|
Encuentro con la mejana
La
noche anterior había lloviznado; el cierzo soplaba
a rachas y la tierra se barruntaba fresca. Como tantas veces,
caminé hacia el río con la luz de la mañana
reverberando sobre el agua estando la ribera plena de color.
Había llegado el otoño. Un
estrecho camino discurría por la linde de campos roturados
desdibujándose en la muga del enmarañado soto
de álamos y olmos, algunos bien arraigados, otros tronchados
quizá por no haber hundido adecuadamente sus raíces
hasta el nivel freático y alguna riada los tumbó;
cañizales, zarzas, matorral, maleza y pedregal. Unas
veces podía entrever el río y sus taludes y
otras sólo arboleda o el tamarigal.
| Eduardo
Salavera en Montemuzo |
 |
 |
|
|
|
|
|
|
 |
| Eduardo
Salavera en Montemuzo |
 |
 |
|
|
|
|
|
|
 |
Pensaba
en la armonía del color al aire libre y su cambio constante
por causa de la luz del sol, su relación entre las
cosas y nosotros. Me preguntaba qué significa: verde
vejiga observando el musgo, o gris opalino en la corteza de
los árboles; la valoración de los elementos
plásticos en aquel entorno de paisaje un tanto caótico
y quieto, nada "sublime" -falto como estaba de fenómenos
extraordinarios de naturaleza desatada- de ser mirado a la
manera que lo entendían los artistas románticos.
| Eduardo
Salavera en Montemuzo |
 |
 |
|
|
|
|
|
|
 |
Tampoco
era "pintoresco": ninguna montaña, pradera,
ermita, ganado lanar o vacuno que llevarse a los ojos. Tenía
delante "un paisaje sin figuras": humanas o de animales;
incluso de rana, sapo o culebra que podrían darse por
supuestos en aquel lugar. Un espacio vulnerable, despojado
de anécdota, alterable cuando el propio ciclo -riadas
o canículas- lo intervenga. Algo parecido al proceso
de ejecución de un cuadro que se modifica sobre sí
mismo hasta el final. Sólo que la naturaleza es demasiado
hermosa e inaprensible, entona atmosféricamente con
toda perfección, sin estridencias y, además,
en las distintas horas del día, el mismo paisaje cambia
por efecto de la luz. La pintura ¡ay!... permanece inalterada
una vez concluida.
| Eduardo
Salavera en Montemuzo |
 |
 |
|
|
|
|
|
|
 |
| Eduardo
Salavera en Montemuzo |
 |
 |
|
|
|
|
|
|
 |
Es
inútil intentar reproducir. Pintar es otra cosa. Tiene
que ver con la mirada pero
relacionado con la contemplación
y su emoción interiorizada, no hay pintura sin emoción
y ésta viene de algo. Ser capaz de sustanciarlo en
una composición bidimensional estática, con
geometría y ritmo interno, formas que representan el
vacío y lo sólido, la luz o claro/oscuro, el
color y sus relaciones organizadas para obtener la máxima
expresión, analogías y contrarios, información
o sugerencia. Todo tiene su peso y valor: el lenguaje específico
de la pintura; esa es la cuestión. (Ejemplos: Claude
Lorrain, Caspar Friedrich, William Turner, Camille Corot,
Paul Cézanne, Max Pechstein, Marc Rothko
. ).
| Eduardo
Salavera en Montemuzo |
 |
 |
|
|
|
|
|
|
 |
| Eduardo
Salavera en Montemuzo |
 |
 |
|
|
|
|
|
|
 |
Siguiendo
el curso del río el agua dejaba su cauce lineal y divergía
en bifurcaciones y meandros. En su mediana, topé con
un islote alargado. Un espacio generoso de tierra sedimentaria,
colonizada de arbustos, humedales con carrizos y cantos rodados
que no habrían estado allí siempre permaneciendo
al capricho del río y sus avenidas. Recordé
la palabra "mejana" que en mi infancia había
escuchado en boca de alguno de mis tíos -quizá
fuera Dámaso, Luciano, o tal vez Flora
- y al
evocarla, después de tanto tiempo, me parecía
con la misma luz y fuerza que ellos tenían entonces.
También la recordaba como "ínsula"
y, por asociación literaria de consejos de gobierno,
"barataria". Nombres que tienen ese pálpito,
dotando de fuerza interior al arte influido por la naturaleza,
o, posiblemente y en definitiva, lo que buscamos es el yo
a través de caminos que vuelven a la infancia y, sin
darnos cuenta, las palabras juegan su papel.
| Eduardo
Salavera en Montemuzo |
 |
 |
|
|
|
|
|
|
 |
| Eduardo
Salavera en Montemuzo |
 |
 |
|
|
|
|
|
|
 |
Vivir
en la ciudad, pero en la proximidad del río y cerca
la desembocadura -por la diestra y la siniestra- de dos de
sus afluentes; manteniendo el derecho ciudadano de contemplar
rincones de naturaleza, salvados por casualidad y por ahora,
ya que los previos se han ido transformando intervenidos por
el hombre, antes por campos de cultivo y ahora con obras e
infraestructuras; el pintor revindica la posibilidad de caminar
contemplando y anotando de las riberas, sotos, galachos, motas
y arboledas, siquiera esquemas que luego sirven; pues, para
él, quizás sea la manera con la que trata de
encontrar su montaña de Sainte-Victoire -salvada sea
la parte a favor del maestro de Aix en Provence-.
|