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PARA
VOLVERNOS LOCOS, PARA CAMBIAR EL MUNDO
No
pretendo asustar a nadie, pero hoy estoy aquí para volverles
locos. De la locura se ha dicho muchas cosas. La demencia se ha
paseado de un lado a otro de nuestra historia copando los más
altos puestos en la atención del hombre, junto con la muerte,
protagonista de todos los tiempos. Ha ido de la mano de lo maldito,
de la caridad, de lo venerado, se le ha tildado de extravagante,
de necesaria, de imperecedera
Los múltiples y complejos
rasgos de este amplio concepto han acompañado al hombre desde
el principio de los tiempos, hasta hoy, día en el que, por
el ritmo que se nos impone, llegamos a decir aquello de ¡voy
a volverme loco! Sí, hágalo. Le invito, sinceramente.
No
siempre se ha concebido la locura del mismo modo, ¡menudo
disparate! El concepto ha sido empleado en diferentes contextos
y con diferentes significados. Antiguamente, se creía que
ésta venía como consecuencia de maniobras sobrenaturales
y demoníacas, delirios y desequilibrios que debían
curarse con pociones mágicas y esperpénticos exorcismos.
Funcionó, también, como castigo divino para los pecadores.
La lepra apartó a la locura de las bocas exageradas de todos
los que estaban en su sano juicio y las guerras y las pestes se
cobraron su molesto afán de protagonismo. A partir de la
segunda mitad del siglo XV, el hombre comienza a dudar. Y dudará
de su existencia, de la realidad, de la muerte y de su cordura.
Vuelve a ser en el Renacimiento cuando la locura surgirá
como una nueva encarnación del mal y aparecerá la
"stultifera navis", balsa que eliminaba del territorio
a molestos seres errantes, aquellos que ponían en peligro
la seguridad de los ciudadanos, barcaza que se convertía
en un desfile de caracteres que ejemplificaban y denunciaban las
clases de locura que afligen al mundo. Una auténtica galería
de locos que nos hace recordar las pinturas de Brueghel, donde hombrecillos
diseminados en grupos atienden a sus respectivas angustias, desempeñan
sus respectivos papeles y ejemplifican determinadas costumbres o
moralidades. Busquen las balsas de hoy, las encontrarán en
muchísimas partes.
Vean
si viene de atrás, que ya antes de Cristo, Hipócrates,
cuya principal aportación consistió en vincular el
mal mental a las enfermedades del cuerpo, se atrevió con
la primera clasificación psicológica de los temperamentos:
colérico, sanguíneo, melancólico o flemático.
En la Grecia clásica se lanzaron a los trastornos de dimensiones
psicológicas. Y con Erasmo de Rotterdam, la locura pasa a
ser componente directo de la razón, la que la analiza y la
juzga. Los papeles se invierten para demostrarnos cómo una
no puede vivir sin la otra, pues ambas forman parte de lo que son.
En el siglo XIX, a aquel comportamiento que rechazaba las normas
sociales establecidas se le denominó locura. Se trataba de
una desviación de la norma debido a un desequilibrio mental
que traía consigo la realización de actos extraños
y destructivos.
Para
que no se confundan, cuando les invito a enloquecer no hago referencia
de aquel efecto que precisa de encerramiento y tratamiento médico.
No volvamos esto otro "hospital de los locos". Tampoco
deseo que se vuelvan necios, tercos o ignorantes y se suban a la
nave de Sebastián Brant. Esos locos que encarnan taras intelectuales
y morales son los que se quedarán para posteriores pinturas,
como ya lo hizo El Bosco con la humanidad pecadora que conduce a
la muerte, criticando a los hombres que viven al revés perdiendo
sus referentes religiosos. No, señores.
Lo que pretendo es un ejercicio similar al que desarrollaban los
escritores del Renacimiento. Como una forma de poner en tela de
juicio todo aquello que consideraban incorrecto o encontraban contradictorio,
fabricaban personalidades ficticias para expresar sus ideas y librarse
de las posibles represalias. Ponían voz a la locura y era
ésta la que hablaba por ellos. "Todo cuanto lleva el
necio en el pecho, lo traduce a la cara y lo expresa la palabra.
En cambio, el sabio tiene dos lenguas, una para decir la verdad
y otra para decir cosas que consideran convenientes según
el momento" es otra de las citas célebres de Erasmo
de Rotterdam.
Llevado
a nuestro tiempo, sin inquisición, sin horca, con libertad
de expresión y opinión, la práctica parece
sencilla. Inventémonos un loco perdido, aquel que, sin comerlo
ni beberlo, se vuelve en contra de un sistema económico podrido,
en el que el fuerte se hace más rico y el débil más
pobre, en el que mueren de hambre personas de todo el mundo. ¡Qué
locura revelarse ante tal cosa! Creen una personalidad cautiva,
una niña que no sale de su cuarto por miedo al qué
dirán. Porque es bajita y gorda y sus compañeros unos
burros sin sentimientos o compasión. Una chica asocial. Que
no lee revistas del corazón a los 15 y no busca los últimos
éxitos de David Bisbal. "¿En estos tiempos? ¡Qué
barbaridad! ¿Es que está loca?", dicen los asnos.
Esculpan un tío rarito, de esos que a los 18 años
ya hablaba de misiones y de hacer el bien, y que traía a
su madre por la calle de la amargura. Ahora se va al Sahara de ayudas
humanitarias, "menudo pirado, ¿tú sabes el calor
que hace ahí abajo?"
Ataquen
todo lo que consideren incorrecto. Erasmo de Rotterdam les agradecería
sólo con que lo anotaran. En nuestro caso, digamos que no
haremos "elogios de la locura". Pero para conservar parte
de la cordura quizá sí necesitemos de esta clase de
reflexión. Para no morir por dentro y que todo nos parezca
bien. Que nos adaptemos a todo lo que venga sin abrir la boca, sin
decir una barbaridad, una torpeza, sin equivocarnos con nada, tragando
y tragando todo lo que nos echen, sea malo o bueno. "La razón,
para ser razonable, debe verse a sí misma con los ojos de
una locura irónica", decía el que la elogiaba
en sus obras. Para seguir por estos cauces, es necesario insistir
sobre el carácter, casi de divertimento, que "Elogio
de la locura" tenía para el teórico. Dejando
aparte lo que se encuentre de excusa retórica, es evidente
que al humanista le iba a pasar algo habitual en los grandes autores,
será popularmente conocido por una parte de su obra escrita
sin el propósito de dar lo más sustancial de su pensamiento.
Para
los contemporáneos del autor, el motivo de la locura, la
necedad, como tema de una obra literaria, era algo muy habitual.
Hoy en día se ha perdido la práctica, una herencia
de la literatura tardía medieval. Poetas, moralistas y sátiros
encontraban, en la figura del necio, del enajenado, un símbolo
para fustigar los vicios y calamidades de la época. Las costumbres
sociales han sido bien tratadas por muchos de nuestros autores y
hoy en día los corrillos de mujeres hacen las veces de críticas
costumbristas, eso sí, sin mirarse a sí mismas.
Lo que le interesaba a Erasmo de Rotterdam, y para lo que hoy estoy
aquí, es que sepan que, sólo a través de la
locura, el hombre sabrá razonar correctamente. Sólo
a través de la prueba, la osadía de lanzarse a, y
los errores consecuentes de dicho atrevimiento, se podrá
llegar a una verdad que siempre estará condicionada por otra.
Las
ciencias, con su afán de reconocimiento universal de una
sola verdad, recibirán un buen rapapolvo por parte de Erasmo
de Rotterdam. El pensamiento del filósofo respecto al tema
podría resumirse en que no debemos considerar más
sabio a aquel que lee y adopta con facilidad teorías ajenas,
sino al que, a través de su propia experiencia, establece
una nueva, comprueba otra. "Es prudente quien se acomoda a
la situación en la que vive y no se avergüenza de cometer
errores por temor a un resultado desagradable", establecía
el humanista hará unos 500 años.
De esta forma, adoptar una posición absoluta con respecto
a la razón no significará conocer, sino sólo
creer saber. Es por esto por lo que la locura está considerada
el ingrediente ideal que ha de mover a los hombres a poner en duda
una verdad declarada por algunos. Si los científicos, estudiosos,
teóricos y médicos lo dan todo por hecho, por correcto
y verdadero, nunca conseguirán avanzar, y estos últimos
no serán capaces de curar la locura, la de verdad.
Puede
que el tal Erasmo nos quede un poco lejos. En Sevilla en el siglo
XX también un escritor se dedicó a darle al tema de
la locura. Antonio Machado considera el concepto uno de los aspectos
más importantes de su pensamiento metafísico y así
lo refleja en varios de sus poemas. A pesar de su importancia para
Cervantes y escritores inspirados en el Quijote, la locura no es
algo característico de la poesía española.
Echando mano del diccionario nos enteramos de que loco es una persona
que ha perdido el juicio y que la locura es el resultado de la privación
de la razón. Ser irracional, hasta el momento, se ha concebido
como algo que debe evitarse. Tampoco es así en la obra de
Machado, y así lo afirman estas palabras de Juan de Mairena:
"y es que entre nosotros lo endeble es el juicio, tal vez porque
lo sano y viril es, como vio Cervantes, la locura".
Así pues, en la obra del sevillano, la locura simboliza la
actitud de la persona que se rebela contra los límites de
la razón, se deja llevar y gobernar por otra conciencia,
aquella que también contempla la intuición, el idealismo
y el pensar poético. Para él y muchos otros, la locura
representa el espíritu divino, del que ya hablaba Platón
como la energía fundamental del universo.
El
"loco" de Machado ofrece una crítica de la sociedad
contemporánea, mira al futuro con esperanza, espera el nacimiento
de "la España de la rabia y de la idea" que reemplace
a la "España racionalista y pragmática"
y sostiene que "algún día habrá que retar
a los leones, con armas totalmente inadecuadas par a luchar con
ellos. Y hará falta un loco que intente la aventura. Un loco
ejemplar".
Llegados
a este punto, considero interesante hablarles de los síntomas
para que intenten identificar alguno de estos dementes aflorando
dentro de ustedes. Como las manifestaciones de la locura son de
lo más variado, se pueden considerar síntomas de diversos
estados. En cada caso particular, el afectado muestra una conducta
que no corresponde a un comportamiento normal, de una forma determinada.
¿Entienden el término normal, adecuado, determinado?
Si no lo hacen, éste es uno de sus primero síntomas.
La consecuencia negativa será que desde ese momento, quedan
desplazados de su entorno social.
La
pérdida de control es otro de los rasgos más identificativos.
Usted ha salido de casa bien arreglado, se ha echado a llover, ha
llegado al restaurante y ha perdido la cartera. Empapado, es la
hora de citarse con su entrevistado y su bolígrafo no pinta.
Es entonces cuando enfurece y pierde el control de la situación.
Dese cuenta, está usted loco y sus sentimientos van a mostrarse
desinhibidamente. Su conducta se desplazará fuera de lo racional.
Perdónenme, pero creo que lo irracional sería guardar
la calma y lucir una brillante sonrisa. No se sientan culpables.
¡Dejen de culparse! ¿Están ustedes locos?
Uno
de mis síntomas favoritos de la locura es aquel que te indica,
como una alarma intermitente y vozarrona, que aquello que estás
llevando a cabo son actos objetivamente absurdos e inútiles.
Una persona cuerda hace lo que debe, y por supuesto, no se equivoca.
Nosotros, los locos, nos decantamos más por la literatura,
la pintura o el cine, aún a sabiendas que la fábrica
de armas es mucho más fructífera y nos traerá
dinero y, por tanto, felicidad. La historia nos da múltiples
ejemplos de locos dedicados a la producción de versos, dementes
que generan obras de arte plásticas, maníacos que
regalan cine a nuestros ojos desorbitados y nos invitan a reflexionar.
Aquel que fabrica armas, no pierde el control y se establece dentro
de la norma es el cuerdo.
Y
para concluir con los síntomas, quiero exponer unas breves
claves para reconocer a un loco a simple vista. La expresión
facial es muy importante, quizá una sonrisa desvirtuada sea
un rasgo que defina bien a los dementes. Las posturas corporales
exageradas, los gestos sin sentido y una fisonomía poco natural
son tres premisas básicas para saber que lo que usted tiene
delante es un loco de atar. Así que recuerden, que no se
les vea los dientes, ¡qué irán a pensar de usted!
Así
pues, la locura, en el ámbito del saber, no sólo es
importante porque nos haga de conductora hacia la razón.
También lo es respecto a la relación que establece
entre conocimiento y experiencia. Es la razón la que reconoce
a la locura y entonces toma conciencia de la verdadera importancia
de las cosas. Porque, ¿se han parado a pensar en esto, en
las cosas que verdaderamente importan? ¿Estamos contentos
con ellas? Si no lo estamos, y no actuamos, es cuando estamos locos
en el mal sentido, que lo hay, claro que sí.
A
través de la locura el hombre es capaz de reconocer la miseria
que le rodea, porque conociéndola identifica errores, flaquezas,
debilidades e injusticias y su incapacidad de desarrollar un raciocinio
correcto. ¿No es esto último contra lo que siempre
ha luchado? El hombre como ser racional está muy bien como
teoría, pásenlo a la práctica. Bien, ahora
miren a su alrededor. ¿Es esa afirmación cierta? ¿Sapiens
que se tiran bombas? Aquellas fabricadas por los cuerdos que renegaban
de los actos absurdos, de las tareas inútiles.
Desafiar
con expresión desvirtuada los dolores de la sociedad, luchar
por lo que se cree, con o sin gestos esperpénticos, que no
todas las batallas están perdidas. Y sobre todo, que quedan
muchas batallas. Puede resultar un llamamiento a la esperanza, a
la locura, llámenlo como ustedes quieran, pero ese es el
punto de partida para cambiar, para hacernos mejores, para volvernos
locos, para cambiar el mundo.
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