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Mari Mar Cabrera

PARA VOLVERNOS LOCOS, PARA CAMBIAR EL MUNDO

    No pretendo asustar a nadie, pero hoy estoy aquí para volverles locos. De la locura se ha dicho muchas cosas. La demencia se ha paseado de un lado a otro de nuestra historia copando los más altos puestos en la atención del hombre, junto con la muerte, protagonista de todos los tiempos. Ha ido de la mano de lo maldito, de la caridad, de lo venerado, se le ha tildado de extravagante, de necesaria, de imperecedera… Los múltiples y complejos rasgos de este amplio concepto han acompañado al hombre desde el principio de los tiempos, hasta hoy, día en el que, por el ritmo que se nos impone, llegamos a decir aquello de ¡voy a volverme loco! Sí, hágalo. Le invito, sinceramente.

    No siempre se ha concebido la locura del mismo modo, ¡menudo disparate! El concepto ha sido empleado en diferentes contextos y con diferentes significados. Antiguamente, se creía que ésta venía como consecuencia de maniobras sobrenaturales y demoníacas, delirios y desequilibrios que debían curarse con pociones mágicas y esperpénticos exorcismos. Funcionó, también, como castigo divino para los pecadores. La lepra apartó a la locura de las bocas exageradas de todos los que estaban en su sano juicio y las guerras y las pestes se cobraron su molesto afán de protagonismo. A partir de la segunda mitad del siglo XV, el hombre comienza a dudar. Y dudará de su existencia, de la realidad, de la muerte y de su cordura. Vuelve a ser en el Renacimiento cuando la locura surgirá como una nueva encarnación del mal y aparecerá la "stultifera navis", balsa que eliminaba del territorio a molestos seres errantes, aquellos que ponían en peligro la seguridad de los ciudadanos, barcaza que se convertía en un desfile de caracteres que ejemplificaban y denunciaban las clases de locura que afligen al mundo. Una auténtica galería de locos que nos hace recordar las pinturas de Brueghel, donde hombrecillos diseminados en grupos atienden a sus respectivas angustias, desempeñan sus respectivos papeles y ejemplifican determinadas costumbres o moralidades. Busquen las balsas de hoy, las encontrarán en muchísimas partes.

    Vean si viene de atrás, que ya antes de Cristo, Hipócrates, cuya principal aportación consistió en vincular el mal mental a las enfermedades del cuerpo, se atrevió con la primera clasificación psicológica de los temperamentos: colérico, sanguíneo, melancólico o flemático. En la Grecia clásica se lanzaron a los trastornos de dimensiones psicológicas. Y con Erasmo de Rotterdam, la locura pasa a ser componente directo de la razón, la que la analiza y la juzga. Los papeles se invierten para demostrarnos cómo una no puede vivir sin la otra, pues ambas forman parte de lo que son. En el siglo XIX, a aquel comportamiento que rechazaba las normas sociales establecidas se le denominó locura. Se trataba de una desviación de la norma debido a un desequilibrio mental que traía consigo la realización de actos extraños y destructivos.

    Para que no se confundan, cuando les invito a enloquecer no hago referencia de aquel efecto que precisa de encerramiento y tratamiento médico. No volvamos esto otro "hospital de los locos". Tampoco deseo que se vuelvan necios, tercos o ignorantes y se suban a la nave de Sebastián Brant. Esos locos que encarnan taras intelectuales y morales son los que se quedarán para posteriores pinturas, como ya lo hizo El Bosco con la humanidad pecadora que conduce a la muerte, criticando a los hombres que viven al revés perdiendo sus referentes religiosos. No, señores.
Lo que pretendo es un ejercicio similar al que desarrollaban los escritores del Renacimiento. Como una forma de poner en tela de juicio todo aquello que consideraban incorrecto o encontraban contradictorio, fabricaban personalidades ficticias para expresar sus ideas y librarse de las posibles represalias. Ponían voz a la locura y era ésta la que hablaba por ellos. "Todo cuanto lleva el necio en el pecho, lo traduce a la cara y lo expresa la palabra. En cambio, el sabio tiene dos lenguas, una para decir la verdad y otra para decir cosas que consideran convenientes según el momento" es otra de las citas célebres de Erasmo de Rotterdam.

   Llevado a nuestro tiempo, sin inquisición, sin horca, con libertad de expresión y opinión, la práctica parece sencilla. Inventémonos un loco perdido, aquel que, sin comerlo ni beberlo, se vuelve en contra de un sistema económico podrido, en el que el fuerte se hace más rico y el débil más pobre, en el que mueren de hambre personas de todo el mundo. ¡Qué locura revelarse ante tal cosa! Creen una personalidad cautiva, una niña que no sale de su cuarto por miedo al qué dirán. Porque es bajita y gorda y sus compañeros unos burros sin sentimientos o compasión. Una chica asocial. Que no lee revistas del corazón a los 15 y no busca los últimos éxitos de David Bisbal. "¿En estos tiempos? ¡Qué barbaridad! ¿Es que está loca?", dicen los asnos. Esculpan un tío rarito, de esos que a los 18 años ya hablaba de misiones y de hacer el bien, y que traía a su madre por la calle de la amargura. Ahora se va al Sahara de ayudas humanitarias, "menudo pirado, ¿tú sabes el calor que hace ahí abajo?"

    Ataquen todo lo que consideren incorrecto. Erasmo de Rotterdam les agradecería sólo con que lo anotaran. En nuestro caso, digamos que no haremos "elogios de la locura". Pero para conservar parte de la cordura quizá sí necesitemos de esta clase de reflexión. Para no morir por dentro y que todo nos parezca bien. Que nos adaptemos a todo lo que venga sin abrir la boca, sin decir una barbaridad, una torpeza, sin equivocarnos con nada, tragando y tragando todo lo que nos echen, sea malo o bueno. "La razón, para ser razonable, debe verse a sí misma con los ojos de una locura irónica", decía el que la elogiaba en sus obras. Para seguir por estos cauces, es necesario insistir sobre el carácter, casi de divertimento, que "Elogio de la locura" tenía para el teórico. Dejando aparte lo que se encuentre de excusa retórica, es evidente que al humanista le iba a pasar algo habitual en los grandes autores, será popularmente conocido por una parte de su obra escrita sin el propósito de dar lo más sustancial de su pensamiento.

    Para los contemporáneos del autor, el motivo de la locura, la necedad, como tema de una obra literaria, era algo muy habitual. Hoy en día se ha perdido la práctica, una herencia de la literatura tardía medieval. Poetas, moralistas y sátiros encontraban, en la figura del necio, del enajenado, un símbolo para fustigar los vicios y calamidades de la época. Las costumbres sociales han sido bien tratadas por muchos de nuestros autores y hoy en día los corrillos de mujeres hacen las veces de críticas costumbristas, eso sí, sin mirarse a sí mismas.
Lo que le interesaba a Erasmo de Rotterdam, y para lo que hoy estoy aquí, es que sepan que, sólo a través de la locura, el hombre sabrá razonar correctamente. Sólo a través de la prueba, la osadía de lanzarse a, y los errores consecuentes de dicho atrevimiento, se podrá llegar a una verdad que siempre estará condicionada por otra.

    Las ciencias, con su afán de reconocimiento universal de una sola verdad, recibirán un buen rapapolvo por parte de Erasmo de Rotterdam. El pensamiento del filósofo respecto al tema podría resumirse en que no debemos considerar más sabio a aquel que lee y adopta con facilidad teorías ajenas, sino al que, a través de su propia experiencia, establece una nueva, comprueba otra. "Es prudente quien se acomoda a la situación en la que vive y no se avergüenza de cometer errores por temor a un resultado desagradable", establecía el humanista hará unos 500 años.
De esta forma, adoptar una posición absoluta con respecto a la razón no significará conocer, sino sólo creer saber. Es por esto por lo que la locura está considerada el ingrediente ideal que ha de mover a los hombres a poner en duda una verdad declarada por algunos. Si los científicos, estudiosos, teóricos y médicos lo dan todo por hecho, por correcto y verdadero, nunca conseguirán avanzar, y estos últimos no serán capaces de curar la locura, la de verdad.

    Puede que el tal Erasmo nos quede un poco lejos. En Sevilla en el siglo XX también un escritor se dedicó a darle al tema de la locura. Antonio Machado considera el concepto uno de los aspectos más importantes de su pensamiento metafísico y así lo refleja en varios de sus poemas. A pesar de su importancia para Cervantes y escritores inspirados en el Quijote, la locura no es algo característico de la poesía española. Echando mano del diccionario nos enteramos de que loco es una persona que ha perdido el juicio y que la locura es el resultado de la privación de la razón. Ser irracional, hasta el momento, se ha concebido como algo que debe evitarse. Tampoco es así en la obra de Machado, y así lo afirman estas palabras de Juan de Mairena: "y es que entre nosotros lo endeble es el juicio, tal vez porque lo sano y viril es, como vio Cervantes, la locura".
Así pues, en la obra del sevillano, la locura simboliza la actitud de la persona que se rebela contra los límites de la razón, se deja llevar y gobernar por otra conciencia, aquella que también contempla la intuición, el idealismo y el pensar poético. Para él y muchos otros, la locura representa el espíritu divino, del que ya hablaba Platón como la energía fundamental del universo.

    El "loco" de Machado ofrece una crítica de la sociedad contemporánea, mira al futuro con esperanza, espera el nacimiento de "la España de la rabia y de la idea" que reemplace a la "España racionalista y pragmática" y sostiene que "algún día habrá que retar a los leones, con armas totalmente inadecuadas par a luchar con ellos. Y hará falta un loco que intente la aventura. Un loco ejemplar".

    Llegados a este punto, considero interesante hablarles de los síntomas para que intenten identificar alguno de estos dementes aflorando dentro de ustedes. Como las manifestaciones de la locura son de lo más variado, se pueden considerar síntomas de diversos estados. En cada caso particular, el afectado muestra una conducta que no corresponde a un comportamiento normal, de una forma determinada. ¿Entienden el término normal, adecuado, determinado? Si no lo hacen, éste es uno de sus primero síntomas. La consecuencia negativa será que desde ese momento, quedan desplazados de su entorno social.

   La pérdida de control es otro de los rasgos más identificativos. Usted ha salido de casa bien arreglado, se ha echado a llover, ha llegado al restaurante y ha perdido la cartera. Empapado, es la hora de citarse con su entrevistado y su bolígrafo no pinta. Es entonces cuando enfurece y pierde el control de la situación. Dese cuenta, está usted loco y sus sentimientos van a mostrarse desinhibidamente. Su conducta se desplazará fuera de lo racional. Perdónenme, pero creo que lo irracional sería guardar la calma y lucir una brillante sonrisa. No se sientan culpables. ¡Dejen de culparse! ¿Están ustedes locos?

   Uno de mis síntomas favoritos de la locura es aquel que te indica, como una alarma intermitente y vozarrona, que aquello que estás llevando a cabo son actos objetivamente absurdos e inútiles. Una persona cuerda hace lo que debe, y por supuesto, no se equivoca. Nosotros, los locos, nos decantamos más por la literatura, la pintura o el cine, aún a sabiendas que la fábrica de armas es mucho más fructífera y nos traerá dinero y, por tanto, felicidad. La historia nos da múltiples ejemplos de locos dedicados a la producción de versos, dementes que generan obras de arte plásticas, maníacos que regalan cine a nuestros ojos desorbitados y nos invitan a reflexionar. Aquel que fabrica armas, no pierde el control y se establece dentro de la norma es el cuerdo.

    Y para concluir con los síntomas, quiero exponer unas breves claves para reconocer a un loco a simple vista. La expresión facial es muy importante, quizá una sonrisa desvirtuada sea un rasgo que defina bien a los dementes. Las posturas corporales exageradas, los gestos sin sentido y una fisonomía poco natural son tres premisas básicas para saber que lo que usted tiene delante es un loco de atar. Así que recuerden, que no se les vea los dientes, ¡qué irán a pensar de usted!

    Así pues, la locura, en el ámbito del saber, no sólo es importante porque nos haga de conductora hacia la razón. También lo es respecto a la relación que establece entre conocimiento y experiencia. Es la razón la que reconoce a la locura y entonces toma conciencia de la verdadera importancia de las cosas. Porque, ¿se han parado a pensar en esto, en las cosas que verdaderamente importan? ¿Estamos contentos con ellas? Si no lo estamos, y no actuamos, es cuando estamos locos en el mal sentido, que lo hay, claro que sí.

   A través de la locura el hombre es capaz de reconocer la miseria que le rodea, porque conociéndola identifica errores, flaquezas, debilidades e injusticias y su incapacidad de desarrollar un raciocinio correcto. ¿No es esto último contra lo que siempre ha luchado? El hombre como ser racional está muy bien como teoría, pásenlo a la práctica. Bien, ahora miren a su alrededor. ¿Es esa afirmación cierta? ¿Sapiens que se tiran bombas? Aquellas fabricadas por los cuerdos que renegaban de los actos absurdos, de las tareas inútiles.

    Desafiar con expresión desvirtuada los dolores de la sociedad, luchar por lo que se cree, con o sin gestos esperpénticos, que no todas las batallas están perdidas. Y sobre todo, que quedan muchas batallas. Puede resultar un llamamiento a la esperanza, a la locura, llámenlo como ustedes quieran, pero ese es el punto de partida para cambiar, para hacernos mejores, para volvernos locos, para cambiar el mundo.



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