Fuente: http://victorsolana.wordpress.com/
Publicado
por El Periódico de Aragón, el Domingo
27 de Junio del 2010.
Desde aquí
agradecer a Roberto Miranda su mas que acertado análisis
de mi obra.
AUTOR Víctor
Solana
LUGAR Galería
Cristina Marín (C/ Manuela Sancho, 11)
FECHAS Del
10 de junio hasta el 7 de julio.
HORARIO 18.00
a 20.30, de martes a sábado
"La
inquietante verticalidad humana que asusta a todos los seres del
bosque cuando camina con ese compás (tic, tac) que no tiene
ningún otro ser, ni los pájaros, ni los insectos,
ni las peores alimañas. Esa postura erguida se refuerza
aquí con el capirote. Al principio parece que estos seres
que salen de las manos de Víctor Solanas (Zaragoza, 1985)
son acusadores, todos miran en la misma dirección
,
pero son reos, muchedumbres atormentadas.
Seres
iluminados desde arriba que parecen acechar desde el patio nocturno
de un presidio. Pero son enajenados que sufren, que se doblan,
que gritan sin esperar a nadie. Hombres de brazos caídos
que nos lanzan a la cara ese No os preocupéis por nosotros,
sabiendo que están al otro lado de la raya hasta la que
llegan nuestras preocupaciones. Varones de dolores que no tienen
miedo a encararse porque no tienen nada delante. Sus gorros apuntan
en todas las direcciones, porque están perdidos. El triptico
tiene una simetría de puntas, dispuestas las figuras según
triángulos de profundidad, y también en las secuencias
pautadas de los ocres y los azules.
El
desfile es una jauría de locos feroces y desvalidos, como
perros sin dueño. Ferlosio escribió en Alfanhuí:
Era un perro flaco, con ojos de loco que daba un rodeo cuando
veía a alguien. Hay recortes de una prensa desquiciada
y de brochazos negros en el infierno de capirotes. Más
adelante se inician los cuerpos disformes, en la frontera de la
descomposición. Un magma humano sufriente. Grises, negros,
rojos, franjas como latidos acelerados. No escuchan, no ven, no
huelen, sólo gritan. Seres desaforados al paso, náufragos
de la noche, que muestran los dientes, ululando para nadie. Caminan
sin otra respuesta que la luz que les sobreviene y les hace visibles,
como si al levantar una gran piedra en el campo surgieran miríadas
de gusanos acechantes. En El clamor hay puños que se agitan,
ya no son brazos caídos sin esperanza; hay una determinación,
un levantarse, un caudillo gigante que viene con ellos.
Ha
sido un espejismo. De nuevo el ser paranóico atado desnudo
sobre el fuego. Todo es negro salvo ese capirote blanco que se
eleva como una pesadilla. Sinfonía de los sentidos, rostros
velados, manos crispadas, cerramiento sin salida; fogonazos de
dolor en grandes golpes de espátula.
Muchedumbre,
órbitas huecas, apelotonamiento, cruces a cuchilladas de
la luz y de la sombra; violentos latigazos luminosos sobre las
figuras. Seres jibarizados a los que la masa corporal se les apodera:
La materia informe sobre campos de sufrimiento. Y al final, cuatro
rostros, como un autorretrato que va desfigurando los rasgos,
todo se vuelve borroso inhumano, desdibujado.