte que hay muchos que lo harían mucho mejor que yo.

     Unos minutos después, Julio José Ordovás me pidió directamente un papel grande y, sobre mi mesa de trabajo, escribió con su atractiva letra de ideograma chino: "Pintor de espejos azules, sonando siempre en mi tierra, en los jardines tranquilos sobre el agua. Va el agua diciendo un nombre, Pepe Cerdá se llama".

Adolfo AYUSO: Como análisis y estudio. Mi biblioteca se nutre únicamente con "La metamorfosis", de Kafka, del que tengo 12.437 ejemplares. Primeras ediciones, segundas, terceras… Traducciones mexicanas, argentinas, bolivianas, peruanas, anglosajonas, orientales… También tengo esta obra con subrayados de los antiguos dueños, unos subrayan unas frases, otros unas palabras… También hay lectores que escribían impresiones en los márgenes, otros que guardaban cartas de amor entre las páginas, recortes… En fin, un manual para el estudio de la condición humana.

Roque GISTAU: Para concienciarnos del daño irreparable que le hacen a la patria las fiestas populares. Estoy escribiendo una novela en la que me convierto en presidente del gobierno y por el bien de los españoles mi primer acto no es otro que un decreto-ley prohibiendo inmediatamente y sine die los Sanfermines de Pamplona, las Fallas valencianas, la Feria y Semana Santa de Sevilla, la Romería del Rocío y toda especie de fiestas semejantes, amén de incoar, simultáneamente y `por la vía de urgencia, un proyecto de ley orgánica para la abolición de la Virgen del Pilar. (¡Dios, qué descanso para Zaragoza, para Aragón y para España entera!).

Víctor FERNANDEZ: Siempre he comprado un montón de libros para formar mi pequeña biblioteca en las concentraciones. Lo hice cuando ganamos la Recopa con mi querido Real Zaragoza y ahora lo repito para ascender al Betis Balompié a la categoría de honor. De Galeano compré "El fútbol a sol y sombra", la biografía de Yupanqui, la historia del caudillaje en España, libros de poemas de Angel Guinda, "Por qué no soy cristiano, de Bertrand Rusell… Estamos metidos en una gran confusión y me gusta incentivar a los jugadores para que no piensen que el fútbol es lo único. Pardeza ha sido mi maestro.

Julián CASANOVA:
A mí sólo me interesan los libros históricos, pero tenemos un grave problema con nuestra Historia. Franco no se ha muerto. El problema de este país es la preservación del poder. El fantasma de Franco nunca se ha ido, sigue vivo.

Ana BENDICHO:
Yo soy una caza-firmas. Toda mi biblioteca la tengo dedicada. Toda. Por eso, los clásicos no me gustan. La mejor dedicatoria es una que dice: "Para Ana, con afecto".

Eduardo BANDRES:
¡No lo sé! Supongo que los libros sirven para atraer a lectores con gustos muy dispares. Por eso los hay de espionaje, de intriga, románticos, humorísticos… Los que más me gustan a mí son las historias de superación personal.

Javier LAMBAN: Uff, no tengo mucho interés en hablar de libros. Es obvio que hay que leer en papel y no por internet, simplemente para reducir el consumo de energía, tan obvio como que hay que conseguir que las puertas se abran y se cierren. (?).

Javier TOMEO: No escribiré más libros. Más vale una frase buena que mil mediocres. Lo siento por mis posibles lectores.

Agapito IGLESIAS: Para matar las tediosas horas de espera en estaciones y aeropuertos qué mejor que pasar el rato con un libro. "León el africano" me hizo entender el sentido del sintagma "la mirada del otro".

Luis LARRODERA:
Como no tenemos memoria colonial, cualquier granito que pueda aportar algún libro enriquece. Me parecen que cubren un vacío que tenemos en nuestra democracia.

Félix ZAPATERO: Los libros sirven para aclarar situaciones rocambolescas. De eso trata la novela que estoy escribiendo. Te cuento. Una carta, que estaba a 200 kilómetros y 220 años de su destino, ha vuelto finalmente a donde debía. Era una comunicación oficial de París al pueblo de Seix, y un error la envió a Saix. Un archivador la ha encontrado y enviado a su destino original, donde debió haber llegado en 1790. Un caso extremo de silencio administrativo, de incompetencia administrativa y de empeño también administrativo.

Antón CASTRO:
Yo los necesito como agua de mayo. Con ellos mantengo un idilio permanente, me han servido para sacar adelante a mi gran familia y no sé qué hubiese sido de mí sin la letra impresa, la mía y -sobre todo- la de los demás. "Oh dulces prendas, por mí, bien halladas".

Aloma RODRIGUEZ:
Los primeros años de mi vida los pasé escuchando y leyendo las historias que me leía y regalaba mi padre. A partir de mi adolescencia, y con gran maestría, comencé a reflejar el legado cultural que me habían dejado los míos en mis propios libros. Hoy me considero una escritora y lucho por abrirme un hueco en el mundo de la literatura. Ilusión es mi camino, victoria mi destino.

Félix ROMEO PESCADOR:
Utilizo los libros como papel higiénico. Siempre tengo uno en el excusado, porque no me parece fino que me vean comprar el higiénico papel en el súper. ¡Qué ordinariez! Me hice con una primera edición de un Quijote con grabados de un tal Doroteo o algo así. Lo tengo ya muy delgado. Sólo me quedan 37 páginas. Tengo ganas de empezar otro, uno que compré en el rastro sobre un manuscrito encontrado en Zaragoza o algo así.

Luis ALEGRE:
Como puente para conocer famosos. Cuando vi "Zelig", siempre quise ser como el camaleón de la película de Woody Allen. ¿Quién es ése de la túnica blanca que acompaña a Luis Alegre en el balcón del Vaticano? Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja… (¡Rediós, casi me deja majara con esa estúpida sonora carcajada!).

 


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