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23 de febrero, 2008
Como
de costumbre nos levantamos a las siete de la mañana.
El restaurante del Hotel Boltaña está cerrado.
No hay posibilidad de tomar un te o café así
que a la media hora estamos listos para salir. Decidimos adelantar
la salida que estaba prevista a las ocho de la mañana.
La temperatura debe de ser de unos seis o siete grados. Hemos
tenido suerte y el frío intenso que es habitual en
estas épocas del año no ha hecho acto de presencia.
El día está despejado, o al menos eso nos parece.
Una vez en el Land Rover tomamos la dirección norte.
El destino inicial es el Valle de la Solana donde pensamos
visitar Sasé, Campol y Berroy. Vamos bordeando un profundo
barranco por donde discurre el río Ara. Pasamos por
Seso y seguimos en dirección a Jánovas. La vista
es magnífica pero el despeñadero a nuestros
pies y la estrechez de la carretera recomiendan prudencia
al conducir. No han pasado diez minutos de trayecto cuando
empieza a asomar desde el norte una densa niebla que se desliza
hacia abajo cubriendo el barranco. La imagen tiene una belleza
misteriosa. La niebla, a medida que avanzamos, nos va rodeando
con gran rapidez y a los pocos minutos la visión es
casi nula. La visibilidad no llega a más de cinco metros
de distancia.
El
día no empieza bien ¿Es un aviso de lo que nos
espera? En esas condiciones no podemos seguir. Así
que, sobre la marcha, cambiamos los planes. Dado que los pueblos
que planeábamos filmar por la tarde están hacia
el sur, decidimos cambiar de planes. Damos media vuelta para
tomar la dirección hacia Boltaña camino a Morcat.
Un pueblo que se halla en la zona del Puerto del Sarrablo.
Morcat
Al
llegar a Boltaña vemos un bar abierto y paramos a preguntar
por el camino. Allí nos explican que hay dos posibilidades.
Elegimos la que pasa por Sieste. Las indicaciones verbales
que nos dan son bastante complicadas pero, como veremos luego,
precisas. Salimos en la dirección de Ainsa y al pasar
el Monasterio, hoy transformado en Parador, giramos a la derecha
para entrar en una carretera que, a los pocos kilómetros,
se transforma en una pista. Al pasar por Sieste hacemos una
breve parada. El pueblo está muy reconstruido y muchas
de las casas están en obras.
Seguimos
el camino hasta llegar a un par de casas nuevas. Es una de
las indicaciones que nos han dado en el bar. Antes de pasar
las casas, giramos a la izquierda abandonando la pista para
cruzar un barranco pedregoso. Al otro lado del barranco, seguimos
por lo parece ser una pista en mucho peor estado. La dificultad
de la pista aumenta a medida que avanzamos. La marcha es cada
vez más lenta. Ha pasado un largo rato, durante el
que dudamos de estar en el buen camino, cuando divisamos un
pueblo en lo alto. En unos minutos llegamos a una distancia
donde podemos distinguir detalles de las casas. No hay indicaciones
sobre qué pueblo se trata. Deducimos que es San Belián.
Lo escribo según la ortografía en nuestro mapa
aunque en otros lugares aparece escrito con la ortografía
"San Velián." Vemos humo en una chimenea
y signos de que está habitado. No entramos al pueblo
y desde la distancia no vemos a ninguna persona.
Seguimos
adelante en un camino cada vez más duro y penoso. La
pista está llena de piedras y más que con baches
nos encontramos con agujeros de gran tamaño. Así
que de vez en cuando tengo que bajar para inspeccionar si
el coche va en buena dirección. Corremos peligro de
romper el coche con una de las piedras o en uno de los agujeros.
La marcha es más lenta que si fuéramos a pie.
La vista es excelente pero es difícil de disfrutarla.
Estoy más pendiente del precipicio que hay a nuestra
izquierda y de la posibilidad de que el coche rebote en una
piedra y nos despeñemos con él que de otra cosa.
Ha pasado
más de una hora desde que paramos en Boltaña
y seguimos en la incertidumbre de si llegaremos o no a Morcat.
El día, sin embargo, es excelente. Hace una temperatura
primaveral y estamos rodeados de un paisaje bellísimo.
Seguimos subiendo y con la altura las vistas se vuelven más
impresionantes. De repente oímos un ruido siniestro.
El coche ha chocado contra una piedra en los bajos. Paramos.
Marcha atrás. El pedrusco puntiagudo está casi
en el medio del camino. Lo circundan un par de surcos profundos
creados por la erosión y, probablemente, por coches
circulando en el barro. Es difícil de pasar. No parece
que se haya roto nada. El coche no pierde aceite ni se han
roto ejes o amortiguadores. Pero todavía hay que pasar
el obstáculo. Al final la pericia y experiencia del
conductor permite que el coche pase. Dejamos una señal
en uno de los árboles para que nos recuerde el lugar
por si acaso volvemos por el mismo camino. Ahora, en lugar
de ir dentro del coche, yo camino un buen rato por delante
pare comprobar si hay nuevos obstáculos. La pista sigue
empeorando y nos preguntamos a qué extremos llegaremos.
Al
final divisamos un desvío donde parece que hay unas
señales. Internamente damos la bienvenida a los signos
de civilización. La señal es un poste de madera
donde se han atornillado dos flechas indicadoras, de madera
también. Una de ellas indica hacia el camino por el
que hemos llegado. Lleva las inscripciones, "Sieste",
"Boltaña", "ruta 2", y tiene clavado
un cartelito azul con fondo blanco donde se ha dibujado un
ciclista y unas montañas nevadas al fondo. Arriba lleva
el texto "BTT", y abajo dice "Sobrarbe."
La ruta que hemos elegido obviamente es usada también
para el ciclismo de montaña. La otra flecha, que indica
la dirección del desvío, es la que más
nos interesa. Lleva la inscripción "Morcat (800
m)". O sea que el desvío nos llevará en
800 metros ascendentes a nuestro destino.
Tomamos
la dirección de Morcat y la pista mejora a ratos. Es
más ancha y menos accidentada. Por otra parte ya no
tenemos el precipicio a nuestro lado. A menudo la pista vuelve
a empeorar y la velocidad sigue siendo muy lenta. Cuando llegamos
a Morcat hemos empleado unas dos horas para recorrer aproximadamente
tres kilómetros.
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Una vez
aparcado el coche, podemos admirar el paisaje que nos rodea.
Estamos en el punto más alto de la zona que nos circunda
y la vista es impresionante. Podemos observar montañas
con los picos nevados en las cuatro direcciones. Es un día
soleado, pero las montañas aparecen en sucesivas capas
entre la neblina que proporciona la distancia. Quizás
sea el lugar más bello de los que hemos visto hasta
ahora. Nos ha costado llegar pero valía la pena.
El
pueblo, hoy deshabitado, pertenece al municipio de Boltaña
y está situado a unos 1.077 m de altura. En tiempos
pasados tuvo un papel en la defensa militar de la región.
Su localización es la adecuada para el control del
paso por el valle que domina desde las alturas. Su importancia
estratégica radica en la posición transversal
del valle. Controlaba el único camino de comunicación
entre el este y el oeste. Todavía hoy se encuentran
restos de una antigua fortificación militar. Según
Adolfo Gastán, los restos de la fortificación
muestran que su construcción no fue muy cuidada. El
mismo autor informa de que dicha fortificación tuvo
un papel activo durante los años 1020-1030 y que en
esas fechas se documenta un tal señor Ato Garcianis
de Morkato.
Hay muy poca información
de fácil acceso sobre dicho pueblo. Sin embargo, la
palabra aparece citada en un estudio de Gartzen Lacasta Lestaun
fechado en 1988 llamado "El Euskera en el Alto Aragón".
El propósito de dicho estudio es "poner de relieve
una serie de afinidades existentes entre los espacios culturales
contiguos constituidos por el Alto Aragón y el País
Vasco" y "el posible reflejo que un grupo de étimos
vascos, elegidos al azar, han podido ejercer en la toponimia
altoaragonesa." Dicho estudio parte de la hipótesis,
que el mismo autor califica de "provocadora", de
que el Alto Aragón tuvo habla vasca en momentos pasados
de su historia. En apoyo de esta hipótesis cita a historiadores
tan ilustres como Menéndez Pidal, Corominas y Caro
Baroja. Para ello estudia la toponimia del Alto Aragón
y, en apoyo de este enfoque, parafrasea a Caro Baroja diciendo
que la toponimia y la historia están íntimamente
ligadas. Lo que nos interesa aquí de este estudio son
las referencias al topónimo Morcat. Se cita la palabra
Morcate como ejemplo de la utilización del sufijo "at(h)e",
que en vasco significa "puerta" y cuyo significado
se amplía en Navarra a "garganta, estrechadura
de un valle, desfiladero, paso, puerto". Todas estas
descripciones se ajustan a la localización geográfica
de Morcat. Más adelante el estudio dedica un apartado
entero al pueblo. Recoge una cita de Madoz que lo sitúa
"en lo alto de una peña" y aporta el dato
de que por "Morcate pasa un camino de herradura que conduce
desde la capital del 'part.' (sic) a la de la de la Provincia".
El autor concluye que, dado que Morcat está a una altura
de 1077 metros, a 400 metros de altura del río Sieste
y a menos de 3 km de Sieste, constituye un verdadero "paso"
o "puerto". Algo que nosotros podemos atestiguar
ya que acabábamos de hacer el camino desde Sieste hasta
Morcat con las dificultades anteriormente descritas. En el
mismo estudio se mencionan la lista de grafías recogidas
por Agustín Ubieto: Morcat, Morchato, Morchat, Morcato,
Morkato, Morquat y Morquart.
Antes
de empezar a trabajar, decidimos tomarnos el almuerzo. No
hemos probado nada en todo lo que va de día y la tensión
de las últimas horas ha sido considerable, así
que un descanso con refrigerio nos vendrá bien. Instalamos
la mesita plegable y el hornillo de butano en la plaza junto
a la iglesia. Sacamos las vituallas y al rato nos tomamos
los típicos huevos fritos, queso, olivas, guindillas,
pan y un trago de la bota de vino. Nos hacemos una foto para
el recuerdo y tras admirar el pueblo reanudamos el trabajo.
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Empezamos la filmación
de lo que nos rodea. El pueblo está en ruinas pero
bastantes de las casas se conservan parcialmente en pie y
en no muy mal estado. También están en buen
estado algunas bordas y otras construcciones probablemente
utilizadas para almacenaje y guardar animales. El número
de casas no es muy elevado. Quizás una docena. Las
hierbas y zarzas aparecen por todos lados, sin embargo algunas
de las antiguas calles están limpias, así como
una plazoleta central. Todo ello le da un aspecto despejado
que destaca la belleza del pueblo junto a las maravillosas
vistas de montañas nevadas que lo rodean en todas las
direcciones.
La
iglesia está derruida, aunque la torre todavía
se conserva en pie. Las casas son de un tamaño más
que mediano y fueron construidas con la suficiente solidez
como para que, por ahora, hayan sobrevivido al abandono. Algunas
de las pequeñas construcciones, que parecen tener la
finalidad de almacenar o guardar animales, se hallan en buen
estado. Esto sugiere un mantenimiento reciente de personas
que las utilizan con fines prácticos. En una explanada,
se ha construido una mesa y bancos de piedra utilizando piedras
cuadradas y losas planas y delgadas similares a las que suelen
cubrir los tejados. La mesa está rodeada por cinco
bancos de piedra. Todos ellos en condiciones de ser utilizados.
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Las
vallas de piedra que rodeaban los antiguos caminos y calles
están totalmente derrumbadas y las piedras cubren los
caminos. Sin embargo, el aspecto que da el pueblo es que no
hace mucho tiempo que ha sido abandonado. En una de las casas
todavía quedan restos de las instalaciones para la
corriente eléctrica. Vemos también un pozo donde
se han realizado obras fechadas en una inscripción:
1933. Lo más probable es que Morcat fuera abandonado
durante los años de posguerra cuando la mayoría
de los pueblos pirenaicos sufrieron una fuerte despoblación.
Sin embargo, es posible que los habitantes de pueblos cercano
todavía utilicen algunas de sus construcciones de forma
ocasional. Me imagino que los inviernos en este lugar deben
de ser muy fríos. No solo por la altura, sino por estar
abierto a todos los vientos. Dado su aislamiento, pienso en
el tipo de vida que tuvieron sus antiguos habitantes. No sé
como serían las carreteras de su tiempo, pero si eran
como la que hemos pasado (probablemente peores) sus comunicaciones
con el entorno no serían fáciles.
Una
vez terminada la filmación decidimos volver por el
camino que hemos venido. Quizás por influencia del
refrán que dice que "más vale malo conocido
que bueno por conocer." Instalamos un nuevo invento tecnológico
de la casa en el capó del coche. Una cámara
sujeta a un soporte con ventosa. Esto nos permite que la cámara
sujeta en la parte delantera del coche filme la carretera
mientras bajamos hacia Boltaña. Filmamos casi unos
veinte minutos. No he podido ver la filmación todavía,
pero me imagino que el traqueteo causado por las piedras del
camino, reflejarán la dificultad del trayecto.
Al llegar a la encrucijada, paramos
para quitar la cámara del capó. Allí
Dionisio me informa de que tenemos un problema con la electricidad
del coche. El problema es que no funciona nada que sea eléctrico,
incluido el motor de arranque. Así que no podemos arrancar
de forma normal. Cambiamos los fusibles pero la cosa sigue
igual. La batería está completamente descargada
y nos imaginamos que el problema está en el sistema
de carga. Llamamos a nuestro amigo Rafael Esteban, un gran
experto para solucionar este tipo de problemas, y nos sugiere
que es un contacto con el motor. Arrancamos el coche gracias
a que estamos en dirección cuesta abajo y decidimos
no parar hasta que lleguemos a un taller mecánico.
El problema es que estamos en un domingo al mediodía
y la probabilidad de encontrar un taller mecánico va
ser muy baja si llegamos a Boltaña después de
las dos de la tarde, y cuando lleguemos faltará poco
para ello. Por otra parte necesitamos gasolina y no podemos
echarla con el motor en marcha. Así que se acumulan
los problemas.
En
silencio bajamos hacia Boltaña volviendo a pasar por
todos los agujeros y piedras que nos dificultaron la llegada
a Morcat. Después de unas dos horas, hemos recorrido
los menos de tres kilómetros que nos separan de Sieste.
En Boltaña preguntamos por una gasolinera y un taller
mecánico. No hay. Nos indican que los encontraremos
en Ainsa. Después de recorrer los siete kilómetros
de distancia que nos separan de Ainsa, paramos en una gasolinera.
Allí llenamos el depósito y compramos un bidón
de gasolina y preguntamos por los talleres. Hay tres posibles.
El primero al que nos dirigimos está cerrado. Los dos
siguientes están el uno al lado del otro. Paramos y
entro a preguntar en uno de ellos. No hay nadie, así
que salgo y, andando, me dirijo al de al lado. Allí
hay una señora de mediana edad que junto a un señor
mayor observan el trabajo de un mecánico. Les explico
nuestro problema y les pregunto si le podrían echar
un vistazo al coche. La primera reacción es que no.
Son más de las dos y van a cerrar el taller. Insisto
y les explico nuestro trabajo. Titubean y al final deciden
echarnos una mano. Me dicen que entremos el coche al taller.
Le hago una señal a Dionisio, que está esperando
afuera, y éste entra con el coche. El mecánico
empieza a mirar en el motor y hace unas pruebas. El coche
sigue sin electricidad. Comprueba que la batería carga.
Trae una luz y empieza a mirar en la parte trasera del motor.
Parece ser que ha encontrado el problema. No han pasado diez
minutos y el problema está resuelto. Una pieza que
hace contacto con el motor estaba rota. Partida probablemente
por el traqueteo y los golpes en la carretera. Nos cobran
diez euros por el trabajo. Salimos encantados de haber resuelto
el problema y poder terminar el trabajo que nos falta.
Para
celebrarlo y para planificar el resto del día, paramos
en el bar Pirineos. Este bar parece que se ha convertido en
nuestra oficina de trabajo en Boltaña. Allí
nos tomamos un par de botellines de cerveza y decidimos cual
va ser nuestra próxima parada.

Campol
Salimos
del bar y nos dirigimos hacia el norte. El día es soleado
y las nieblas de la mañana están completamente
ausentes. Hace un día excelente, sobre todo después
de resolver el problema mecánico. Pasamos el desvío
que lleva a Ascaso, nombre de resonancias históricas,
pasamos Jánovas y Lavetilla. Antes de llegar a Lacort
tomamos un desvío a la derecha en dirección
a Billamana y Campol. Todos los pueblos que acabo de mencionar
están deshabitados. El Valle de La Solana, en la comarca
del Sobrarbe, cuenta con una docena y media de pueblos deshabitados.
Para llegar a Campol nos dirigimos, por una pista de tierra,
a San Martín de la Solana donde hoy se ha construido
un Hostal. En este lugar hay solamente un edificio, el Hostal.
El sitio está muy cuidado, tiene unas vistas magníficas
del valle y el edificio que es el Hostal tiene un aspecto
excelente. Paramos para tomar unas cuantas imágenes.
Aprovechamos
para preguntar como llegar a Campol. Llamo a la puerta y nos
abre un joven con acento norteafricano. Nos explica el camino.
Como es habitual llegamos a los sitios utilizando una mezcla
de la información que nos da la gente del lugar, el
uso de la intuición y lo que aparece en unos "mapas
turísticos de Aragón" que espero fueran
destinados originariamente a otro tipo de actividades porque
uno no se puede fiar mucho de ellos. En último lugar
utilizamos las señalizaciones, cuando existen lo cual
no es lo habitual. En cualquier caso al final (casi) siempre
llegamos a nuestro destino.
La
pista, una vez pasado San Martín de la Solana, pasa
de ser de tierra a ser una carretera asfaltada. Parece curioso
que para llegar a un lugar donde hay un Hostal la pista sea
de tierra y el tramo siguiente, que conduce a un pueblo deshabitado,
sea de asfalto. Misterio que, como todo, seguro que tiene
una explicación.
En
menos de dos kilómetros estamos en Campol. El pueblo
está encaramado en un alto. Depende de Fiscal y tiene
una altura de 1344 metros. Tiene una calle central donde se
alinean las casas con calles laterales bastante angostas y
hoy completamente tomadas por las zarzas. Esto dificulta bastante
el inspeccionar lo que queda del pueblo que está muy
arruinado.
La
historia de Campol es bastante triste. En una página
de internet llamada "aragon es asi" (http://www.aragonesasi.com/huesca/fiscal/campol.php)
se describe cómo sus habitantes tuvieron que abandonarlo:
"lugar deshabitado, como muchos del valle de La Solana,
se persiguió e incomodo a muchos de sus habitantes
para que abandonaran su poblaciones para poder construir el
pantano de Jánovas."
La
expropiación de los pueblos de la zona empezó
en 1951. El núcleo de Jánovas fue dinamitado
por Iberduero durante la expropiación, pero el pantano,
57 años más tarde, no se ha construido. Tal
como se describe en otra página web: "En el BOE
del día 10 de febrero del 2001 sale publicada la resolución
de la declaración de impacto ambiental negativa del
proyecto de Jánovas, y por lo tanto se descarta su
construcción." (http://www.laemboscadura.arrakis.es/msrsobrarbe2004/janovas.htm).
Un
libro de Marisancho Menjón con el título de
"Pantano de papel" fue publicado en el 2004 por
la Biblioteca Aragonesa de Cultura. Esta es la descripción
del libro por la editorial: "Narra la dramática
historia vivida en el valle de Ara, una hermosa zona del Sobrarbe,
cercana al Parque Nacional de Ordesa, como consecuencia del
proyecto de construcción de un pantano. Hace casi cincuenta
años, las gentes de Jánovas, Lavelilla, Lacort
y toda la Solana fueron obligadas a marcharse, diecisiete
pueblos quedaron destrozados y el valle quedó convertido
en un lugar desolado por culpa de una obra que nunca llegó
a hacerse. Aún hoy, sin embargo, no se ha desechado
definitivamente su realización, ni se han devuelto
las propiedades arrebatadas a sus antiguos habitantes, ni
se ha reparado la injusticia cometida con toda una comarca
'en nombre del interés general'."
Hay
un vídeo en "youtube" titulado "Jánovas,
victimas de un pantano de papel" (http://www.youtube.com/watch?v=MY3aUk0Kraw)
donde aparece una de las últimas familias de Jánovas
y donde se retrata de forma poética y entrañable
la historia de la zona desde el punto de vista humano. Es
un vídeo que en menos de cinco minutos refleja con
sensibilidad la impotencia del ciudadano frente al poder.
El vídeo pese a ser triste es optimista con el futuro
y muestra el amor de las familias del lugar por su tierra.
Los
hechos han tenido gran repercusión social. En internet
encuentro más de 31.000 páginas con la búsqueda
"Jánovas". En la Wikipedia en inglés
Jánovas, Lacort y los pueblos de la Solana aparecen
citados como pueblos fantasmas o "ghost towns" (http://en.wikipedia.org/wiki/List_of_ghost_towns).
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Campol es uno
de los pueblos que forman parte de dicha historia. Unas décadas
más tarde, Campol apareció en la noticias por
otros hechos que reflejan uno de los puntos de malestar de
nuestra sociedad. La dificultad de acceso a la vivienda. El
pueblo fue ocupado por un grupo de jóvenes que intentaron
hacer su vida allí y de paso rehabilitarlo, pero fueron
desalojados por la Guardia Civil y llevados a juicio.
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Campol tiene unas
vistas excelentes. El paisaje es de gran belleza y tenemos
la suerte de gozar de un día primaveral. La iglesia,
que está bastante bien conservada dentro de la ruina
del lugar, parecer ser que es románica con arreglos
del XVII y XVIII. El interior está en un estado deplorable.
Lleno de suciedad y de escombros. Aparte de pintadas como
"viva el punk y la salsa", alguien se ha entretenido
en decorar las paredes de la iglesia con pinturas llamativas
y de dudoso gusto. Entre Chagall, Mattise y hortera. En los
desconchados de la cal se advierten las pinturas originales
de la iglesia. Quizás alguien las cubrió con
cal para preservarlas o porque no le gustaban. Afuera, en
el suelo una piedra tiene grabada la inscripción "1870
A.G."
Las casas son grandes y sólidas.
Algunas tienen una cierta belleza. Sin embargo, la ruina es
evidente y da la sensación de que está progresando
rápidamente. Podemos observar instalaciones que indican
que el pueblo tenía un sistema de agua corriente. En
una casa, en muy mal estado por cierto, hay abandonados un
par de colchones cochambrosos y un saco de dormir.
Después
de haber recorrido todo el pueblo, con dificultades debido
a la vegetación, y filmado lo suficiente tomamos la
dirección del próximo y último pueblo
del día.
Sasé
Bajamos
a la carretera de nuevo, giramos a la izquierda y pasamos
Lacort para llegar a Santa Olaria. Allí mismo tomamos
un desvío a la derecha que nos conducirá a Sasé.
Como comprobaré más tarde son unos 16 kilómetros
de pista muy mala. En su estilo tan mala o peor que la que
hemos sufrido por la mañana en el camino hacia Morcat.
La pista es ascendente y al principio no está tan mal.
Luego empieza a serpentear y aparece el agua, las piedras
y, lo peor, el barro. Además hay numerosos desvíos
que sin tener un mapa adecuado de la zona convierte el viaje
en una aventura. Tenemos la suerte de cruzarnos con un Land
Rover de lo que parecen ser cazadores. Llevan un remolque
cubierto con un toldo. Paramos a su lado y les preguntamos
cómo ir a Sasé. Nos explican la forma de llegar.
La luz empieza a escasear y tenemos que calcular el tiempo
de ida y vuelta. No parece muy conveniente conducir de noche
en la pista por la que vamos. Seguimos adelante y pasamos
por zonas muy penosas de cruzar. Particularmente un trecho
de casi 100 metros completamente embarrado donde el coche
pierde control y amenaza encallarse. Este tipo de trechos
embarrados aparecen periódicamente y se alternan con
otros de charcos enormes o de campos de piedras que hacen
saltar al coche como si estuviera en una feria. Pasamos a
una respetuosa distancia los pueblos deshabitados de Tricas,
Ginuábel y Muro. Por fin, después de casi dos
horas de trayecto llegamos a Sasé.
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Al entrar observamos
materiales de construcción apilados en una pequeña
caseta. Las casas están bastante bien conservadas para
un pueblo deshabitado. La luz grisácea del atardecer
les da un aspecto algo triste. El pueblo tiene una belleza
imponente. Está localizado en una llanada al fondo
del valle y construido alrededor de una plaza central donde
se halla la iglesia. Hay edificios que datan de los siglos
XVII y XVIII. Destacan las chimeneas cilíndricas típicas
de la arquitectura alto-aragonesa. Todavía se conservan
los edificios que fueron la herrería, la escuela y
el antiguo lavadero con su fuente. La iglesia que preside
con autoridad todo el conjunto es del siglo XII y fue reformada
en el siglo XVIII.
Empezamos
a filmar la plaza y la iglesia. Tomamos imágenes de
la fuente y el abrevadero. Mientras estamos filmando aparece
un caballo que se detiene en el centro de la plaza y nos observa
fijamente. Al cabo de un rato aparece otro caballo, éste
con manchas castañas. Nos siguen durante un rato y
luego se van por donde han venido. El pueblo es su dominio.
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